El teléfono sonó cuando Zhichu todavía estaba en pijama.
—¿Señorita Shen? La llamo de la tienda. Ya estamos afuera con su pedido.
Zhichu se asomó por la ventana de su cuarto, en el piso de arriba. Abajo, frente a la reja, había una camioneta blanca con las puertas traseras abiertas y un muchacho con gorra que miraba hacia la casa.
—Déjelo abajo, por favor —dijo—. En la entrada. Ya bajo.
Se puso el abrigo gris encima de la pijama y bajó la escalera despacio, agarrada del barandal. La casa estaba en silencio. La puerta del cuarto de visitas, al fondo del pasillo, estaba cerrada. Mingyue dormía hasta tarde. Li Jingshen no había dormido ahí.
En los días que siguieron a la cena, la casa se había vuelto un lugar donde tres personas se cruzaban sin tocarse. Él llegaba tarde y se iba temprano. Mingyue andaba por los pasillos en pantuflas, con una sonrisa para cada encuentro. Zhichu se encerraba en su cuarto y contaba las pastillas.
En la entrada la esperaban seis cajas de cartón. Juguetes, cuadernos, crayones, dos balones, una caja entera de chocolates. Como cada año.
Era el veintiuno.
El orfanato quedaba en las afueras de Jiuzhou, al final de una calle con árboles viejos.
Era un edificio de dos pisos, pintado de amarillo, con un patio de tierra, un columpio, un tobogán despintado y un mural de soles y nubes que los niños habían hecho años atrás. Zhichu iba cada año ese mismo día, el veintiuno, desde hacía mucho. No se acordaba de cuándo había empezado. Solo sabía que la directora la llamaba unos días antes, siempre, y le preguntaba si iba a venir.
Siempre iba.
Esta vez el chofer de la tienda la ayudó a bajar las cajas. Cuando cruzó la puerta del patio, los niños ya la estaban esperando.
—¡Hermana Zhichu!
Se le echaron encima. Diez, quince, veinte niños de todas las edades, con uniformes de colores distintos, gritando su nombre. Una niña de coletas se le colgó de la pierna. Un niño al que le faltaban los dientes de enfrente le tiró de la manga del abrigo.
—¡Llegó la hermana Zhichu!
—¡Trajo cajas!
Zhichu se rió. Se rió de verdad, por primera vez en semanas, con la cabeza echada hacia atrás.
—Despacio, despacio, que me tiran.
Repartieron los regalos en el comedor, sobre las mesas largas de formica.
Los niños abrían las cajas con un cuidado exagerado, sin romper el papel. Una niña se abrazó a un cuaderno con portada de unicornio y no lo soltó en toda la mañana. Dos niños se pelearon por un balón hasta que Zhichu sacó el otro.
—Gracias, hermana Zhichu —dijo la niña de coletas, muy seria—. Los regalos que tú traes son los que más nos gustan.
—Y nosotros también tenemos uno para ti —dijo el niño de los dientes.
Zhichu parpadeó.
—¿Para mí?
La directora apareció en la puerta del comedor con un pastel en las manos. Un pastel pequeño, casero, con merengue blanco y unas fresas encima, un poco torcidas. Tenía una vela encendida en medio.
Los niños empezaron a cantar.
Cantaron desafinado, a gritos, cada quien a su ritmo. Al final todos gritaron al mismo tiempo:
—¡Feliz cumpleaños, hermana Zhichu!
Zhichu se quedó de pie en medio del comedor.
No supo qué hacer con las manos. Se las llevó a la boca. Luego al pecho. Los ojos se le llenaron tan rápido que no alcanzó a esconderlo.
—Yo pensé… —Le temblaba la voz—. Yo pensé que la directora me invitaba cada veintiuno por casualidad. Que era el día que le acomodaba. —Miró a la directora, que sonreía con el pastel en las manos—. ¿Todo este tiempo se acordaban de mi cumpleaños?
—Todo este tiempo, Chuchu —dijo la directora—. ¿Quién te crees que somos?
Zhichu se rió llorando.
—Qué bueno. —Se limpió la cara con la manga—. Qué bueno. Gracias. Gracias a todos.
Sopló la vela. Los niños aplaudieron.
En veintitrés años, nadie en la familia Shen le había cantado. Su cumpleaños era el día en que se había muerto su madre. Nadie lo festejaba. Su hermano se encerraba en su cuarto, su papá se iba de viaje. Y ella había aprendido a pasar ese día callada, sin pedir nada, sin decírselo a nadie.
Aquí, veinte niños desafinados le habían hecho un pastel con fresas torcidas.
Se comió un pedacito de su rebanada, a bocados pequeños, porque el estómago no le aguantaba más. Los niños se reían con merengue en la nariz. Y Zhichu, mirándolos, pensó sin querer en el próximo veintiuno.
No iba a estar.
Lo pensó con una claridad tranquila, sin drama. El próximo año alguien iba a tener que traer las cajas. Alguien iba a tener que explicarles a estos niños por qué la hermana Zhichu ya no venía. Se prometió dejarlo arreglado: una cuenta, una carta para la directora, algo que siguiera llegando cada año aunque ella no.
Agregó una línea más a la lista que llevaba en la cabeza, la de las cosas que tenía que dejar en orden antes de irse. Cada día era más larga.
Después del pastel, Zhichu salió al patio de atrás a tomar aire.
Le dolía el estómago. Le había dolido toda la mañana, pero ahora se le estaba subiendo hacia el pecho, sordo, con ese ritmo lento que ella ya conocía. Buscó un lugar donde sentarse a solas. Detrás del edificio, junto a la cerca, había una banca de madera debajo de un árbol.
Dio la vuelta a la esquina y se detuvo.
La banca estaba ocupada.
Había un hombre sentado ahí, con las piernas cruzadas sobre el asiento, como se sientan los niños. Era alto, de hombros anchos, con una camisa a cuadros sencilla y el pelo un poco largo, sin peinar. En las piernas tenía una bolsa de papel.
Levantó la vista al oírla.
—Ay —dijo Zhichu—. Perdón. No sabía que había alguien aquí. Perdón por molestar.
Ya se iba cuando él habló.
—No molestas.
Ella se volvió.
—Puedes sentarte. —El hombre se corrió hacia una orilla de la banca y dio dos palmaditas en la madera—. Aquí también se puede.
Y sonrió.
Zhichu se quedó mirándolo.
Tenía una sonrisa muy bonita. Abierta, completa, sin nada guardado atrás. Una sonrisa que en un hombre de su edad no se veía nunca, porque los hombres de su edad ya habían aprendido a sonreír con cálculo. La de este hombre tenía seis años. Era la sonrisa de un niño al que le acaban de regalar algo.
¿Por qué se me hace conocido?
No lo había visto nunca. Estaba segura. Y aun así había algo en la cara, en los ojos, en la forma de inclinar la cabeza, que le movía algo muy al fondo de la memoria, como una puerta que se abre en otra casa.
Se sentó en la otra orilla de la banca.
—¿Eres voluntario aquí? —le preguntó.
Él no contestó. La miraba con mucha atención, con la cabeza ladeada.
—¿Por qué estás aquí? —preguntó a su vez—. ¿No vas a comer? Ya van a dar la comida adentro.
—No tengo hambre.
—Yo tengo comida.
Abrió la bolsa de papel y se la acercó. Adentro había galletas. Galletas redondas, de las baratas, de las que se venden en paquete en cualquier tienda de la esquina, algunas un poco rotas en las orillas.
—¿Quieres?
Zhichu miró las galletas.
—No, gracias. —Le salió una sonrisa—. Cómetelas tú.
—No. —Él negó con la cabeza, muy serio—. Te estuve viendo toda la mañana. Adentro, con los niños. Casi no comiste. Del pastel, nada más un pedacito.
Le puso la bolsa en las manos.
—Ve a comer rápido. O cómete estas. Pero come.
Zhichu se quedó con la bolsa en el regazo. Por no desairarlo, sacó una galleta. Era dura, de mantequilla, con azúcar encima. Le dio una mordida pequeña.
Estaba muy dulce.
Él la miraba comer con una satisfacción enorme, con las manos en las rodillas, sin perderse una mordida.
—¿Señorita Shen? ¿Usted aquí?
Una de las cuidadoras venía por el patio, una mujer de mediana edad con un delantal de flores. Se detuvo al ver a los dos en la banca y abrió mucho los ojos al ver la bolsa en las manos de Zhichu.
—¿Le dio galletas?
—Sí… —Zhichu levantó la bolsa—. ¿Pasa algo?
—¿Que si pasa algo? Este Gu es de lo más celoso con su comida. Usted no se imagina. No le da un bocado a nadie. A mí, que le sirvo de comer todos los días, no me ha convidado ni una migaja en años. —Miró la bolsa—. Y a usted le da todo. Eso que tiene ahí es lo que juntó de varios días.
Zhichu miró la bolsa. Luego lo miró a él.
Gu se había puesto rojo hasta las orejas. Se rascó la nuca y bajó la vista a sus zapatos.
—Es que me gusta —dijo.
La cuidadora se tapó la boca.
—La vi y me gustó. —Él levantó la cara, con una sinceridad que no tenía ninguna vergüenza—. ¿Qué hago? Creo que me gustas. Sí. Me gustas.
—¡Ay, no! —La cuidadora soltó una carcajada—. ¡Por fin se le despertó el corazón! ¡Quién lo diría! Es la primera vez que le gusta una muchacha. —Le dio una palmada cariñosa en el hombro—. Pero mira nada más a quién fuiste a escoger, tú. La más bonita.
Gu sonrió, todavía rojo.
Zhichu no supo qué decir. Se quedó con la bolsa de galletas en las manos, con las mejillas calientes, mitad avergonzada y mitad conmovida. Hacía mucho que nadie le decía me gustas sin pedirle nada a cambio. Hacía mucho que nadie le decía nada así, tan limpio.
En ese rato llegó la directora por el mismo camino, secándose las manos en el pantalón.
—Ya están sirviendo, Chuchu. —Miró a Gu, luego a Zhichu, y algo en su cara se suavizó—. Ah, ya conociste a Gu.
—¿Es voluntario? —preguntó Zhichu, en voz baja.
La directora negó con la cabeza.
—No. Él vive aquí. —Se sentó un momento en el brazo de la banca—. Lo trajeron hace quince años. Venía lastimado, de la cabeza. Nunca supimos bien qué le pasó. Cuando llegó, tenía hambre todo el tiempo. Comía y comía y seguía teniendo hambre. —Le sonrió a Gu con cariño—. Se quedó un poco lento, ¿verdad? Pero es bueno. Creció aquí con nosotros. Ya es de la casa.
Gu asintió, contento, orgulloso de ser de la casa.
—Vámonos —dijo la directora, poniéndose de pie—. Que se enfría la comida.
Zhichu se levantó.
Gu se levantó también, de un salto, y caminó a su lado hacia el comedor. Caminaba muy cerca, mirándola de reojo, con las manos en los bolsillos. Era mucho más alto que ella. Tenía que bajar la cabeza para hablarle.
—Oye. —Se detuvo a medio patio—. ¿Sabes cómo me llamo?
—Gu. —Zhichu sonrió—. Ya me lo dijeron.
Él se puso contento. Muy contento.
—¿Y tú? Tú te llamas… —Frunció el ceño, pensando—. Shen. Señorita Shen. La señora dijo señorita Shen. Pero la directora dijo… —Se le iluminó la cara—. Chuchu. Te dijo Chuchu.
—Así me dicen.
—¿Puedo decirte Chuchu?
Lo preguntó con mucha seriedad. Como si fuera algo importante. Como si pudiera decirle que no.
Zhichu lo miró.
—Sí —dijo—. Puedes.
Gu sonrió. Esa sonrisa entera, de niño, con la boca y con los ojos.
—Chuchu —repitió, probándose la palabra en la boca.
Y luego miró a su alrededor. Al patio vacío, al columpio quieto, a la puerta del comedor por donde se oían los niños. Miró todo con un poco de preocupación, buscando a alguien que no estaba. Y volvió a mirarla a ella.
—Chuchu, ¿dónde están tus padres?