Qin Mo no se volvió.
Se quedó un segundo con la mano apoyada en la puerta, la espalda rígida debajo de la bata. Li Jingshen vio que los hombros le subían y le bajaban una sola vez.
—¿Ahora te importa? —dijo Qin Mo.
Empujó la puerta y entró.
Las hojas batientes se cerraron detrás de él con un golpe de goma. Li Jingshen se quedó en el pasillo con la pregunta todavía en la boca, sin nadie a quien hacérsela.
Zhichu oía voces.
Le llegaban deformadas, lentas, como desde el fondo de una piscina. Pitidos. Metal contra metal. Alguien que contaba en voz alta. Alguien que pedía más luz.
Y entre todas, una voz que conocía.
—Chuchu. Chuchu, ¿me oyes?
Quiso contestar. No encontró la boca.
—Escúchame. Aguanta, ¿sí? Tú puedes. Aguanta un poco más.
La voz estaba muy cerca, encima de ella. Olía a jabón de hospital y a café recalentado. Qin Mo siempre olía a café recalentado al final de una guardia.
—¿No te gusta el violín más que nada en el mundo? —Unos dedos tibios le apretaron la mano—. Cuando te den el alta te llevaré a un concierto. Te lo prometo. Cuando te den el alta te llevaré a un concierto.
Desde que ella tenía catorce años, Qin Mo repetía las cosas cuando tenía miedo de que no le creyeran.
El violín. El estuche negro al fondo del clóset, las cuerdas flojas, la resina seca. Hacía años que no lo abría. Zhichu pensó en una sala a oscuras y en una música que llenaba el aire sin pedirle nada a cambio. Le pareció un lugar muy lejano, al que ya no sabía llegar.
—Qin Mo… —Fue apenas un soplo.
—Aquí estoy.
—Me duele mucho.
—Ya sé. Ya sé, Chuchu. Ya casi.
Le dolía de una manera nueva. El dolor se le había salido del estómago y ocupaba todo el cuerpo, las uñas, los dientes, la raíz del pelo. Ya no tenía un centro. Ya no tenía forma.
Y en medio de ese dolor, sin que ella lo llamara, volvió un recuerdo.
El consultorio, el día del diagnóstico, cuando el médico ya se había ido. El sobre color crema en el regazo. Qin Mo de pie junto a la puerta, con la guardia esperándolo. Ella le había tomado la manga de la bata, como hacía de niña con los adultos que estaban a punto de irse.
Prométemelo.
Chuchu…
No le digas a Li Jingshen que estoy enferma.
Él había tardado mucho en asentir. Ella no le había soltado la manga hasta que lo hizo.
La voz de Qin Mo seguía hablándole, en algún lugar arriba. Ella ya no distinguía las palabras. Solo oía, muy clara, otra voz: la suya, ronca, en la nieve.
Li Jingshen, ya no me quedan fuerzas para quererte.
Era verdad. Lo comprobó ahí, en la mesa, con las luces encima. Buscó dentro de sí ese viejo impulso de pensar en él, de preguntarse dónde estaba, si vendría, si le dolería verla así. Lo buscó y no lo encontró. Había un hueco limpio donde antes estaba.
Se dejó ir hacia abajo, hacia lo oscuro, sin miedo.
Pasó una hora. Tal vez más.
Li Jingshen había contado las baldosas del pasillo, las puertas, las veces que parpadeaba el letrero rojo sobre la sala de reanimación. El teléfono le vibró dos veces en el bolsillo. Era su asistente. No contestó.
¿Ahora te importa?
En algún momento sacó el teléfono y escribió, con el pulgar torpe, las cuatro palabras que había dicho la médica. Cáncer. Estómago. Fase. Terminal. La pantalla se llenó de resultados. Porcentajes. Meses. Gráficas con líneas que bajaban hacia la derecha y no volvían a subir. Una foto de un hombre calvo sonriendo en una cama de hospital, con una cinta morada.
Leyó tres renglones y apagó la pantalla.
Se quedó con el teléfono negro en la mano, viendo en el vidrio el reflejo deformado del techo.
No. Los médicos se equivocan. Las máquinas se equivocan. Ella lo había esperado con la cena puesta durante cuatro años, había subido escaleras, había cargado bolsas del supermercado, le había donado sangre cada vez que él lo pidió, y nunca, ni una sola vez, la había visto quejarse. Una persona así no se está muriendo. Una persona así está cansada, nada más. Débil. Asustada, tal vez. Mintiendo, tal vez.
Pero la mancha roja en la nieve no era una mentira. Y la tos tampoco. Y el peso de ella contra su hombro, tan poco peso, menos del que él recordaba.
¿Cuándo había adelgazado tanto? ¿Hacía un mes? ¿Hacía un año? No lo sabía. Nunca la miraba el tiempo suficiente para saberlo.
Guardó el teléfono y siguió mirando el letrero rojo.
Cuando las puertas se abrieron, se despegó de la pared de un salto.
Salió primero una enfermera, con una bandeja de metal cubierta con una gasa. Detrás venía Qin Mo, quitándose los guantes, con la frente húmeda y los lentes empañados.
—Doctor Qin. —La enfermera levantó un poco la gasa para que él viera—. Esto es lo que le sacamos a la paciente del estómago. Lo tenía lleno.
Qin Mo se inclinó sobre la bandeja. No dijo nada. Se le endureció la mandíbula.
—Supongo que con esto se sostuvo —añadió la enfermera, en voz más baja—. Si no, no sé cómo habría aguantado.
Li Jingshen estaba a tres pasos. Vio una masa pálida, grisácea, deshecha. No entendió qué era. No quiso entenderlo todavía.
—Qin Mo.
El médico levantó la cabeza.
—¿Cómo está?
Qin Mo le hizo una seña a la enfermera, que se alejó por el pasillo con la bandeja. Luego se quitó los lentes y los limpió con el borde de la bata, despacio, sin mirarlo.
—Gracias a ti —dijo—, no se murió.
Se volvió a poner los lentes.
—Nada más perdió media vida. —Lo miró por fin—. Tú fuiste la última patada que la empujó por la puerta del infierno, Li Jingshen. Felicidades. Casi lo logras.
Li Jingshen sintió la cara caliente. Tenía los ojos irritados por la luz, por el cansancio, por algo más. Qin Mo lo notó.
—¿Y todavía tienes cara de venir a fingir que lloras aquí?
—No estoy…
—De ahora en adelante no tienes que preocuparte por ella. —Qin Mo dio un paso hacia él—. Preocúpate por quien te toca. Ya sabes por quién.
—Shen Zhichu es mi esposa.
Sonó frío, cortante, como una orden.
—¿Con qué derecho me preguntas por mi esposa?
Qin Mo soltó una risa corta, sin aire.
—¿Tu esposa? ¿Todavía la consideras tu esposa? —Se acercó otro paso. Eran casi de la misma estatura, y por primera vez en la noche Li Jingshen no tuvo dónde poner la mirada—. ¿Dónde estabas cuando tuvo la hemorragia gástrica, sola? ¿Dónde estabas cuando volvió al hospital, sola otra vez? ¿Dónde estabas, Li Jingshen?
No esperó respuesta.
—Te ibas a beber y a divertirte con tu amante. Planeabas cómo tenderle una trampa al papá de Chuchu, cómo meterlo a la cárcel. —Le temblaba la voz de rabia—. Eres una bestia.
Una enfermera que pasaba con una bolsa de suero aceleró el paso sin levantar la vista.
Li Jingshen no se movió. Las palabras le caían encima y él las dejaba caer, con la espalda recta y las manos manchadas dentro de los bolsillos.
—Li Jingshen. —Qin Mo bajó la voz—. ¿Todavía la amas?
Silencio.
—Te estoy preguntando. ¿Todavía amas a Chuchu?
Li Jingshen abrió la boca.
—Gustarme…
No supo qué venía después. La palabra se le quedó sola, sin verbo, sin dueña. Y antes de que pudiera seguir, sin que él lo llamara, se le metió en la cabeza otra escena.
Un salón lleno de flores blancas. Velas en candelabros de cristal. El murmullo de los invitados, el olor a cera y a lirios.
Ella, al final del pasillo, con un velo que le caía hasta la cintura. Avanzaba despacio, con los ojos brillantes detrás del tul, y cuando llegó a su lado le buscó la mano. Él no se la dio. Ella se conformó con rozarle la manga.
—Jingshen —le susurró, tan bajito que solo él pudo oírla. Le temblaba la sonrisa de pura felicidad—. Por fin me voy a casar contigo.
Él miró al frente, hacia el altar.
—¿Puedes dejar de darme asco? —le dijo, sin mover los labios más de lo necesario—. Tú sabes mejor que nadie por qué me caso contigo.
La sonrisa de ella se quedó quieta debajo del velo.
—Apúrate. Acabemos con esto.
—¿Ya terminaste?
Miró a Qin Mo a los ojos, y la escena del salón se apagó en su cabeza.
—Probablemente no la amo, ¿no crees? —siguió, y cada palabra le salía más fácil que la anterior, porque eran palabras viejas, gastadas de tanto usarlas consigo mismo—. ¿Quién es Shen Zhichu? Una herramienta. Algo que he usado. Nada más.
Ya no había rabia en la cara de Qin Mo. Había algo peor, parecido al cansancio.
—Te voy a enseñar una cosa —dijo.
Fue hasta el mostrador de enfermería, al fondo del pasillo, y volvió con la bandeja de metal. Levantó la gasa. Esta vez la sostuvo justo debajo de la cara de Li Jingshen.
—Esto salió del estómago de Chuchu.
Li Jingshen bajó la vista.
De cerca, la masa grisácea tenía textura. Fibras. Capas finas, apelmazadas, que el líquido había vuelto una pasta, pero que todavía conservaban algo de su forma original. Bordes. Un dibujo en relieve, apenas, de esos que se imprimen en los rollos.
—Papel higiénico —dijo Qin Mo—. Todo. No lo pudo digerir.
—¿Cómo…?
Fue lo único que le salió.
—¿Cómo? —Qin Mo dejó la bandeja sobre una silla del pasillo, con cuidado, igual que se deja algo que pertenece a otra persona—. Eso te lo debería preguntar yo. ¿Qué demonios le hiciste? ¿Qué le hiciste para que terminara comiéndose el papel del baño?
El baño.
Li Jingshen sintió que algo le bajaba por la espalda, frío, lento.
Cuatro días. La puerta blanca. La llave plateada en su bolsillo. Él había dicho que no le dieran nada y nadie le había dado nada. Ella solo tenía el lavabo, el inodoro y los azulejos verdes. Y el rollo de papel en la pared.
Pensó en ella esa tarde, hundida en la cama, gris, con los labios partidos. No pareces ni persona ni fantasma. Pensó en sí mismo, del otro lado de la puerta, poniéndose el saco para ir a cenar con Mingyue.
—Yo no… —Se pasó una mano por la cara. Olía a sangre seca—. No sabía que tenía problemas del estómago.
Fue lo que dijo. No fue lo que pensó.
Qin Mo lo escuchó sin cambiar de expresión. Parecía haber oído esa frase muchas veces, de muchos maridos, en muchos pasillos iguales a ese.
—Chuchu está en la unidad de cuidados intensivos —dijo al fin—. Segundo piso. Puedes ir a verla, si quieres. Nadie te lo va a impedir. Eres su esposo.
Se acomodó los lentes.
—Pero te lo digo de una vez. Si de verdad quieres algo bueno para ella, aunque sea una sola cosa en tu vida… divórciate. Déjala ir.
El pasillo se quedó en silencio. A lo lejos, el elevador anunció un piso con una campanita.
Li Jingshen levantó la cabeza.
Tenía la camisa arrugada, la sangre de ella secándose en los puños, la cara pálida bajo la luz blanca. Pero cuando habló, lo hizo con una voz completamente firme, sin una sola grieta, como si hubiera estado esperando toda la noche para decirlo.
—Shen Zhichu será mi esposa toda la vida.
Qin Mo apretó los puños. Durante un segundo pareció que iba a pegarle ahí mismo, en medio del pasillo, delante de la estación de enfermería. No lo hizo, pero se quedó temblando.
—No hay forma de que me divorcie de ella. —Li Jingshen sostuvo su mirada—. Aunque muera…
Hizo una pausa. Se oyó a sí mismo y no se detuvo.
—Solo podrá ser de la familia Li.