Demasiado tarde para amarlaCap. 8/318 min de lectura

Capítulo 8: Tres días

—Te voy a dar una lección, Shen Zhichu.

Li Jingshen se lo dijo al ventanal de su oficina, en el último piso de la torre del Grupo Lux, a la mañana siguiente. La tormenta había pasado. La ciudad estaba lavada, gris, brillante, y abajo los coches avanzaban despacio entre los charcos.

Detrás de él tocaron la puerta.

—Presidente Li.

Su asistente entró con una carpeta bajo el brazo y la cara de quien trae buenas noticias y no sabe si debe alegrarse.

—Firmó todo —dijo—. Todo, presidente. Anoche unos de los nuestros se lo llevaron a cenar y lo emborracharon. Al señor Shen, quiero decir. Ni siquiera leyó lo que firmaba. —Dejó la carpeta sobre el escritorio y la abrió—. Después no sospechó nada. Y devolvió los tres millones sin chistar, muy obediente. Los transfirió esta madrugada.

Li Jingshen se volvió. Miró las hojas, las firmas temblorosas al pie de cada página, la cifra subrayada en rojo.

—Le soy sincero, presidente —añadió el asistente, bajando la voz—. Aparte de la señora Shen Zhichu, en la familia Shen son todos unos animales. El padre se vende por una botella.

Li Jingshen cerró la carpeta sin comentar nada.

—Tres días. Quiero el resultado en tres días.

—¿Tres días? —El asistente parpadeó—. Presidente, me temo que con los tiempos del tribunal…

—En tres días quiero el resultado.

—Sí. Sí, presidente.

—Lárgate.

El hombre salió casi de espaldas. La puerta se cerró.

Li Jingshen se sentó en la silla y apoyó los codos en el escritorio, los dedos entrelazados frente a la boca. Pensó en una puerta blanca al final de un pasillo, en la voz ronca que se colaba por debajo. Tengo a alguien más. ¿Solo tú puedes tener a alguien afuera?

—Shen Zhichu —murmuró—, te haré ver con tus propios ojos cómo condenan a tu padre a muerte.

Afuera, en la antesala, el asistente se apoyó un momento contra el escritorio de la secretaria y se aflojó la corbata.

—¿Por qué la señora tuvo que ir a provocar a semejante rey del infierno? —dijo en voz baja, a nadie en particular.

La secretaria no levantó la vista de la pantalla.


Tres días.

Zhichu estaba acostada en el piso del baño, de lado, con la mejilla contra los azulejos verdes y fríos. Había descubierto que, si se quedaba muy quieta y apretaba el estómago contra el suelo, el dolor bajaba un poco, lo suficiente para respirar.

Tres días. ¿Por qué tardan tanto?

Había tomado agua del lavabo, con las manos, tantas veces que ya le sabía a metal. El agua engañaba al estómago un rato, y luego el estómago se daba cuenta y se cobraba el engaño con intereses.

La primera noche había llorado. La segunda había gritado hasta quedarse sin voz. La tercera ya no hizo ninguna de las dos cosas. Se quedó mirando el foco blanco del techo hasta que dejó de verlo, y cuando cerró los ojos el foco seguía ahí, quemado en el interior de sus párpados.

En algún momento, cuando el hambre se volvió más fuerte que el asco, hizo algo que nunca le contaría a nadie. Lo hizo despacio, con los ojos cerrados, pedazo por pedazo, y después volvió a llorar, tras un día entero sin hacerlo, de pura humillación.

Pensó en los frascos blancos de Qin Mo, en el bolso abierto sobre el sillón. Con comida, Chuchu.

Pensó que se le había olvidado decirle a Qin Mo que no iba a ir a la cita.

Pensó que tal vez ya no importaba.

Las paredes se acercaban. Los azulejos se multiplicaban, miles, millones de cuadritos verdes, y cada uno tenía un pequeño reflejo blanco del foco, igual que un ojo abierto que la miraba. Zhichu intentó contarlos. Llegó a cuarenta y se perdió. Volvió a empezar.

Luego no hubo nada.


Primero oyó una risa.

Una risa de hombre, grave, divertida, muy cerca. Luego un ruido de tela, y su propio nombre, dicho por una voz que no conocía.

Abrió los ojos.

No estaba en el baño. Estaba en una cama, en su cama, la del cuarto principal, con las sábanas revueltas y la luz de la tarde entrando sesgada por la cortina. Tenía la ropa desordenada, el cuello del vestido torcido. Y a su lado, apoyado en la cabecera con la camisa abierta, había un hombre que no había visto nunca en su vida.

Le sonreía.

Zhichu se incorporó tan rápido que el cuarto dio una vuelta entera. Se agarró de la sábana.

—¿Quién… quién es usted?

—Ay, Chuchu. —El hombre se rio otra vez—. No te pongas así.

—¿Qué es esto? ¡Expliquen…!

—¡Cállate!

La voz vino de la puerta.

Li Jingshen estaba en el umbral. Tenía el saco puesto, el teléfono en la mano y una expresión que Zhichu no le había visto nunca, ni siquiera la noche de bodas. Una cara de piedra con una grieta en el centro.

—Jingshen —dijo ella—, déjame explicarte, yo no…

—¿Qué tienes que decir, zorra?

Ella se quedó sin aire.

—No sé quién es. —Se volvió hacia el hombre, desesperada—. ¿Quién es usted? ¡Le juro que no lo conozco!

—Te atrapo en la cama con él —dijo Li Jingshen— y todavía finges.

El desconocido se estiró, sin ninguna prisa, y se abrochó un botón de la camisa.

—Chuchu, ¿no me dijiste que tu esposo no iba a volver esta noche?

—¡Yo no le dije nada! —gritó Zhichu—. ¡Nunca lo había visto!

Li Jingshen entró en el cuarto y se detuvo a los pies de la cama. La miró de arriba abajo, el pelo revuelto, la cara hundida, las manos que temblaban sobre la sábana.

—Shen Zhichu —dijo, despacio—, ¿no decías que te estabas muriendo? ¿Tan contenta estás?

—Señor Li —intervino el hombre, con tono casi amable—, no se lo tome tan a pecho. Ella me contó que usted casi nunca está en casa. Que los días se le hacían muy largos, muy solos. Que ya no aguantaba.

—Lárgate.

—Señor Li…

—¡Lárgate!

El hombre se levantó, recogió un saco del suelo y se lo echó al hombro. Al llegar a la puerta se detuvo y miró hacia el pasillo, hacia ningún lado en particular.

—Acuérdese de depositarme el millón que falta —dijo, y se fue silbando.

Nadie le contestó.

Zhichu se quedó mirando la puerta vacía. El millón que falta. La frase se le quedó en la cabeza como una piedra en el zapato, pero tenía la mente tan lenta, tan llena de niebla, que no pudo hacer nada con ella.


—No lo conozco —repitió. Le salía la voz en hilos—. De verdad, Jingshen. No sé quién es.

Se dobló hacia adelante. El estómago se le retorció otra vez, largo, despiadado.

—Jingshen… me siento muy mal. —Levantó la cara hacia él—. ¿Me llevas al hospital? Por favor.

Él la miró sin moverse.

—Parece que todavía soy demasiado bueno contigo —dijo—. ¿De verdad te buscaste a otro hombre?

Zhichu sintió que algo se le apagaba por dentro, como cuando se va la luz en una casa y uno se queda quieto, esperando, y la luz no vuelve.

—Entonces divorciémonos —dijo.

Él entrecerró los ojos.

—¿Todavía quieres divorciarte?

—¿No eras tú el que siempre me decía que me buscara a otro hombre? —Se le escapó una risa pequeña, rota—. Pues ya está. Total… sin ti puedo vivir bien.

Se miró las manos. Tenía las uñas partidas de arañar la puerta, los nudillos raspados, las muñecas tan delgadas que la piel parecía papel de arroz.

Las levantó para que él las viera.

—Mira. —Le tembló la voz—. Me encerraste cuatro días.

—Y mírate. —Él no apartó la vista—. Todavía puedes vivir bien.

Cuatro días. Él le había dicho tres. Zhichu no supo en qué momento se le había ido el día que faltaba; tal vez durmiendo, tal vez desmayada en el piso. Tal vez él simplemente se había olvidado de ella un día más.

Li Jingshen se inclinó sobre la cama.

—Ya que te veo tan despierta —dijo—, ven conmigo a un lugar.

Antes de que ella pudiera responder, le pasó un brazo bajo las rodillas y otro por la espalda y la levantó en vilo. Pesaba tan poco que a él no le costó nada.

—¿Adónde me llevas? —Zhichu se aferró a su camisa por puro instinto—. ¡Bájame!

—No te muevas.

—¡Bájame, Li Jingshen!

—Quédate quieta. —Él ya caminaba hacia la escalera—. No te vayas a caer y luego andes diciendo que te maltrato.

—¿Adónde me llevas?

Él no contestó.


El coche avanzaba por avenidas que ella conocía de memoria. Zhichu iba en el asiento de atrás, recostada contra la puerta, con la frente en el vidrio. Cada bache le subía por el cuerpo como un golpe.

—Me duele —dijo en un momento. No sabía si en voz alta—. Me duele mucho. Déjame bajar.

Li Jingshen iba a su lado, revisando algo en el teléfono.

—Déjame ir —repitió ella—. Por favor. Déjame ir.

Él no levantó la vista.

Reconoció la calle antes de reconocer la casa: los árboles altos, el muro de piedra gris, el portón negro con el emblema de la familia Shen en hierro forjado. La casa de su padre. La casa donde había crecido y de donde se había ido a los dieciocho sin mirar atrás.

El coche se detuvo frente al portón. Desde adentro llegaban voces, pasos apresurados, un televisor encendido a todo volumen.

—¡Noticia bomba! —gritaba alguien en el jardín—. ¡Pongan el canal de noticias!

—¿Por qué tanto alboroto? —contestó otra voz—. Ya lo van a saber.

Zhichu se volvió hacia su esposo y lo tomó de la manga, sin fuerza.

—Li Jingshen. —Lo miró a los ojos—. ¿Qué le hiciste a mi papá?

Él abrió la puerta del coche.


La sala de la casa Shen estaba llena de gente que ella apenas conocía: empleados, un par de parientes lejanos, un hombre de traje con un maletín. En el centro, de pie frente a la enorme pantalla de televisión, estaba su hermano.

Al verla entrar, apoyada en el brazo de Li Jingshen, se le desfiguró la cara.

—¡Miren quién llegó! —gritó—. ¿Dónde anduviste metida estos cuatro días, Shen Zhichu? ¿Y todavía tienes cara de aparecerte por aquí?

Ella abrió la boca, pero no alcanzó a decir nada.

—¡Pájaro de mal agüero! —Él avanzó hacia ella con el dedo en alto—. ¡Desde que naciste no has traído más que desgracias! ¡Matar a mi mamá no te bastó! ¿Ahora también quieres matar a mi papá?

Al pasar golpeó con la cadera una mesita lateral. Un jarrón de porcelana se tambaleó, giró sobre su base y se quedó, de milagro, en pie.

—¡Cuidado! —chilló una de las parientes—. ¡Si se rompe, ¿lo vas a pagar tú?!

Zhichu no la oyó.

Estaba mirando la pantalla.

En la pantalla había una sala de tribunal. Madera oscura, un escudo en la pared, filas de gente sentada. Y en el banquillo de los acusados, encogido dentro de un uniforme que le quedaba grande, con el pelo engominado ahora revuelto y la cara gris, estaba su padre.

—Papá —susurró.

Se soltó del brazo de Li Jingshen. Dio un paso hacia la pantalla. Luego otro.

—¡Papá!

La voz del juez llenó la sala de la casa Shen, fría, solemne, amplificada por los altavoces:

—Este tribunal condena al acusado Shen Changnan a la pena de muerte.

Fin del capítulo 8
Sigue leyendoCapítulo 9: De rodillasEn la pantalla, su padre se levantó de golpe. Dos guardias lo sujetaron de los brazos. Él forcejeó, se volvió hacia el público, hacia la cámara, con la…Leer capítulo 9
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Demasiado tarde para amarla31 capítulos
  1. 1El diagnóstico
  2. 2Lo que siempre quisiste
  3. 3Sangre para Mingyue
  4. 4Veinte por ciento o cero coma uno
  5. 5Un poco de lástima
  6. 6Tres días para reflexionar
  7. 7Abre la puerta
  8. 8Tres díasLeyendo
  9. 9De rodillas
  10. 10Dieciséis años
  11. 11El papel en su estómago
  12. 12Siempre estaré aquí
  13. 13Un historial falso
  14. 14Cuatro años
  15. 15Atarla y vivir como un perro
  16. 16La llamada de papá
  17. 17Treinta pisos
  18. 18Demasiado frío
  19. 19Lo que le dijo a mi padre
  20. 20La palabra prohibida
  21. 21La mano de Qin Mo
  22. 22Cenizas
  23. 23Hermano Jingshen, no te vayas
  24. 24Cosas que ya no quiero conservar
  25. 25Cuanto menos le guste
  26. 26Mil trescientos sesenta y cuatro días
  27. 27Un dolor de cabeza muy oportuno
  28. 28Mata a alguien por mí
  29. 29El hombre de las galletas
  30. 30Cinco semanas
  31. 31No voy a venir
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