Él no le respondió.
Se quedó junto a la ventana unos segundos más, como si no la hubiera oído. Luego se volvió hacia el abogado.
—Váyase.
El hombre miró a Zhichu. Ella asintió despacio, con la mano todavía en el cuello. El abogado recogió los papeles, los guardó en el portafolios con cuidado, dejó una copia del acuerdo sobre la mesa de centro y salió sin despedirse de nadie. La puerta de la calle se cerró con un golpe sordo.
Quedaron solos.
La sala estaba en penumbra. Afuera, el cielo se había vuelto de un color pizarra, pesado, y las primeras luces de la calle empezaban a encenderse. Li Jingshen tomó la copia del acuerdo, la hojeó sin leerla y la volvió a tirar sobre la mesa.
—¿Por qué el divorcio?
Zhichu bajó la mano del cuello.
—¿No es lo que siempre quisiste? —dijo—. Divorciarte de mí. Poder estar con Xia Mingyue sin esconderte de nadie. —Lo miró de frente—. Pues ahora te lo estoy dando. Y todavía me preguntas por qué.
—Te pregunté por qué tú quieres el divorcio.
—¿Por qué más va a ser?
Se puso de pie. Le temblaban un poco las piernas, pero se obligó a quedarse derecha.
—Estoy cansada. Ya me harté. —Le salió más fuerte de lo que esperaba—. Ya no me gustas. No quiero seguir siendo el banco de sangre de Xia Mingyue. ¿Te alcanza con eso?
Él no se movió.
—Y si no te alcanza —siguió ella—, piensa lo que ya estás pensando. Que tengo a alguien más.
Hubo un silencio largo. En la cocina, el refrigerador se encendió con un zumbido.
Li Jingshen sonrió. Fue una sonrisa pequeña, torcida, sin nada de alegría.
—Parece que, mientras yo no estaba en casa, te pusiste muy ansiosa. —Dio un paso hacia ella—. El de hace rato era uno de ellos, ¿no? Uno de varios. —Otro paso—. Al fin y al cabo, una mujer como tú… con uno solo no tiene suficiente.
Zhichu sintió que algo se le endurecía por dentro, igual que el agua cuando se congela de golpe.
Estaba harta de defenderse, de explicar. Cuatro años explicando cada llamada, cada salida, cada retraso de diez minutos. Cuatro años jurando cosas que él nunca creyó.
—Tienes razón —dijo.
Él se detuvo.
—Tengo a alguien más. —Ella levantó la barbilla—. ¿Qué? ¿Solo tú puedes tener a alguien afuera? ¿Yo no?
La frase se quedó entre los dos, desnuda.
—Repítelo.
Fue tan bajo que a ella le costó oírlo.
—Li Jingshen —dijo Zhichu, sin repetirlo—, cuatro años ya fueron suficientes. —Tragó saliva—. Yo no tengo tantos cuatro años por delante.
Él la miró con los ojos entrecerrados, buscando algo en su cara. Ella no supo si lo encontró. Solo vio que, al final, se le relajaban los hombros, como a alguien que acaba de confirmar una sospecha.
—Por fin dices la verdad. —Se metió las manos en los bolsillos—. Fuiste tú quien me obligó a casarme contigo. Y ahora eres tú la que quiere el divorcio. —Ladeó la cabeza—. ¿Y qué crees? ¿Que voy a repartir los bienes contigo? —Sonrió otra vez—. Tranquila. No vas a salir perdiendo.
—Gracias —dijo ella.
Y lo decía en serio. Eso era lo más triste.
Durante el camino a casa, en el parque, en la banca, se había imaginado esa escena muchas veces. Él leía el acuerdo, levantaba las cejas, firmaba con su bolígrafo negro sin sentarse, como había firmado el contrato de la sangre. Tal vez hasta sonreía. Tal vez le decía por fin. Ella le daba las gracias, él se iba, y la casa quedaba en silencio, un silencio limpio, sin esperas.
Se había preparado para su alivio, para su indiferencia, incluso para su desprecio.
No se había preparado para que él se quedara.
Quiso pasar junto a él para ir a la escalera. No llegó.
Li Jingshen la tomó del brazo y la hizo girar. Zhichu chocó contra su pecho. Sintió el olor de su ropa, el calor de su cuerpo, la presión de sus dedos justo sobre el moretón de la aguja.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó.
—No te muevas.
—Suéltame.
—Mientras más te resistes —dijo él contra su oído—, más ganas me dan.
—Te pedí que vinieras para firmar el divorcio, Li Jingshen. —Empujó contra su pecho, con las dos manos, inútilmente—. Suéltame.
Él no la soltó.
Zhichu dejó de empujar. Lo decidió ella, y eso fue lo único que pudo decidir: entendió que no tenía fuerzas, que nunca las había tenido, y que gastarlas en eso era tirarlas al suelo. Cerró los ojos y se fue al cuarto sin ventanas que tenía dentro de sí misma, al mismo lugar donde había guardado la otra noche, y cerró la puerta por dentro.
El reloj de la sala dio las siete. Luego las siete y media.
—¿Ya te basta?
Él estaba de pie junto al sofá, abotonándose la camisa. Ella estaba sentada en el suelo, con la espalda contra el sillón y el vestido negro arrugado, abrazándose las rodillas.
—¿Todavía quieres buscarte a otro hombre? —siguió él, sin mirarla—. Desde hoy me voy a encargar personalmente de quitarte de la cabeza todas las ideas que no deberías tener.
Zhichu levantó la cara.
Tenía el pelo pegado a las mejillas y los labios hinchados, y aun así lo miró con una claridad nueva, casi tranquila, la de quien ya no espera nada de la persona que tiene delante.
—Li Jingshen —dijo—, al final, ¿quién tiene más ideas raras en la cabeza? ¿Tú o yo?
Él frunció el ceño.
—¿No te gusta Xia Mingyue desde siempre? —siguió ella—. Entonces divórciate de mí. Dale un lugar. Dale tu apellido. Dale todo lo que nunca me diste. —Hizo una pausa—. ¿O será que te enamoraste de mí?
Por un segundo, solo uno, algo se movió en la cara de él. Zhichu lo vio: una sombra, un temblor en la comisura de la boca, algo que no alcanzó a tener nombre.
Luego desapareció.
—Shen Zhichu —dijo él, muy despacio—, no me voy a divorciar de ti.
Ella cerró los ojos.
—¿Sabes por qué? —Él se agachó frente a ella, hasta que sus caras quedaron a la misma altura—. Solo porque puedes ser el banco de sangre de Mingyue. Para nada más. —Le apartó un mechón de la frente con un dedo, casi con descuido—. Solo te toqué unas cuantas veces y de verdad te crees importante.
Zhichu no se apartó. Sintió el dedo de él en la frente, frío, y pensó que hacía cuatro años habría dado cualquier cosa por ese gesto. Ahora no sentía nada. O sentía algo tan grande que su cuerpo había decidido no sentirlo.
—Li Jingshen —dijo—. Estoy muy cansada.
Él no contestó.
—Separémonos en paz, ¿sí? —Abrió los ojos—. Nos juntamos, nos separamos. La gente lo hace todo el tiempo. Tú vas por tu lado, yo por el mío. Ya está.
Se lo pidió con suavidad, sin reproche, casi con ternura, como se le habla a un niño que no quiere soltar un juguete roto.
Li Jingshen se puso de pie.
—Parece que el castigo todavía fue muy leve —dijo—. Si no, ¿por qué te acuerdas tan bien de todo?
Encendió la lámpara de pie que estaba junto al sofá.
La luz cayó sobre ella de golpe. Zhichu se tapó los ojos con el antebrazo. Cuando lo bajó, él la estaba mirando desde arriba, de pies a cabeza, con una expresión que no supo descifrar.
Sabía lo que estaba viendo. Lo había visto ella misma esa mañana, en el espejo del baño: la cara hundida, las ojeras moradas, los labios sin color, los huesos de la clavícula marcados bajo la piel. Un mes de dolor, de vómitos y de agujas le había quitado tanto que a veces no se reconocía.
—Mírate —dijo él—. No pareces ni persona ni fantasma.
Ella bajó la vista.
—¿Todavía esperas que te toque una segunda vez?
Zhichu se acomodó con una mano el cuello blanco del vestido. No dijo nada.
Li Jingshen se ajustó los puños de la camisa y miró el reloj. Luego tomó la copia del acuerdo de divorcio, todavía tirada sobre la mesa de centro. La dobló en dos, luego en cuatro, con calma, y se la guardó en el bolsillo interior del saco.
—Ya que te veo con tanto ánimo —dijo—, estos tres días no vas a salir.
Ella levantó la cabeza.
—¿Qué?
—Tres días. Reflexiona bien.
—Li Jingshen, tengo que ir a la empresa. Tengo cosas pendientes…
—Tus pendientes pueden esperar —dijo él—. O que te los atienda el que estaba sentado hace rato en mi sala.
—Era el abogado.
—Claro. —Una sonrisa fría—. El abogado.
Se agachó otra vez, la tomó de la muñeca y tiró de ella para levantarla. Zhichu se tambaleó. Las piernas no le respondían bien; tenía la sangre lenta, pesada, y el estómago se le cerraba en un puño cada vez que se movía rápido.
—Suéltame. Puedo caminar sola.
—Mi bolso —dijo, de pronto, girándose hacia la sala—. Déjame sacar algo de mi bolso.
Ahí estaban los dos frascos blancos de Qin Mo, el de la izquierda y el de la derecha. Una pastilla en la mañana, una en la noche, con comida. Pensó en cómo se lo diría: son unas pastillas para el estómago. Pensó en la cara que pondría él. ¿Qué finges, Shen Zhichu?
—No vas a necesitar nada —dijo Li Jingshen.
El bolso se quedó sobre el sillón, abierto, con la correa colgando hasta el piso.
Él no la soltó. La llevó sin prisa, con la firmeza tranquila de quien conduce a alguien que ya no tiene adónde ir. Al pasar junto a la escalera, Zhichu levantó los ojos hacia el piso de arriba, hacia la puerta del cuarto, a oscuras.
No subieron.
Pasaron frente a la cocina oscura, frente al estudio, y siguieron por el pasillo de la planta baja hasta el final, hasta la puerta blanca del baño de visitas, el que nadie usaba. Era un baño pequeño, sin ventana al exterior, con las paredes cubiertas de azulejos verdes, diminutos, cuadrados. Ella misma los había elegido cuando compró la casa. Le habían parecido frescos, alegres, del color de las hojas nuevas.
Li Jingshen abrió la puerta y encendió la luz. Un foco blanco, frío, zumbó en el techo.
Zhichu miró el lavabo, el inodoro, el piso de azulejo, la puerta que solo se cerraba con llave por fuera porque el seguro de adentro se había roto hacía meses y ella nunca había llamado a nadie para arreglarlo.
Lo entendió de golpe y se volvió hacia él.
Él tenía la llave en la mano. Una llave pequeña, plateada, la que siempre estaba en el cajón de la entrada. Debía de haberla tomado al pasar, sin que ella lo notara.
Zhichu lo miró a los ojos y buscó algo, lo que fuera, un rastro de duda, una grieta.
No encontró nada.
—Tienes que encerrarme, ¿verdad?