Li Jingshen no la miró a ella.
Miró a Qin Mo, de rodillas en el linóleo, con la mano derecha pegada al pecho y la frente casi tocando la pared. Lo miró un rato largo, sin ninguna expresión, como quien revisa un asunto ya terminado.
—¿Matarlo? —dijo al fin—. Si yo lo quisiera muerto, no estaría quejándose.
Al fondo del pasillo se oyeron pasos. Dos enfermeras, un médico de guardia con el pelo revuelto, alguien que empujaba una camilla vacía. Rodearon a Qin Mo, le preguntaron cosas, le tocaron el brazo con cuidado. Él apretó los dientes y no contestó ninguna.
Zhichu dio un paso hacia ellos.
Una mano la detuvo por el codo. No fuerte. Solo lo bastante.
—De ahora en adelante —le dijo Li Jingshen, muy cerca del oído— no lo vas a ver a solas. Ni aquí ni en ninguna otra parte.
Ella no se movió.
—Y si me entero de que hay algo turbio entre ustedes dos —siguió él—, no va a ser tan sencillo como romperle una mano.
Se llevaron a Qin Mo hacia urgencias.
Antes de que doblaran la esquina, él giró la cabeza. Sin lentes, con la cara gris de dolor, la buscó con los ojos entrecerrados. Esa mirada a Zhichu le llegó hasta los huesos.
Y la esquivó.
Miró la silla de ruedas vacía, la manta gris en el piso, cualquier cosa menos a él, porque Li Jingshen estaba a su lado mirándola a ella, y cada cosa que se le notara en la cara la iba a pagar Qin Mo.
Cuando el pasillo quedó vacío, se soltó del brazo de Li Jingshen.
—Li Jingshen —dijo, sin volverse—. ¿Usted puede dejar de pensar tan sucio?
Él no contestó.
—Él es médico. Es mi médico. Es mi amigo desde que yo tenía catorce años. —Se agachó, despacio, y recogió la manta—. Esa forma de mirarme que tanto le molesta, esa atención, ese cuidado… es lo que tiene un amigo. Nada más. Un amigo normal, de los que usted nunca ha tenido.
Dobló la manta en dos, luego en cuatro. Las manos le temblaban y no quería que él lo viera.
—Espera —dijo Li Jingshen.
Ella levantó la vista.
Él se había acercado. La luz blanca del techo le quitaba toda la sombra a la cara y lo dejaba plano, sin edad.
—Espera, Shen Zhichu. Ya te voy a enseñar lo que es sucio de verdad.
Zhichu apretó la manta contra el pecho.
Había otra pregunta. Llevaba toda la noche ahí, debajo del sueño que le habían inyectado, debajo de Qin Mo y del ruido de su muñeca, esperando su turno. Ahora subió sola.
—¿Dónde está mi papá?
Li Jingshen tardó un segundo.
—Ya lo cremaron.
Ella no entendió. Las palabras llegaron completas, en orden, y aun así no entendió. Hacía menos de un día había estado de rodillas junto a una camilla, con la mano sobre una sábana blanca. Debajo de esa sábana había un cuerpo que todavía era su papá. Que todavía tenía cara.
—¿Cuándo?
—Anoche.
—¿Quién lo decidió?
—Yo. —No bajó los ojos—. Alguien tenía que hacerlo. Tu hermano no contesta. Tus parientes no contestan. Nadie de la familia Shen se iba a acercar a firmar nada.
Zhichu se quedó mirando la pared donde un minuto antes había estado la cara de Qin Mo. Había una marca leve en la pintura, a la altura de una mejilla.
No lloró. Ya no sabía dónde se había ido el llanto.
—Lo que mi papá hubiera querido —dijo, muy despacio—. El lugar donde se va a quedar. Eso quiero elegirlo yo.
Pensó en el monje Cui, en la tierra, en el lodo. En un hombre que se limpiaba los zapatos dos veces antes de entrar a cualquier casa.
—Usted no lo conocía —añadió—. Yo sí.
Li Jingshen la miró largo rato.
—Mientras te portes bien —dijo—, te doy lo que quieras.
El alta que había firmado Qin Mo seguía siendo válida. Nadie la cuestionó.
A las nueve de la mañana, el chofer de Li Jingshen la dejó frente a la casa. Li Jingshen no bajó con ella. Se quedó en el coche, hablando por teléfono, y ella entró sola, con el abrigo gris encima de la ropa del hospital y una bolsa de plástico con sus medicinas.
La casa estaba fría. Olía a cerrado, a polvo, a las flores que alguien había dejado morir en el florero de la entrada.
Al mediodía llegó el asistente de Li Jingshen.
Traía una bolsa de tela oscura y la sostenía con las dos manos, delante del cuerpo, como se carga algo que no se debe inclinar. Se la entregó en la puerta casi sin hablar. Lo siento mucho, señorita Shen. Ella le dio las gracias, cerró la puerta y se quedó de pie en el recibidor con la bolsa en los brazos.
Pesaba poco. Eso fue lo que no pudo soportar. Que pesara tan poco.
Subió con ella al segundo piso, a su habitación, lejos del pasillo de abajo y del baño de azulejos verdes. Sobre la cómoda había una tablilla de madera con el nombre de su madre.
Era lo único que Zhichu se había llevado de la casa Shen cuando se fue, a los dieciocho años. Nadie la extrañó. Nadie preguntó por ella. La tablilla había viajado en una caja de zapatos, envuelta en una bufanda, y desde entonces había vivido en cada habitación que ella ocupaba, siempre en el mismo lugar: a la altura de los ojos, junto a la ventana.
Zhichu sacó la urna de la bolsa. Era de madera oscura, lisa, con una plaquita de metal donde alguien había grabado el nombre completo de su papá. La puso al lado de la tablilla. Las dos piezas quedaron juntas, casi del mismo tamaño, y a ella le pareció una broma cruel: que sus padres tuvieran que morirse para estar por fin uno al lado del otro en su casa.
Se arrodilló en la alfombra. Le dolieron las rodillas vendadas. No le importó.
—Mamá.
La palabra le sonó rara en la boca. Casi nunca la decía en voz alta.
—Tu hija no lo hizo bien.
Le temblaba la barbilla.
—No pude cuidar la casa. No pude cuidar la empresa. —Bajó la cabeza—. Y tampoco pude cuidar a papá. Te lo mandé así. Solo. Antes de tiempo.
Li Jingshen colgó el teléfono y se quedó mirando la fachada de la casa por la ventanilla.
Las cortinas del segundo piso estaban cerradas. Detrás de una de ellas estaba Shen Zhichu con las cenizas de su padre. Él lo sabía porque había firmado la orden, había pagado la urna, había elegido la madera.
El chofer esperaba instrucciones. Li Jingshen no se las dio.
Pensaba en una sala de visitas.
Paredes de color crema, una mesa atornillada al piso, un guardia junto a la puerta. Olor a desinfectante y a humo viejo. Shen Changnan sentado enfrente, con el uniforme del penal, sin gel en el pelo por primera vez desde que Li Jingshen lo conocía. Se veía más viejo. Se veía más parecido a ella.
Fue el martes. El día antes.
Li Jingshen le había dicho algunas cosas. Pocas. No las había ensayado y no pensaba repetírselas a nadie, nunca. Shen Changnan lo había escuchado sin interrumpir, con las manos juntas sobre la mesa, y al final había asentido despacio.
Me voy a acordar de lo que me dijo, presidente Li.
Eso había sido todo.
Li Jingshen había salido de ahí convencido de que había hecho algo útil. Que un hombre así, con miedo, con tiempo, iba a cambiar un poco. Que cuando volviera a ver a su hija la iba a tratar mejor. Que, por una vez en la vida, la iba a mirar como un padre mira a una hija.
No se le ocurrió que pudiera pensar en una azotea.
Se pasó la mano por la cara.
Ella no lo sabía y no lo iba a saber. Había preguntado en el hospital, con los ojos secos, usted lo vio antes de esto, ¿verdad?, y él no había contestado. No iba a contestar. Si ella supiera que él había estado ahí, frente a su padre, el día antes, ya no habría forma de explicarle nada.
—Vamos a la oficina —dijo al fin.
Zhichu seguía de rodillas.
La luz de la ventana había cambiado. Ya no daba en la cómoda; daba en el piso, en la orilla de la alfombra, en sus manos abiertas sobre los muslos.
—Mamá, tú te moriste cuando yo nací —dijo—. No te alcancé a conocer. Ni tu voz. Ni tu olor. Nada.
Se le quebró la voz. La dejó quebrarse.
—Y ahora papá también se fue. Me dejó. Me llamó por teléfono, me dijo cosas bonitas, y luego se fue. Ya no tengo a nadie, mamá. A nadie.
Miró la urna. La plaquita de metal brillaba un poco.
—Li Jingshen siempre dijo que yo me regalaba. —Soltó algo que no llegó a ser risa—. Y tenía razón. Hoy en la mañana le dije a Qin Mo que lo quiero como una perra que no sabe irse de la puerta. Lo dije enfrente de él. Para salvarle la mano a Qin Mo. Y ni así se la salvé.
Se inclinó hasta que la frente tocó el borde de la cómoda.
—Soy barata de verdad, mamá. Mírame. No me queda nada que vender.
La madera estaba fría. Se quedó así mucho rato.
Mientras tanto, en el último piso de la torre del Grupo Lux, el asistente esperaba de pie frente al escritorio.
—Ya está lo que me pidió, presidente Li.
Li Jingshen levantó la vista de un contrato que no estaba leyendo.
—Habla.
—La señorita Shen puso la casa en venta. Ayer en la mañana, antes de la llamada de su padre. —El asistente bajó un poco la voz—. Llamó a la inmobiliaria desde su teléfono, en cuanto se lo devolvieron en el hospital. Precio por debajo del mercado. Quiere venderla rápido.
—¿Por qué?
—Para pagar deudas.
Li Jingshen dejó el bolígrafo sobre la mesa.
—Shen Changnan está muerto —siguió el asistente, con ese tono suyo de pisar con cuidado—, pero lo que debía no se murió con él. Los préstamos, los socios, lo del proyecto. Todo eso le cae a la familia. Y la familia, en la práctica, es ella. El hermano no aparece.
—Sigue.
—Vendió lo que tenía, presidente. Joyas, un coche, unos cuadros que estaban a su nombre. —El asistente bajó la vista a su tablet—. Y lo del Grupo Shen. Usted sabe que nosotros ya teníamos la mayor parte desde la compra. Ella acaba de vender sus acciones. Le queda un tres por ciento.
Silencio.
—Un tres por ciento —repitió Li Jingshen.
—Es lo único que le da tranquilidad, supongo. Así nadie puede culparla de nada, y la empresa no se hunde con ella. —El asistente dudó—. Si me permite decirlo, como presidenta fue lo más sensato. Lo hizo bien.
Li Jingshen se quedó mirando la ventana. Abajo, la ciudad de Jiuzhou se movía como cualquier otro día.
Ella le había dicho, en el hospital, ya no tengo nada. Él lo había tomado por una frase. Por un golpe más de los que ella sabía dar.
Era una lista.
—Vete —dijo.
El asistente salió y cerró la puerta sin ruido.
Volvió a la casa pasadas las diez de la noche.
La puerta estaba sin llave. En el recibidor, la luz encendida. El florero de la entrada ya no tenía flores muertas; tenía agua limpia y nada más. En la sala, sobre el sillón, había dos cajas de cartón abiertas, a medio llenar.
Subió la escalera.
La puerta de la habitación estaba entreabierta. Shen Zhichu estaba sentada en la orilla de la cama, en pijama, con el pelo recogido de cualquier manera y una taza entre las manos. La urna seguía en la cómoda, junto a la tablilla. Ella levantó la vista al oírlo y no se movió.
No le preguntó qué hacía ahí. No le preguntó nada. Lo miró con esos ojos nuevos que tenía ahora, quietos, cansados, que ya no esperaban.
Él se quitó el abrigo despacio. Lo dobló sobre el respaldo de la silla, junto a la ventana, igual que hacía en otra vida, cuando todavía dormía en esa casa algunas noches y ella fingía estar dormida para no molestarlo.
Luego se aflojó la corbata.
—Shen Zhichu.
Ella apretó la taza.
—Esta noche duermo aquí.