Li Jingshen no contestó enseguida.
Se quedó sentado en la silla, con los codos en las rodillas, mirándola. La lámpara de la cabecera estaba apagada y la única luz venía de la franja amarilla bajo la puerta y del resplandor azulado de la ciudad en la ventana. A esa luz, la cara de él no tenía colores. Solo ángulos.
Zhichu esperó.
Durante años había esperado así: que él hablara, que él llegara, que él se diera la vuelta en la cama y le dijera algo. Había aprendido a leer sus silencios igual que otros aprenden a leer el cielo. Este no lo supo leer. Era un silencio nuevo, con algo adentro que se movía.
—¿Por qué me preguntas eso?
—Porque mi papá me llamó. —Zhichu se incorporó sobre la almohada, despacio—. Antes de tirarse. Me llamó a mí. No a mi hermano, no a su abogado. A mí.
Él no se movió.
—Y lo último que me dijo fue que tuviera cuidado. —Le tembló la voz y la sujetó—. Ten mucho cuidado, Chuchu. Eso me dijo. ¿Cuidado de qué, Li Jingshen? ¿De quién?
El suero goteaba. Una gota. Otra.
Ella vio que la mano derecha de él, la que tenía sobre la rodilla, se cerraba despacio. Vio que tragaba. Fue tan poco, tan rápido, que en otra época ella se lo habría inventado. Esta vez estaba segura de haberlo visto.
Li Jingshen se apoyó en el respaldo de la silla y cruzó las piernas. Cuando habló, la voz le salió tranquila, razonable, sin ninguna prisa.
—Tu papá se suicidó. ¿Qué tiene que ver eso conmigo?
Zhichu lo miró.
—Cualquiera que conozca a tu papá sabe cómo era. Un cobarde. —No había crueldad en el tono; sonaba casi aburrido—. Un mujeriego. Toda la vida de fiesta en fiesta, de casino en casino. Un hombre así, ¿de dónde iba a sacar valor para tirarse de un edificio? Para eso hace falta valor. Él nunca tuvo.
—Cállese.
—Tal vez no aguantó la conciencia. Tal vez por fin se dio cuenta de lo que había hecho. —Se encogió de hombros—. O tal vez pensó que pasarse el resto de la vida en la cárcel era peor que morirse. No lo culpo. Hay hombres que no sirven para estar encerrados.
Se sacudió una pelusa de la rodilla.
—A lo mejor fue lo mejor para él.
Zhichu no pudo contestar.
Lo peor era que tenía razón. Su papá era un cobarde. Ella lo sabía mejor que nadie. Un hombre que se escondía en el balcón cuando le gritaban, que pagaba para no discutir, que nunca había terminado nada difícil en su vida. Un hombre así no sube treinta pisos. Un hombre así no llama a su hija para despedirse en orden, sin olvidar nada, con la voz firme hasta el final.
Justamente por eso no lo entendía. Justamente por eso tenía miedo.
No lloró. Se le había acabado el llanto en algún lugar entre el pasillo de urgencias y esta cama. Lo que sintió fue algo seco y frío que le subía desde el estómago, desde el lugar exacto donde estaba el tumor, y se le quedaba atravesado en la garganta.
—¿De verdad? —dijo, al fin.
Él la miró.
—¿De verdad piensa eso? —Se inclinó hacia él, apoyándose en la baranda—. Li Jingshen. Dígame una cosa. Una sola. ¿De qué está hecho su corazón?
Él no contestó.
—Porque yo no lo sé. Lo he buscado dieciséis años. Lo he buscado en cada cena, en cada aguja, en cada noche que lo esperé despierta. —Le salió una risa sin sonido—. Y no lo encuentro. Ya no sé si tiene uno.
Se quedó mirándolo. Luego, muy despacio, como quien pone sobre la mesa la última moneda que le queda, dijo:
—Le prometo no divorciarme.
Él se tensó.
—Le prometo quedarme. Toda la vida, si quiere. No volver a pedirle nada. Ser lo que usted diga. —La voz se le quebró—. Pero devuélvame a mi papá. ¿Me lo puede devolver? ¿Puede?
Li Jingshen tardó en contestar. Cuando lo hizo, fue en voz muy baja.
—Está muerto.
—Entonces divorciémonos.
Le salió en el mismo aliento, sin pausa, y vio cómo la palabra lo golpeaba en la cara.
—Ni lo pienses. —Él se enderezó en la silla—. Ni se te ocurra pensarlo.
Tocaron a la puerta.
La enfermera del turno de noche asomó la cabeza, con una linterna pequeña en la mano. Miró a Zhichu, sentada en la cama con los ojos rojos. Miró a Li Jingshen.
—¿Todo bien, señorita Shen? Escuché voces.
—Todo bien —contestó él, antes que ella.
La enfermera dudó. Revisó la bolsa del suero con la linterna, anotó algo, volvió a mirar a Zhichu. Zhichu asintió apenas.
—Si necesita algo, toque el timbre —dijo la mujer, y salió.
La puerta se cerró. La franja amarilla volvió a ocupar su lugar en el piso.
—¿Qué más quiere?
Zhichu se sentó en la cama. La bata se le resbaló de un hombro y no la acomodó.
—¿No he sido lo bastante obediente? ¿Eh? Dígame. —Las palabras le salían cada vez más rápidas—. Me quiso de rodillas y me arrodillé. Delante de todos. En la nieve. Me arrodillé hasta que las rodillas me sangraron. Mírelas.
Se levantó la bata. Las vendas blancas brillaron en la penumbra.
—Me quiso encerrada y me dejé encerrar. Me quiso callada y me callé. Me quiso dando sangre y le di sangre. —Se le quebró la voz—. A su lado yo no soy una persona. Soy un juguete. Algo que usted pisa cuando le da la gana y luego deja tirado en un rincón.
Lo miró con los ojos ardiendo.
—¿Qué más quiere de mí? ¿Qué más me queda que no me haya quitado?
Él no dijo nada.
—Li Jingshen. —Bajó la voz—. Mi familia está destruida. Mi papá está muerto. La empresa está en el suelo. Ya no tengo nada. Ya le pagué lo que le debía. Todo. Hasta el último centavo.
Él se inclinó hacia adelante. Por primera vez en la noche, la luz de la ventana le dio de lleno en los ojos, y ella vio en ellos algo terco y oscuro, casi desesperado.
—¿Pagado? —repitió—. ¿Tú crees que ya pagaste?
Sacudió la cabeza, despacio.
—Nunca vas a terminar de pagarme lo que me debes, Shen Zhichu. En toda esta vida. Nunca.
—Y no se te ocurra echarme a mí la culpa de la muerte de tu papá.
Se puso de pie y fue hasta la ventana. Se quedó de espaldas a ella, con las manos en los bolsillos, mirando la ciudad.
—Tu papá ya no está. Muy bien. Pero todavía tienes un hermano.
Zhichu sintió que el frío le bajaba por la espalda.
—Tu hermano sigue vivo. No lo olvides. —Ahora sí se volvió—. Si no quieres que tu hermano termine como tu papá, guárdate esas ideas. Todas. El divorcio, el médico, los historiales falsos. Yo conozco tus métodos, Shen Zhichu. Los conozco mejor que nadie.
Zhichu pensó en su hermano. En su cara roja frente al televisor, en el dedo levantado, en matar a mi mamá no te bastó. Su hermano la odiaba desde que tenía memoria. Nunca le había dado un regalo, nunca le había preguntado cómo estaba. Y aun así, al oír a Li Jingshen decir tu hermano sigue vivo, se le cerró el estómago.
Porque sabía que él lo haría. Ya había visto de lo que era capaz con una trampa, un acuerdo y una botella.
—Claro. —Ella soltó una risa rota—. Claro que sí. Todo lo causé yo. Lo de mi papá, lo de la empresa, lo de mi mamá. Todo es culpa mía. Para usted yo soy lo peor que existe.
—Y para ti, el peor soy yo. —Él dio un paso hacia la cama—. Ya lo decidiste. Hace rato lo decidiste. Que soy un monstruo, que soy cruel, que no tengo corazón.
Se detuvo junto a la baranda.
—Entonces voy a ser cruel. Para que lo veas bien.
Zhichu no apartó la mirada.
—Yo hago las cosas según mi humor —siguió él, muy bajo—. Así de simple. Si me tienes contento, puedo ser generoso. Muy generoso. Puedo darte lo que quieras. —Hizo una pausa—. Si no me tienes contento…
Dejó la frase ahí, para que ella la terminara sola.
Zhichu entendió entonces lo que él le estaba ofreciendo. Una vida con un termómetro. Despertar cada mañana y medirle el humor, como se mide la fiebre de un enfermo, antes de abrir la boca. Sonreír cuando él quisiera sonrisas. Callar cuando él quisiera silencio. Y a cambio, que su hermano siguiera respirando.
Era el mismo trato de siempre. Solo que ahora él lo decía en voz alta.
Se quedaron callados un rato.
En el pasillo pasó un carrito. Alguien tosió en el cuarto de al lado. El suero seguía goteando, y Zhichu miraba las gotas porque no podía mirar otra cosa.
Cuando él volvió a hablar, lo hizo con otra voz. Más cansada. Casi suave.
—La verdad, podrías soltarlo.
Ella levantó la vista.
—Todo esto. Tu papá, tu hermano, la familia Shen. —Él se sentó otra vez en la silla—. ¿Sabes qué pasaría si la que estuviera en peligro fueras tú? Si la que estuviera en esa camilla fueras tú, ahora mismo. Nadie de la familia Shen perdería el tiempo contigo. Ni uno solo. Tu hermano no vendría. Tus parientes no vendrían. Ni siquiera tu papá habría venido.
Zhichu no contestó. Sabía que era verdad. Lo había sabido siempre.
—Ni siquiera puedes cuidarte a ti misma —siguió él—. Mírate. ¿Y todavía quieres cuidar a los demás? ¿No te encanta hacerte la santa? —Sacudió la cabeza—. Ya cortaste con ellos. Ya se acabó. Déjalos ir.
Ella bajó la vista hacia sus manos.
—Tiene razón —dijo, muy bajo—. Li Jingshen tiene razón.
Él pareció sorprenderse de oírla.
—Pero ¿cómo no me va a importar? —Levantó la cara—. ¿Cómo? Era mi papá. Me cargaba en los hombros. Me llamó a mí, al final, a mí. —Se le llenaron los ojos, por fin, después de horas—. Me dijo que cuando se fuera, ese nudo que yo tenía con él se iba a desatar.
Se le escapó una lágrima. Luego otra.
Estás tan bonita que me da orgullo. Veintitrés años esperando esa frase. Se la había dicho por teléfono, con ese eco de escalera de fondo, y ella no había alcanzado a contestarle. No le había dicho gracias, papá. No le había dicho yo también. No le había dicho nada, porque estaba ocupada preguntándole a dónde iba.
—Y se fue. Y el nudo me lo dejó a mí. Más apretado que nunca.
Li Jingshen se quedó mirándola llorar.
No se acercó. No le ofreció un pañuelo, ni la mano, ni nada. Siguió en la silla, con los codos en las rodillas, con esa expresión cerrada que ella le conocía tan bien.
Pero cuando habló, la voz le salió ronca.
—Mientras te portes bien —dijo—, vamos a estar bien. Tú y yo.
Ella no contestó.
—No te voy a pedir más de lo que puedas dar. —Se pasó una mano por la cara—. Pero tienes que portarte bien, Shen Zhichu. Tienes que quedarte quieta. Mi paciencia tiene un límite.
Se levantó y fue hasta la puerta. Se detuvo con la mano en el picaporte, de espaldas, como tantas otras veces.
Zhichu lo vio así, alto, oscuro contra la luz del pasillo. Cuatro años atrás, un tú y yo en boca de él le habría alcanzado para toda una vida. Ahora él lo había dicho. Y sonaba a cerradura.
—Y otra cosa.
Ella lo miró.
Él se volvió a medias. La luz del pasillo, que entraba por la rendija, le partía la cara en dos.
—No soporto que sigas diciendo la palabra divorcio.