Zhichu empezó a cocinar a las siete de la mañana.
Lavó el hígado bajo el chorro de agua fría hasta que el agua salió clara. Raspó la tripa con sal y vinagre, dos veces, tres. Puso las patas a hervir en la olla más grande que tenía, con jengibre y anís, y el vapor llenó la cocina de un olor espeso, dulzón, que se le pegó al pelo y a la ropa.
Le dolía el estómago desde temprano. Un dolor sordo, de los que avisan. Se tomó las pastillas con un poco de caldo, esperó agarrada a la barra a que se le pasara el mareo y siguió. No iba a dejar esa comida a medias. Era la primera que cocinaba en cuatro años sin esperar nada a cambio.
Cortó el riñón en flores, como le había enseñado una receta de la libreta de su madre. Salteó el hígado con ajo, chile seco y mucho aceite, hasta que quedó oscuro, casi negro en las orillas. Hizo un guiso de tripas con salsa de soya y azúcar quemada. Doró las patas en la sartén después de hervirlas, para que la piel brillara.
Nada ligero. Nada limpio. Nada que no oliera a nada.
A las doce menos cinco, la mesa estaba puesta. Cuatro platos, humeando. El comedor olía a mercado y a domingo.
Zhichu se quitó el delantal, se lavó las manos y se sentó a esperar. Por primera vez en cuatro años, esperar no le dolió.
La puerta se abrió a las doce y diez.
Primero entró la maleta, una maleta rosa pálido, de ruedas. Luego Li Jingshen, empujándola con una mano. Y detrás de él, con un abrigo color crema y una bufanda blanca hasta la nariz, Mingyue.
—Ya llegamos —dijo Li Jingshen—. Pasa.
Mingyue entró despacio, mirando la casa con los ojos muy abiertos. El recibidor, la escalera, la sala medio vacía. Se detuvo un segundo frente al marco de la foto de bodas, todavía apoyado en el piso contra la pared, y luego siguió de largo.
Vio a Zhichu en el comedor. Sonrió.
—Perdone la molestia, señorita Shen.
Señorita Shen. No hermana Zhichu. Zhichu lo anotó sin mover la cara.
—Se tomó muchas molestias —siguió Mingyue, quitándose la bufanda—. Una mesa tan grande. No hacía falta.
—¿Cuál molestia? —Zhichu se levantó—. Primero le enseño su cuarto. Luego comemos.
Los llevó por el pasillo de abajo. Li Jingshen venía detrás, con la maleta.
—Aquí es. —Zhichu abrió la puerta del fondo—. Sábanas limpias, toallas. La ventana da al jardín. En las mañanas entra mucha luz.
Mingyue se asomó, juntando las manos.
—Qué bonito. Gracias, señorita Shen. —Se volvió hacia el pasillo—. ¿Y esa puerta?
—El baño de visitas. —Zhichu ni siquiera la miró—. Úselo con confianza. Nada más tenga cuidado: el seguro de adentro no sirve desde hace meses. Por eso la llave se queda puesta por fuera.
La llave plateada brillaba en la cerradura.
Detrás de ella, la maleta dejó de rodar.
Zhichu no se dio la vuelta. No necesitaba ver la cara de Li Jingshen para saber cómo estaba. Lo supo por el silencio, que duró un segundo de más, y por el ruido de las ruedas cuando él volvió a empujar, más rápido, hacia adentro del cuarto, sin mirar esa puerta.
—Bueno —dijo ella—. Ahora sí. A comer.
Li Jingshen se sentó en la cabecera. Mingyue a su derecha. Zhichu enfrente de ella.
Durante un momento nadie se movió. Li Jingshen miraba la mesa. Los cuatro platos. El hígado oscuro, brillante de aceite. El riñón en flores. Las tripas en su salsa espesa. Las patas doradas, enteras, con las pezuñas hacia arriba.
Zhichu vio cómo se le tensaba la mandíbula.
—Coma usted también, señorita Xia. —Tomó la cuchara de servir y le puso a Mingyue un montón de hígado en el plato—. Es para celebrar que se muda. Se lo preparé especialmente.
Mingyue miró el plato.
—Hígado de cerdo —explicó Zhichu, con amabilidad—. Repone la sangre. Para un cuerpo que siempre anda escaso de sangre como el suyo, no hay nada mejor. Se lo digo yo, que de eso sé un poco.
Le sirvió también riñón.
Mingyue tomó los palillos y los volvió a dejar. Levantó la vista, y en sus ojos apareció el brillo húmedo de siempre, el que Zhichu conocía desde el primer día.
—Yo sé que usted no quería que yo viniera —dijo, en voz bajita—. Lo entiendo. De verdad. Pero no tenía que cocinar las cosas así, tan… —Buscó la palabra—. Tan fuertes. Por mí no importa, yo como lo que sea. Lo digo nada más porque al hermano Jingshen le gusta la comida ligera. Me preocupa que le caiga mal.
Se volvió hacia Zhichu con una sonrisa tímida.
—Si quiere, le puedo escribir una lista. De lo que le gusta al hermano Jingshen y de lo que no puede comer. Por si no se acuerda.
Zhichu dejó la cuchara de servir sobre la mesa.
Por si no se acuerda.
Mil trescientas noches. Una libreta llena. El aceite que le saltaba a los brazos. La sopa que se enfriaba en el horno. Por si no se acuerda.
—Entonces lo que quiere decir la señorita Xia —dijo, despacio— es que nada de lo que cociné hoy le gusta.
—No, señorita Shen. —Mingyue abrió mucho los ojos—. Me malinterpretó. No quise decir eso.
—No, no. Entendí perfectamente.
Zhichu se levantó.
Tomó el plato del hígado con las dos manos. Fue hasta el basurero de la cocina, junto a la puerta, y lo vació adentro. El hígado cayó con un ruido blando. Volvió por el riñón. Luego por las tripas.
—¿Qué hace? —Mingyue se había puesto de pie—. Señorita Shen, qué desperdicio, no lo tire así…
—¿Qué desperdicio? —Zhichu raspó el último plato con la cuchara—. Nada se desperdicia. Más tarde lo saco a la puerta, para los perros callejeros. Ellos sí se lo comen. Ellos no piden listas.
—Lo estás haciendo a propósito.
Era Li Jingshen. No se había movido de la cabecera.
—¿A propósito? —Zhichu dejó el plato vacío sobre la barra—. Soy muy considerada. La señorita Xia dijo que la comida no le gustaba, y yo la tiré. Así de simple. A partir de hoy, que cocine ella.
Se secó las manos en un trapo.
—Además, usted mismo me lo dijo hace dos días, ¿no? Que ella, con lo enferma que está, todavía se preocupa por usted. Por si come, por si duerme. —Sonrió—. Yo no quiero estorbar. De verdad que no lo soporto.
Mingyue miró a Li Jingshen. Le temblaba la boca.
—Hermano Jingshen, la señorita Shen no lo hizo con mala intención. —Habló bajito, para él, aunque todos la oyeron—. Es que no conoce tus gustos, nada más. No es su culpa. Al fin y al cabo, siempre ha sido la niña rica de la casa. No está acostumbrada a pensar en los demás.
Zhichu soltó una risa.
—Qué educación tan fina tiene usted, señorita Xia. —Se apoyó en la barra—. Llega a casa ajena y escoge la comida como quien escoge coles en el mercado. Esta no, esta tampoco. Y luego me explica a mí cómo se piensa en los demás.
Mingyue se puso pálida. Agarró su bufanda del respaldo.
—Ya entendí. Usted no me quiere aquí. —Se le quebró la voz—. Mejor me voy.
—Mingyue, siéntate.
Li Jingshen se levantó por fin. Miró a Zhichu.
—Pídele perdón.
—¿Por qué?
Zhichu no se movió de la barra.
—¿Por qué le voy a pedir perdón? ¿Qué dije que fuera mentira? —Señaló a Mingyue con la barbilla—. Fue ella la que dijo que le preocupa lo que usted come. Fue ella la que dijo que yo no me acuerdo de lo que le gusta. Y lo que yo cocine en esta casa es asunto mío. Si no gusta, lo tiro. ¿Y encima quiere que pida perdón?
Mingyue dio un paso hacia ella, con los ojos llenos de lágrimas, y la tomó del brazo.
—Hermano Jingshen, por favor, no se peleen por mi culpa…
Zhichu se soltó. Fue un movimiento mínimo: giró el brazo y ya. Mingyue trastabilló hacia atrás, se golpeó la cadera con la orilla de la mesa y soltó un gemido. Se llevó la mano al costado.
Zhichu se quedó mirándola.
Ya había visto esa escena. En otro lugar, hacía mucho, con otra ropa. La misma caída suave. El mismo gemido a tiempo.
—Xia Mingyue. —Ya no le habló de usted—. Qué lástima que no te dedicaste a la actuación. ¿Pelearnos por ti? ¿Tú quién te crees? ¿Qué pueblo crees que es este?
Mingyue la miró con la boca abierta.
—Te veo con muy buen ánimo —siguió Zhichu—. Muy entera. No necesitas que nadie te cuide. Si quieres comer, cocínate tú. Yo no soy tu sirvienta.
—Shen Zhichu.
Li Jingshen había rodeado la mesa. Estaba junto a Mingyue, sosteniéndola de un codo.
—Mírame bien. —Su voz era muy baja—. ¿Ya se te olvidó lo que te dije hace dos días? ¿Ahora te atreves a abusar de alguien que no se puede defender? ¿Enfrente de mí?
—¿Con qué ojo me vio abusar de ella?
Zhichu cruzó los brazos.
—¿Está herida? Apenas la toqué. Me soltó del brazo, nada más. —Miró a Mingyue de arriba abajo—. ¿Se está muriendo? Porque todavía puede hablar, ¿no?
—Discúlpate con ella.
—No.
Se miraron por encima de la mesa vacía.
Zhichu vio cómo se le hinchaba la vena en la sien. Vio las manos apretadas. Vio a Mingyue, refugiada contra su hombro, mirándola con unos ojos mojados que no parpadeaban.
Y se dio cuenta de que estaba contenta.
—¿Sabe qué? —dijo, con una sonrisa—. Usted siempre tuvo que hacerme enojar para estar contento. Cuatro años. —Ladeó la cabeza—. Pues ahora me toca a mí. Me pone muy contenta verlo así. Furioso, sin saber qué hacer. Desinflado.
—Así que lo hiciste a propósito.
—Claro que lo hice a propósito.
Zhichu se separó de la barra.
—Lo hice a propósito para molestarlo a usted. A ella no. Ella me da igual.
Caminó hasta la mesa. Se detuvo frente a él, con la cabecera entre los dos.
—Cuatro años de casados. ¿Sabe cuántos días le cociné? —No esperó respuesta—. Mil trescientos sesenta y cuatro días. Los conté. Están en una libreta.
Li Jingshen no dijo nada.
—Yo sé lo que le gusta mejor que Xia Mingyue. Mucho mejor. Qué le gusta, qué no, qué aparta con el tenedor, qué nunca vuelve a tocar. —Le tembló la voz, nada más un poco—. Cocinar para usted durante cuatro años. Mil trescientos sesenta y cuatro días. Lo hice porque creía que usted lo valía.
Se le llenaron los ojos. No dejó que se le cayera nada.
—Ahora nada más me parece basura.
Mingyue soltó un sollozo pequeño. Nadie la miró.
Zhichu pensó en todas esas noches juntas, en fila, igual que las cicatrices de su brazo. Noches de lluvia y noches de calor. La noche de su cumpleaños. La noche del cumpleaños de él, cuando ella le hizo pastel, él no lo probó y ella lo tiró entero a las dos de la mañana. Cada una con su plato tapado. Cada una con su nota.
—Ya se lo dije por teléfono. —Zhichu bajó la voz—. La que le cocinaba, la que se sentaba a esperarlo con la comida tapada, mirando la puerta, ya se murió. Si hubiera sido otra, quién sabe cuántas veces se habría muerto ya, con todo lo que usted le hizo.
Hizo una pausa.
—Así que tengo que darle las gracias.
Él la miró sin entender.
—Gracias por no matarme. —Inclinó un poco la cabeza, con mucha cortesía—. Gracias por su misericordia, señor Li.
Se enderezó. Lo miró a los ojos.
—Gracias por perdonarme la vida.