Li Jingshen se rió.
Fue una risa corta, sin ganas, que se le quedó en la garganta. Zhichu se la conocía: era la de un hombre al que le acaban de ofrecer muy poco por algo que no piensa vender.
—De verdad no me esperaba que fueras tan generosa —dijo—. Un sobre rojo. Bien gordo.
Se acercó dos pasos. Ella no retrocedió.
—Pero vamos a dejar algo claro, Shen Zhichu. —Bajó la voz—. En esta vida, tú solo puedes ser mi mujer. Mía. De nadie más.
Ella no contestó.
—Si me hubieras dicho todo esto el día de la boda —siguió él, mirándola de arriba abajo—, a lo mejor hasta me habría conmovido. ¿Te acuerdas de lo que te dije ese día? En el altar, cuando te levanté el velo.
Zhichu se acordaba. El altar, el velo, y su boca junto a la oreja mientras todos aplaudían, diciendo algo que nadie más oyó.
—«No hay divorcio, solo viudez» —repitió Li Jingshen, saboreando cada palabra—. Qué bonito voto, ¿no? Mucho más honesto que el del sacerdote.
Zhichu se quedó mirándolo.
Lo había dicho para asustarla, como aquel día. Para recordarle que no había puerta. Y ella, en otra época, se habría asustado.
Ahora tuvo ganas de reírse.
Viudez. Qué palabra tan exacta. Él ni siquiera sabía lo exacta que era. Iba a enviudar, sí, y antes de lo que pensaba. Ella se iba a morir en esa casa que ya era de él, con el apellido de él, y él iba a tener su viudez, tal como lo había prometido. Era el único voto que alguno de los dos iba a cumplir.
Me tocó caer en manos de este desgraciado para el resto de mi vida. Lo pensó sin rabia, casi con curiosidad. Para el resto de mi vida. Que ya no es tanto.
Siempre la misma frase, en el hospital, en la escalera, en el pasillo: si quieres irte, muérete. Como si morirse fuera la cosa más difícil del mundo.
Para ella era lo único fácil que le quedaba.
—Y más te vale ser honesta conmigo —dijo él—. Si estás pensando en buscarte a otro hombre por ahí, ni lo intentes.
—¿Usted?
Zhichu levantó las cejas.
—¿Usted no puede controlar su propio corazón y quiere controlar el mío? —Se rió, ahora sí, sin sonido—. No me compare con usted. Para mí el amor y el matrimonio son dos cosas distintas. Lo del matrimonio ya está: ya lo amarré a usted con papeles, bien amarrado, a la vista de todos. Eso no se va a mover.
Recogió una caja chica del suelo.
—Lo otro es mío. Y ya no se lo doy a nadie.
Él la miró sin decir nada.
—Y ella acepta todo lo que usted haga, ¿no? —siguió Zhichu—. Que esté casado, que tenga esposa en casa, que salga en las noticias con otra. Lo acepta con una sonrisita. —Apretó la caja contra el pecho—. Hacen muy buena pareja. De verdad. Me dan asco.
—Pues aguántate el asco.
Li Jingshen se acomodó el puño de la camisa.
—Entre Mingyue y yo no ha pasado nada. Somos amigos. Nos conocemos desde niños. En dos días se muda, ya te lo dije. Espero que no la hagas sentir incómoda.
—Qué amigos tan especiales tiene usted. —Zhichu dejó la caja sobre otra—. Se besan, se toman de la mano, por poco y terminan en la cama. Pero son amigos.
—Shen Zhichu.
—No, no. Ya entendí. —Levantó una mano—. No se preocupe. Le voy a arreglar un cuarto, para que su amor tenga dónde dormir.
Él frunció el ceño.
—¿Lo arreglo a su gusto? —preguntó ella, con una cortesía exagerada—. ¿O le pregunto a Xia Mingyue cómo lo quiere? ¿Cortinas claras? ¿Flores? ¿Jazmín?
—Como tú quieras. —Él agarró el abrigo del respaldo—. Arréglalo como se te dé la gana.
Salió sin despedirse. La puerta de la entrada se cerró con un golpe seco, y al fondo de la sala la foto de bodas, apoyada contra la pared, tembló un poco en su marco.
En el coche, Li Jingshen no le dio al chofer ninguna dirección.
El chofer esperó un minuto. Luego arrancó hacia la oficina, porque era lo que hacía siempre que nadie le decía nada.
Li Jingshen miraba por la ventanilla sin ver.
Le prometí que me iba a quedar. Eso era lo que ella había querido siempre, ¿no? Cuatro años pidiéndole que se quedara a cenar. Cuatro años de notas en el horno. Y ahora él le decía quédate aquí, no te vayas, le compraba la casa para que no tuviera que irse, le daba cinco millones en una tarjeta. Y ella le hablaba de usted y lo miraba sin nada en los ojos.
¿Por qué seguía enojada?
No se habían divorciado. No se iban a divorciar. Eso era lo importante; lo demás era cuestión de tiempo. Si él la trataba un poco mejor, si aflojaba un poco la mano, ella iba a volver a ser la de antes. La que lo buscaba sin vergüenza. La que le escribía mensajes a medianoche. La que lo esperaba.
Siempre había vuelto. Esta vez también iba a volver.
Se lo repitió dos veces. A la segunda, ya no le sonó tan seguro.
Apoyó la frente en el vidrio frío. Afuera pasaban edificios, semáforos, gente con paraguas cerrados. Sintió algo pesado, sin forma, debajo del esternón, y no supo cómo llamarlo. Al final le puso el nombre más simple que encontró.
Tristeza.
No le gustó. Lo guardó donde guardaba todo lo demás.
Esa misma noche, Zhichu arregló el cuarto.
Escogió el de huéspedes, al fondo del pasillo de abajo: el más grande después del de ellos, con una ventana al jardín y un clóset que nadie había usado nunca. Cambió las sábanas, sacudió las cortinas y dejó toallas limpias dobladas al pie de la cama.
El baño más cercano era el de visitas. El de los azulejos verdes.
Zhichu se quedó un momento en el pasillo, mirando esa puerta cerrada. Luego apagó la luz del cuarto y fue al recibidor. La llave plateada había vuelto a aparecer en el cajón de la entrada, donde siempre había estado; alguien la había guardado ahí otra vez. No le dejó flores a Mingyue. Le dejó, eso sí, la llave puesta en la cerradura del baño, por fuera, donde cualquiera la pudiera ver. Después subió a dormir.
El abogado le mandó el contrato al día siguiente, por mensajero.
Zhichu lo leyó dos veces, sentada en la cocina, con una taza de té que se le enfrió entre las manos. Cinco millones. Una casa de dos pisos. Su nombre de un lado, el de él del otro. Firmó en todas las hojas donde había banderitas amarillas. La firma le salió como siempre, derecha, sin temblar.
En la tarde marcó el número de él.
Tardó en contestar.
—¿Sí?
—Ya firmé el contrato del traspaso. —Zhichu miraba la ventana—. El que mandó el abogado. Ya está.
—Bien. —Una pausa—. Mañana es fin de semana. Traigo a Mingyue.
Ella no dijo nada.
—Quiere probar tu comida —siguió él—. Le conté que cocinas.
—No lo voy a hacer.
—Mingyue no está bien de salud. No se acostumbra a la comida de afuera, le cae mal. —Siguió como si ella no hubiera hablado—. Haz algo ligero. Sin grasa, sin picante.
—Li Jingshen. —Zhichu cerró los ojos—. ¿No entiende cuando le hablan? Le dije que no lo voy a hacer.
—Mañana vengo a comer.
—Li Jingshen.
Se le quebró algo en la voz. Lo dejó.
—Yo ya no soy la que cocinaba para usted. La que se pasaba la tarde en la cocina y luego se sentaba a esperarlo con la comida tapada, mirando la puerta. —Respiró—. Esa ya no está. Se lo dije. Búsquela en otro lado.
Del otro lado hubo un silencio largo.
—Shen Zhichu.
La voz de él había cambiado. Ya no era la del trato. Era la otra.
—Para otros sí cocinas, ¿verdad? Para otros sí te pones el delantal. —Marcó cada palabra—. Y para mí, ¿qué? ¿Cocinarme a mí es como cocinarle a un animal?
Ella no contestó.
—Qué valiente te volviste. —Él soltó una risa breve—. ¿Cómo te atreves a hablarme así? ¿Ya se te olvidó? Más te vale portarte bien.
Zhichu apretó el teléfono.
—A tu hermano lo puedo aplastar ahora mismo. —La voz seguía tranquila—. Igual que se aplasta una hormiga con el dedo. Ni siquiera tendría que levantarme de la silla.
Pausa.
—Mañana, a las doce del día, la comida tiene que estar lista. Quiero verla en la mesa cuando llegue. —Otra pausa, más corta—. Y no me hagas repetírtelo.
Zhichu abrió la boca. La volvió a cerrar.
Pensó en su hermano. En el dedo levantado frente a la televisión. Matar a mi mamá no te bastó. Pensó en que no lo quería, en que él nunca la había querido a ella, y en que aun así no podía dejar que lo aplastaran. No sabía por qué. Tal vez porque era lo único que le quedaba de su papá que todavía respiraba.
—Está bien —dijo—. Me equivoqué.
Él colgó primero.
Zhichu se quedó sentada en la cocina con el teléfono en la mano.
La pantalla se apagó sola. En el vidrio negro vio su cara: pálida, con ojeras, el pelo sin peinar. La cara de alguien que se está muriendo y lo sabe.
Me estoy muriendo, pensó. Me estoy muriendo, y todavía tiene ganas de atormentarme así.
No lloró.
Lo que sintió fue más raro: una calma muy fría, muy limpia, que le bajó por los brazos hasta las manos. Dejó el teléfono boca abajo sobre la mesa, se puso el abrigo gris, agarró la bolsa de tela de las compras y salió de la casa.
El mercado estaba lleno a esa hora.
Olía a cilantro, a pescado, a fruta pasada. Las lonas de colores dejaban caer una luz anaranjada sobre los puestos y sobre la gente que regateaba a gritos. Zhichu caminó entre los pasillos sin prisa, con la bolsa colgando del brazo, mirando todo.
Se detuvo en el puesto de carne de cerdo.
El carnicero era un hombre grande, de delantal manchado, con un cuchillo en cada mano. Detrás de él, colgando de ganchos, había de todo: costillas, lomos, cabezas, patas.
Zhichu se quedó mirando el mostrador.
En cuatro años había aprendido todo lo que a Li Jingshen le gustaba y todo lo que no. Lo había aprendido sin que él se lo dijera, mirando qué dejaba en el plato, qué apartaba con el tenedor, qué nunca volvía a tocar. Lo tenía escrito en una libreta, junto a las recetas de su mamá.
A Li Jingshen no le gustaban las vísceras. Nada de hígado, nada de riñones, nada de tripas. Tampoco la cabeza ni la cola. Tampoco las patas, por más que las cocieran horas. Le gustaba lo ligero. Lo limpio. Lo que no olía a nada.
—Buenas tardes —dijo Zhichu.
—¿Qué le doy, señorita?
—Un hígado de cerdo, por favor. Entero.
El carnicero lo descolgó y lo puso en la báscula.
—Un riñón. —Señaló—. Ese, el grande. Un tramo de tripa, de este largo. —Separó las manos—. Y dos patas.
—¿Va a hacer caldo?
—Algo así.
El hombre envolvió todo en papel grueso y luego en plástico, y le cobró. Zhichu le dio las gracias, guardó el paquete en la bolsa y se quedó un momento frente al puesto, mirando los ganchos vacíos donde un minuto antes habían estado las patas.
Luego sonrió, apenas.
—Cuanto menos le guste algo —murmuró—, más lo voy a cocinar para él.