Li Jingshen no colgó.
La miró desde la ventana con la copa a medio camino entre la mano y la boca, y en sus ojos Zhichu solo encontró fastidio, el de quien ve entrar a un mosquito en una habitación cerrada.
—Hermano Jingshen… —insistía la voz en el altavoz—. Acabo de tener una pesadilla. De verdad tengo mucho miedo.
—Ya te oí, Mingyue. —Él no apartó la vista de Zhichu—. Espera un momento.
Zhichu dio un paso dentro del estudio. El piso estaba frío; todo en esa casa estaba frío a esa hora.
—Escúchame una sola cosa —dijo—. Solo una. Si yo te dijera que…
—¿Qué truco quieres ahora?
Dejó la copa sobre el escritorio, al lado del teléfono encendido, y cruzó los brazos.
—¿Crees que no conozco tu estado de salud? —siguió—. Cuatro años sacándote sangre, Shen Zhichu. Cada análisis pasa por mis manos. ¿Qué enfermedad podrías tener tú? —Casi parecía divertido—. Lo único que tienes es una enfermedad mental. Y paranoia, además.
Ella se quedó con la frase a medias en la boca. Si yo te dijera que me estoy muriendo. Ya se lo había dicho una vez esa noche, en el cuarto, y él la había llamado actriz. No iba a decírselo dos veces para que se riera.
Del teléfono salió un suspiro largo, quebradizo.
—Hermano Jingshen —dijo Mingyue—, parece que la hermana Zhichu te extraña. No te preocupes por mí. Yo puedo aguantar sola…
Algo se encendió en el pecho de Zhichu: el último calor de una brasa que alguien ya había pisado.
Se acercó al escritorio y habló hacia el teléfono, clara, lenta:
—Soy Shen Zhichu. Y a ti no te toca hacerte la víctima.
El silencio del otro lado duró un segundo y luego se convirtió en llanto: bajito, entrecortado, de esos que obligan a cualquiera a consolar.
Li Jingshen tomó el teléfono, quitó el altavoz, se lo pegó a la oreja y le dio la espalda a su esposa.
—Tengo un asunto —dijo—. Ya salgo.
Zhichu alcanzó a oír la voz de Mingyue, ahogada contra el auricular: ¿Es otra vez ella, verdad? ¿Otra vez Shen Zhichu…?
—Espérame —contestó él.
Recogió el saco del respaldo de la silla y pasó junto a ella sin mirarla. El aire que dejó al pasar olía a whisky y a la colonia que ella le había regalado en su primer aniversario y que él seguía usando sin saber de dónde venía.
La puerta de la calle se cerró. El motor del coche arrancó en la entrada. Luego, nada.
Zhichu se sentó en la silla del estudio, la de él.
Era de cuero negro, enorme, y todavía estaba tibia. Se quedó con las manos sobre los brazos del asiento, mirando la copa a medio beber, la pantalla apagada de la computadora, la lámpara que iluminaba un escritorio donde no había una sola foto de ellos dos.
—Li Jingshen —dijo en voz alta—, antes de morir, ¿no puedes quererme como es debido?
La lámpara zumbó. La casa crujió. Nadie más contestó.
Sacó el teléfono. Abrió la conversación con él, una ventana larga donde casi todos los mensajes eran suyos: ¿A qué hora llegas?, Te dejé la cena en el horno, Te dejé el jarabe para la tos en la mesa de noche, ¿Estás bien?, Buenas noches. Las respuestas de él cabían en una mano: Ocupado. No. Ya.
Escribió despacio, borrando y volviendo a escribir.
Li Jingshen, por fin renuncio a ti. El mundo es muy hermoso, pero sin ti, ya no vengo.
Lo leyó tres veces. Le pareció escrito por otra persona, alguien muy cansado y mucho más viejo que ella.
Lo envió.
Después se levantó para ir al cuarto, y el estómago se le cerró de golpe.
Fue un dolor distinto a todos los anteriores, y le dobló el cuerpo por la mitad. Se agarró del borde del escritorio, la copa cayó y se hizo pedazos en el piso, y ella sintió en la boca un sabor caliente, salado, metálico. Trató de llamar a alguien, pero no había nadie a quien llamar. Las rodillas tocaron la madera. Luego el hombro. Luego la mejilla.
Lo último que vio fue la luz amarilla de la lámpara, cada vez más lejos, igual que un farol al final de un túnel.
—¿Cómo te atreves a intentar matarte?
La voz llegó primero, antes que la luz. Una voz conocida, furiosa, demasiado cerca.
Zhichu abrió los ojos con dificultad. Otra vez un techo blanco, otra vez el olor a desinfectante. Le habían puesto una vía en la mano izquierda y tenía la boca seca, pegajosa.
Li Jingshen estaba de pie al lado de la cama. Tenía la corbata deshecha y el pelo revuelto, y en la mano apretaba el teléfono con la pantalla encendida. Zhichu alcanzó a ver su propio mensaje en ella.
Por fin renuncio a ti.
No supo cuánto tiempo había pasado, ni quién la había encontrado en el piso del estudio, ni cómo había llegado hasta ahí. Solo supo que él estaba enojado, y que estaba ahí, y que esas dos cosas juntas se parecían mucho a algo que ella había esperado toda su vida.
¿Se preocupa por mí?, pensó. Y la idea fue tan dulce que le dio miedo.
Él abrió la boca para decir algo más. No llegó a decirlo.
La puerta se abrió de golpe. El asistente de Li Jingshen, un hombre joven de traje oscuro, entró casi sin aliento.
—Presidente Li, tenemos un problema. La señorita Mingyue se lastimó cuando venía para acá. Perdió mucha sangre. Necesita una transfusión de inmediato.
Zhichu vio cómo le cambiaba la cara a su esposo. El enojo desapareció en un segundo y lo reemplazó otra cosa, algo urgente, asustado, humano. Algo que nunca había sido para ella.
—¿Dónde está?
—En urgencias, en el piso de abajo. Los médicos dicen que con su problema de coagulación…
Li Jingshen se volvió hacia la cama.
—Sáquenle sangre a ella.
Zhichu sintió que algo se le hundía en el estómago, más hondo que el dolor.
—Jingshen —dijo, y le costó cada sílaba—. Me estoy muriendo. Ya no tengo tiempo para complacerte. No quiero seguir donándole sangre.
—El contrato está escrito en blanco y negro. —Él no titubeó—. Mientras ella la necesite, tienes que donar sangre gratis. Tú misma lo firmaste.
—Por favor…
—Cumple bien con tu deber.
Una doctora joven, que había entrado detrás del asistente, se adelantó con la tablilla contra el pecho.
—Señor, con todo respeto, su esposa ya perdió demasiada sangre. Si se la sacamos ahora para otra persona, su vida corre peligro.
—Conozco su estado mejor que usted —dijo Li Jingshen—. Sáquenla.
—Señor…
—Sáquenla.
La llevaron en silla de ruedas a una sala pequeña, junto a urgencias, le pusieron la banda en el brazo derecho y le buscaron la vena. La encontraron al tercer intento, porque las venas de su brazo ya estaban duras, marcadas, llenas de cicatrices pequeñas que parecían puntos de costura.
Zhichu miró cómo se llenaba la bolsa colgada a un lado, de un color oscuro, casi negro bajo la luz fluorescente.
Pensó, sin saber por qué, en la primera vez. En aquella primera bolsa, cuatro años antes, cuando todavía creía que cada donación era una prueba de amor que él terminaría por notar. Había sonreído ese día. Había pensado: cuando ella se recupere, él va a mirarme con otros ojos.
El acuerdo lo habían firmado una semana después de la boda, en la oficina de él, sobre una mesa de vidrio tan limpia que ella podía ver su propio reflejo mientras escribía su nombre. Dos hojas. Letra pequeña. Una cláusula decía que la donante se comprometía a estar disponible "en cualquier momento que la receptora lo requiera". Otra decía que la donante renunciaba a cualquier compensación. Ninguna decía nada de la esposa.
Li Jingshen había firmado primero, con su bolígrafo negro, sin sentarse.
—Así nadie puede decir después que te obligué —le dijo.
Ella había firmado debajo, con la letra un poco temblorosa, y le había sonreído. Él ya estaba mirando su reloj.
Cuatro años. Cada vez que el teléfono sonaba a deshoras, ella sabía lo que significaba antes de contestar. Había aprendido a desayunar fuerte por si acaso, a llevar siempre una barra de chocolate en el bolso, a no usar mangas ajustadas. Había aprendido a sonreírles a las enfermeras para que no la miraran con lástima.
Ahora no sonreía. Tenía los labios entumecidos y un zumbido constante en los oídos, como el ruido del mar dentro de una concha.
Li Jingshen estaba de pie en la puerta, con el teléfono en la mano.
—¿Ya? —preguntó.
La enfermera que vigilaba la bolsa levantó la vista, nerviosa. Luego miró a la doctora.
—Señor Li —dijo la doctora—, ya van seiscientos centímetros cúbicos. La paciente está desnutrida. Su presión está bajando. Esto ya es muy peligroso. No me atrevo a sacar más.
—Jingshen… —Zhichu apenas podía mover la lengua—. De verdad me siento muy mal.
Él la miró. Por un instante sus ojos se detuvieron en su cara, y ella pensó, como una tonta, como siempre, que tal vez ahora sí.
—¿Alcanza? —preguntó él, volviéndose hacia la doctora—. Si no alcanza, sigan sacando.
La doctora no respondió. Le temblaba la boca. La enfermera bajó la mirada.
Zhichu cerró los ojos.
Recordó una tarde, años atrás, en la entrada de un restaurante. Una camarera había tropezado con una bandeja de vasos y Li Jingshen, sin pensarlo, la había sostenido del codo para que no se cayera. Cuidado, le había dicho. Solo eso. Cuidado. Con una voz tan suave que Zhichu, a dos pasos, se quedó parada en la acera sin poder moverse.
Él tenía ternura. Mucha. Se la había visto dar a desconocidos, a perros callejeros, a los ancianos que le pedían una moneda, a Mingyue cada día de su vida.
Su ternura podía darle todo al mundo, pensó. Solo a mí no.
Una lágrima le bajó por la sien hasta la oreja. No tuvo fuerzas para secarla.
El teléfono de Li Jingshen sonó. Él contestó enseguida.
—Mingyue. —La voz se le volvió otra, más baja, más cálida—. No tengas miedo. Ya voy para allá.
Hizo un gesto a la doctora, algo así como basta, o ya, o lo que sea. Ella se apresuró a retirar la aguja. La enfermera levantó la bolsa llena con las dos manos y salió casi corriendo detrás de él.
Los pasos de Li Jingshen se alejaron por el pasillo. Firmes. Rápidos. Sin volverse ni una vez.
Zhichu se quedó sola en la silla de ruedas, con el brazo extendido sobre el apoyabrazos y un algodón apretado contra el pliegue del codo. La sala se movía lentamente a su alrededor: las paredes se inclinaban, el techo se acercaba y se alejaba.
Tenía un frío que no venía de afuera. Le subía desde los pies, desde las manos, desde el centro del pecho, y se iba quedando con todo.
Pensó que debería pedir ayuda. Pensó que debería llamar a Qin Mo. Pensó que ni siquiera sabía dónde había quedado su teléfono.
Movió los labios. No supo si hablaba en voz alta o solo dentro de su cabeza.
—Li Jingshen…
El zumbido en sus oídos se volvió más fuerte. La luz fluorescente parpadeó, o fueron sus párpados.
—Esta vez de verdad me voy a morir.