Demasiado tarde para amarlaCap. 2/318 min de lectura

Capítulo 2: Lo que siempre quisiste

—¿Cómo va a ser posible?

Qin Mo había esperado a que el médico saliera del consultorio. Ahora tenía el informe en las manos y lo sostenía con tanta fuerza que el papel se arrugaba en las orillas.

—Eres muy joven, Chuchu. Esto tiene que estar mal. —Pasó una hoja, luego otra, buscando un error que no estaba—. Vuelve mañana. Yo mismo te hago los estudios otra vez. Todos.

Zhichu lo miró desde la silla. Tenía las manos entrelazadas sobre el regazo, y le sorprendió lo quietas que estaban.

—Me los puedes hacer cien veces —dijo—. El resultado va a ser el mismo.

—No digas tonterías.

—No son tonterías, Qin Mo. Ya lo sabía.

Él levantó la cara. Detrás de los lentes, los ojos se le habían enrojecido.

—Lo sospechaba —corrigió ella, más suave—. Desde hace un tiempo. El dolor no se iba. Y luego empecé a vomitar…

No terminó. No hacía falta. Qin Mo dejó el informe sobre el escritorio, se quitó los lentes, se frotó los ojos con dos dedos y se los volvió a poner. Ella le conocía ese gesto desde que tenía catorce años y él, unos cursos más arriba, le explicaba los problemas de física: cuando no le salía uno, fingía que la culpa la tenía la luz.

—Escúchame —dijo él, y se agachó frente a ella hasta quedar a su altura—. Escúchame bien, por esta vez. Si aceptas el tratamiento, vas a estar bien. Hay opciones. Hay medicamentos nuevos. Yo conozco gente. Pero tienes que dejar que te ayude.

Ella no contestó.

—¿Y Li Jingshen? —preguntó él de pronto—. ¿Cómo están ustedes?

La pregunta le cayó como agua fría. Zhichu bajó la mirada hacia el algodón nuevo que le habían puesto en el brazo.

—Como siempre.

—Entonces divórciate.

Fue directo, con una dureza que no era propia de él. Zhichu levantó la vista. Qin Mo le sostuvo la mirada, y por un segundo pareció que iba a decir algo más, algo que se le había quedado atascado en la garganta. Pero solo apretó los labios.

—Lo voy a pensar —dijo ella.

—Piénsalo de verdad. —Él se puso de pie—. Y mañana vienes al hospital. Yo mismo te reviso, ¿me oíste? Te armo un plan de tratamiento. No quiero excusas.

—Sí, doctor.

Él no sonrió. Ella tampoco.


Tomó un taxi en la puerta del hospital. Qin Mo quiso llevarla, pero ella le recordó que tenía guardia y él, a regañadientes, la dejó ir.

La ciudad de Jiuzhou pasaba al otro lado de la ventanilla como cualquier otra noche: los anuncios luminosos, los puestos de comida humeando en las esquinas, las parejas que esperaban el semáforo tomadas de la mano. Nada se había detenido. Nadie sabía que en el asiento trasero de ese taxi iba una mujer de veintitrés años con la fecha de su muerte escrita en un sobre color crema.

Zhichu apoyó la frente contra el vidrio.

Pensó en las cosas que no iba a hacer. Ir al mar, por ejemplo. Nunca había ido al mar con calma, solo de paso, en viajes de trabajo, mirando el agua desde la ventana de alguna sala de reuniones. Pensó en el violín que tenía guardado en el clóset desde hacía años, con las cuerdas flojas. Pensó, sin querer, en Li Jingshen. Siempre terminaba pensando en él, igual que el agua termina siempre en el punto más bajo.

—¿Se siente bien, señorita? —preguntó el taxista, mirándola por el retrovisor.

—Sí —mintió—. Solo estoy cansada.


La casa estaba a oscuras cuando llegó.

Era una casa grande, demasiado grande para dos personas que casi nunca coincidían en ella. Zhichu la había comprado antes de la boda con su propio dinero, había elegido cada lámpara, cada cortina, cada mueble de la cocina, imaginando cenas que nunca ocurrieron. De noche, los techos altos le devolvían el eco de sus pasos.

Encendió solo la luz de la cocina.

No sabía por qué lo hacía. Se lo preguntó mientras sacaba las verduras del refrigerador, mientras lavaba el arroz bajo el chorro de agua fría, mientras picaba el jengibre en tiras finas, como le había enseñado la cocinera de su padre cuando ella tenía doce años. Durante cuatro años había cocinado para Li Jingshen casi todas las noches. Él casi nunca llegaba a cenar, y cuando llegaba, pasaba de largo. Ella tiraba la comida a la mañana siguiente y volvía a empezar.

Era una costumbre estúpida. Lo sabía.

Recordaba la primera noche, la de la boda. Había preparado sopa de costilla con raíz de loto, la receta de su madre, copiada de un cuaderno escrito a mano que había encontrado en la casa de su padre. Nunca conoció a su madre; aquel cuaderno era casi lo único que le quedaba de ella. Lo esperó con el vestido todavía puesto. Él llegó de madrugada, miró la mesa, la miró a ella y dijo: "No tengo hambre de nada que venga de ti". Ella guardó la sopa en un recipiente, la metió al refrigerador y al otro día se la comió sola, fría, de pie junto al fregadero.

Al día siguiente volvió a cocinar.

Pero esa noche, con el informe doblado en el bolso y ese sabor metálico que ya no se le quitaba de la boca, cocinar era lo único que le impedía sentarse en el suelo y no levantarse más.

Escuchó la puerta poco después de las once.

Se secó las manos en el delantal y salió al pasillo. Li Jingshen estaba en la entrada, quitándose el saco. Olía a lluvia fina y a whisky caro.

—Volviste —dijo ella—. ¿Ya cenaste? Te preparo algo.

Él se detuvo. La miró de arriba abajo, el delantal, el pelo recogido de cualquier manera, la cara pálida, y algo en su expresión se torció.

—¿Ahora te haces la inocente?

—Jingshen…

—No tienes que hacer teatro. —Dejó caer el saco sobre el sillón y se aflojó la corbata—. Si eso es lo que quieres, ven directo.

Ella dio un paso atrás.

—No, Jingshen. No me siento bien.

Él no la escuchó. O la escuchó y le dio igual. Le tomó la muñeca, la misma del pinchazo, y el dolor le subió por el brazo hasta el hombro.

—No quiero —dijo—. Suéltame. Por favor, suéltame. Me duele…

La puerta del cuarto se cerró detrás de ellos.

Lo que pasó después, Zhichu lo guardó en el mismo lugar donde guardaba todo lo demás: un cuarto sin ventanas dentro de sí misma, donde las cosas no tenían palabras. Solo recordaría, mucho después, el techo. La lámpara apagada. El reloj de la mesa de noche marcando minutos que no avanzaban. Y su propia voz, cada vez más pequeña, repitiendo "me duele" a alguien que no quería saberlo.


—Shen Zhichu.

Él estaba sentado en el borde de la cama, de espaldas, abrochándose la camisa sin prisa.

—Tu cara, tu cuerpo —dijo sin volverse—, todo en ti me da asco.

Ella tenía la sábana subida hasta la barbilla. No contestó.

—¿Qué finges? —siguió él—. ¿No eras tú la que se esforzaba tanto por seducirme? ¿La que me perseguía por todas partes? ¿Y ahora qué? ¿Ahora quieres hacerte la santa? —Soltó una risa corta, seca—. Te vendiste y todavía quieres que te pongan un altar.

—Li Jingshen.

Le salió apenas un hilo de voz. Él se volvió a medias.

—Me estoy muriendo.

Así, sin adornos. Era la primera vez que lo decía en voz alta delante de él, y se sorprendió de lo fácil que había salido, de lo poco que pesaban las palabras comparadas con lo que significaban.

Li Jingshen la miró un segundo. Luego sacudió la cabeza.

—¿Qué finges, Shen Zhichu? Ya te lo dije. —Se puso de pie y recogió el reloj de la mesa de noche—. Normalmente estás tiesa como un pescado muerto, ¿y hoy se te ocurre hacerte la difícil?

Ella apretó los ojos.

—Si no tuvieras el mismo tipo de sangre que Mingyue —dijo él, con la voz tranquila de quien lee un informe trimestral—, ¿crees que me fijaría en ti?

Se ajustó el reloj en la muñeca. Hizo una pausa.

—Pero tranquila. Pronto dejarás de serme útil.

Salió del cuarto sin cerrar la puerta.


Se quedó mucho tiempo sin moverse.

Escuchaba el silencio de la casa, los crujidos de la madera, el refrigerador que se encendía y apagaba en la cocina, donde la comida se enfriaba en la estufa. Le dolía el estómago con ese dolor nuevo, profundo, que ya no podía llamarse hambre ni gastritis ni nervios. Ahora tenía nombre, y el nombre iba doblado en el bolso.

Pronto dejarás de serme útil.

Pensó que tenía razón. Sin saberlo, él había dicho la verdad más exacta de toda su vida juntos. Pronto ella no le serviría a nadie: ni a Mingyue, ni a él, ni a su padre, que solo la llamaba para pedirle dinero. Pronto sería unas cenizas en una urna y un nombre tachado en un acuerdo.

Se sentó en la cama y se puso la bata; cada movimiento le costaba el doble.

Buscó el teléfono en el bolsillo del abrigo, que seguía tirado en el suelo, y marcó su número. No sabía qué iba a decirle. Solo sabía que, si no lo decía esa noche, ya no lo diría nunca.

El número que usted marcó se encuentra ocupado. Por favor, espere.

Colgó. Volvió a marcar.

El número que usted marcó se encuentra ocupado.

Otra vez. Y otra. La voz grabada de la operadora era siempre igual de educada, igual de indiferente.

Ocupado.

Ocupado.

Zhichu bajó el teléfono. No necesitaba adivinar con quién hablaba a las doce de la noche, un piso más abajo, en la misma casa.

Se levantó y bajó la escalera descalza, apoyando una mano en el barandal. La puerta del estudio estaba entreabierta y por la rendija salía una franja de luz amarilla.

Él estaba de pie junto a la ventana, de espaldas, con una copa en la mano. El teléfono descansaba sobre el escritorio con el altavoz encendido, y en la pantalla brillaba un nombre que ella conocía mejor que el suyo propio.

Mingyue.

—Hermano Jingshen… —La voz salía del aparato suave, mimada, con un temblor delicado en cada sílaba—. Este fin de semana, pasado mañana… ¿puedes hacerte un tiempito para venir? Ya hace medio mes que no nos vemos.

Él no contestó enseguida. Bebió.

—¿Por qué eres tan malo conmigo? —se quejó ella—. Hermano Jingshen, acabo de tener una pesadilla. Tengo muchísimo miedo.

—Cálmate —dijo él. Y Zhichu escuchó en esa sola palabra más paciencia de la que él le había dedicado a ella en cuatro años.

Se quedó en el umbral, con los pies helados sobre el piso de madera.

Pensó en el informe, en el médico que se quitaba los lentes, en Qin Mo diciéndole divórciate con los ojos rojos. Pensó en las dieciséis veces que había empezado una carta para Li Jingshen y las dieciséis veces que la había roto. Pensó en todo lo que había querido y en todo lo que nunca le iban a dar.

Y comprendió que todavía le quedaba una sola cosa que darle. Una sola cosa que él había deseado desde el primer día, que había pedido con la mirada en cada cena vacía, en cada donación, en cada noche que regresaba tarde.

Empujó la puerta.

Li Jingshen se volvió. Por primera vez en la noche, la miró sorprendido.

—Li Jingshen —dijo ella. La voz le temblaba, pero aguantó—. Tengo algo importante que decirte.

Él frunció el ceño. En el teléfono, Mingyue seguía llamándolo, bajito.

Zhichu sostuvo su mirada.

—Es lo que siempre quisiste.

Fin del capítulo 2
Sigue leyendoCapítulo 3: Sangre para MingyueLi Jingshen no colgó. La miró desde la ventana con la copa a medio camino entre la mano y la boca, y en sus ojos Zhichu solo encontró fastidio, el de…Leer capítulo 3
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Demasiado tarde para amarla31 capítulos
  1. 1El diagnóstico
  2. 2Lo que siempre quisisteLeyendo
  3. 3Sangre para Mingyue
  4. 4Veinte por ciento o cero coma uno
  5. 5Un poco de lástima
  6. 6Tres días para reflexionar
  7. 7Abre la puerta
  8. 8Tres días
  9. 9De rodillas
  10. 10Dieciséis años
  11. 11El papel en su estómago
  12. 12Siempre estaré aquí
  13. 13Un historial falso
  14. 14Cuatro años
  15. 15Atarla y vivir como un perro
  16. 16La llamada de papá
  17. 17Treinta pisos
  18. 18Demasiado frío
  19. 19Lo que le dijo a mi padre
  20. 20La palabra prohibida
  21. 21La mano de Qin Mo
  22. 22Cenizas
  23. 23Hermano Jingshen, no te vayas
  24. 24Cosas que ya no quiero conservar
  25. 25Cuanto menos le guste
  26. 26Mil trescientos sesenta y cuatro días
  27. 27Un dolor de cabeza muy oportuno
  28. 28Mata a alguien por mí
  29. 29El hombre de las galletas
  30. 30Cinco semanas
  31. 31No voy a venir
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