En la pantalla, su padre se levantó de golpe.
Dos guardias lo sujetaron de los brazos. Él forcejeó, se volvió hacia el público, hacia la cámara, con la boca abierta y los ojos desorbitados.
—¡Sálvenme! ¡Tienen que salvarme! —gritaba—. ¡Soy inocente! ¡Me engañaron! ¡Me tendieron una trampa!
La cámara se movió. Por un segundo, la cara de él llenó la pantalla entera.
—¡Chuchu! —gritó, como si pudiera verla—. ¡Chuchu! ¡Chuchu!
—¡Papá!
Zhichu se lanzó hacia la pantalla. Chocó contra el mueble del televisor y puso las dos manos sobre el vidrio, sobre la cara de su padre, que ya se alejaba entre los guardias hacia una puerta lateral. El vidrio estaba tibio. La imagen se cortó y apareció el logo del noticiero.
Detrás de ella, alguien murmuró:
—Qué asco de familia.
No supo quién. No se dio vuelta a mirar.
Se quedó un momento así, con las manos en la pantalla negra, viendo su propio reflejo: una mujer flaca, despeinada, con el vestido arrugado y la boca abierta. Luego se volvió, muy despacio, hacia el hombre que la había traído hasta ahí.
Li Jingshen estaba de pie junto a la puerta, con las manos en los bolsillos.
—¿Por qué? —dijo ella.
—¿Por qué qué?
—¿Por qué, Li Jingshen?
Él ladeó la cabeza, como si la pregunta le pareciera curiosa.
—¿Me estás preguntando si lo de tu papá es culpa mía? —Dio un paso dentro de la sala. Los parientes se apartaron para dejarlo pasar—. ¿Qué fue? ¿El dinero que le dije que invirtiera? ¿O el acuerdo que lo obligué a firmar?
Zhichu se quedó helada.
Un proyecto de inversión. Solo me faltan dos millones.
—Fuiste tú —susurró—. El proyecto. Los dos millones. Fuiste tú.
—Yo puse la puerta —dijo él—. Él entró solito. Nadie lo empujó. —Se encogió de hombros—. Y si tú no le hubieras dado esos tres millones la semana pasada, tampoco habría terminado así. Se los jugó él solo.
Se volvió hacia el hermano de Zhichu, que seguía de pie frente al televisor, rojo de rabia.
—Así que tu hermano tiene razón —dijo—. Fuiste tú quien lo hundió.
Zhichu tuvo que agarrarse del mueble del televisor.
—¿Y si me lo suplicas?
Ella levantó la cara.
—Tengo algunas pruebas en la mano —siguió él, con calma—. No son gran cosa. No lo van a sacar. Pero al menos tu papá podría pasarse el resto de la vida en la cárcel en vez de… —Hizo un gesto vago hacia la pantalla—. No moriría mañana.
—¿Tanto me odias? —preguntó ella—. ¿Tanto?
Él no respondió a eso.
—Parece que no quieres la oportunidad. —Se dio media vuelta, hacia la puerta—. ¿De verdad tienes corazón para dejar morir a tu padre?
—Espera.
Li Jingshen se detuvo.
—¿Qué quieres que haga? —Zhichu dio un paso hacia él—. Dime qué quieres que haga.
Él se volvió despacio. Miró a los parientes, a los empleados, al hermano con la cara roja. Miró el patio a través del ventanal, donde había empezado a caer una nieve fina, sucia, que se derretía al tocar las baldosas.
—Arrodíllate —dijo—. De rodillas delante de ellos, tres horas.
La sala se quedó en silencio.
—¿Qué quieres que haga? —repitió ella, porque no estaba segura de haber oído bien.
—De rodillas delante de ellos. Tres horas.
Zhichu lo miró. Miró a su hermano, que había cruzado los brazos con una sonrisa torcida. Miró a la tía lejana que la había regañado por el jarrón. Miró el patio, la nieve.
—¿Con tres horas de rodillas mi padre seguirá con vida?
—Sí.
—¿Me lo prometes?
—Sí.
Ella bajó la vista. Tenía las manos frías, las piernas débiles, el estómago vacío desde hacía cuatro días. Sabía perfectamente lo que su cuerpo podía y no podía hacer.
—Está bien —dijo—. Me arrodillo.
—Tu papá es una basura, ¿sabes?
Se lo dijo en el pasillo, mientras ella se quitaba los zapatos con dedos torpes para no arruinarlos en la nieve. Me voy a arrodillar tres horas en la nieve y estoy pensando en los zapatos.
—Aunque lo salves —siguió Li Jingshen—, no te va a mirar dos veces. No te ha mirado nunca. Lo sabes mejor que yo.
Zhichu dejó los zapatos alineados junto a la pared.
—Pero ¿qué le hago? —dijo, sin levantar la vista—. Es mi papá. Es mi familia.
Al enderezarse tuvo que apoyarse en la pared un segundo, hasta que se le pasó el mareo.
—Cuando era niña —añadió, muy bajito—, me cargaba en brazos.
No recordaba mucho de eso. Un olor a tabaco y a loción. Un hombro ancho. Una feria, unas luces de colores, ella sentada sobre unos hombros altos, muy alto, más alto que todos, riéndose. Era casi lo único que tenía de él que no estuviera manchado por algo después.
Era suficiente.
Li Jingshen no contestó. Abrió la puerta del patio.
La nieve le mordió las rodillas en cuanto tocó el suelo.
Se arrodilló en el centro del patio, frente a la escalinata de piedra donde se habían ido asomando, uno por uno, los parientes, los empleados, su hermano. Algunos con abrigo, otros con una taza de té caliente en las manos. Nadie bajó.
Al principio el frío fue solo frío. Luego fue dolor. Después se convirtió en algo distinto, un entumecimiento que le subía por las piernas como agua que llena un vaso.
Zhichu juntó las manos sobre los muslos. Fijó la vista en un punto de la piedra, al pie de la escalinata, y no la movió de ahí.
Tres horas. Tres horas y papá vive.
Matar a mi mamá no te bastó.
Su hermano se lo decía desde que ella tenía memoria. En los cumpleaños, en las cenas de Año Nuevo, en los pasillos de esa misma casa. Su madre había muerto el día en que ella nació, en una sala de partos, sin alcanzar a cargarla. Nadie se lo había explicado con cariño. Se lo habían explicado como se explica una deuda: tú llegaste y ella se fue. Durante años, de niña, Zhichu había creído que si se portaba lo bastante bien, si sacaba las mejores notas, si no pedía nada, algún día terminaría de pagarla.
Ahora estaba de rodillas en el patio de esa misma casa, con la nieve hasta los tobillos, delante de las mismas caras.
Pensó que tal vez esa era la última cuota.
Llevaba quizá veinte minutos cuando oyó el portón.
Un chirrido de hierro. Pasos. Muchos pasos, apresurados, sobre la grava. Y luego los destellos, uno tras otro, blancos, cegadores, rebotando en la nieve.
Giró la cabeza.
Había gente entrando por el portón abierto. Gente con cámaras, con micrófonos, con grabadoras extendidas hacia adelante. Una mujer con gorro de lana, un hombre joven con una cámara al hombro, otro con una credencial colgada al cuello. Cinco, diez, quince. Se acomodaron en un semicírculo alrededor de ella, a una distancia exacta, como si alguien les hubiera dicho dónde pararse.
Zhichu comprendió entonces lo que significaba delante de ellos.
Buscó con la mirada, por encima de las cabezas, hacia la calle. Del otro lado del portón, estacionado junto a la acera, estaba el coche negro de Li Jingshen, con las ventanillas oscuras y el motor encendido.
—Señorita Shen, ¿es verdad que usted es la otra? —preguntó la mujer del gorro, acercándole el micrófono a la cara—. ¿Que se metió en una relación que ya existía?
—¿Está arrodillada para pedirle perdón a la primera novia del señor Li? ¿Quiere recuperar a su esposo?
—Señorita Shen, ¿se arrodilla para pedir perdón en nombre de su padre? ¿Qué opina de la sentencia?
—Dicen que el Grupo Shen está a punto de declararse en quiebra. ¿Es cierto?
—¿Su esposo se va a divorciar de usted?
Las preguntas le caían encima igual que la nieve, una tras otra, sin dejarle espacio. Los destellos le quemaban los ojos. Ella bajó la vista otra vez al punto de la piedra y no contestó.
Uno de los periodistas, un hombre mayor, con bufanda, se agachó un poco para quedar a su altura. Tenía una voz menos dura que los demás. Casi curiosa.
—Señora —dijo—, ¿cuánto tiempo tiene que estar de rodillas?
Zhichu levantó la cara. Tenía copos de nieve en las pestañas, en el pelo, en los hombros del vestido.
—No mucho —dijo—. Tres horas.
Desde el asiento de atrás del coche, Li Jingshen la miraba.
La ventanilla estaba subida. Entre él y ella había un portón de hierro, un jardín cubierto de blanco, quince periodistas y la nieve cayendo cada vez más espesa. Aun así la veía con claridad: la espalda derecha, las manos quietas, la cabeza baja. Una mancha negra en medio de todo ese blanco.
No había llorado. No había mirado hacia el coche más que una vez.
—Prefiere arrodillarse antes que suplicarme —dijo en voz baja—. Bien.
El chofer no dijo nada. El asistente, sentado adelante, miraba fijamente su teléfono.
—Muy bien.
Pasó el tiempo. Li Jingshen revisó un par de correos sin leerlos, se aflojó la corbata y volvió a mirar por la ventanilla.
Ella seguía ahí.
Los periodistas, poco a poco, se habían ido cansando. Algunos se habían retirado bajo el alero de la entrada. Otros fumaban junto al portón, con las manos en los bolsillos, sacando de vez en cuando una foto más, por si acaso. Ella seguía exactamente en el mismo lugar, en la misma postura. La nieve se le había acumulado en los hombros y en el pelo, y ya casi no se distinguía el cuello blanco del vestido.
—Prefiere arrodillarse —repitió él, como para sí mismo— antes que pedirme clemencia.
Le salió más bajo que antes. Más áspero.
—Bien. Muy bien.
El asistente carraspeó.
—Presidente Li. —Señaló hacia el parabrisas—. Está nevando muy fuerte.
Era cierto. Ya no era una nieve fina, sucia. Eran copos grandes, densos, que caían sin viento y lo cubrían todo: el coche, la calle, el portón, la figura arrodillada en el patio.
Li Jingshen se quedó mirando esa figura un rato más.
—Dame el paraguas.
Zhichu ya no sentía las piernas.
Tampoco las manos, ni la cara, ni la nieve, que hacía rato que había dejado de estar fría. Sentía solamente el estómago, un punto de fuego en el centro de su cuerpo helado, que latía, latía, latía.
Tenía los ojos abiertos, pero ya no veía bien. La escalinata se había vuelto una mancha gris. Los parientes habían entrado a la casa hacía mucho. Los periodistas eran sombras borrosas junto al portón.
Contaba. Había decidido contar para no pensar. Contaba los segundos, de sesenta en sesenta, y cada vez que llegaba a sesenta doblaba un dedo dentro de la mano cerrada, y cuando se le acababan los dedos volvía a empezar. Ya no sabía cuántas veces había vuelto a empezar.
Oyó pasos en la nieve. Pasos lentos, firmes, que se acercaban por detrás.
Alguien se detuvo a su lado. Una sombra se extendió sobre ella. La nieve dejó de caerle en la cabeza.
Levantó la vista. Muy despacio, porque el cuello le dolía.
Un paraguas negro. Debajo, un abrigo oscuro. Más arriba, una cara que conocía mejor que la suya.
—¿Ya se cumplió el tiempo? —preguntó Li Jingshen, sin mirarla a ella. Miraba su reloj.
Detrás de él, la voz del asistente:
—Ya, presidente. Tres horas exactas.
Li Jingshen bajó la vista hacia ella. Por fin.
—Shen Zhichu —dijo—. Es hora de levantarte.