La unidad de cuidados intensivos olía a alcohol y a plástico nuevo.
Le dieron una bata desechable, un gorro, unas fundas azules para los zapatos. Li Jingshen se lo puso todo sin protestar, con movimientos lentos, torpes, de alguien que hace mucho que no obedece instrucciones de nadie. La enfermera de turno le dijo que solo podía quedarse diez minutos. Él la miró. Ella no volvió a mencionarlo.
La cama de Zhichu estaba al fondo, junto a una ventana alta.
Se acercó.
Tenía una mascarilla de oxígeno que le cubría media cara y se empañaba y se aclaraba con cada respiración. Una vía en el dorso de la mano. Cables en el pecho, debajo de una bata a rayas azules y blancas. El pelo negro desparramado sobre la almohada, todavía húmedo en las puntas, de la nieve. Al lado, una pantalla verde dibujaba picos pequeños, uno tras otro, con un pitido suave.
Li Jingshen se sentó en el banco de metal.
Durante un rato no dijo nada. Solo la miró. Le pareció increíble lo pequeña que se veía en esa cama. En su casa, en su vida, ella siempre había ocupado mucho espacio: la cena en el horno, las notas en la puerta del refrigerador, la voz en el pasillo preguntando a qué hora llegaba. Aquí cabía entera en un rectángulo de sábana blanca.
—Shen Zhichu.
La pantalla siguió dibujando sus picos.
—¿No eras tú la que nunca se enfermaba? —Le salió más bajo de lo que pretendía—. Cuatro años sin un resfriado. ¿Por qué te enfermas ahora?
Esperó una respuesta que no iba a llegar.
—¿Quién te dio permiso de enfermarte? ¿Eh? ¿Yo te di permiso?
Era el mismo tono con que le habría reclamado una cuenta mal pagada, el único que sabía usar con ella. Y sin embargo, al oírse, sintió algo absurdo, casi ridículo: que estaba suplicando.
La puerta blanca. El pasillo de su casa a oscuras.
Él se había detenido ahí el segundo día, de camino al estudio, con un vaso de whisky en la mano. Del otro lado se oía un ruido leve, un arrastrarse de tela contra el piso. Ella lo había oído llegar. Siempre lo oía llegar.
—Te veo con muy buen ánimo —había dicho él, a la madera—. Estos tres días nadie te va a traer nada. Reflexiona. Piensa bien en lo que hiciste.
Un golpe débil. Luego la voz, deshecha.
—No me encierres… Jingshen, no me encierres. Por favor, abre la puerta.
Él había apoyado la mano en el picaporte. Lo recordaba con una precisión que le dio náuseas: el metal frío, la llave en el bolsillo, el peso del vaso en la otra mano.
—Abre la puerta, Li Jingshen. Me voy a morir.
Y él había retirado la mano.
—¿O es por él? —le había preguntado—. ¿Tanto quieres salir para correr con él?
Ella no contestó. Él siguió hacia el estudio.
—La paciente está relativamente estable.
El médico de guardia era un hombre de cuarenta y tantos, con ojeras y un bolígrafo sujeto en el bolsillo de la bata. Habló mirando la pantalla, no a él.
—Pasó lo peor de la hemorragia. Pero perdió mucha sangre y su estado general es muy débil. —Hizo una pausa—. Ahora depende de si despierta en las próximas cuarenta y ocho horas.
—¿Y si no despierta?
El médico no contestó a eso.
—Está bien —dijo Li Jingshen—. Yo la vigilo. Estaré atento.
El médico asintió y anotó algo en la tablilla. Ya se iba cuando Li Jingshen lo detuvo.
—Lo otro.
—¿Perdón?
—Lo que dijeron anoche en urgencias. —No pudo decir la palabra—. ¿Qué tan avanzado está?
El médico lo miró por encima de la tablilla, con una cautela nueva.
—El caso de la paciente lo lleva el doctor Qin. Él tiene el expediente completo. —Se guardó el bolígrafo en el bolsillo—. Es mejor que lo hable con él.
Y se fue, dejando a Li Jingshen con la pregunta otra vez sin dueño, igual que en el pasillo de urgencias. Empezaba a acostumbrarse a esa sensación de hablarle a puertas que se cerraban.
Su asistente lo encontró a media mañana en el pasillo, frente al ventanal que daba a la unidad, con el mismo traje gris del día anterior, sin corbata, la camisa abierta en el cuello. Se había lavado las manos en algún momento. Los puños todavía tenían manchas oscuras.
—Presidente. —El asistente traía una carpeta contra el pecho—. Perdone que lo moleste aquí. Son unos documentos urgentes, necesitan su firma hoy.
Li Jingshen tomó la carpeta. Firmó sin leer, apoyado en el marco de la ventana, una hoja tras otra.
—¿Cómo va el caso de Shen Changnan?
—Ya entregué las pruebas, como me ordenó. Al juzgado, ayer en la noche. —El asistente bajó la voz—. El abogado dice que con eso la pena de muerte no se sostiene. En la revisión van a tener que bajarla.
—Bien.
Li Jingshen le devolvió la carpeta.
—Shen Changnan no puede morir.
El asistente se quedó con la carpeta en las manos. Abrió la boca, la cerró, la volvió a abrir.
—Presidente, perdóneme, pero no lo entiendo.
Li Jingshen no lo miró.
—Nos costó muchísimo trabajo meter a Shen Changnan a la cárcel. Que lo sentenciaran a muerte. —El asistente hablaba rápido, como quien ha estado guardándose algo toda la noche—. Y ahora usted mismo lo saca. Todo lo que habíamos planeado para hundir a la familia Shen… se nos cae. Meses de trabajo.
—¿Y no estaba ya hundida?
—Sí, pero…
—Entonces ya está. —Li Jingshen se volvió hacia el ventanal—. Vete.
El asistente no se fue. Movió el peso de un pie al otro.
—Presidente… la señorita Xia lo estuvo buscando. No pudo comunicarse con usted. Me llamó a mí, varias veces. Pregunta cuándo va a regresar.
Li Jingshen pensó en el teléfono vibrando en su bolsillo toda la noche. En el nombre de Mingyue en la pantalla, una vez, dos, cinco. No había contestado ninguna.
—No te preocupes por ella.
—Pero…
—Tú sigue con el caso de Shen Changnan. Encárgate tú, personalmente. Y esta noche revisa todo lo que se está publicando en internet sobre Shen Zhichu. Todo. Quiero saber qué dicen.
—Sí, presidente.
El asistente se alejó por el pasillo. Li Jingshen lo oyó detenerse junto al elevador, como si dudara, y luego las puertas que se cerraban.
A veces no se entendía a sí mismo.
Se dio cuenta ahí, frente al vidrio, mientras al otro lado una enfermera le cambiaba el suero a Zhichu y le acomodaba la sábana sobre los hombros.
No quería decepcionarla. Esa era la frase que le vino a la cabeza, y le pareció tan extraña que la repitió por dentro para ver si se deshacía. No se deshizo. No quiero decepcionar a Shen Zhichu. ¿Desde cuándo le importaba eso? ¿Desde cuándo le importaba algo de lo que ella pensara?
Durante cuatro años había sabido exactamente qué sentir por ella. Desprecio, fastidio, a veces una lástima pequeña que se le pasaba rápido. Era sencillo. Cabía en una sola palabra. Ahora no cabía en ninguna.
Le había prometido que su padre viviría. Se lo había prometido en la sala de la casa Shen, delante de todos, y luego la había dejado tres horas en la nieve. Y ahora estaba ahí, en un pasillo de hospital, moviendo abogados y pruebas para cumplir una promesa que nadie más había escuchado.
Buscó una razón. La encontró rápido, porque era la de siempre.
Lo hacía por Mingyue. Shen Zhichu tenía un tipo de sangre rarísimo, el mismo que Mingyue, y había un acuerdo firmado entre los dos, con fecha y con su firma arriba de la de ella. Si ella se moría, Mingyue se quedaba sin nada. Por eso. Por eso tenía que vivir.
Se lo repitió con mucha claridad.
Y no le sirvió de nada, porque en ese acuerdo no decía nada de su padre.
Esa noche, sentado en el banco de metal, abrió el teléfono.
Lo primero que apareció fue la foto. La habían tomado desde el portón, con teleobjetivo: una mujer arrodillada en un patio blanco, con el pelo cubierto de nieve y las manos sobre los muslos. Debajo, un titular en letras gruesas. La esposa del presidente del Grupo Lux, de rodillas frente a la casa Shen. Y debajo del titular, miles de comentarios.
Se lo merece.
La otra siempre termina así.
Que se arrodille un año, a ver si se le quita lo descarada.
Pobre señorita Xia, aguantando a esta mujer tantos años.
Li Jingshen fue bajando con el pulgar. Había fotos de ella tosiendo, doblada sobre la nieve. Una de él mismo, de espaldas, cargándola hacia el coche. Alguien había hecho un video con música triste y lo había titulado Karma.
Él había puesto a esos periodistas en ese patio. Él les había dicho a qué hora llegar.
Apagó la pantalla. Del otro lado del vidrio, la mascarilla de Zhichu se empañaba y se aclaraba, se empañaba y se aclaraba, con un ritmo tan lento que cada vez él contenía el aire hasta verla empañarse de nuevo.
Al día siguiente amaneció despejado.
Después de tantos días grises, la luz que entraba por la ventana alta de la unidad tenía un color limpio, dorado, casi insolente. Li Jingshen no se había ido. Había dormido a ratos en el banco de metal, con la cabeza contra la pared, y cada vez que abría los ojos lo primero que buscaba era la pantalla verde.
Los picos seguían ahí.
Cuarenta y ocho horas, había dicho el médico. Ya iban más de treinta.
Se acercó a la cama. Le tomó la mano, la que no tenía la vía. Estaba tibia. Por primera vez desde la nieve, estaba tibia. Él la sostuvo entre las dos suyas y se quedó mirándola, los dedos delgados, las uñas sin pintar, la marca pálida en el anular, donde siempre había estado el anillo. Se lo habrían quitado en urgencias. Él nunca le había preguntado si le quedaba bien.
—Shen Zhichu —dijo—. Hoy hace muy buen día.
Miró hacia la ventana. Sobre los edificios del otro lado, en un cielo lavado, se veía un arco de colores, tenue, incompleto, que nacía detrás de una torre y se perdía antes de llegar al río.
—Hay un arcoíris. —Se le cerró la garganta—. ¿Lo ves? Bueno, no lo ves. Pero está ahí.
Le apretó la mano.
—Cuando despiertes, te llevo afuera a verlo. Te lo prometo. Al jardín, a la azotea, a donde quieras.
La mascarilla se empañó y se aclaró.
—Lo que te preocupa no va a pasar. —Las palabras le salían en desorden, sin cálculo, y no intentó ordenarlas—. La familia Shen no se va a derrumbar. Tu papá tampoco se va a morir. Ya me encargué. ¿Me oyes? Ya me encargué.
Bajó la cabeza. Apoyó la frente sobre la mano de ella.
Algo caliente le corrió por la cara y cayó sobre los nudillos de Zhichu. Él no se movió para secarlo. Hacía tanto que no lloraba que al principio no supo qué era. Le pareció que pertenecía a otro hombre, a uno que él no conocía y que no tenía nada que ver con la torre del Grupo Lux ni con la llave plateada.
Le besó la mano. Primero el dorso. Luego los dedos, uno por uno.
—Siempre estaré aquí contigo —susurró, contra su piel—. Siempre estaré aquí contigo.
Se quedó así, con la boca contra sus dedos, oyendo el pitido suave de la pantalla. Uno. Otro. Otro.
Y de pronto el pitido cambió.
Se volvió agudo, continuo, insistente. Una luz roja se encendió en la esquina del monitor. Los picos verdes se apretaron, se deformaron, saltaron hacia arriba en una línea quebrada que él no supo leer.
Li Jingshen levantó la cabeza.
—¿Shen Zhichu?
La mano de ella seguía entre las suyas. Inmóvil.
Él se puso de pie tan rápido que el banco cayó hacia atrás con un estruendo de metal.
—¡Doctor! —gritó, hacia la puerta, hacia el pasillo, hacia cualquiera—. ¡Doctor! ¡Doctor!