Li Jingshen no se movió.
Se quedó de pie junto a la cama, con las manos sueltas a los costados, mirándola. Zhichu esperó el golpe de siempre: la risa corta, la frase que corta más que la risa, el portazo. No llegó nada de eso. Él solo la miraba, con una expresión que ella no supo leer.
—¿A quien tú quieras? —dijo al fin.
Zhichu apartó la vista hacia la ventana.
—Y lo que me pase de aquí en adelante —dijo, despacio— ya no le incumbe.
El le se quedó flotando en el cuarto.
Él lo oyó. Ella lo vio oírlo: un parpadeo, nada más, una pausa de medio segundo en la respiración. Durante cuatro años le había hablado de tú, con toda la confianza de una esposa que no tenía derecho a ella. Ahora le salía otra cosa, sin esfuerzo, igual que se cambia de idioma con un desconocido en la calle.
Así le iba a hablar ahora: como a un desconocido.
—Hay una sola cosa que sí quiero saber. —Volvió a mirarlo—. ¿Qué va a hacer con mi papá?
Li Jingshen no contestó.
—Usted me prometió que lo dejaría ir. —La voz no le tembló—. Me arrodillé tres horas. Usted dijo que sí.
—Yo sé muy bien lo que piensas.
Habló bajo, y dio un paso hacia la cabecera.
—Te conozco demasiado bien, Shen Zhichu. Tu cabeza, tus cálculos. Crees que ya te vas a ir. Crees que con un papel falso, un médico amigo y una frase bonita ya puedes cerrar la puerta y salir. —Se inclinó un poco—. Escúchame bien, porque te lo voy a decir una sola vez.
Ella no se apartó.
—Mientras yo te sujete con fuerza, nunca podrás escapar en esta vida.
Sin levantar la voz, casi con suavidad. Eso fue lo que más miedo le dio.
Zhichu pensó en la llave plateada. En el foco blanco del baño. En la mano de él sobre su cuello, la tarde del abogado. Había creído que eso era lo peor que él podía hacerle: encerrarla, apretarla, dejarla sin aire. Ahora entendía que había algo peor, y era esto. No soltarla nunca. Tenerla cerca, viva, mirándolo, durante años.
Él sabía que ella se estaba muriendo. No. Ya no lo sabía. Ahora creía que era mentira. Y aun así, o por eso mismo, le estaba prometiendo una vida entera.
A ella no le quedaba una vida entera. Por primera vez desde el diagnóstico, eso le pareció un consuelo.
—Li Jingshen.
Zhichu se incorporó sobre la almohada.
—¿Va a faltar a su palabra?
—¿Por qué? —Él se enderezó y se acomodó el puño de la camisa, sin prisa—. Yo no he faltado a nada.
—Usted dijo…
—Yo dije que le perdonaba la vida a tu papá. Eso dije. —La miró desde arriba—. Y se la perdoné. No lo van a ejecutar. ¿Qué más quieres?
Ella se quedó quieta.
—Lo que pase adentro de la cárcel —siguió él— ya es otro asunto. Eso no te lo garantizo. Nadie te lo puede garantizar.
—¿Qué quiere decir?
—Tu papá está metido en un caso muy grande, Shen Zhichu. Con muertos de por medio. —Se encogió de hombros—. A la gente así no la ponen en una celda con ladrones de bicicletas. La encierran con los que mataron a alguien. Con los peores.
—Y ahí adentro pasan cosas. —Li Jingshen hablaba con toda la calma del mundo—. Una pelea en el patio. Un accidente en las duchas. ¿Y si un día pierde un brazo? ¿Una pierna? Eso ya no depende de mí.
—Usted no se atrevería.
—Yo no dije que fuera a hacer nada. Dije que no depende de mí.
Ella apretó la sábana entre los dedos. Pensó en su padre, con el pelo engominado ahora revuelto, encogido en un uniforme que le quedaba grande. Pensó en sus manos, que nunca habían cargado nada más pesado que una copa o una baraja.
Su padre no sabía pelear. Nunca había sabido. Cuando alguien le levantaba la voz en una reunión, se ponía rojo y se iba a fumar al balcón. Cuando su hijo le gritaba, le daba dinero. Cuando ella, de niña, le pedía que se quedara a cenar, él le acariciaba la cabeza y decía otro día, Chuchu y se iba. Un hombre así, en un patio de cárcel, entre hombres que habían matado.
Ella había creído que tres horas de rodillas compraban algo. Que había un trato. Que la nieve, el frío, los periodistas, la sangre en el patio, todo eso tenía un precio y ya estaba pagado.
No había comprado nada. Solo un plazo.
Li Jingshen se volvió hacia la puerta.
—Ya me voy. —Recogió el abrigo del respaldo de la silla—. Cuida tu salud. Come lo que te den.
Se puso el abrigo. Se detuvo con la mano en el picaporte.
—El miércoles de la próxima semana es la revisión del caso. —No se volvió—. Yo te llevo al tribunal.
—Li Jingshen.
Él esperó, de espaldas.
Zhichu lo miró: los hombros anchos bajo el abrigo oscuro, la nuca, el pelo que ella había tocado tan pocas veces que podía contarlas.
—Siempre creí que usted no cumplía su palabra.
Él no se movió.
—Y hoy me lo confirma. Hasta el final. —Sonrió, aunque él no podía verla—. Gracias por venir a visitarme. De verdad. Acepto este final.
Hizo una pausa. Luego añadió, más bajito, casi para sí misma:
—Qué envidia me da usted. Poder vivir así, sin que nada le pese.
La puerta se abrió. Se cerró.
Los pasos se alejaron por el pasillo. Firmes, rápidos, sin detenerse en ninguna parte.
Zhichu se quedó mirando el techo.
La mancha de humedad seguía en su esquina. Afuera había empezado a oscurecer y alguien había encendido las luces del pasillo; por debajo de la puerta entraba una franja amarilla, delgada, que se partía cada vez que pasaba una enfermera.
Cerró los ojos. Y sin quererlo, volvió a estar ahí.
El salón de flores blancas. Las velas. El velo que le picaba en los hombros y que ella no se atrevía a acomodar para no arruinar nada. El sacerdote, un hombre bajito de voz solemne, que le sonreía convencido de que aquello era una boda.
—Señor Li Jingshen, ¿acepta usted a la señorita Shen Zhichu como esposa? ¿Promete amarla, cuidarla y protegerla en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad?
Hubo un silencio. Corto. Ella lo recordaba largo.
—Sí, acepto.
Lo dijo mirando al frente, con la misma voz con que firmaba un contrato. Y ella, debajo del velo, había cerrado los ojos de felicidad, porque esas dos palabras le habían parecido suficientes. Le habían parecido todo.
En la salud y en la enfermedad.
Zhichu abrió los ojos en la cama del hospital.
Este es el hombre, pensó. Este es el hombre al que he querido durante dieciséis años.
Me engañó una y otra vez. Y yo fingí creerle. Cada vez. Porque creerle era más fácil que lo otro.
Se tocó el anular, el lugar donde había estado el anillo. Alguien se lo había quitado en urgencias; no sabía quién, ni dónde había ido a parar. No le importó tanto como habría pensado.
Desde el principio, pensó, mi matrimonio fue un engaño.
Y lo peor era que lo supo siempre. Desde el altar. Desde antes. Lo supo y entró de todos modos, con el velo y las flores y la sonrisa, como entra al mar alguien que no sabe nadar, convencido de que esta vez el agua lo va a sostener.
Una enfermera entró con la bandeja de la cena. Caldo claro, arroz muy cocido, una gelatina roja que temblaba en su vasito. La dejó sobre la mesa abatible y le preguntó si necesitaba algo.
—No, gracias.
—Tiene que comer algo, señorita Shen. Órdenes del doctor Qin.
—Después.
La enfermera la miró un segundo de más, como miran las enfermeras a las pacientes que no van a comer, y salió.
Zhichu no tocó la bandeja. Se volvió de lado, hacia la pared, y se quedó así hasta que la franja de luz de la puerta fue lo único que quedaba en el cuarto.
Li Jingshen no llegó al estacionamiento.
Bajó dos pisos por la escalera de emergencia, sin saber por qué la escalera y no el elevador, y en el descanso del tercero se detuvo. Se sentó en un escalón. Apoyó los codos en las rodillas.
La escalera olía a cloro y a colillas viejas. Una lámpara de tubo parpadeaba en el techo, con un zumbido de insecto.
Usted me prometió.
Siempre creí que usted no cumplía su palabra.
Usted. Ella ya no lo tuteaba.
Lo pensó con una claridad que le molestó. Ni una sola vez, desde que él habló de su padre. Había cambiado de tú a usted en mitad de una frase, de una sílaba a la otra, sin pedir permiso. Y él lo había notado en la primera sílaba, y se había quedado callado, y había seguido hablando de cárceles y de piernas rotas como si no hubiera pasado nada.
Se frotó la cara con las dos manos.
Siempre estaré aquí contigo.
Lo había dicho él. Hacía menos de dos días, con la boca contra los dedos de ella. Lo había dicho llorando.
Soltó una risa corta, que rebotó en las paredes de la escalera.
Le había prometido un arcoíris. Le había prometido sacarla al jardín a verlo. Y el arcoíris se había borrado en media hora, sobre el río, antes de que ella abriera los ojos, y él no había vuelto a pensar en eso hasta ahora.
Qué idiota. Ella estaba dormida. No había oído nada. Y él había llorado por una hemorragia gástrica, por una mentira armada entre ella y su médico, por un papel con el diagnóstico equivocado a propósito.
—Dicen que durmió cuarenta y seis horas —murmuró, a nadie.
Cuarenta y seis horas. Y él se había levantado cada vez que cambiaba un pitido. Se había quedado en un banco de metal. Había mandado al diablo a su asistente, a sus reuniones, a Mingyue.
Sacó el teléfono. Once llamadas perdidas de Mingyue. Siete mensajes. ¿Dónde estás? Hermano Jingshen, contéstame. Tengo miedo. ¿Estás con ella? Los fue leyendo uno por uno, con el pulgar, y no contestó ninguno. Tampoco los borró. Guardó el teléfono otra vez en el bolsillo interior del abrigo, y sintió, a través de la tela del saco, el acuerdo de divorcio doblado que llevaba ahí desde hacía días y que no había vuelto a sacar.
¿Cómo podía ser?
Él odiaba a Shen Zhichu. Lo tenía claro. La odiaba desde hacía cuatro años, desde aquel pasillo de hospital donde ella le puso precio a la vida de Mingyue. La odiaba por obligarlo, por meterse en su casa, por mirarlo siempre con esos ojos de perro esperando en la puerta.
Entonces, ¿por qué se había enojado así cuando ella habló de irse?
¿Por qué se le había apretado el pecho al oírla decir ya fui suficientemente tu esposa, como si le arrancaran algo que ni siquiera sabía que tenía?
—No me importa —dijo, en voz alta, para oírse.
La lámpara zumbó.
—Seguro que no me importa.
Era otra cosa. Tenía que ser otra cosa. Era el orgullo. Era ese impulso que tiene cualquier hombre cuando algo que era suyo intenta irse por su cuenta: el deseo de ganar, de no perder, de no ser el que se queda con la puerta abierta. Puro deseo de conquista. Nada más.
Se levantó del escalón. Se sacudió el abrigo.
Eso era. Solo quería controlarla mejor. Tenerla donde pudiera verla. Hacerle pagar cada palabra de esa tarde, cada usted, cada sonrisa de alivio. Atormentar un poco mejor a esa mujer, eso era todo lo que quería.
Bajó un escalón. Se detuvo.
—Solo pensé… —dijo, y la voz se le fue, como si la escalera se la hubiera tragado—. Atarla. Y vivir como un perro…