Demasiado tarde para amarlaCap. 19/319 min de lectura

Capítulo 19: Lo que le dijo a mi padre

—No.

Zhichu lo dijo sin volverse, con la mano todavía sobre la sábana.

—No. Está enojado, nada más. —Movió la cabeza de un lado a otro, despacio—. Cuando se enoja hace esto. Se encierra. No contesta. No te mira. Puede pasarse días así.

El hombre de bata azul retrocedió un paso hacia el pasillo.

Li Jingshen entró al cuarto. Ella lo oyó entrar y no lo miró.

—¿Usted cree que me está ignorando a propósito? —le preguntó a la sábana, con una voz casi razonable—. Sí, a propósito. Lo hace para que yo vaya a buscarlo. Siempre lo hace. Mi papá no está muerto.

—Shen Zhichu.

—Le voy a devolver el Grupo Shen. —Se le iluminó la cara, una luz horrible, febril—. Eso es. Eso es lo que quiere. Está enojado porque le quité la empresa. Porque me quedé con todo. Y porque me casé con usted, nunca le gustó que me casara con usted. —Asintió, rápido—. Entonces se la devuelvo. Hoy mismo firmo. Le devuelvo el Grupo Shen y me divorcio de usted otra vez, y él se va a despertar. Va a ver que sí.

Li Jingshen se detuvo detrás de ella.

—Te lo voy a decir otra vez —dijo, muy bajo—. Está muerto.

Ella no se movió.

—Te cases conmigo o me sueltes, le devuelvas la empresa o te quedes con ella, a él ya no le importa. A él ya no le importa nada. —Hizo una pausa—. ¿Me entiendes, Shen Zhichu? ¿Me estás entendiendo?


Le puso las manos en los hombros para levantarla del piso.

Zhichu se las quitó de encima con un tirón de todo el cuerpo.

—¡No me toque!

—Levántate. Estás descalza en el cemento.

—¡Suélteme!

Él no la soltó. La levantó por los brazos, y ella se le resbaló entre las manos, volvió a caer de rodillas junto a la camilla y se agarró del borde de metal con las dos manos.

—¡Déjeme! ¡Déjeme con él!

En el pasillo se había ido juntando gente: el policía, una enfermera, el hombre de bata azul, el asistente con el teléfono en la mano. Nadie entró.

Li Jingshen se volvió hacia la puerta sin soltarle el brazo.

—Dame el teléfono.

El asistente se lo tendió. Li Jingshen lo tomó con la mano libre y habló sin mirarla, con la voz de dar órdenes, la de siempre.

—Quiero que le busquen un terreno. Un buen lugar, tranquilo, para enterrarlo. —Escuchó algo del otro lado—. No. Que lo busque el monje Cui. Él sabe de esas cosas. Que vea el lugar y la fecha. Lo antes posible.

Zhichu levantó la cabeza.

—¿Qué está diciendo?

—Lo que hay que hacer.

Las palabras le llegaron sueltas, sin sentido al principio. Terreno. Enterrar. Fecha. Palabras de trámite, de oficina, de contrato, de las que él usaba para comprar un edificio o cerrar una empresa. Las estaba usando con su papá. Su papá estaba ahí, debajo de una sábana, a un metro, y ese hombre ya le estaba buscando un hoyo en la tierra, con un monje que ella no conocía, en una fecha que ella no había elegido.

Su papá odiaba la tierra. Odiaba el campo, el lodo, los zapatos sucios. Ni siquiera eso sabía Li Jingshen.

—¡Cállese! —Se le quebró la voz en un grito—. ¡No hable así! ¡No toque a mi papá! ¡No se atreva a tocar a mi papá!

Soltó el borde de la camilla para golpearle el pecho. Una vez, dos. Eran golpes sin fuerza, de alguien que lleva dos semanas en una cama de hospital. Él no se movió.

—Papá… —Se volvió otra vez hacia la sábana—. Papá, diles que me suelten. Diles que me suelten…


Se quedó sin aire.

Se quedó sin aire y sin fuerza al mismo tiempo, como una cuerda que alguien corta, y se dejó caer contra la camilla con la mejilla sobre el metal. Li Jingshen se agachó junto a ella. No la tocó. Esperó.

—No tengo otra opción —dijo ella, muy bajo, con los ojos cerrados—. Nunca tuve otra opción. Usted siempre desconfió de mí. De todo lo que hice. De todo lo que dije.

Abrió los ojos y lo miró. Él estaba muy cerca, a la altura de ella, y nunca antes ella le había visto esa cara, deshecha por la mitad.

—Li Jingshen —dijo—. Me arrepiento tanto.

Él no contestó.

—Me arrepiento de haberlo conocido hace seis años. —Despacio, cada palabra en su lugar—. Me arrepiento de haberlo obligado a casarse conmigo hace cuatro. Si usted no hubiera existido… nada de esto habría pasado. Nada.

Una lágrima le cruzó la nariz y cayó sobre el metal.

—Si hace dieciséis años me hubiera olvidado de usted… —Se le escapó una risa mojada—. No habría tenido esta tragedia. No habría tenido la crisis de la empresa. No habría tenido que pensar en morirme, ni una vez. Nada de esto. Me habría casado con alguien que me quisiera un poco. Habría tenido una vida pequeña y aburrida, y habría sido feliz.

—No digas eso. —La voz de Li Jingshen le salió ronca, extraña—. Shen Zhichu, no digas eso.

Ella ni siquiera lo oyó. Bajó la vista hacia la sábana.

—Pero no lo olvidé. Lo elegí a usted. Cada vez lo elegí a usted.

Cerró los ojos.

—Así que todo lo que me está pasando ahora… todo lo que sufrí… Me lo merezco. Me lo merezco todo.

Lo último lo dijo casi sin voz.

Luego, despacio, se le fue la cabeza hacia un lado.

—¿Shen Zhichu?

Li Jingshen la sostuvo antes de que se golpeara contra el piso.

—¡Un médico! —gritó, hacia la puerta—. ¡Aquí! ¡Un médico!


La subieron de vuelta al quinto piso en una camilla. Le pusieron otra vía, en la otra mano, y algo en el suero que la hizo dormir.

Li Jingshen salió al pasillo a esperar a que terminaran.

En la estación de enfermería, dos enfermeras del turno de la tarde hablaban en voz baja, con las cabezas juntas sobre la pantalla de un teléfono. No lo vieron llegar.

—¿Ya viste el video? El del edificio.

—No quiero verlo. Me contaron. Qué horror.

—Lo grabó alguien desde la calle. Ya tiene miles de vistas. —La primera bajó la voz—. ¿Sabes quién era? Shen Changnan. El que condenaron a muerte en la primera instancia. Hoy tenía la revisión.

—¿El de las noticias? ¿El de la empresa?

—Ese. Iba camino al tribunal.

La segunda se quedó callada un momento.

—Oye… ¿y la señorita Shen del quinientos doce? —Miró hacia el pasillo—. ¿No es…?

—La hija. Sí.

—¿Y ya sabe?

—Acaba de verlo. Abajo, en urgencias. —La primera apagó el teléfono—. Dicen que se puso a reír. Que se reía y se reía y no paraba. Luego se desmayó. —Sacudió la cabeza—. Pobre. Con lo que le pasó a su papá hoy, quién va a aguantar algo así.

Una de ellas levantó la vista y lo vio.

Se callaron. La segunda se puso a acomodar unos expedientes que no necesitaban acomodo.

Li Jingshen alcanzó a ver la pantalla antes de que se apagara del todo: un cuadro congelado, borroso, tomado desde abajo. Una fachada de vidrio. Un cielo gris. Un punto oscuro arriba, en el borde. Nada más.

Quiso decirles que se callaran, que borraran eso, que no tenían derecho. Abrió la boca y no dijo nada, porque se dio cuenta de que la única persona en ese pasillo que no tenía derecho a nada era él.

Pasó junto a ellas y entró al cuarto.


Ella dormía.

Tenía la cara vuelta hacia la ventana. Alguien le había lavado la sangre de la mano y le había quitado el abrigo gris, que ahora colgaba del respaldo de la silla, todavía con los botones mal puestos. Afuera había empezado a oscurecer.

Li Jingshen se sentó junto a la cama.

No le tomó la mano. Se quedó mirándola, con los codos en las rodillas, y en algún momento empezó a hablar, muy bajo, sin saber bien a quién.

—Te lo prometo… —dijo—. En toda tu vida no vas a poder querer a nadie más. A nadie. Aunque esa persona sea…

Ahí se le quedó la frase. No sabía qué nombre iba a decir. Si el del médico. Si el suyo.

Pensó en las llamadas que había que hacer. Al hermano de ella, que no contestaba el teléfono desde la mañana. Al penal. A los periódicos, para que no publicaran el nombre de ella junto al de su padre. Al abogado, para cancelar una revisión que ya no tenía a quién revisar. Lo pensó todo en orden, como pensaba cualquier problema de la empresa, y se dio cuenta de que lo hacía para no pensar en otra cosa.

En la risa. En esa risa del pasillo de urgencias.

Me arrepiento de haberlo conocido.

Se frotó la cara con las manos. Por la ventana, las luces de la ciudad se iban encendiendo, una por una, en las torres de oficinas.


Zhichu despertó de noche.

Supo que era de noche por el silencio, por la franja de luz amarilla bajo la puerta, por el zumbido del suero. Y supo, antes de abrir los ojos, que él estaba ahí: por el olor de su abrigo, por el peso de alguien en la silla.

No se movió.

Se quedó con los ojos cerrados, oyendo su respiración, y dejó que la mañana volviera. La voz de su padre en el teléfono. El motor, los baches, la escalera. Cuando yo me vaya, ese nudo que tienes conmigo se va a desatar. Papá siempre te quedó a deber una disculpa. Ten mucho cuidado, Chuchu. Mucho cuidado.

Ten cuidado.

¿Cuidado de qué?

Pensó en los zapatos negros. En el olor a tabaco. En la última vez que lo había visto en persona antes de todo esto, hacía apenas unas semanas, en la oficina del piso veintidós, sentado frente a su escritorio con el pelo engominado, pidiéndole dinero para un proyecto. Ella le había pedido los papeles, como a cualquier socio. Él se había ido silbando, sin decir adiós. Ella tampoco se lo había dicho.

Esa había sido la última vez. No lo sabía entonces.

Su padre nunca le había dicho que tuviera cuidado. En veintitrés años. Nunca le había dicho que estaba orgulloso, ni que estaba bonita, ni que le debía nada. Y de pronto, en un solo día, se lo decía todo, en orden, igual que alguien que lee una lista que ha repasado muchas veces.

Como alguien que ha estado pensando mucho en lo que va a decir. Que ha tenido tiempo. Que ha hablado con alguien.

¿Quién te dio un teléfono?

A los presos no les dan teléfonos. Ella lo sabía; venía en el reglamento del penal, entre los papeles del caso que le había mandado el abogado y que había leído en esa misma cama, dos veces, buscando cómo hacerle llegar ropa limpia. Un teléfono, en una camioneta de traslado, con guardias, camino al tribunal. Alguien se lo había dado. Alguien que podía entrar donde nadie entraba.

Y había otra cosa. Lo que pase adentro ya no depende de mí, había dicho Li Jingshen, en ese mismo hospital, con el abrigo en la mano. Pero todo lo que pasaba en esa ciudad dependía de él. Las demandas, los bancos, los periodistas en el patio. Ella lo había aprendido a golpes.

Abrió los ojos.

Li Jingshen estaba en la silla, con la cabeza echada hacia atrás, despierto, mirando el techo. Al oírla moverse, se enderezó.

—Shen Zhichu.

Ella lo miró largo rato, con los ojos secos, rojos, y él no apartó la vista.

—Li Jingshen —dijo—. Usted…

Se le atascó la voz. Tragó.

—Usted lo vio antes de esto, ¿verdad? Antes de hoy. Usted fue a verlo.

Él no contestó.

Y ese silencio le dio más miedo que cualquier respuesta.

—¿Qué más le dijo usted a mi padre?

Fin del capítulo 19
Sigue leyendoCapítulo 20: La palabra prohibidaLi Jingshen no contestó enseguida. Se quedó sentado en la silla, con los codos en las rodillas, mirándola. La lámpara de la cabecera estaba apagada y la…Leer capítulo 20
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Demasiado tarde para amarla31 capítulos
  1. 1El diagnóstico
  2. 2Lo que siempre quisiste
  3. 3Sangre para Mingyue
  4. 4Veinte por ciento o cero coma uno
  5. 5Un poco de lástima
  6. 6Tres días para reflexionar
  7. 7Abre la puerta
  8. 8Tres días
  9. 9De rodillas
  10. 10Dieciséis años
  11. 11El papel en su estómago
  12. 12Siempre estaré aquí
  13. 13Un historial falso
  14. 14Cuatro años
  15. 15Atarla y vivir como un perro
  16. 16La llamada de papá
  17. 17Treinta pisos
  18. 18Demasiado frío
  19. 19Lo que le dijo a mi padreLeyendo
  20. 20La palabra prohibida
  21. 21La mano de Qin Mo
  22. 22Cenizas
  23. 23Hermano Jingshen, no te vayas
  24. 24Cosas que ya no quiero conservar
  25. 25Cuanto menos le guste
  26. 26Mil trescientos sesenta y cuatro días
  27. 27Un dolor de cabeza muy oportuno
  28. 28Mata a alguien por mí
  29. 29El hombre de las galletas
  30. 30Cinco semanas
  31. 31No voy a venir
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