Demasiado tarde para amarlaCap. 24/318 min de lectura

Capítulo 24: Cosas que ya no quiero conservar

Zhichu terminó de pegar la cinta antes de contestar.

Lo hizo con calma. Alisó la tira con el pulgar de una esquina a la otra, hasta que no quedó una sola burbuja. Luego levantó la cara.

—Antes me daba lástima tirarlas.

Li Jingshen seguía de pie entre las cajas.

—Ahora me tengo que mudar —siguió ella— y no tengo dónde ponerlas. —Señaló el montón grande con la barbilla—. Además, son cosas de nombre nada más. Regalo para mi esposo. Aniversario. Cumpleaños. Ya me cansé de verlas. Me estorban.

Él miró el montón. Una corbata azul asomaba entre dos bolsas, con la etiqueta todavía puesta.

—¿Y ahora las tiras? ¿Así sin más?

—¿Qué quiere que haga? ¿Dejárselas aquí para que le estorben a otra?

Se puso de pie, sacudiéndose el polvo de las rodillas.

—Y de aquí en adelante —dijo, sin mirarlo—, no traiga cosas de este tipo a esta casa. No las voy a querer.


Tocaron el timbre.

Eran dos hombres con chalecos de trabajo y guantes de cuero, de una empresa de reciclaje que Zhichu había encontrado en internet esa mañana. Traían una carretilla plegable y olían a cartón mojado y a calle.

—¿Señorita Shen? —preguntó el mayor—. Venimos por lo que nos dijo. ¿Dónde está?

—Pasen.

Los hombres entraron con cuidado, mirando el piso, la escalera, la lámpara del techo. Miraron también a Li Jingshen, que no se apartó para dejarles paso, y tuvieron que rodearlo.

—¿Todo esto, señorita? —El mayor señaló el montón grande—. ¿Todo se va?

—Todo.

—Bueno. —El hombre se rascó la nuca—. Por ahora nos llevamos esto. Lo de los muebles, cuando los saque, me avisa y venimos con el camión.

Empezaron a cargar. Las bolsas negras, las cajas, el reloj de mesa. Una taza se cayó de una caja abierta y rodó por el piso hasta los pies de Li Jingshen; él no la levantó.

En la pared del fondo, apoyado en el piso, había un marco grande envuelto en papel de burbuja. El más joven de los dos hombres lo levantó por una esquina.

—¿Esto también?

Zhichu lo miró. A través del plástico se adivinaban dos figuras, una de blanco y otra de negro, y un fondo de flores.

—La foto déjela —dijo.

El hombre la volvió a apoyar contra la pared.

No sabía por qué lo había dicho. Tal vez porque era demasiado grande para la carretilla. Tal vez porque en esa foto también salía él, y no le tocaba a ella decidir qué se hacía con su cara. O tal vez porque era la única foto que tenían juntos, y ni siquiera ahora le alcanzaba el valor para tirar la última.


Mientras los hombres bajaban la primera tanda, Li Jingshen se agachó junto al montón que quedaba y sacó algo de entre dos carpetas: una libretita roja, con letras doradas en la tapa.

El acta de matrimonio.

—¿Esto también lo vas a tirar?

Zhichu la miró en su mano.

—Usted ni siquiera la quería. —No había enojo en la voz—. ¿Ya se le olvidó? Nunca la quiso. En cuatro años no la abrió ni una vez.

Él apretó la libreta.

—¿Necesitas que te recuerde lo que hablamos en el hospital?

Ella se quedó quieta.

Mientras te portes bien. Tu hermano sigue vivo. Él no necesitaba recordarle nada. Lo tenía grabado en algún lugar entre el estómago y la garganta.

—No —dijo—. No hace falta.

Le quitó la libreta de la mano, despacio, y la puso en la caja pequeña, la de lo que se quedaba, junto a la tablilla de su madre envuelta en una bufanda y la urna de su padre, que todavía no sabía dónde iba a dejar.

—¿No quería que me portara bien? —dijo—. Ya está. Me porto bien.


Él la siguió hasta la cocina.

Ella abrió un cajón, sacó dos frascos de pastillas y un vaso. Llenó el vaso en el grifo y se tomó una de cada frasco, con un trago largo, de espaldas a él.

—¿Qué es eso?

—Medicina para el estómago. —Dejó el vaso en el fregadero—. Me la recetó el médico.

Li Jingshen miró los frascos. Las etiquetas estaban vueltas hacia la pared.

—Si todavía no estás bien —dijo—, ni pienses en mudarte. ¿A dónde vas a ir así?

Zhichu se rió un poco, por la nariz.

—No me mudo porque quiera. —Guardó los frascos en el cajón y lo cerró—. Me mudo porque me falta dinero. Necesito vender esta casa rápido. Y usted sabe mejor que nadie por qué me falta dinero.

Él no dijo nada.

—Mi papá se murió debiendo. Lo que debía no se murió con él. —Se apoyó en la barra, cruzando los brazos—. No tengo de dónde más sacar. Ya vendí lo demás.

—¿En cuánto la vendes?

—La compré en cinco millones seiscientos noventa mil. De contado.

Li Jingshen se quedó callado unos segundos. Miraba la cocina, los azulejos blancos, la estufa que él casi nunca había visto encendida.

—Si te urge —dijo—, véndemela a mí. En cinco millones. Ahora.

Ella lo miró.

—La compro yo —siguió él—. Considérala un bien común. Del matrimonio.

Zhichu pensó en la diferencia. Seiscientos noventa mil. Pensó en las deudas, en lo que tardaría en encontrar a alguien más que pagara rápido, en un mercado que ya sabía quién era ella y de quién era esposa. Pensó en que él lo sabía todo eso también, y que por eso le ponía ese precio.

Y pensó en la casa.

La había comprado con su propio dinero, antes de la boda, cuando todavía creía que una casa grande se llenaba sola. Había escogido cada cosa. Los techos altos, para que no se sintiera encerrado. La cocina abierta, para poder verlo desde la estufa si algún día se sentaba en la sala. Los azulejos verdes del baño de visitas, del color que a ella le gustaba.

Ese baño también entraba en los cinco millones. La llave plateada, el foco blanco, la puerta. Todo iba a ser de él ahora, con papeles y firma. Lo que ya era suyo de todos modos.

—Está bien —dijo—. Mientras me pague, la casa es suya.

Él sacó la cartera, sacó una tarjeta negra y la dejó sobre la barra, entre los dos.

—Ahí hay cinco millones. Le digo al abogado que haga el traspaso cuanto antes.

—En dos días se la dejo libre.

—No hace falta.

Ella levantó la vista.

—Quédate aquí. A vivir. —Él guardó la cartera—. No tienes que irte a ningún lado.

Zhichu no entendió. Se quedó con la tarjeta en la mano, mirándolo, esperando la trampa. Siempre había una trampa.

Llegó enseguida.

—Mingyue se muda en dos días.


Afuera, en la calle, se oyó el golpe de la carretilla contra el borde de la acera. Uno de los hombres dijo algo y el otro se rió.

Zhichu dejó la tarjeta sobre la barra.

—Con razón —dijo, muy bajito.

—¿Qué?

—Con razón tantas veces se negó a darme el divorcio. —Lo miró de frente—. Ahora entiendo. Para que en la casa la bandera roja no se caiga, y afuera sigan ondeando las de colores. ¿Así es? Esposa adentro, la otra afuera. Y ahora la otra también adentro.

—No pienses tonterías.

Li Jingshen se aflojó la corbata con un dedo.

—Mingyue viene para que yo la cuide. Nada más. Está enferma, vive sola. —Como si fuera lo más obvio del mundo—. Con ese cuerpo que nunca tiene sangre suficiente, todavía se preocupa por mí. Por si como, por si duermo. Yo sé muy bien qué clase de persona es.

Con ese cuerpo que nunca tiene sangre suficiente. Zhichu pensó en sus propios brazos. En las cicatrices diminutas, en fila. En los cincuenta pinchazos. Él no se acordaba de dónde salía la sangre que a Mingyue le faltaba. O sí se acordaba, y le daba igual.

—Ya oí bastante sobre lo mala que soy yo —dijo—. No hace falta que me cuente lo buena que es ella.


Los hombres volvieron por la segunda tanda y se llevaron las últimas bolsas. El mayor le dejó a Zhichu una tarjeta con un número escrito a mano y se despidió desde la puerta.

La sala quedó medio vacía. Quedaban las cajas pequeñas, la alfombra enrollada y, contra la pared del fondo, el marco envuelto en plástico.

Zhichu se acercó. Rasgó el papel de burbuja por una esquina, luego por otra, hasta que la foto quedó al descubierto.

Ahí estaban. Ella con el velo, sonriendo con todos los dientes. Él a su lado, con el traje que había elegido su asistente, mirando a la cámara sin mirar nada. Entre los dos, apenas un palmo de aire. Nadie que no los conociera habría notado ese palmo. Ella lo había medido mil veces.

—Li Jingshen. —No se volvió—. ¿No le da miedo que Xia Mingyue vea esta foto?

Él se acercó por detrás.

—¿Vas a hacer un escándalo?

—Pregunto nada más.

—Mingyue no es como tú. —Hablaba con una seguridad tranquila—. Es generosa. Puede aceptar que yo… que yo sea amable con otras mujeres. No hace dramas por una foto.

Zhichu se quedó mirando su propia sonrisa en el papel.

—Tiene razón —dijo—. No soy como ella.

Se dio la vuelta.

—Al menos Xia Mingyue todavía lo quiere a usted. —Lo miró a los ojos, sin pestañear—. Y yo ya no.


Li Jingshen sintió que algo se le desacomodaba en el pecho.

Ella le había dicho cosas peores en los últimos días. Lo que le pesó fue la cara con que lo dijo: sin lágrimas, sin temblor, sin ese brillo terco que siempre traía cuando lo desafiaba esperando que él la contradijera. Lo había dicho como quien cierra una ventana.

—¿Y entonces a quién quieres?

Le salió más duro de lo que pensaba.

Ella se encogió de hombros.

—¿Quién sabe? —Recogió un rollo de cinta del piso—. Tengo veintitrés años. El futuro es largo. Hay muchos hombres que conocer.

Él la miró.

Hacía seis años la había visto por primera vez así. Una muchacha de diecisiete, con un vestido demasiado elegante para su edad, que lo había mirado de frente en una fiesta, sin miedo, mientras todos los demás bajaban los ojos. Había pensado entonces en una rosa con espinas. Algo que cualquiera querría cortar y que a nadie le iba a salir gratis.

Se había olvidado de esa muchacha. Durante cuatro años solo había visto a la otra: la que esperaba, la que se callaba, la que le tapaba el plato con otro plato.

Ahora la de diecisiete estaba de vuelta. Y no lo estaba mirando a él.


—Créalo o no —siguió Zhichu—, ya no me importa lo que haya entre usted y ella.

Dejó el rollo de cinta en una caja.

—Haga lo que quiera. Tráigala, cuídela, llévela a cenar, salga con ella en las noticias. No me voy a enojar. —Hizo una pausa—. De verdad que no me voy a enojar.

Él no contestó.

—Y si algún día se casan —añadió, con una sonrisa pequeña, casi amable—, yo les doy un sobre rojo bien gordo. El más gordo que haya.

Li Jingshen apretó la mandíbula.

Ella lo miró un momento más. Por primera vez esa noche, algo se le movió en los ojos. Algo cansado. Muy viejo.

—Hasta un perro le agarra cariño a la casa donde vivió cuatro años —dijo, más bajo—. Yo no le pido nada. Ya no le pido que me quiera. Solo le pido una cosa.

Tomó aire.

—Aunque no podamos estar juntos, tampoco terminemos matándonos.

Fin del capítulo 24
Sigue leyendoCapítulo 25: Cuanto menos le gusteLi Jingshen se rió. Fue una risa corta, sin ganas, que se le quedó en la garganta. Zhichu se la conocía: era la de un hombre al que le acaban de ofrecer…Leer capítulo 25
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Demasiado tarde para amarla31 capítulos
  1. 1El diagnóstico
  2. 2Lo que siempre quisiste
  3. 3Sangre para Mingyue
  4. 4Veinte por ciento o cero coma uno
  5. 5Un poco de lástima
  6. 6Tres días para reflexionar
  7. 7Abre la puerta
  8. 8Tres días
  9. 9De rodillas
  10. 10Dieciséis años
  11. 11El papel en su estómago
  12. 12Siempre estaré aquí
  13. 13Un historial falso
  14. 14Cuatro años
  15. 15Atarla y vivir como un perro
  16. 16La llamada de papá
  17. 17Treinta pisos
  18. 18Demasiado frío
  19. 19Lo que le dijo a mi padre
  20. 20La palabra prohibida
  21. 21La mano de Qin Mo
  22. 22Cenizas
  23. 23Hermano Jingshen, no te vayas
  24. 24Cosas que ya no quiero conservarLeyendo
  25. 25Cuanto menos le guste
  26. 26Mil trescientos sesenta y cuatro días
  27. 27Un dolor de cabeza muy oportuno
  28. 28Mata a alguien por mí
  29. 29El hombre de las galletas
  30. 30Cinco semanas
  31. 31No voy a venir
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