Li Jingshen cerró la carpeta.
Lo hizo muy despacio, alineando los bordes de las hojas con la punta de los dedos, y Mingyue, que lo conocía desde niña, dio un paso atrás sin darse cuenta. Así cerraba él los contratos que no iba a firmar.
Qin Mo ya se alejaba por el pasillo, con las manos en los bolsillos de la bata, sin mirar atrás.
—Hermano Jingshen. —Mingyue le tocó el brazo, con mucho cuidado—. No te enojes, ¿sí?
Él no contestó.
—La hermana Zhichu… a lo mejor solo quería que le prestaras atención. —Bajó la voz, dulce, conciliadora—. Hace tanto que tú no… Bueno. A veces una hace locuras cuando se siente sola. No te enojes con ella. De verdad, no te enojes.
—Mingyue.
—¿Sí?
—Tengo cosas que resolver. —Le devolvió la carpeta sin mirarla—. Vete a casa. Hace frío. No deberías andar sola.
Ella abrió la boca. La cerró. Luego sonrió, una sonrisa pequeña, obediente.
—Está bien. —Se apretó la carpeta contra el pecho—. Hermano Jingshen, ve rápido. Ve.
Él ya caminaba hacia la puerta del cuarto.
Por dentro, una voz que no era la suya, o que era la suya pero más vieja, más agria, le decía cosas en un tono burlón. Otra sorpresa de Shen Zhichu. Una sorpresa nueva, especial, preparada solo para ti. Ojalá te guste.
Dos días. Dos días sin dormir en una cama. Dos días mirando una pantalla verde, contando picos. Una mañana con la frente sobre la mano de ella, diciéndole cosas que nunca le había dicho a nadie.
Por una hemorragia gástrica.
Abrió la puerta.
Zhichu estaba despierta.
Llevaba un rato así, con los ojos abiertos hacia la mancha del techo, oyendo voces del otro lado de la puerta. No distinguía las palabras. Distinguía los tonos. El de Qin Mo, seco. El de Li Jingshen, más seco todavía. Y luego otro, suave, agudo, que le encogió el estómago antes de que supiera por qué.
Mingyue.
Claro. Dónde más iba a estar.
Había ensayado esta conversación en la cabeza toda la tarde, mientras Qin Mo le decía que no lo hiciera. Había pensado qué cara poner, qué palabras usar, cuánto decir y cuánto callar. Lo había ensayado como ensayaba de niña lo que le iba a decir a su papá cuando llegara a casa, y que nunca le decía porque él nunca llegaba.
Esta vez él sí iba a llegar. Lo oyó entrar antes de verlo. Conocía esos pasos desde hacía años: el ritmo, el peso, la forma en que se detenían un segundo en cada umbral, como si él tuviera que decidir si valía la pena entrar. Esta vez no se detuvieron.
Giró la cabeza sobre la almohada.
Li Jingshen estaba de pie al pie de la cama. Traía el traje arrugado, una camisa limpia, la cara recién afeitada y los ojos hundidos, rojos en los bordes. Tenía la mandíbula tan apretada que se le marcaba un músculo junto a la oreja.
Zhichu lo miró y supo, sin que él dijera una palabra, que había leído el papel.
—Estás enojado —dijo.
Él no contestó.
—Parece que el historial falso sirvió de algo.
Habló con calma, y vio cómo la frase lo golpeaba. Él entendió lo que quiso entender: que el cáncer era el engaño, que la hemorragia era la verdad. Ella lo dejó entenderlo así. Para eso lo había hecho.
—¿Ya se resolvió lo de mi papá? —preguntó.
—Fuera de lo de tu papá —dijo él, con una voz muy baja, muy controlada—, no necesitas decirme nada más. Nada.
Zhichu se incorporó un poco, apoyándose en el codo. Le dolió el costado.
—¿De verdad crees —dijo— que un matrimonio de nombre, como el nuestro, todavía puede convivir en paz?
Él la miró.
—Metiste a mi papá en la cárcel. —Lo fue diciendo despacio, una cosa detrás de otra, igual que alguien que vacía los bolsillos sobre una mesa—. Hundiste a mi familia. Me dijiste delante de ellos y me dejaste creer que hablabas de mis parientes. No me dijiste nada de los periodistas. Me engañaste. Y luego casi me muero en un quirófano.
Tomó aire.
—¿Y ahora vienes a mirarme así?
—¿Y tú? —Li Jingshen dio un paso hacia la cama—. Para divorciarte de mí, te inventaste un cáncer. Un cáncer en fase terminal, Shen Zhichu. Y volviste al hospital a seguir con la mentira, a hacerme firmar papeles, a hacerme…
Se detuvo. No dijo qué.
—Para divorciarte de mí —repitió, más bajo—. Solo para eso.
Se pasó una mano por el pelo. Ella nunca lo había visto hacer ese gesto.
—Y tu amigo el doctor te ayudó, ¿no? —Soltó una risa sin aire—. Qué buen actor. Me miraba en el pasillo como si yo te hubiera matado con mis propias manos. Y todo el tiempo sabía.
—Deja a Qin Mo fuera de esto.
—¿Por qué? ¿Te molesta?
—Él no tiene nada que ver.
—Él tiene todo que ver. —Li Jingshen la miró con los ojos entrecerrados—. Siempre está cerca, ¿no? Cada vez que pasa algo, ahí está él.
Zhichu no contestó. Cualquier cosa que dijera para defender a Qin Mo iba a sonar a otra cosa en los oídos de ese hombre.
Le sostuvo la mirada.
—Si no estuviera acostada en esta cama —dijo—, ya te habría dado una bofetada.
Se quedaron un momento en silencio. Afuera, en el pasillo, alguien se rio de algo y una puerta se cerró.
Zhichu bajó la vista hacia la sábana. Hacia sus propias manos, la vía en el dorso, los moretones amarillentos de las agujas.
—Cómo me gustaría —murmuró— que estos datos fueran verdad.
Él frunció el ceño. No entendió. Ella no esperaba que entendiera.
Hemorragia gástrica. Reposo. Dieta blanda. Qué bonito sería. Unas semanas de puré y de suero, y luego salir caminando por la puerta del hospital, con el estómago sano y la vida entera por delante. Lo deseó con tanta fuerza que le ardieron los ojos, y tuvo que parpadear varias veces para que él no lo viera.
—Esa noche —siguió, todavía sin mirarlo—, el único que tenía derecho a estar a mi lado era mi esposo. El único que podía tomarme de la mano y firmar por mí. Eras tú.
Levantó la cara.
—Le pedí al médico que te lo dijera. Porque si te lo decía yo… —Sonrió un poco—. No me lo ibas a creer. Nunca me has creído nada.
La mentira le salió limpia, sin tropiezos. Le sorprendió lo fácil que era mentirle a ese hombre cuando ya no esperaba nada de él.
Li Jingshen se quedó mirándola. Algo se le movió en la cara, muy rápido, y luego se le endureció otra vez.
—Qué miedo das, señora Li.
Lo pronunció despacio, con una media sonrisa sin nada de risa.
Señora Li. Zhichu había esperado cuatro años para oírlo llamarla así. Lo había imaginado en una cena, delante de sus socios, con la mano de él en su espalda. Lo había imaginado en la puerta de la casa, al volver de un viaje. Nunca se le ocurrió que la primera vez sería así, desde el pie de una cama de hospital, con el título usado como un insulto.
Le pareció justo. Le pareció, incluso, un poco gracioso.
—No quiero seguir hablando de esto. —Zhichu se dejó caer otra vez sobre la almohada—. Esto que me está pasando ahora… —Buscó la palabra y no la encontró—. No importa. Voy a aguantar.
—Cuida tu vida.
Ella lo miró.
—Cuida tu vida, Shen Zhichu —repitió él—. No juegues con ella. No para esto.
Zhichu soltó una risa corta, que le dolió en las costillas.
—¿Mi vida? —dijo—. ¿Y tu Xia Mingyue? ¿Ella está dispuesta a morirse?
Él se tensó.
—Estos cuatro años —siguió ella, y ahora la voz le temblaba, pero no de miedo—, le he donado sangre al menos cincuenta veces. Cincuenta, Li Jingshen. Las conté. Cada vez que se cortaba un dedo, cada vez que le dolía la cabeza, cada vez que se tropezaba en una acera. Me llamabas a la hora que fuera y yo iba. Con fiebre iba. Sin comer iba. Una vez me sacaron sangre dos días seguidos.
Se acordó de esa vez con una nitidez absurda. Un martes y un miércoles. El martes la habían dejado en la silla con un jugo de naranja de cartón y una galleta salada. El miércoles, cuando entró al laboratorio, la enfermera la había mirado y le había dicho señora, usted no debería. Ella había extendido el brazo de todos modos. Al salir se había desmayado en el estacionamiento, junto a su propio coche, y había despertado sola, con la mejilla contra el pavimento tibio. Se había levantado, se había sacudido el vestido y había manejado a la oficina.
Nunca se lo contó a nadie. A él, menos que a nadie.
—Shen Zhichu.
—Cincuenta veces.
—¿Qué quieres decir con eso?
Se acercó a la cama. Se inclinó un poco sobre ella, con las manos en la baranda.
—Das lástima. —No alzó la voz—. ¿Sabes? De verdad das lástima. Esa sangre la diste porque quisiste. Nadie te obligó. Firmaste un acuerdo, con tu nombre y tu letra. Estaba muy claro. Te lo dije desde el principio.
Hizo una pausa.
—Solo puedes ser el banco de sangre de Mingyue.
Las palabras cayeron sobre la cama, sobre ella, sobre la vía en su mano.
Zhichu las conocía. Las había oído la primera semana de casados, en la oficina de él, delante de la mesa de vidrio, con el acuerdo recién firmado entre los dos. Las había oído en el baño, a través de la puerta. Las había oído tantas veces que ya no le hacían herida nueva: caían siempre en el mismo lugar, sobre la misma cicatriz, y la cicatriz ya no sentía.
Lo que sí sintió, y le sorprendió, fue cansancio. Un cansancio enorme, antiguo, que no venía del cuerpo.
—¿Con qué derecho te quejas ahora?
Zhichu no lloró.
Pensó que iba a llorar. Lo sintió subir, desde el pecho, hasta la garganta, hasta detrás de los ojos. Pero se detuvo ahí, y se quedó, y no bajó.
Miró a Li Jingshen. Lo miró de verdad, como no se había permitido mirarlo en mucho tiempo: sin esperanza, sin miedo a perderlo. Vio a un hombre alto, cansado, con la camisa recién puesta y el traje arrugado, inclinado sobre la baranda de una cama de hospital. Un hombre guapo. Un hombre al que había querido desde que tenía siete años, y al que había vuelto a elegir a los diecisiete, y otra vez cada mañana durante cuatro años.
Ya no sentía nada parecido a eso.
—Sí —dijo—. Fue voluntario.
Él se enderezó.
—Lo hice porque quise. Porque te amaba como una ciega. —La voz le salió firme, más firme de lo que había sido en días—. Te amaba tanto que no me importaba. Te habría dado la sangre entera si me la pedías.
—Pero no puedes abusar de mí solo porque me gustas. Eso no te da derecho a nada.
Li Jingshen no dijo nada. Ella vio que la mano derecha se le había cerrado sobre la baranda.
Zhichu se incorporó otra vez. Despacio. Hasta quedar sentada, con la espalda recta contra la almohada, la bata a rayas cayéndole de un hombro, el pelo revuelto. Le dolía todo. No se le notó.
—Ya fui suficientemente tu esposa estos cuatro años.
Lo miraba a los ojos.
Por un segundo él pareció no entenderla. Luego entendió, y ella lo vio en el modo en que soltó la baranda, de golpe.
—¿Qué dijiste?
—Cuatro años. —Zhichu no bajó la mirada—. Cuatro años de esperarte con la cena en el horno. Cuatro años de dejarte notas que no leías. Cuatro años de extender el brazo cada vez que tú lo pedías. Ya fue suficiente. Ya cumplí.
Zhichu sonrió. No con tristeza, ni con rabia. Con algo parecido al alivio, como se sonríe al soltar una bolsa muy pesada después de cargarla demasiadas cuadras.
—Desde ahora, trataré bien a quien yo quiera.