Lo primero que oyó fue una alarma.
Un pitido agudo, continuo, que le perforaba la cabeza desde algún lugar a su izquierda. Pasos que corrían. Una voz de hombre que gritaba algo, muchas veces, ronca, desesperada. Manos sobre su pecho. Frío en el brazo.
Zhichu quiso abrir los ojos. Los párpados no le obedecieron.
Volvió a hundirse.
La segunda vez fue distinta.
No hubo alarma. Hubo un zumbido bajo, constante, de aire acondicionado. Una luz suave, de tarde. Un olor a desinfectante y, muy cerca, otro olor que conocía: café recalentado.
Abrió los ojos.
El techo era blanco, con una mancha de humedad en una esquina que parecía un mapa de una isla. Una cortina azul pálida. Una ventana. Y en una silla junto a la cama, con la bata arrugada y la cabeza ladeada contra el respaldo, Qin Mo, dormido con los lentes puestos.
Ella movió los dedos sobre la sábana.
Él despertó de inmediato, sin transición, con los ojos ya alertas, como despiertan los médicos.
—Chuchu.
Se inclinó sobre ella. Le tomó la muñeca, le miró las pupilas con una lamparita, le tocó la frente con el dorso de la mano. Hizo todo eso muy rápido y en silencio, y solo cuando terminó se permitió soltar el aire.
—Estuviste inconsciente cuarenta y seis horas —dijo—. ¿Sabes lo que es eso? Cuarenta y seis.
Ella intentó hablar. Tenía la garganta en carne viva.
—Despacio. —Él le acercó un vaso con una pajita—. Un sorbo. Nada más.
El agua le supo a metal. Le pareció la cosa más rica que había probado en su vida.
—¿Cómo te sientes?
—Como si me hubiera pasado un camión por encima. —Le salió apenas un hilo de voz—. Dos veces.
Qin Mo no se rio. Se sentó otra vez en la silla, despacio, y se quitó los lentes para frotarse los ojos.
—Hace unas horas te dio un paro de oxigenación. Nos diste un susto que… —Se interrumpió. Se volvió a poner los lentes—. Ya pasó. Te sacamos de cuidados intensivos esta mañana.
Zhichu miró la cortina, la ventana, el cielo claro detrás.
—Qin Mo.
—Dime.
—¿Él sabe?
Qin Mo tardó en contestar. Ella vio que bajaba la mirada a sus manos.
—Él firmó el aviso de estado crítico —dijo al fin—. Por ti. En urgencias, la noche que llegaste. La médica de guardia leyó tu expediente y se lo dijo. Cáncer de estómago en fase terminal. —Levantó la vista—. Yo llegué tarde, Chuchu. Cuando llegué, él ya lo sabía.
Zhichu cerró los ojos.
Pensó en Li Jingshen con un bolígrafo en la mano. En su firma, que ella conocía de memoria porque la había visto al pie del acuerdo de sangre, al pie del acta de matrimonio, al pie de cada papel que alguna vez los unió. Pensó en esa firma debajo de las palabras estado crítico.
—Necesito que me ayudes —dijo.
—Lo que quieras.
—Escribe un historial falso.
Qin Mo se quedó inmóvil.
—Quiero saber exactamente qué dice el mío —siguió ella, con los ojos todavía cerrados—. Y luego quiero que me hagas otro. Uno donde diga que tuve una hemorragia gástrica. Nada más. Por no comer, por el estrés, por lo que sea. Algo que se cure.
—Chuchu…
—Por favor.
Él se pasó la mano por la nuca.
—¿Te das cuenta de lo que me estás pidiendo? Soy médico. Eso es…
—Ya sé lo que es.
Hubo un silencio largo. Afuera, en el pasillo, rodó un carrito con un chirrido de ruedas.
—¿Por qué? —preguntó él, más bajo—. Ya que lo quieres tanto… díselo. Dile que estás enferma, que te estás muriendo, que lo necesitas. Deja que se preocupe por ti, aunque sea una vez. ¿No es eso lo que siempre quisiste?
Zhichu abrió los ojos y lo miró.
—¿Y qué crees que va a pasar? —dijo—. ¿Que va a sentir lástima por mí?
Qin Mo no contestó.
—No va a sentir lástima. —Sin amargura, como quien da la hora—. Lo único que va a desear es que me muera rápido. Para quedarse libre. Para quedarse con ella.
Sacudió la cabeza, muy despacio, sobre la almohada.
—No quiero que me vea morir, Qin Mo. No quiero que lo sepa. No quiero que me tenga lástima, ni que se alegre, ni nada. Solo quiero que no sepa.
Qin Mo la miró durante mucho rato. Ella vio cómo se le movía la mandíbula, cómo apretaba y soltaba los dedos sobre la rodilla. Luego, por fin, bajó la cabeza.
—Está bien.
Casi no se oyó.
—Gracias, hermano Qin Mo.
Sintió alivio y, al mismo tiempo, una tristeza muy quieta. Se imaginó a Li Jingshen leyendo ese papel. Lo imaginó frunciendo el ceño, cerrando la carpeta, soltando una risa corta por la nariz. Otra mentira de Shen Zhichu. Él se enojaría. Él se sentiría engañado. Y luego se olvidaría del asunto, como se había olvidado de tantas cosas suyas, y ella podría morirse tranquila, lejos de su lástima.
Era lo que quería. Lo había decidido. Aun así, le dolió un poco que fuera tan fácil.
—No me des las gracias. —Se levantó y fue hasta la ventana, de espaldas a ella—. Por esto no me des las gracias nunca.
Esa tarde, cuando él volvió con una bandeja de puré que ella no pudo comerse, Zhichu le habló del después.
Él no quería oírlo. Se le notaba en la forma en que acomodaba y desacomodaba la servilleta. Pero ella necesitaba decirlo en voz alta, a alguien, aunque fuera una vez.
—Si me voy a morir —dijo—, quiero irme sin hacer ruido. En silencio. Que nadie tenga que despedirse.
—Chuchu, el tratamiento…
—Déjame terminar.
Él se calló.
—Después… no quiero que me entierren. —Miró el techo, la mancha de humedad con forma de isla—. No quiero una lápida, ni flores, ni que nadie vaya a visitarme los domingos por obligación. Que me quemen. Todo. Que no quede nada que haya que cuidar.
Qin Mo dejó la servilleta sobre la bandeja.
—Y luego, las cenizas… —Sonrió un poco—. Las quiero en una cometa. Que alguien la eche a volar en la playa, un día con viento, y que corte el hilo. Que se vaya hacia el mar.
—Chuchu.
—Quiero seguir la corriente del mar y ver el mundo de afuera.
—No digas tonterías. —La voz de él se quebró en la última palabra—. ¿Qué son todas esas tonterías? Deja de hablar así.
—No son tonterías.
Zhichu volvió la cara hacia la ventana. Afuera, sobre los techos, pasaba una bandada de palomas, girando todas juntas, cambiando de dirección sin que ninguna se perdiera.
—Toda mi vida he estado encerrada en un mundo muy pequeño, Qin Mo. La casa de mi papá. La oficina. La casa de Li Jingshen. Un baño. —Se le escapó una risa corta—. Nunca salí a pasear. Ni una vez. Nunca me fui de viaje sin un pendiente, sin una reunión, sin estar esperando una llamada. Nunca vi el mar sin tener prisa.
Qin Mo se acercó a la cama. Se sentó en el borde, cosa que nunca hacía.
—Si de verdad quieres eso —dijo—, divórciate de Li Jingshen. Yo pido vacaciones. Las que me deben, que son muchas. Y te acompaño a donde quieras. A ver el mar todo el tiempo que te dé la gana.
Ella lo miró. Él tenía los ojos rojos detrás de los lentes.
—Lo único que me da miedo… —Qin Mo bajó la vista—. Es que Li Jingshen descubra que le mentiste. Si se entera de lo del historial, si se entera de que lo engañaste, va a…
No terminó.
—Ya estoy acostumbrada —dijo ella.
—Chuchu…
—De verdad. —Le puso la mano sobre la de él, un segundo—. Ve a trabajar, hermano Qin Mo. Tienes pacientes. Yo estoy bien.
Él no se movió.
—Estoy bien —repitió ella, y le sonrió para que se lo creyera.
Li Jingshen llevaba media hora de pie junto a la máquina de café cuando Qin Mo salió del cuarto.
Se había afeitado en el baño del piso, con una afeitadora desechable que le compró una enfermera en la tienda de abajo. Se había cambiado la camisa por una que le trajo el chofer. Pero seguía con el mismo traje de hacía dos días, y lo sabía, porque cada vez que se movía le llegaba el olor del hospital pegado a la tela.
Desde que la sacaron de cuidados intensivos no lo habían dejado entrar. Necesita descansar, le dijo la enfermera. El doctor Qin dio instrucciones.
—¿Cómo está Shen Zhichu?
Qin Mo se detuvo a dos pasos de él.
—Mejor. Mientras no te vea, mejor.
—Quiero entrar.
—Está dormida.
—Quiero verla.
—Ya la viste dos días seguidos. —Qin Mo se metió las manos en los bolsillos de la bata—. Mira hasta dónde llegó con tu cuidado. No te hagas el esposo ahora, Li Jingshen. Es tarde para eso.
—¿Y tú quién eres para decidir cuándo es tarde?
—El que estaba aquí cuando tú no estabas. —Qin Mo no levantó la voz—. Todas las veces.
—Es tu culpa también. —Li Jingshen dio un paso hacia él—. Si sabías algo, ¿por qué no me lo dijiste? ¿Por qué nunca nadie me dijo nada?
—¿Y la habrías escuchado? —Qin Mo lo miró con algo cercano a la lástima—. Dime la verdad. Si ella misma te lo hubiera dicho, ¿la habrías escuchado?
Li Jingshen no contestó. Se oyeron unos tacones en el pasillo.
—Hermano Jingshen.
Mingyue venía hacia ellos casi corriendo, con un abrigo claro, el pelo recogido a la carrera y una carpeta delgada contra el pecho. Se detuvo junto a Li Jingshen, sin aliento, y le tocó el brazo.
—Vi todas las noticias. Las fotos, todo. —Tenía los ojos húmedos—. Estaba tan preocupada por la hermana Zhichu que no aguanté. Le pregunté a tu secretaria en qué hospital estaban y me vine.
Li Jingshen pensó, de pasada, que ella no debería andar sola por un hospital con su salud, con el frío que hacía. No se lo dijo. Tenía la cabeza en otra parte.
Mingyue miró hacia la puerta del cuarto y luego a Qin Mo, con una sonrisa tímida.
—Pasé por la estación de enfermería a preguntar por ella. Me dieron esto. —Le tendió la carpeta a Li Jingshen—. Es el informe de los estudios de la hermana Zhichu. ¿Por qué no lo revisas tú mismo?
Li Jingshen tomó la carpeta.
Pesaba casi nada. Unas cuantas hojas. Durante dos días había evitado preguntar lo que decían esas hojas, había evitado incluso pensar en ellas, y ahora las tenía en la mano y le costaba abrirlas.
Qin Mo no se movió. Solo bajó un poco la cabeza.
Li Jingshen pasó la primera hoja. Datos personales. Fecha de ingreso. Análisis de sangre, con columnas de números que no entendía. Una segunda hoja, con un sello azul y la firma del médico tratante. Y al final, en un recuadro, el diagnóstico.
Lo leyó una vez. Luego otra. Pasó el dedo por encima de las letras, igual que se toca un billete para ver si es falso.
Hemorragia gástrica.
Eso era todo. Dos palabras. Debajo, un tratamiento: reposo, dieta blanda, suero, medicamentos con nombres largos. Ni una línea más.
Levantó la vista.
—¿No tenía cáncer de estómago?
Mingyue se llevó una mano a la boca.
—¿Por qué no aparece aquí? —Li Jingshen se volvió hacia Qin Mo con la carpeta abierta—. La médica de urgencias me dijo cáncer de estómago en fase terminal. Me lo dijo dos veces. ¿Por qué aquí no dice nada?
Qin Mo lo miró sin pestañear.
—Ah —dijo, muy tranquilo—. Eso.
Hizo una pausa.
—Efectivamente, no tiene cáncer de estómago. Solo hemorragia gástrica.
Li Jingshen no entendió.
—¿Qué quieres decir?
—Pero esa noche estaba de verdad en peligro. Perdió muchísima sangre. Si tardabas cinco minutos más en firmar, tal vez no la sacábamos. —Qin Mo se acomodó los lentes con un dedo—. Yo venía en camino cuando me llamaron. No me dijeron el nombre, solo que había un familiar que no quería firmar. Les dije por teléfono que le pusieran el peor diagnóstico posible, el que lo asustara más rápido.
Sostuvo la mirada de Li Jingshen.
—Por eso te hice firmar el aviso en secreto.