Demasiado tarde para amarlaCap. 16/319 min de lectura

Capítulo 16: La llamada de papá

—Li Jingshen, esa bestia.

Qin Mo dejó las tijeras sobre la bandeja con tanta fuerza que rebotaron.

—¿Todavía es un ser humano? Dime. ¿Todavía lo es?

Zhichu tenía la pierna izquierda estirada sobre la cama y la bata subida hasta el muslo. Las rodillas eran lo último que le quedaba de la nieve. Habían pasado del morado al verde, del verde a un amarillo sucio, y en el centro de cada una la piel se había abierto en una costra redonda que el doctor Qin le limpiaba cada mañana sin dejar que lo hiciera ninguna enfermera.

Esa mañana él le había preguntado por qué no comía. Por qué tenía esas ojeras, si le estaban dando para dormir. Por qué, desde hacía una semana, cada vez que alguien abría la puerta del cuarto ella se tensaba.

Y ella, cansada de inventar, le había contado lo de la cárcel.

—Voy a buscarlo. —Qin Mo ya se estaba quitando los guantes—. Ahora mismo.

—No vayas.

—Chuchu…

—No vayas, Qin Mo. —Lo tomó de la muñeca—. Por favor.

Él se quedó quieto, con un guante a medio quitar colgando de los dedos. La miró. Ella vio cómo la rabia le subía al cuello, a las orejas, y cómo él la iba tragando poco a poco, porque ella se lo pedía.

Se sentó en el borde de la cama.

—¿Todavía te duele? —preguntó, más bajo, señalando las rodillas.

—Lo peor ya pasó.

—¿Qué quieres decir con eso?

Ella no contestó.

—Chuchu. —Qin Mo terminó de quitarse el guante y lo tiró a la papelera—. Ese hombre te dejó así. Te encerró, te hizo arrodillarte en la nieve, casi te mata. Y ahora te amenaza con tu papá. ¿Y tú todavía no lo sueltas?

—Hermano Qin Mo.

—¿Qué?

—Tengo mis planes.

Él soltó una risa incrédula.

—¿Qué planes? ¿Dejar que te siga lastimando sin ningún límite? ¿O piensas romper todo de una vez, aunque te rompas tú también?

Zhichu bajó la vista a la costra de su rodilla. No lo contradijo.


Durante un rato ninguno de los dos habló.

Qin Mo le vendó las rodillas con una paciencia infinita, vuelta tras vuelta de gasa blanca, y ella lo dejó hacer. Afuera estaba nublado. El cuarto tenía esa luz gris de los miércoles por la mañana en los hospitales, cuando todavía no han empezado las visitas y el pasillo huele a café y a pan tostado.

—¿Cómo no me voy a preocupar por ti? —dijo él de pronto, sin levantar la cabeza.

Ella lo miró.

—Si hubiera sabido que te iba a tratar así… —Qin Mo cortó la gasa con las tijeras, muy despacio—. Debí haber sido más valiente entonces.

Ya se lo había dicho una vez, en su consultorio, junto a la planta de raíces podridas. Esa vez ella había fingido no entender. Él la había dejado fingir.

Esta vez no se detuvo.

—Lo que tienes, Chuchu, es valor. Para todo. Para trabajar como trabajas, para aguantar lo que aguantas. —Le puso la cinta adhesiva sobre la gasa con el pulgar—. Lo que me faltó a mí fue valor para decirte las cosas a tiempo.

Levantó la cara.

—Divórciate de ese desgraciado. Déjame cuidarte a ti. —Le temblaba la voz y no hizo nada por esconderlo—. Voy a hacer todo lo posible por curarte. Todo. Créeme.

Zhichu se quedó mirándolo.

Lo conocía desde que ella tenía catorce años. Conocía su letra, sus manías, el modo en que se frotaba los ojos debajo de los lentes, el pie que le temblaba debajo de la mesa cuando estudiaba para un examen. Lo conocía tanto que, durante años, no se había permitido ver lo que tenía delante.

Ahora lo veía. Y no podía hacer nada con eso.

—Voy a hacer como que hoy no oí nada de lo que me dijo el hermano Qin Mo —dijo, despacio—. Porque si no, ni siquiera vamos a poder seguir siendo amigos.

Él se quedó muy quieto.

Se obligó a sonreír, y luego a soltar una risa ligera, falsa, que le salió casi bien.

—Mírate nada más. Qué cara. —Le dio un golpecito en el brazo—. Era broma. ¿Por qué te lo tomas tan en serio?

Qin Mo tardó en reaccionar. Luego bajó la vista hacia las vendas y asintió, una vez.

—Sí —dijo—. Era broma.

Ninguno de los dos se lo creyó. Los dos hicieron como que sí.

Zhichu miró las vendas blancas en sus rodillas y pensó que habría sido muy fácil. Decir que sí. Dejar que alguien la cuidara, por fin, el poco tiempo que le quedaba. Apoyar la cabeza en un hombro que no se apartaba.

Pero ella sabía cuánto tiempo le quedaba, y él también lo sabía. Y no había nada más cruel que darle a un hombre bueno una esperanza con fecha de caducidad. Que la quisiera seis meses, un año, y luego tuviera que elegir una urna. Que se quedara con su violín y su recuerdo, igual que ella se había quedado con dieciséis años de Li Jingshen.

No. A él no le iba a hacer eso.


—Tenemos que hablar del tratamiento.

Qin Mo se había puesto de pie y revisaba la bolsa del suero, que goteaba despacio en la cámara transparente. Volvía a ser el doctor Qin. Ella se lo agradeció.

—Deberías empezar la quimioterapia —dijo—. Cuanto antes. Es la única forma de tener alguna oportunidad.

—No.

—Chuchu.

—Nada de quimioterapia.

—Escúchame por lo menos…

—Con la quimio se cae el pelo. Muchísimo. —Se llevó una mano a la cabeza, al pelo largo y negro que le caía sobre los hombros—. No quiero quedarme calva antes de morirme.

Qin Mo la miró sin poder creerlo.

—¿Me estás hablando del pelo? ¿Ahora?

—Tú sabes cómo soy. —Zhichu se encogió de hombros—. Me gusta maquillarme. Me gusta arreglarme, ponerme bonita. Toda la vida ha sido así. —Hizo una pausa—. Y además soy muy miedosa con el dolor. Muchísimo. Tú lo sabes mejor que nadie.

Lo sabía. Ella lo vio en su cara: él se estaba acordando de la escuela, del día que se cortó el dedo con una hoja de examen de química y lloró media hora en la enfermería mientras él le sostenía la mano.

—Si me voy a ir —dijo ella, más bajo—, déjame irme con mi pelo.

Qin Mo no contestó. Se dio la vuelta y fingió revisar la bolsa del suero otra vez, aunque ya la había revisado.


La enfermera llegó a media mañana, con el termómetro y la presión.

Era joven, de cara redonda, con una cola de caballo que se le balanceaba al caminar. Desde el primer día le había tomado cariño a Zhichu, y Zhichu no sabía bien por qué. Tal vez porque nunca se quejaba. Tal vez porque nadie más venía a verla.

—Señorita Shen. —Le puso el brazalete de la presión—. ¿Quiere ver su teléfono? Lo tengo guardado en la estación desde que la subieron. El doctor Qin dijo que no se lo diéramos, pero hoy ya está mucho mejor.

Zhichu miró a Qin Mo. Él suspiró y levantó las manos.

—Está bien —dijo ella.

La enfermera volvió con el teléfono. Tenía la batería casi muerta. Zhichu lo desbloqueó y la pantalla se llenó de notificaciones: correos de la oficina, mensajes del abogado, llamadas perdidas de números que no conocía. Y en la parte de arriba, una alerta de noticias.

El presidente del Grupo Lux, Li Jingshen, en una cita a medianoche con su primer amor.

Debajo había una foto. Una entrada de restaurante, de noche. Él con el abrigo oscuro. Mingyue a su lado, con un vestido claro, sonriéndole. La mano de ella en el brazo de él.

Fuentes cercanas aseguran que el empresario estaría en proceso de divorcio de su esposa, Shen Zhichu.

La enfermera, inclinada sobre el brazalete, alcanzó a ver la pantalla. Se le escapó un ruidito.

—Ay. Perdón. —Se mordió el labio—. Señorita, véalo otra vez, a lo mejor no es…

—Está bien. —Zhichu bajó el teléfono—. Ya lo vi.

—La semana pasada él mismo dijo en una entrevista que no se iba a divorciar. —La enfermera no pudo contenerse—. Y ahora, en un abrir y cerrar de ojos, ya anda con la señorita Xia. Qué ridículo.

—Déjelo.

—Es que…

—No le crea nada a internet. —Zhichu le sonrió—. Nueve de cada diez cosas que se publican son mentira.

La enfermera la miró. Quitó el brazalete, lo enrolló, lo volvió a desenrollar.

—Perdóneme, señorita Shen. ¿Dije algo malo?

—No. No se preocupe.

—Es que usted es muy buena. —La muchacha habló rápido, en voz baja, como quien suelta algo que ha guardado varios días—. ¿Por qué ese señor Li Jingshen no sabe valorarla? Yo no sé si usted se metió o no en la relación de otros, eso no me importa. Pero si ya se casó con usted, tiene que hacerse responsable. Salir con su ex antes de divorciarse, ¿qué es eso, si no es engañar? —Sacudió la cabeza—. Y lo más gracioso es que en internet todavía dicen que es un buen hombre.

Zhichu no dijo nada. Apagó la pantalla del teléfono y lo dejó boca abajo sobre la sábana.

Qin Mo, junto a la ventana, apretaba el borde del alféizar.


—¿Puedo no ponerme el suero hoy?

Lo preguntó cuando la enfermera ya estaba anotando en la tablilla.

Qin Mo se volvió.

—¿Por qué?

—Hoy es la revisión del caso de mi papá. —Se miró la vía en la mano—. Con el suero va a ser incómodo ir al tribunal.

—No.

—Qin Mo…

—No. El medicamento no se puede suspender. —Él se acercó a la cama—. Vas, te sientas, oyes lo que tengas que oír y regresas. Y en cuanto regreses te pones el resto. Si no te pones el tratamiento completo, no te firmo el alta. Ni siquiera la de hoy.

Ella iba a protestar. La enfermera asomó la cabeza por la puerta.

—Doctor Qin, ya es hora del pase de visita.

Qin Mo miró el reloj. Luego a ella.

—Voy a revisar a los demás pacientes. Si necesitas algo, me mandas un mensaje. Lo que sea.

—Ya sé, hermano Qin Mo. —Zhichu le hizo un gesto con la mano libre—. Ve. Ve a trabajar.

Él se detuvo en la puerta, como si fuera a decir algo más. No lo dijo.

—Señorita Shen, espéreme un momento. —La enfermera le sonrió—. Voy a hacerle el trámite del permiso de salida, ¿sí? No me tardo.

Se fueron los dos. La puerta se cerró.

Zhichu se quedó sola, oyendo el goteo del suero, contando las gotas sin querer.

Iba a ver a su papá. Después de todo, después del televisor, de la nieve, de los gritos de ¡Chuchu! en la pantalla, iba a verlo de lejos, sentado en el banquillo, y él iba a salir con vida de esa sala. Cadena perpetua. Le parecía una palabra horrible y, al mismo tiempo, la más hermosa del mundo.

No sabía qué le iba a decir. Si él la miraría. Si le diría algo, o si haría lo de siempre, desviar los ojos hacia otra parte, hacia su hijo, hacia la puerta. No importaba. Iba a estar vivo.

Miró la ropa doblada sobre la silla, la que le había traído su asistente el día anterior para el tribunal: un abrigo gris, una blusa, unos zapatos bajos. Miró el reloj de la pared. Las nueve y diez. Li Jingshen había dicho que pasaría por ella.

En el regazo, el teléfono vibró.

Le dio la vuelta. Un número desconocido. Ni nombre, ni foto. Solo once dígitos que no le decían nada.

Pensó en no contestar. Pensó en periodistas, en el abogado, en alguien de la oficina con una mala noticia más. Pensó en Li Jingshen, que nunca la llamaba.

Contestó.

—¿Aló?

Del otro lado hubo un silencio. Luego, ruido: pasos, un motor, voces lejanas. Y una respiración muy cerca del auricular, entrecortada, que ella reconoció antes de reconocer nada más.

—Chuchu…

Zhichu dejó de respirar.

La voz era ronca, más vieja de lo que la recordaba, quebrada en algún lugar. Pero era la misma voz que la llamaba desde la puerta cuando ella tenía cinco años y se escondía debajo de la mesa.

—Chuchu… soy papá.

Fin del capítulo 16
Sigue leyendoCapítulo 17: Treinta pisos—¿Papá? Zhichu se incorporó tan rápido que la vía le tironeó en el dorso de la mano. —Papá, ¿eres tú? ¿Quién te dio un teléfono? —Las preguntas se le…Leer capítulo 17
Tu progreso se guarda en este dispositivo
Demasiado tarde para amarla31 capítulos
  1. 1El diagnóstico
  2. 2Lo que siempre quisiste
  3. 3Sangre para Mingyue
  4. 4Veinte por ciento o cero coma uno
  5. 5Un poco de lástima
  6. 6Tres días para reflexionar
  7. 7Abre la puerta
  8. 8Tres días
  9. 9De rodillas
  10. 10Dieciséis años
  11. 11El papel en su estómago
  12. 12Siempre estaré aquí
  13. 13Un historial falso
  14. 14Cuatro años
  15. 15Atarla y vivir como un perro
  16. 16La llamada de papáLeyendo
  17. 17Treinta pisos
  18. 18Demasiado frío
  19. 19Lo que le dijo a mi padre
  20. 20La palabra prohibida
  21. 21La mano de Qin Mo
  22. 22Cenizas
  23. 23Hermano Jingshen, no te vayas
  24. 24Cosas que ya no quiero conservar
  25. 25Cuanto menos le guste
  26. 26Mil trescientos sesenta y cuatro días
  27. 27Un dolor de cabeza muy oportuno
  28. 28Mata a alguien por mí
  29. 29El hombre de las galletas
  30. 30Cinco semanas
  31. 31No voy a venir
Tamaño de letra
18
Tipo de letra
Color de fondo
Interlineado
Tus ajustes se guardan en este dispositivo