Zhichu no se levantó.
Se quedó mirándolo desde abajo, con la cabeza echada hacia atrás y la nieve derritiéndose en las pestañas. El paraguas negro los cubría a los dos. Debajo de él, el mundo se había reducido a un círculo pequeño, silencioso, donde solo estaban ella, él y el ruido blando de los copos sobre la tela.
—Li Jingshen —dijo.
Tenía los labios morados. Le costaba mover la boca.
—¿Cuántos años hace que nos conocemos?
Él frunció el ceño. No contestó.
—Li Jingshen. —Lo intentó otra vez, más despacio—. ¿Cuántos años hace que nos conocemos?
—Seis.
Ni siquiera tuvo que pensarlo, como no habría tenido que pensar su fecha de nacimiento o el número de su oficina.
—¿Por qué lo preguntas?
Zhichu sonrió apenas.
—No son seis. Son dieciséis.
Él se quedó quieto. La mano que sostenía el paraguas no se movió, pero algo en su postura cambió, se tensó, igual que se tensa un animal que oye un ruido en la oscuridad.
—Aunque tú y yo nos conocimos hace seis años —siguió ella, despacio, buscando cada palabra—, aunque hace cuatro te obligué a casarte conmigo… lo que tuve, lo tuve después de diez años de planearlo. Diez años, Li Jingshen. Para llegar hasta ti.
La nieve seguía cayendo alrededor del paraguas, una cortina blanca, densa.
—Lo calculé todo —dijo—. El principio lo calculé muy bien. —Se le escapó una risa corta, que terminó en tos—. Pero el final no. El final no me salió.
Bajó la cabeza.
—Nunca imaginé… —Se le quebró la voz—. Li Jingshen… me duele tanto.
No dijo qué. Tal vez ni ella lo sabía. Las rodillas, el estómago, el pecho, los dieciséis años. Todo junto.
Él apretó la mandíbula.
—Shen Zhichu, deja de fingir. —Sonaba más cansado que cruel—. Te hice arrodillarte un rato. No es para que te mueras ni para que te salves. —Desvió la mirada hacia la casa—. Tu papá no va a morir. Ya está. Levántate.
Ella lo miró. Lo miró con una expresión que él nunca le había visto, algo entre la lástima y la risa.
—Loco —dijo.
Li Jingshen se agachó para tomarla del brazo.
Al tocarla, se detuvo.
Estaba helada. No fría: helada. La piel del brazo, bajo la tela mojada del vestido, tenía la temperatura de la nieve misma. Él le tocó la mano y la mano no reaccionó. Le tocó la mejilla con el dorso de los dedos y fue como tocar mármol.
—¿Por qué estás tan fría?
Ella no respondió. Tenía los ojos entrecerrados, fijos en algún punto detrás de él.
—Shen Zhichu.
Le apretó el brazo. Nada.
—Shen Zhichu.
Ella parpadeó. Lentamente, volvió a enfocar la cara de él. Y entonces habló, con una voz muy baja, muy clara, que él recordaría durante mucho tiempo.
—Li Jingshen. ¿Sabes una cosa?
Él esperó.
—Hace dieciséis años, Shen Zhichu te quería muchísimo. Yo te he querido dieciséis años. —Tomó aire, apenas un sorbo—. Pero ahora ya no le quedan fuerzas para quererte.
Hablaba de sí misma en tercera persona, como si Shen Zhichu fuera otra mujer, alguien que había conocido hacía mucho y que ya se había ido.
Luego se dobló hacia adelante.
—¡Shen Zhichu!
El paraguas cayó a la nieve. Li Jingshen la sujetó por los hombros mientras ella tosía, una tos honda, desgarrada, que le sacudía todo el cuerpo. Y en la nieve, delante de las rodillas de ella, apareció una mancha roja. Pequeña al principio. Luego más grande. Muy roja sobre el blanco.
—¿Qué te pasa? —Él no reconoció su propia voz—. Shen Zhichu, ¿qué te pasa?
Ella volvió a toser. Otra mancha.
—Tranquila. —La atrajo contra su pecho, sin saber qué más hacer—. Tranquila, no va a pasar nada. No pasa nada.
Ella ya no lo oía. La cabeza se le fue hacia un lado, contra el hombro de él.
—¿Por qué vomitas tanta sangre? —le preguntó Li Jingshen, aunque ella ya no podía contestarle—. ¿Por qué tanta sangre?
Detrás de ellos, alguien gritaba que llamaran a una ambulancia. Los periodistas corrían hacia ellos. Los destellos volvían a encenderse, uno tras otro.
Él no vio nada de eso.
Lo calculé todo. El principio lo calculé muy bien…
La voz de Zhichu se iba alejando dentro de su propia cabeza. Se oía a sí misma desde lejos, desde el fondo de un pozo. El frío ya no dolía. Nada dolía. Había una luz amarilla, cálida, al final de algo, y hacia allá se fue.
Era una tarde de verano. Había olor a pasto cortado y a algodón de azúcar.
Ella tenía siete años y un vestido con flores pequeñas, y se había alejado de los adultos sin que nadie se diera cuenta. Siempre se alejaba sin que nadie se diera cuenta. En la orilla de un camino de tierra, sentado en una piedra, había un niño llorando.
Era más grande que ella. Lloraba con la cara entre las rodillas, con los hombros temblando, sin hacer ruido. Ella nunca había visto a un niño llorar así, tan callado, como si tuviera miedo de que alguien lo oyera.
Se acercó. Se paró frente a él con las manos detrás de la espalda.
—¿Cómo te llamas? —le preguntó el niño cuando por fin levantó la cara. Tenía los ojos rojos, hinchados.
—Me llamo Shen Zhichu —dijo ella—. Pero dime Chuchu.
—Chuchu —repitió él, sorbiéndose la nariz. Miró a su alrededor, al camino vacío—. Chuchu, ¿dónde están tus padres?
Ella se encogió de hombros, como si la pregunta no tuviera importancia.
—Mi mamá se murió —dijo—. Y mi papá… creo que ya no me quiere.
El niño la miró un momento. Luego bajó la vista otra vez.
—A mí me perdieron —dijo, muy bajito—. No me encuentran.
Y volvió a llorar.
Chuchu se quedó pensando. Luego metió la mano en el bolsillo de su vestido y sacó un paquetito arrugado, de papel de colores. Lo abrió con cuidado. Adentro había tres galletas redondas, un poco rotas en las orillas.
Se las extendió con las dos manos.
—Hermano, come galletas. Son muy dulces; después de comerlas ya no llores, ¿sí?
El niño la miró. Miró las galletas. Tomó una, despacio, con los dedos sucios, y se la llevó a la boca.
—Gracias —dijo.
Ella sonrió. Y él, con la boca llena de galleta y la cara todavía mojada, sonrió también.
—¡Saturación de oxígeno baja!
—¡La paciente está en estado crítico!
El pasillo de urgencias era un túnel de luz blanca. La camilla pasó rodando a toda velocidad, empujada por dos enfermeros, y Li Jingshen corrió detrás hasta que una mano lo detuvo en la puerta de la sala de reanimación.
—Señor, no puede pasar.
Las puertas se cerraron en su cara. A través del vidrio esmerilado vio sombras que se movían rápido, oyó un pitido agudo, intermitente, oyó a alguien gritar que llamaran al doctor Qin.
Se quedó ahí parado. Solo entonces vio que tenía las manos manchadas de rojo, y la camisa también.
La puerta se abrió otra vez. Salió una médica joven con una tablilla y un bolígrafo.
—¿Es usted familiar de la paciente?
—Soy su esposo.
—La paciente está en estado crítico. Necesitamos que firme el aviso de estado crítico.
Li Jingshen miró la hoja que le tendía. No la tomó.
—Estuvo arrodillada un rato en la nieve —dijo—. Nada más. No ha comido en unos días. A lo sumo está débil. Vomitó un poco de sangre, pero…
—Señor. —La médica lo interrumpió, firme—. La paciente tiene cáncer de estómago en fase terminal. La situación es muy grave ahora mismo. Solo un familiar puede firmar.
Él la miró sin entender.
—¿Qué?
—Cáncer de estómago en fase terminal —repitió ella—. ¿Usted no lo sabía?
—Imposible.
Le salió la palabra antes de pensarla.
—Es imposible. Ella siempre ha estado sana. Nunca se enferma. —Sacudió la cabeza—. Nunca, en cuatro años, ni un resfriado.
Cuatro años sacándote sangre. Cada análisis pasa por mis manos.
—Una mujer como ella… —dijo, y no supo terminar la frase. Hierba mala nunca muere. Eso iba a decir. Eso había pensado siempre.
—Señor, por favor. —La médica le acercó otra vez la tablilla—. Si seguimos retrasando esto, va a ser de verdad muy peligroso.
Li Jingshen tomó el bolígrafo.
La mano le temblaba. Le temblaba tanto que la primera letra de su nombre le salió torcida, y tuvo que apretar el bolígrafo con fuerza para terminar la firma. La médica le arrancó la tablilla casi de las manos y desapareció detrás de la puerta.
Él se quedó mirando el lugar donde había estado.
Me dio cáncer de estómago porque te debo algo. Es mi castigo.
Li Jingshen, me estoy muriendo.
Si te digo que me estoy muriendo…
Se apoyó contra la pared.
Pasaron minutos. Tal vez muchos. El pasillo se llenaba y se vaciaba de gente. Una enfermera le ofreció un vaso de agua y él no lo tomó.
Se miró las manos. La sangre se le había secado en las líneas de las palmas, en las uñas, en el puño de la camisa. Se las frotó contra el pantalón y no salió.
Pensó en la puerta blanca del baño. En los golpes. En la voz ronca que decía me voy a morir y en él, del otro lado, poniéndose el saco para ir a cenar. Pensó en el foco del techo, que él mismo había encendido. Pensó en la cara de ella esa tarde en la cama, hundida, gris, y en lo que él le había dicho: no pareces ni persona ni fantasma. Lo había dicho para herirla. Había sido, sin saberlo, una descripción exacta.
Cuatro días. Él había dicho tres. No sabía bien cómo se le había pasado el cuarto, entre reuniones, firmas y llamadas.
Sacudió la cabeza. No. Ella mentía. Siempre había mentido. Había mentido para casarse con él, había mentido para divorciarse. Esto era otra mentira, más grande, más elaborada, y los médicos se habían equivocado, y en unas horas ella iba a abrir los ojos y a mirarlo con esa sonrisa de quien ganó.
Se lo repitió varias veces. Cada vez le creyó un poco menos.
Entonces escuchó pasos rápidos que venían del otro extremo del pasillo. Alguien con bata blanca, el pelo desordenado, los lentes de armazón delgado torcidos sobre la nariz, que se detuvo en seco al verlo.
—Li Jingshen.
Él levantó la cabeza.
El hombre de la bata lo miraba con sorpresa, y enseguida con asco.
—Cuánto tiempo sin verte.
Li Jingshen tardó un segundo en reconocerlo. Hacía años. Muchos años.
—¿Qué haces aquí? —dijo—. ¿Dónde está Shen Zhichu?
—Adentro. —El otro señaló con la barbilla la puerta de la sala de reanimación. Se le endureció la cara—. Me llamaron para una emergencia. No me dijeron el nombre.
Hizo una pausa. Miró las manos de Li Jingshen, la camisa manchada, la nieve derretida en los zapatos.
—Así que la que tengo que salvar es Chuchu.
Fue hacia la puerta. Li Jingshen se despegó de la pared.
—Qin Mo.
El médico se detuvo con la mano en la puerta. No se volvió.
Li Jingshen dio un paso hacia él. Tenía la voz ronca, baja, y por primera vez en su vida no estaba seguro de querer oír la respuesta.
—¿Tú ya sabías que tenía cáncer de estómago en fase terminal?