Demasiado tarde para amarlaCap. 4/318 min de lectura

Capítulo 4: Veinte por ciento o cero coma uno

No se murió esa noche.

Despertó al amanecer en una cama de observación, con una bolsa de suero colgada sobre la cabeza y una enfermera que le decía que había tenido mucha suerte. Zhichu le dio las gracias y no le preguntó si su esposo había vuelto. Ya sabía la respuesta.

Unos días después, estaba otra vez sentada detrás de su escritorio en el Grupo Shen, con el maquillaje un poco más cargado que de costumbre para tapar las ojeras, y un vestido negro de manga larga y cuello blanco para tapar lo demás.

—Las utilidades del Grupo Shen han caído muchísimo en los últimos meses, señorita Shen.

Su asistente estaba de pie frente a ella, con una carpeta abierta y la cara de quien preferiría estar en cualquier otro lugar. Era un hombre de mediana edad, prudente, que llevaba diez años en la empresa y había visto a su padre sentarse en esa misma silla antes que ella.

—Tres contratos cancelados en un mes —siguió—. Los bancos nos están pidiendo más garantías. Dos proveedores dejaron de abastecernos sin explicar por qué. —Bajó la voz—. En el sector todos dicen lo mismo: que el presidente Li nos está ahogando a propósito.

Zhichu no levantó la vista de los números.

—Si esto sigue así —dijo él—, me temo que en unos cuantos meses la empresa va a…

Dejó la frase colgando. Ninguno de los dos necesitaba oír el final.

—Salga un momento, por favor.

—Señorita Shen…

—Solo un momento.

Él cerró la carpeta, inclinó la cabeza y salió. La puerta se cerró con un clic suave.


Zhichu se reclinó en la silla y miró por la ventana.

Desde el piso veintidós se veía media ciudad de Jiuzhou: los edificios de cristal del distrito financiero, el río gris, el puente, los techos bajos de los barrios viejos donde todavía colgaban la ropa en los balcones. En algún punto de ese paisaje estaba la torre del Grupo Lux. No la buscó. Sabía exactamente dónde quedaba.

No me quedan muchos días de vida, pensó. Lo pensó con calma, igual que habría anotado una cita en la agenda. Ya es hora de dejar todo arreglado.

Arreglado. Una palabra limpia para algo tan sucio como morir.

El problema era el después. Su padre no sabía dirigir ni una tienda de barrio; en veinte años había hundido tres negocios y se había gastado más de lo que tenía en casinos y en relojes. Su hermano era igual, o peor, porque además se creía listo. Los dos vivían del Grupo Shen como dos sanguijuelas pegadas a la misma pierna, y el día que ella faltara, la empresa no les duraría ni un año.

Zhichu repasó mentalmente los nombres del consejo, los socios, los directores. Uno por uno los fue descartando, con la frialdad de quien selecciona fruta en el mercado.

Al final solo quedó uno.

Se rio sola, bajito. Era casi un chiste.

La persona más capaz de sacar adelante a la familia Shen era justamente la que quería ver a la familia Shen en la ruina.

—Li Jingshen —dijo en voz alta, probando el nombre en el aire de la oficina vacía—. Mi esposo de nombre.

Sonaba ridículo. Sonaba perfecto.


Escuchó los gritos antes de ver a nadie.

—¡Usted no puede pasar, señor!

—¡Quítate de mi camino! ¡Vengo a ver a mi hija!

La puerta se abrió de golpe. Shen Changnan entró con el saco desabrochado, la corbata torcida y una sonrisa demasiado ancha. Detrás de él, la recepcionista lo seguía con las manos en alto, pidiendo disculpas con los ojos.

—Déjala, déjala —dijo Zhichu—. Ya pasó.

La muchacha salió. Su padre se dejó caer en el sillón frente al escritorio y soltó una carcajada.

—¡Ja! Sabía que te iba a encontrar aquí. Tú nunca sales de esta oficina, ¿verdad?

—¿Qué quieres, papá?

—¿Qué quiero? ¡Qué manera de recibir a tu padre! —Se acomodó, cruzó la pierna y la miró con los ojos brillantes—. Nada, poca cosa. Transfiéreme dos millones a mi tarjeta. Ahora mismo.

Zhichu dejó el bolígrafo sobre el escritorio.

—¿Viniste a verme solo por dinero?

—¿Y qué tiene? ¿No es lo más natural del mundo? —Él extendió las manos, ofendido—. Una hija que se ocupa de su padre. ¿Qué son dos millones para una empresa de este tamaño? —Paseó la mirada por la oficina, por los cuadros, por la vista—. Y si no me quieres dar dinero, pues dame la empresa. Al fin y al cabo lleva mi apellido.

—Papá —dijo ella, despacio—, ¿de verdad me ves como a tu hija? ¿O solo como un cajero automático que no te cobra comisión?

—¿Qué tonterías estás diciendo?

—Te pregunto en serio.

—¡Transfiéreme el dinero y ya! —Él se levantó del sillón—. Y te advierto una cosa: si no me pagas, salgo ahora mismo a ese pasillo y armo un escándalo delante de todos tus empleados. A ver quién de los dos queda peor.

Zhichu lo miró en silencio.

Era un hombre guapo todavía, a pesar de los años y del alcohol. Tenía las mismas cejas que ella, la misma forma de la barbilla. A veces, cuando era niña, se paraba frente al espejo y buscaba en su cara los rasgos de él, porque los de su madre no los conocía más que por fotos.

—La semana pasada te transferí tres millones —dijo—. Solo han pasado unos días. ¿Ya te los acabaste?

—Ay, Chuchu. —Él movió la mano, quitándole importancia—. ¿Qué se puede hacer hoy en día con tres millones? Mírate. Mira esta empresa tan grande. ¿De verdad vas a obligarme a salir a hacer un escándalo?

Ella apoyó los codos en el escritorio y se masajeó las sienes. El estómago le ardía. Llevaba toda la mañana sin comer nada más que un café.

—Te puedo dar el dinero —dijo por fin—. Pero me vas a decir en qué lo vas a usar.

—¡Ja, ja! —Su padre volvió a sentarse, de pronto encantado—. ¡Esa es mi hija! Mira, es muy sencillo. Tu papá está interesado en un proyecto de inversión. Un negocio buenísimo, de verdad. Solo me faltan dos millones para entrar. —Le guiñó un ojo—. No te preocupes. Cuando gane dinero, vas a ser la primera en saberlo. Y te juro que no te vuelvo a pedir ni un centavo. Nunca más.

Nunca más. Zhichu había oído esas dos palabras tantas veces que ya le sonaban a calendario.

—Está bien —dijo—. Mándame la información del proyecto.

La sonrisa de él se congeló.

—¿Cómo que la información? ¿Qué te crees, hija ingrata? ¡Soy tu padre! ¿Ahora tengo que rendirte cuentas a ti?

—¿Ya terminaste?

—¡Deposítame el dinero de una vez!

—Si ya terminaste —dijo ella, sin alzar la voz—, puedes irte. Y mándame la información. Si no hay información, no hay dinero.

Shen Changnan abrió la boca y la cerró. Se pasó la mano por el pelo engominado y, de golpe, volvió a sonreír, con esa sonrisa de vendedor que sabía que había ganado la mitad de la partida.

—Tranquila, tranquila. No te enojes. —Se levantó y se arregló el saco—. Ahora mismo te lo mando todo, ¿eh? Todo. ¡Ja, ja!

Salió silbando.

Zhichu se quedó mirando la puerta. Le temblaba la mano derecha. Se la sujetó con la izquierda hasta que paró.


Media hora después, el asistente volvió a entrar con una tableta.

—Señorita Shen, esta es la información que envió su padre.

Ella la revisó por encima. Un nombre de empresa que no conocía, unas cifras infladas, un par de fotos de un terreno, un logo bonito. Olía a estafa desde lejos. Pero no tenía fuerzas para pelear otra vez, y si no le daba el dinero, su padre se lo pediría a alguien peor.

—Transfiérale el dinero.

—Sí, señorita Shen. —Él dudó en la puerta—. Ah, y… el doctor Qin la está esperando abajo.

Zhichu levantó la cabeza.

—¿Y él qué hace aquí?


Qin Mo estaba apoyado en su coche, frente a la entrada del edificio, con los brazos cruzados y la cara de un hombre que lleva demasiado tiempo esperando.

—Parece que se te olvidó lo que te dije —dijo en cuanto la vio—. Hoy vienes conmigo al hospital, quieras o no.

—Qin Mo, tengo trabajo…

—Estudios completos. Tratamiento intensivo. Hospitalización. —Contaba con los dedos—. Eso es lo que vas a hacer. —Le abrió la puerta del copiloto—. Sube.

Ella subió.

En el camino, él no dijo nada. Manejaba con las dos manos en el volante y la mandíbula apretada. En un semáforo en rojo la miró de reojo, y Zhichu vio cómo bajaba la vista por su cara, por su cuello, por las muñecas que asomaban de las mangas.

—Mírate —dijo, muy bajo—. En un mes te has quedado en los huesos.

Ella se tapó la muñeca con la manga.

—Antes llorabas si te cortabas un dedo con una hoja de papel —siguió él—. ¿Te acuerdas? En la escuela. Te cortaste con el examen de química y lloraste media hora. —El semáforo cambió a verde; él no arrancó enseguida—. ¿Cómo has aguantado el dolor de un cáncer de estómago, Chuchu? ¿Cómo?

Alguien les pitó desde atrás. Qin Mo arrancó.

—Si hubiera sabido —dijo, con los ojos fijos en la calle— que a la muchacha que yo cuidaba como a algo precioso la iban a tratar así… debí haber sido más valiente en aquel entonces.

Zhichu se volvió hacia él. Él no la miró.

No entendió del todo lo que quería decir. O lo entendió y prefirió no entenderlo. Bajó la vista hacia sus manos y no preguntó nada más.


El consultorio de Qin Mo estaba en el cuarto piso del hospital, con una ventana grande que daba al jardín. Por la tarde entraba una luz dorada, oblicua, que caía sobre el escritorio lleno de expedientes y sobre una maceta de barro en la esquina.

La planta estaba muerta, o casi: tenía las hojas amarillas, enroscadas en las puntas, y los tallos blandos, caídos hacia un lado.

—Una paciente me la regaló cuando le dieron de alta —explicó él, siguiendo su mirada—. Hago todo lo que puedo, pero no levanta.

Zhichu se acercó, metió un dedo en la tierra húmeda y movió con cuidado la base del tallo. Se desprendió sin resistencia. Abajo, las raíces estaban negras, deshechas, con un olor dulzón a podrido.

Se quedó un momento mirándolas.

—Qin Mo —dijo—, mi enfermedad es como esta planta. Las raíces ya se pudrieron. Por más que lo intentes, ya no tiene cura.

Volvió a acomodar el tallo en la tierra, con delicadeza, como quien arropa a un niño dormido.

—De todos modos —añadió, sonriendo un poco—, no va a doler por mucho tiempo.

—Chuchu.

Él se había puesto de pie detrás del escritorio. Tenía un expediente en la mano.

—¿Cómo vas a saberlo si no lo intentas? —dijo—. Mírate. Eres capaz de trabajar de día y de noche. Eres capaz de quedarte con un hombre que no te quiere, de pasarte cuatro años tratando de darle gusto. —Tuvo que callarse un segundo antes de seguir—. Dale aunque sea un poco de ese tiempo a tu propio cuerpo.

Ella no contestó.

—La medicina ha avanzado muchísimo —siguió él, rodeando el escritorio—. Hay terapias nuevas, ensayos clínicos, cosas que hace cinco años no existían. Mientras tú no te rindas, mientras aceptes tratarte, hay esperanza. Te lo juro. Hay esperanza.

Zhichu se volvió hacia él. La luz de la ventana le daba de lado y le hacía brillar los ojos, que estaban secos.

—Entonces dímelo —dijo, con suavidad—. Tú eres médico. Dime la verdad, una sola vez, sin adornos.

Él se quedó quieto.

—¿Cuál es la probabilidad de éxito? —preguntó ella—. ¿Veinte por ciento o cero coma uno?

Fin del capítulo 4
Sigue leyendoCapítulo 5: Un poco de lástimaQin Mo no contestó. Abrió la boca, la cerró, y bajó la vista al expediente que tenía en la mano. Zhichu vio en ese silencio la respuesta entera, con todos…Leer capítulo 5
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Demasiado tarde para amarla31 capítulos
  1. 1El diagnóstico
  2. 2Lo que siempre quisiste
  3. 3Sangre para Mingyue
  4. 4Veinte por ciento o cero coma unoLeyendo
  5. 5Un poco de lástima
  6. 6Tres días para reflexionar
  7. 7Abre la puerta
  8. 8Tres días
  9. 9De rodillas
  10. 10Dieciséis años
  11. 11El papel en su estómago
  12. 12Siempre estaré aquí
  13. 13Un historial falso
  14. 14Cuatro años
  15. 15Atarla y vivir como un perro
  16. 16La llamada de papá
  17. 17Treinta pisos
  18. 18Demasiado frío
  19. 19Lo que le dijo a mi padre
  20. 20La palabra prohibida
  21. 21La mano de Qin Mo
  22. 22Cenizas
  23. 23Hermano Jingshen, no te vayas
  24. 24Cosas que ya no quiero conservar
  25. 25Cuanto menos le guste
  26. 26Mil trescientos sesenta y cuatro días
  27. 27Un dolor de cabeza muy oportuno
  28. 28Mata a alguien por mí
  29. 29El hombre de las galletas
  30. 30Cinco semanas
  31. 31No voy a venir
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