—¡Li Jingshen! ¡Li Jingshen!
Los puños de Zhichu golpeaban la puerta blanca. Cada golpe le devolvía un dolor sordo en los nudillos, que ya tenía rojos, raspados.
—¡Abre la puerta!
No sabía cuántas horas llevaba ahí. Al principio había contado: el foco del techo, el goteo del lavabo, los pasos lejanos de la casa. Luego había dejado de contar. No había ventana, no había reloj, no había nada que le dijera si afuera era de día o de noche. Solo los azulejos verdes, diminutos, cuadrados, que de tanto mirarlos empezaban a moverse.
No había comido nada más que aquel pan dulce en la acera, y eso había sido esa tarde. El estómago ya no le ardía: le mordía por dentro con dientes pequeños, constantes, y cada tanto el dolor le subía por el pecho hasta la garganta y la obligaba a doblarse sobre el inodoro.
Sabía que él estaba en la casa. Había oído la televisión, el tintineo de un vaso y, hacía un rato, sus pasos detenerse en el pasillo, justo del otro lado de la puerta.
—¡Li Jingshen! —Le salió un grito ronco, roto—. Abre la puerta, Li Jingshen. Me voy a morir.
Silencio.
Apoyó la frente contra la madera fría. Tenía las mejillas mojadas y no recordaba en qué momento había empezado a llorar.
—Si no abres —susurró—, de verdad me voy a morir…
Del otro lado se oyó una respiración y luego su voz, tranquila, nítida, a escasos centímetros de ella.
—No me voy a divorciar de ti. Solo porque puedes ser el banco de sangre de Mingyue. —Una pausa—. Solo te toqué unas cuantas veces y de verdad te crees importante.
Zhichu cerró los ojos.
Se deslizó por la puerta hasta quedar sentada en el suelo, con la espalda contra la madera y las rodillas contra el pecho. El vestido negro de cuello blanco, el que se había puesto esa mañana para ir a la oficina, se le arrugaba en el regazo. Tenía el pelo suelto, revuelto, pegado a la cara.
—Me dio cáncer de estómago porque te debo algo —dijo, hacia la puerta, hacia él, hacia nadie—. Es mi castigo. Lo acepto.
No sabía si él la escuchaba. Siguió.
—Pero mi culpa no merece la muerte, Li Jingshen. —La voz se le quebró—. No tanto.
Respiró por la boca, a pedazos.
—Me equivoqué. No debí enamorarme de ti.
Esperó. Esperó mucho.
Del otro lado de la puerta, los pasos se alejaron.
Li Jingshen se detuvo al final del pasillo.
Tenía la mano derecha cerrada en un puño, dentro del bolsillo del pantalón. No recordaba haberla cerrado. La abrió despacio.
Cáncer de estómago.
Casi se rio. Era lo último que se le había ocurrido a ella. Primero el divorcio, después el amante, luego aquel mensaje dramático de despedida, y ahora esto. Shen Zhichu siempre había tenido talento para el teatro. Cuatro años antes había montado una boda entera alrededor de un chantaje. Esto no era nada para ella.
Sacó el teléfono para ver la hora. En la pantalla brilló una alerta.
AVISO DE EMERGENCIA: lluvias intensas hoy en la ciudad de Jiuzhou. Se registran más de 50 mm de precipitación en algunas zonas. Tormenta eléctrica y vientos fuertes. Evite salir.
Como si la ciudad lo hubiera oído, un trueno partió el cielo encima de la casa. Las ventanas temblaron. Un segundo después se soltó la lluvia, de golpe, contra los vidrios, contra el techo, contra el jardín, con un rugido que llenó cada rincón.
Li Jingshen se quedó mirando la ventana.
Mingyue le tiene miedo a los truenos, pensó.
Desde niña. Cada vez que había tormenta lo llamaba, con la voz temblorosa, y él dejaba lo que estuviera haciendo para ir a verla.
Se volvió hacia el fondo del pasillo, hacia la puerta blanca del baño.
¿Y Shen Zhichu? ¿También le tendrá miedo?
La pregunta lo tomó por sorpresa. La apartó enseguida, con fastidio.
Esa mujer se atreve a llevarme la contraria en mi propia casa. Tomó las llaves del coche de la mesa de la entrada. ¿Cómo va a tenerle miedo a nada?
Afuera, el chofer esperaba con el motor encendido y un paraguas negro abierto junto a la puerta del coche.
—Vámonos —dijo Li Jingshen.
No miró atrás.
El departamento de Mingyue olía a jazmín y a sopa recién hecha.
Ella le abrió la puerta en pantuflas, con un suéter blanco demasiado grande para sus hombros y el pelo recogido con un pasador de perlas. Tenía una venda delgada en la frente, todavía, de la herida de la otra noche. Al verlo empapado, se llevó las manos a la boca.
—¡Hermano Jingshen! Te mojaste todo. —Lo hizo pasar tirándole de la manga—. ¿Ya comiste? Si no, te cocino algo. Comemos juntos.
—Está bien.
Ella sonrió, una sonrisa grande, de niña, y corrió a la cocina.
Li Jingshen se quitó el saco mojado, lo colgó en el respaldo de una silla y se sentó en el sofá. Desde ahí veía la cocina abierta, a Mingyue moviéndose entre las ollas, tarareando algo. El departamento era cálido, ordenado, lleno de cojines y de fotos de ellos dos de jóvenes. Afuera seguía lloviendo con furia.
Cerró los ojos un momento.
Si un día me voy a morir… ¿me vas a extrañar?
La voz de Shen Zhichu le llegó de la nada, suave, desde algún lugar del pasado. No recordaba cuándo se lo había preguntado. Tal vez nunca. Tal vez lo estaba inventando.
Y detrás de esa voz, otra.
Señor Li Jingshen, ¿acepta usted a la señorita Shen Zhichu como esposa?
El salón de bodas. Las flores blancas. La luz de los candelabros. Ella con el velo, con los ojos tan brillantes que daba vergüenza mirarla. Él de pie a su lado, con el traje que había elegido su asistente, contando los minutos para que acabara.
Y antes de eso, mucho antes, un pasillo de hospital.
Mingyue en una camilla, después del accidente de coche, con la cara blanca y las sábanas manchadas. Un médico que le decía que la paciente tenía un trastorno grave de coagulación, que estaba perdiendo demasiada sangre, que su tipo era rarísimo, que no había reservas en el banco. Y Shen Zhichu, que se había enterado quién sabe cómo y había llegado corriendo a ese pasillo, con su mismo tipo de sangre. La única.
Él le había suplicado. Era la única vez en su vida que le había suplicado algo a alguien.
Te lo ruego. Sálvala.
Ella lo había mirado un largo rato. Luego había dicho:
Está bien. Puedo salvarla. Pero primero tienes que casarte conmigo.
Li Jingshen abrió los ojos.
Se acordó de su propia frase, la noche de bodas, ante la mesa puesta con una sopa que no probó: No tengo hambre de nada que venga de ti. Se acordó de lo que le había dicho después, para que no le quedaran dudas. Desde el día en que me obligaste a casarme contigo, debiste saberlo. Solo puedes ser el banco de sangre de Mingyue.
Se había sentido justo al decirlo. Había sido justo.
Sacó un cigarro del bolsillo de la camisa, se levantó y salió al pequeño balcón. La lluvia salpicaba el barandal. Lo encendió protegiendo la llama con la mano.
Detrás de él, la puerta corrediza se abrió.
—Hermano Jingshen.
Mingyue lo miraba desde el umbral, con un cucharón en la mano y una expresión extraña.
—Tú nunca fumas delante de mí —dijo, muy bajito—. Nunca. Porque yo tengo la salud frágil.
Él miró el cigarro como si fuera de otra persona y lo apagó en el barandal mojado.
—Perdón. No me di cuenta.
—Es por ella, ¿verdad? —Mingyue apretó el cucharón con las dos manos. Los nudillos se le pusieron blancos un instante, y luego aflojó y volvió a sonreír, suave—. No importa. Ya está la comida, hermano Jingshen. Ven a comer.
La mesa estaba llena: costillas agridulces, verduras salteadas, una sopa clara de pollo con jengibre. Mingyue le sirvió arroz, le sirvió sopa, le puso en el plato los mejores pedazos.
Él probó.
—Está rico.
—¿De verdad? —A ella se le iluminó la cara—. Hermano Jingshen, si te gusta, te cocino todos los días. Todos, todos.
Li Jingshen asintió y se llevó otro bocado a la boca.
Esa mujer también cocinaba para mí, pensó. Casi todas las noches. Llegaba a la casa a la una, a las dos de la mañana, y la cocina estaba encendida, y en la mesa había platos tapados con otros platos para que no se enfriaran. A veces había una nota. Te dejé la cena en el horno.
Nunca la había probado. Ni una sola vez en cuatro años.
—¿Por qué estás pensando otra vez en ella?
Levantó la vista. Mingyue lo miraba con los palillos suspendidos en el aire.
—No estoy pensando en nadie.
—Hermano Jingshen… —Ella bajó los palillos—. ¿Cómo les fue hoy? En la conversación.
—¿Cómo nos fue en qué?
—Ya sabes.
—Solo hablamos del divorcio —dijo él.
Mingyue se quedó callada un momento. Luego dejó los palillos sobre la mesa y se miró las manos.
—Hermano Jingshen, a veces de verdad ya no sé si soy buena o mala persona. —Le tembló la voz—. Antes lo que más odiaba en el mundo eran las amantes. Las que se metían en los matrimonios de otros. —Se le llenaron los ojos de lágrimas—. Y ahora me he convertido justo en la persona que más odiaba. Le robé el esposo a otra mujer. Y encima… también quiero su corazón.
—Mingyue.
—Y todo por mi salud. —Se secó una lágrima con el dorso de la mano—. Por mi culpa siempre tienes problemas.
Li Jingshen dejó los palillos.
Está bien. Puedo salvarla. Pero primero tienes que casarte conmigo.
—Firmé un acuerdo con Shen Zhichu —dijo—. Ella dona sangre para ti por voluntad propia. Nadie la obligó. Así que no tienes por qué sentirte culpable.
Mingyue levantó la vista. Tenía las pestañas mojadas.
—Antes me prometiste que te ibas a casar conmigo, ¿te acuerdas? —Fue casi un susurro—. Si mi salud mejora… ¿te vas a divorciar de ella?
Afuera, otro trueno. Las luces del departamento parpadearon una vez.
Li Jingshen miró la ventana. La lluvia bajaba por el vidrio en ríos gruesos, torcidos. Pensó, sin querer, en un cuarto pequeño sin ventanas, al final de un pasillo, y en un foco blanco encendido en el techo.
Se puso de pie.
—La empresa tiene asuntos pendientes. —Tomó el saco del respaldo de la silla—. Estos días no voy a poder venir.
—Hermano Jingshen…
Él ya estaba en la puerta.
En el coche, el chofer encendió la calefacción y los limpiaparabrisas. La ciudad de Jiuzhou era una mancha de luces deformadas por el agua.
Li Jingshen miraba hacia afuera sin ver nada.
Ya no me gustas. Tengo a alguien más. Separémonos en paz.
Me equivoqué. No debí enamorarme de ti.
Durante cuatro años esa mujer lo había mirado como si él fuera el centro del mundo. Lo había esperado, le había cocinado, le había dado la sangre sin quejarse. Era suya. Era lo único en su vida que nunca había tenido que pelear para conservar.
Y ahora quería irse.
Algo le apretó el pecho, y él lo convirtió en lo único que sabía manejar: enojo.
Apoyó el codo en la ventanilla y se tocó los labios con los dedos.
—Shen Zhichu —dijo en voz baja, a la lluvia—, no sabes lo que te conviene.
El chofer lo miró por el retrovisor y desvió la vista enseguida.
—No me culpes por ser cruel.