El taxi la dejó en una esquina que Li Jingshen no conocía.
Mingyue pagó en efectivo, sin esperar el cambio. Se ajustó la bufanda blanca hasta la nariz y caminó dos calles a pie, con la cabeza baja, hasta un edificio viejo de cinco pisos, sin portero, con la pintura de la fachada descascarada y una puerta de vidrio que no cerraba bien.
Subió la escalera hasta el tercer piso, a la puerta del fondo.
No tocó. Tenía llave.
Adentro olía a tabaco y a comida de la calle, a ropa de hombre secándose en una silla. Las cortinas estaban cerradas aunque todavía no era de noche. En el sillón, con los pies sobre la mesa y una lata de cerveza en la mano, estaba él.
Song Lin levantó la vista. Sonrió con la mitad de la boca.
—Mira nada más. La señorita Xia se acordó de los pobres.
Mingyue cerró la puerta detrás de ella y se quitó la bufanda.
Lo conocía desde los siete años.
Desde el patio de la primaria, desde la fila del bebedero, desde una tarde en que él le quitó el almuerzo a un niño más grande para dárselo a ella. Él siempre había sido así: el que se metía en problemas, el que tenía las rodillas raspadas y los nudillos rotos, el que nadie quería en su casa. Y ella siempre había sido la niña pálida, enfermiza, que todos querían cuidar.
A él nunca le importó cuidarla. Por eso le gustaba.
Con Li Jingshen tenía que ser frágil. Tenía que tener frío, tener miedo de los truenos, marearse a tiempo. Con Song Lin podía ser lo que era.
Lo había aprendido muy chica, eso de ser frágil. A los ocho años, la primera vez que vio a Li Jingshen, ella estaba sentada en la banca de una sala de espera con un algodón pegado al brazo, y él, que era un niño serio y callado que no hablaba con nadie, se acercó a preguntarle si le dolía. Ella dijo que sí, aunque ya no le dolía. Y él se quedó a su lado toda la tarde.
Desde entonces supo exactamente qué tenía que hacer para que él se quedara.
Le había funcionado toda la vida. Hasta que llegó una mujer que no se quejaba de nada, que daba su sangre sin llorar, que se dejaba encerrar y humillar y seguía ahí, de pie, sin pedir que nadie se quedara. Y él, que solo sabía quedarse con las que lloraban, se había quedado con esa.
Él la miró de arriba abajo. El abrigo crema, el pelo arreglado, la cara cansada de hospital.
—¿Qué tan mala vienes hoy? —preguntó.
Mingyue se acercó al sillón. Se sentó en el brazo, junto a él, y le quitó la lata de la mano.
—¿No te gusto mala?
Le dio un trago a la cerveza, hizo una mueca y se la devolvió.
Más tarde, con las cortinas todavía cerradas y la luz de la calle filtrándose por una rendija, Mingyue miraba el techo.
Song Lin fumaba a su lado, con un brazo detrás de la cabeza.
—¿Y? —dijo él—. ¿Qué tal la casa nueva? ¿Ya te dieron el cuarto de la esposa?
—Me dieron el cuarto de visitas.
Él se rió.
—No te rías.
—Me río de él. —Song Lin soltó el humo hacia arriba—. Años detrás de ti, y te pone en el cuarto de visitas.
Mingyue apretó la sábana.
—Li Jingshen nunca me ha tocado —dijo—. Nunca. Ni una vez, en toda la vida. Ni un beso de verdad. El otro día me le ofrecí, ¿sabes? Y me apartó las manos como si yo fuera su hermanita.
Se le endureció la voz.
—Pues que se quede con su pureza. Si él no me quiere tocar, me acuesto con otros. —Se volvió hacia Song Lin—. Yo, Xia Mingyue, no estoy falta de quien me quiera.
—Eso ya lo sé yo.
Ella no sonrió.
Se quedaron un rato callados. Afuera pasó una moto con el escape roto. Alguien gritó algo en la calle y alguien más le contestó.
—Song Lin.
—Mmm.
—¿Quieres dinero?
Él giró la cabeza en la almohada.
—¿A quién no le gusta el dinero?
Mingyue se sentó en la cama. Se acomodó el pelo detrás de las orejas, despacio, con las dos manos. Cuando habló, la voz le salió muy clara, sin temblor, como si estuviera pidiendo un café.
—Entonces mata a alguien por mí.
Song Lin no se movió. El cigarro se le quedó a medio camino de la boca.
—¿A quién quieres muerta?
Ella lo miró a los ojos.
—A Shen Zhichu.
Song Lin apagó el cigarro en un cenicero de la mesita de noche. Lo apagó con mucho cuidado, hasta que no quedó ni una chispa.
—Estás loca.
—No estoy loca. —Mingyue se abrazó las rodillas—. Escúchame. Hace cuatro años, el accidente. ¿Te acuerdas?
Él frunció el ceño.
—Lo arreglé yo. —Le sostuvo la mirada—. Yo misma. Tenía mis razones. Necesitaba dinero, necesitaba salir de un lío sin que nadie se enterara, necesitaba que él se asustara y por fin dijera algo. Todo me iba a salir bien.
Hizo una pausa. Algo le pasó por la cara, rápido, amargo.
—Y al final, ¿quién se quedó con todo? Ella. Shen Zhichu. Llegó corriendo al hospital con su sangre de panda y le puso precio. Cásate conmigo y la salvo. —Torció la boca—. Yo armé todo y ella se casó con él. Cuatro años. Cuatro años viéndola usar su apellido.
Se le humedecieron los ojos. Esta vez no eran a tiempo; eran de rabia.
—¿Por qué no se ha muerto todavía? Se desmaya, vomita sangre, la meten a cuidados intensivos, el papá se le tira de un edificio. Y no se muere. —Se pasó el dorso de la mano por la cara—. Si me ayudas a quitarla de en medio, Li Jingshen se casa conmigo. Y yo te doy todo el dinero que quieras. Todo.
Song Lin la miró mucho rato.
Luego se sentó también, con la espalda contra la cabecera. Se pasó la mano por la nuca.
—O sea —dijo—, que quieres usar mi mano para matar.
—Song Lin…
—No, espera. Déjame entender. —Levantó un dedo—. Yo la mato. Tú te casas con el millonario. Y luego, cuando Li Jingshen se ponga a averiguar cómo se murió su esposa, porque va a averiguar, Mingyue, ese tipo averigua todo, ¿a quién se va a encontrar? A mí. Y tú te quedas limpia. Te deshaces de ella y de mí de un solo golpe. Dos pájaros de un tiro.
La miró fijamente.
—¿Por quién me tomas? ¿Por un idiota?
—Por el único que me quiere.
Lo dijo bajito. Le tomó la mano.
—Song Lin, si de verdad me quieres, ayúdame. —Le apretó los dedos—. Ahora estamos amarrados a la misma cuerda, tú y yo. Como dos saltamontes. Si uno se cae, se cae el otro. Ya no me puedes soltar.
Él no le soltó la mano. Pero tampoco se la apretó.
—Tú no sabes nada de ese hombre —dijo al fin.
—Lo conozco desde los ocho años.
—Lo conoces de niño. —Song Lin sacudió la cabeza—. Yo lo he visto ahora. Lo he visto en las fotos, en las noticias. Lo he visto cargándola en la nieve, con toda la camisa manchada. Ese tipo no tiene a nadie más en la cabeza, Mingyue. Solo a ella. A Shen Zhichu. —Se calló un segundo—. A ti no.
Mingyue soltó su mano de golpe.
—Tonterías.
—¿Por qué crees que si ella se muere él se va a casar contigo? Si se muere, se va a quedar llorándola toda la vida. Así son esos.
—¡Tonterías! —Ella levantó la voz por primera vez—. Li Jingshen me dijo que se iba a casar conmigo. Me lo dijo. Y lo que él dice, lo cumple.
Song Lin se encogió de hombros.
—La boca de un hombre…
Dejó la frase colgando. Mingyue la terminó sola, por dentro, y no le gustó cómo sonaba.
Mingyue se levantó de la cama.
Recogió su blusa del piso y se la puso de espaldas a él, sin prisa, abotonándola de abajo arriba. En el espejo del clóset vio su propia cara: pálida, despeinada, con los labios apretados. No se reconoció del todo. No le importó.
Se miró los brazos. Los tenía delgados, blancos, con las venas azules muy visibles en la parte de adentro del codo.
Por esas venas corría sangre de Shen Zhichu. Cincuenta veces, decía la gente del hospital. Más. Medio litro aquí, seiscientos centímetros allá. Mingyue nunca había querido pensar en eso, y ahora lo pensó, mirándose en el espejo de un clóset barato: que una parte de lo que la mantenía viva había salido del brazo de la mujer que quería muerta.
No sintió culpa. Sintió asco. Asco de deberle algo a alguien.
Ya no le voy a deber nada, pensó. Cuando se muera, ya no le voy a deber nada a nadie.
—¿Quieres saber algo? —dijo, sin volverse.
Él no contestó.
—Hace seis años, Li Jingshen se cayó al agua. —Se abotonó el cuello—. En una fiesta, en el lago de una casa de campo. Se cayó y casi se ahoga. Estuvo inconsciente un buen rato. Cuando abrió los ojos, la primera persona que vio fui yo.
Se dio la vuelta.
—Desde entonces cree que yo lo salvé.
Song Lin se quedó quieto.
—¿Y quién lo salvó?
Mingyue sonrió. Una sonrisa pequeña, extraña, casi divertida.
—No sé. —Se encogió de hombros—. Yo tampoco lo sé. Llegué cuando ya estaba en la orilla, empapado, con los ojos cerrados. No había nadie más. Me arrodillé a su lado y le tomé la mano. Y él abrió los ojos y me vio a mí.
Se acomodó el pelo.
—Da igual quién haya sido. Desde ese día, él me trata como me trata. Me cuida. Viene cuando lo llamo. Me dijo que se iba a casar conmigo. Y tú no te preocupes por eso. Ya pasaron seis años. Nadie se acuerda. Él nunca lo va a investigar.
Fue hasta la mesa de la entrada, donde había dejado su bolso.
Sacó un sobre grueso, de papel manila, con una tarjeta bancaria adentro. Lo puso sobre la cama, a los pies de él.
—Song Lin. —Lo miró—. Aquí hay diez millones.
Él miró el sobre sin tocarlo.
—Yo sé que tienes contactos. —Mingyue se sentó en la orilla de la cama, muy cerca—. Gente que hace cosas y no pregunta. Gente que yo no conozco y no quiero conocer. —Le tocó la cara con la punta de los dedos—. Solo tú puedes ayudarme. Nadie más.
Song Lin seguía mirando el sobre.
Diez millones. Más de lo que había visto junto en toda su vida. Se le notaba en la cara: en la boca que se le había secado, en la mano que se le movió sola hacia el papel y se detuvo a medio camino.
—Y si sale bien —dijo, despacio—, tú sales ganando. Te quedas con el millonario, con la casa, con todo.
—Y tú también.
—Y yo también. —Él se rió, apenas—. Claro. Yo también.
Retiró la mano.
Se quedó un momento callado, con los codos en las rodillas, mirando el sobre manila sobre la sábana arrugada. Mingyue esperó. Lo conocía desde los siete años. Sabía cuándo estaba a punto de decir que sí.
Esta vez no lo supo.
—Mingyue —dijo él al fin, sin levantar la vista—. No sé.
Se frotó la cara con las dos manos.
—No creo que sea buena idea.