—¿Papá?
Zhichu se incorporó tan rápido que la vía le tironeó en el dorso de la mano.
—Papá, ¿eres tú? ¿Quién te dio un teléfono? —Las preguntas se le amontonaban en la boca—. ¿Dónde estás? ¿No te llevaban al tribunal?
Del otro lado se oía un motor, un traqueteo metálico y rítmico, como de algo que avanzaba sobre baches. Lejos, unos hombres hablaban entre ellos.
—Todos estos años… —La voz de su padre sonaba muy cerca, pegada al auricular, casi un susurro—. Todos estos años, Chuchu, el que te debe algo soy yo.
Ella se quedó inmóvil.
—Yo te fallé. —Él tomó aire, un aire entrecortado que le silbaba en el pecho—. No fui un buen padre. Nunca lo fui. Ya lo sé.
—Papá, ¿de qué hablas?
—Cuando yo me vaya, ese nudo que tienes conmigo se va a desatar. Ya vas a ver. Ya no vas a tener que cargar con nada.
—¿Irte? —Zhichu apretó el teléfono—. Papá, ¿a dónde vas? ¿A dónde te llevan?
Él no contestó a eso.
—Acuérdate, ¿sí? —siguió, y ahora la voz le temblaba—. Papá siempre te quedó a deber una disculpa. Siempre. Desde que eras niña.
—Papá…
—Eres muy buena, Chuchu. Muy capaz. —Se le quebró algo en la garganta—. Y estás tan bonita. Tan bonita que me da orgullo. ¿Sabías? Nunca te lo dije. Me daba orgullo verte.
Zhichu se tapó la otra oreja con la mano para oírlo mejor. El cuarto, el suero, el olor a desinfectante desaparecieron; solo quedaban esa voz y el traqueteo detrás.
Se le llenaron los ojos. En veintitrés años su padre nunca le había dicho algo así, y se lo decía ahora por teléfono, desde algún lugar con motor y baches, con la voz de un hombre que se está despidiendo.
El traqueteo se detuvo. Se oyó una puerta corrediza, pasos sobre grava, un claxon lejano. Luego el ruido se volvió hueco, con eco, como de escaleras, y su padre empezó a respirar cada vez más rápido, como alguien que sube corriendo.
—Perdóname por ser tan terco —dijo él, jadeando—. Perdóname por todo.
—Papá, no…
—Cuídate mucho, Chuchu. —Bajó la voz hasta casi perderla—. Ten mucho cuidado. Mucho cuidado, ¿me oyes?
—¡Shen Changnan!
Le salió el nombre completo, a gritos, igual que se lo gritaba de adolescente cuando él olvidaba recogerla en la escuela.
—¿A dónde vas? ¡Contéstame!
Del otro lado sonó un golpe brusco y una voz de hombre, distinta, más fuerte:
—¡Oiga! ¿Qué está haciendo? ¡Deme eso!
Y la de su padre, de pronto aguda, asustada:
—¿Quién me quiere pegar? ¡Suélteme! ¿Quién…?
—¡Papá!
Forcejeo. Respiraciones. El teléfono rozando contra tela. Un portazo, o algo parecido a un portazo, metálico.
—¡No te quedes callado! —Zhichu se había puesto de pie junto a la cama sin darse cuenta, con el pie de la vía rodando detrás de ella—. ¡Papá! ¿Dónde estás? ¡Dime dónde estás y voy por ti! ¡Voy ahora mismo!
Nada. Solo ruido.
—¡Te prometo lo que quieras! —Las palabras le salían sin orden, sin aire—. ¡Todo! ¡Todo lo que tengo, la empresa, las acciones, todo se lo doy a mi hermano! ¿Está bien? ¡Ya no quiero nada! ¡No quiero nada! ¡Solo contéstame!
—Chuchu…
Fue un hilo, muy lejano.
—¡Papá!
—¡Alto! ¡Deténgase!
Otra voz, otro grito, de alguien que corría.
—¡Basta! —gritó Zhichu al teléfono, a los desconocidos, a quien fuera—. ¡No le hagan nada! ¡No lastimen a mi papá!
Y luego, de golpe, silencio.
Un silencio limpio, sin motor, sin voces. Se apartó el teléfono de la oreja y miró la pantalla. La llamada se había cortado.
Marcó de vuelta. Los dedos le temblaban tanto que se equivocó de tecla dos veces.
El número que usted marcó se encuentra apagado o fuera del área de servicio.
Volvió a marcar.
El número que usted marcó se encuentra apagado…
Otra vez.
El número que usted marcó…
Zhichu bajó el teléfono.
Se quedó de pie en medio del cuarto, descalza, con la bata abierta a la espalda y la vía colgando del brazo. En el pie metálico, la bolsa de suero se balanceaba despacio. Por la ventana se veía el mismo cielo gris de toda la mañana.
—¿Por qué eres tan tonto? —le dijo al teléfono, muy bajo, con la voz rota—. Papá. ¿Por qué eres tan tonto?
Todavía no sabía qué había hecho él. No lo sabía. Pero el cuerpo se le había adelantado, y ya estaba temblando.
El teléfono de Li Jingshen sonó a las nueve y veinte, cuando el chofer ya tomaba la avenida hacia el hospital.
Era su asistente.
—Presidente Li. —Hablaba muy rápido, sin aliento—. Presidente, el padre de la señorita Shen…
—¿Qué pasa?
—Se tiró de un edificio.
Li Jingshen se quedó con el teléfono pegado a la oreja.
—En el camino al tribunal —siguió el asistente, atropellándose—. La camioneta del penal se detuvo en un semáforo, por una obra, junto a una torre de oficinas. No sé cómo, pero se soltó. Se metió al edificio. Subió hasta la azotea, presidente. Treinta pisos. Lo están llevando al hospital ahora, pero dicen que…
Ahí se le acabó la voz.
El coche siguió avanzando. Detrás del vidrio, la ciudad de Jiuzhou pasaba sin sonido: un puesto de periódicos, una parada de autobús, una mujer que arrastraba a un niño de la mano.
—Investiga —dijo Li Jingshen, y la voz le sonó de otra persona—. Cómo se soltó. Quién le dio un teléfono. Quién estaba a cargo de esa camioneta. Todo. Tres días. Quiero el resultado en tres días.
—Sí, presidente.
Colgó. La pantalla se apagó sola en su mano.
Shen Changnan no puede morir.
Lo había dicho él mismo, en un pasillo de hospital, hacía menos de dos semanas. Había movido abogados, había entregado pruebas, había deshecho meses de trabajo para que ese hombre viviera, para que la sentencia bajara. Para poder decírselo a ella algún día, o no decírselo nunca, pero saberlo.
Y el hombre se había subido a una azotea.
Si Shen Changnan de verdad muere…
El pensamiento le llegó frío, ordenado, con una claridad que lo asustó.
…¿qué oportunidad nos queda a Shen Zhichu y a mí?
Le sorprendió que esa fuera la primera pregunta. Ni la familia Shen, ni los periódicos, ni si lo iban a culpar. Ella y él.
Y detrás, sin que la llamara, otra voz, de semanas atrás, en el cuarto de su casa, con la sábana hasta la barbilla:
Li Jingshen, me estoy muriendo.
Él se había reído. Le había dicho actriz. Ahora el padre de ella iba en una camilla, en algún lugar de la ciudad, y él empezaba a entender que en esa familia la gente no anunciaba las cosas para que le creyeran. Las anunciaba para despedirse.
Zhichu marcó el número del abogado. Sonó y sonó, y entró el buzón.
Marcó el número de la oficina del penal que venía en los papeles del caso. Ocupado.
Marcó a su asistente. Señorita Shen, no sé nada, déjeme averiguar, le marco en cuanto… Ella colgó antes de que terminara.
Bajó con el pulgar por la lista de contactos, despacio, hasta la L. El nombre estaba ahí, como siempre, sin foto, sin corazones, sin nada. Hacía semanas que no lo marcaba. Hacía años que, cuando lo marcaba, él no contestaba.
Él sabía. Siempre sabía todo antes que nadie. Era su trampa, su tribunal, su ciudad.
Le dio miedo. Le dio más miedo no saber.
Apretó el nombre.
El teléfono volvió a sonar.
Esta vez la pantalla decía un nombre que él no había guardado con ningún apodo, ninguna foto, solo con las dos palabras completas: Shen Zhichu.
Lo dejó sonar tres veces. Contestó.
—¿Dónde está mi papá?
La voz de ella no sonaba a ella. Sonaba a vidrio a punto de partirse.
—Shen Zhichu…
—Me habló. Me habló hace cinco minutos, se despidió de mí, y luego alguien lo golpeó, y luego se cortó. —Respiraba a pedazos—. ¿Dónde está? Usted sabe. Usted siempre sabe todo. ¿Dónde está mi papá?
Li Jingshen cerró los ojos.
—Se tiró de un edificio —dijo—. Camino al tribunal. Lo están llevando al hospital.
Del otro lado no hubo nada. Ni un grito, ni un sollozo. Pasó tanto tiempo que él pensó que se había cortado la llamada.
Oía, eso sí, una respiración rápida, superficial. Y detrás, lejos, una enfermera que decía señorita Shen, siéntese, por favor, se le va a salir la vía, y algo metálico que caía al suelo.
Luego la oyó.
—Lo odio.
Muy bajo. Muy claro.
—Lo odio por esto, Li Jingshen. Usted mató a mi papá.
Él no contestó.
Shen Zhichu me odia.
Lo pensó así, con todas las letras. En cuatro años ella le había dicho muchas cosas. Que lo quería. Que lo esperaba. Que era un cruel, que era un loco, que ya no le quedaban fuerzas. Pero nunca eso. Era la primera vez que la oía decir esa palabra, y se la decía a él.
—Shen Zhichu, escúchame. Yo no tuve nada que ver con…
—¿Que le crea qué? —Ella soltó una risa horrible, mojada—. ¿Qué quiere que le crea? Usted me lo dijo en el hospital, con su propia boca: que solo le había perdonado la vida, que lo que pasara adentro ya no dependía de usted. Se lo dije yo, y usted me lo confirmó. Que no cumple su palabra.
—Eso no fue…
—Yo pensé… —Ya no lo escuchaba—. Yo pensé que ya había tirado todo. El orgullo, la vergüenza, todo. Pensé que si me arrodillaba podía salvarle la vida a mi papá. Me arrodillé. Delante de todos. Me arrodillé tres horas en la nieve.
La voz se le fue quebrando palabra por palabra.
—Y ahora se tiró de un edificio.
Li Jingshen no dijo nada.
—Aunque él ya no me quisiera… aunque nunca me haya querido… era mi papá. —Un sollozo, por fin, uno solo, ahogado—. Era mi papá. Y ahora ya no tengo nada. Nada. Usted me lo quitó todo.
El chofer había reducido la velocidad. Lo miraba por el retrovisor, sin atreverse a preguntar si seguía hacia el hospital.
—Li Jingshen.
Él esperó.
—¿Por qué es tan cruel conmigo?
La pregunta se quedó en el coche, en el aire tibio de la calefacción. Él abrió la boca para contestar y descubrió que no tenía nada. Ninguna frase. Ninguna de las de siempre.
La llamada se cortó.
Li Jingshen bajó el teléfono despacio, hasta el muslo.
—Al hospital —le dijo al chofer—. Rápido.
El coche aceleró.
Él miró hacia afuera, hacia las torres de oficinas que pasaban una tras otra, altas, grises, todas con su azotea, todas con treinta pisos o más. Las miró como si no las hubiera visto nunca.
Si Shen Changnan de verdad muere, Shen Zhichu nunca va a querer quedarse a mi lado. Nunca por su propia voluntad.
Lo sabía sin la menor duda. Ella se iba a ir. Con el médico, sola, a cualquier parte. Iba a firmar el divorcio con la misma mano con que había firmado el acuerdo de sangre, y se iba a ir sin mirar atrás, y él no iba a tener nada con qué detenerla. Ni un padre. Ni una deuda. Ni una amenaza.
Pensó en la azotea. No quiso, pero lo pensó: el viento allá arriba, el borde de concreto, la ciudad abajo, diminuta. Un hombre de pelo engominado que nunca había sabido pelear, de pie en ese borde, con un teléfono prestado en la mano, diciéndole a su hija que estaba bonita.
Cerró la mano sobre el teléfono hasta que le dolieron los dedos.
No puedo dejar que Shen Zhichu se vaya.
—No —dijo, en voz alta, al vidrio.
El chofer no se atrevió a mirarlo.
—De ninguna manera.