Esa noche no pasó nada.
Li Jingshen se acostó del otro lado de la cama, con la camisa puesta, de espaldas a ella. No la tocó. No dijo nada más. Zhichu se quedó en la orilla del colchón, tan en la orilla que una de sus manos colgaba en el aire, y escuchó cómo la respiración de él se iba haciendo lenta.
Ella no durmió.
Miró la cómoda en la oscuridad. La urna. La tablilla. El bulto de él, a medio metro, que durante cuatro años había sido lo único que quería tener cerca y que ahora pesaba en la cama igual que un mueble que alguien se olvidó de llevarse.
Cuando abrió los ojos, ya había luz, y el lado de él estaba vacío y frío.
El teléfono sonó a media mañana, en la oficina.
Li Jingshen vio el nombre en la pantalla y lo dejó vibrar dos veces antes de contestar. La voz de Mingyue llegó pequeña, ronca, como de alguien que lleva rato llorando o que acaba de despertar.
—Hermano Jingshen… ¿estás ocupado?
—Un poco.
—Perdón. Ya sé. —Una pausa—. Es que… no me siento bien. Y hace tanto que no vienes.
Él miró los papeles sobre el escritorio. Miró el reloj.
—Paso un rato.
El departamento olía a jazmín, como siempre.
Mingyue abrió la puerta antes de que él tocara. Llevaba un camisón de seda color perla, de tirantes delgados, y nada encima. Los brazos desnudos. Los pies descalzos sobre el piso de madera. El pelo suelto, ondulado, cayéndole por la espalda.
Li Jingshen se detuvo en el umbral.
—¿Qué te pasa? —Frunció el ceño—. ¿Por qué andas vestida así? Ponte algo. Te vas a enfermar.
Ella sonrió apenas y se hizo a un lado para dejarlo pasar. No fue por un suéter.
En la sala, las fotos de siempre: ellos dos de adolescentes, en un muelle, en una fiesta, en el patio de una escuela. Una manta blanca sobre el sillón. Una taza de té frío en la mesa de centro. Mingyue se sentó en la orilla del sillón y se abrazó las rodillas.
—Hermano Jingshen —dijo—, hace mucho que no me ves.
—Te vi hace unos días.
—En la calle. Cinco minutos. —Bajó los ojos—. Antes venías a cenar. Antes, cuando llovía y te llamaba, venías corriendo.
Él no se sentó. Se quedó de pie junto a la ventana, con las manos en los bolsillos.
—Ha habido muchas cosas.
—Ya sé. —La voz de ella se volvió más suave todavía—. Ya sé que te casaste con Shen Zhichu por mí. Por mi sangre. Nunca lo voy a olvidar.
Se le humedecieron los ojos.
—Pero ahora ella es la que ganó, ¿no? —Se rió un poco, triste—. Ella puede tenerte delante de todos. Puede decir mi esposo. Puede salir en las noticias contigo. Y yo… yo solo puedo caminar a tu lado por la sombra. Como alguien que no debería estar ahí.
Li Jingshen no contestó.
Ella lo miró de abajo arriba, con la cabeza inclinada.
—¿Otra vez fue a molestarte? —preguntó—. La hermana Zhichu. Tienes una cara…
—No es nada.
—Sé que no lo hace a propósito. —Mingyue alargó la mano y le rozó la manga del saco—. No la culpes, ¿sí? Ha pasado por mucho. Lo de su papá…
Él apartó el brazo. No con brusquedad. Solo lo apartó.
—Tengo cosas que hacer en la empresa.
Ya iba hacia la puerta cuando ella se levantó.
—Hermano Jingshen. —Lo alcanzó en el pasillo de la entrada—. No te vayas.
Él se detuvo.
—No te vayas, por favor. —Mingyue se le puso enfrente. Era mucho más baja que él; tenía que levantar toda la cara para mirarlo—. Te tengo una envidia… a ella. Una envidia que no me deja dormir. Ella te tiene entero. Todo. Aunque no te quiera, te tiene.
Le puso las dos manos en el pecho. Estaban frías.
—¿Puedes dejar que yo sea tu mujer? —preguntó, en un susurro—. Aunque sea una vez. Hermano Jingshen. ¿Puedes?
El jazmín, el camisón, las manos frías. Li Jingshen la miró y pensó, sin querer, en otra cosa. En unas manos que olían a cebolla y a jabón de lavar platos, que le dejaban la cena tapada con un plato. En una nota pegada en el horno.
Le tomó las muñecas a Mingyue, despacio, y se las bajó.
—Mingyue. No.
Ella se quedó con las manos en el aire. Algo le pasó por la cara, rápido, y desapareció.
—Perdón —dijo—. Perdón, perdón. No sé qué me pasa. —Se tocó la frente con la punta de los dedos—. Me duele un poco la cabeza. Últimamente me duele mucho.
Él se quedó diez minutos más. Le preparó un té que ella no tomó.
Mingyue se acurrucó otra vez en el sillón, con la manta blanca hasta el cuello. Parecía más pálida que al abrir la puerta, más pequeña. Li Jingshen conocía esa palidez desde la infancia: las visitas al hospital, los análisis, las transfusiones. Siempre había sido él el que llegaba corriendo.
—Hermano Jingshen —dijo ella, mirando la taza—. ¿Cuándo te vas a divorciar de Shen Zhichu?
—No me voy a divorciar.
Le salió antes de pensarlo, entero, sin esfuerzo.
Ella levantó la vista despacio.
—Fuera de eso —siguió él—, pídeme lo que quieras. Lo que necesites. Te lo doy.
Mingyue tardó en contestar. Cuando lo hizo, sonreía otra vez, con la sonrisa de siempre, pequeña, de disculpa.
—Entonces déjame vivir contigo.
Él la miró.
—En tu casa. Con ustedes. —Se apretó la manta contra el pecho—. No me importa vivir con la hermana Zhichu. De verdad que no. Así puedo cuidarte. Tú estás tan cansado, se te nota. Y yo aquí sola, con esta cabeza, con este cuerpo… Si me pasa algo en la noche, ¿quién se va a enterar?
Li Jingshen no contestó enseguida. Pensó en la casa. En las dos cajas de cartón en la sala. En la urna sobre la cómoda.
—Lo voy a pensar —dijo.
Él mismo supo, al oírse, que ya estaba pensado.
En la puerta, mientras él se ponía el abrigo, Mingyue se quedó en el pasillo de la entrada, con la manta sobre los hombros. En la pared había un espejo largo, de marco dorado. Li Jingshen alcanzó a ver en él la cara de ella mientras la puerta se cerraba. Una cara quieta, seria, con los ojos fijos en ninguna parte.
La oyó murmurar algo, muy bajo.
…solo puedes ser mío…
Y algo más, cortado por el golpe de la puerta. Algo que empezaba con el que me lo quite.
En el elevador, Li Jingshen se acordó de cuando ella tenía nueve años y le decía lo mismo de una muñeca que nadie podía tocar. Le pareció una niñería. Se olvidó de eso antes de llegar a la planta baja.
En la casa, Zhichu llevaba toda la tarde vaciando cajones.
No había un plan. Abría un cajón, sacaba lo que había, lo miraba un segundo y lo ponía en uno de dos montones: lo que se quedaba y lo que se iba. El montón de lo que se iba crecía mucho más rápido.
Corbatas que le había comprado a él y que él nunca se puso. Un reloj de mesa para el estudio, que él había mandado devolver a la sala. Tazas con fotos. Una caja de tarjetas de aniversario que ella había escrito y no había entregado.
Abrió una sola, la del segundo año. Tenía su propia letra, más redonda que ahora, más joven: Para Jingshen. Este año sí vamos a ir a ver el mar, ¿verdad? Debajo había dibujado una ola torcida y un sol con cara.
No se acordaba de haber dibujado ese sol. Se quedó mirándolo un rato, con la tarjeta abierta sobre las rodillas, tratando de recordar a la muchacha que creía que un sol con cara podía convencer a alguien de algo.
Cerró la tarjeta y la puso con las demás. Todas al montón grande.
En el fondo del armario del pasillo encontró el cuadro.
Era una reproducción, nada cara, de un jardín pintado a manchas de luz: agua, nenúfares, un puente verde. Lo había comprado el primer año para el estudio de él. Le había pedido que lo viera. ¿Está bonito? Es mi cuadro impresionista favorito. Él había levantado la vista medio segundo y había vuelto a sus papeles. Al día siguiente, el cuadro estaba en el armario del pasillo, de cara a la pared.
Ahí había seguido tres años.
Zhichu lo sacó, lo sacudió y lo sostuvo delante de ella, con los brazos estirados.
—¿Está bonito? —preguntó en voz alta, a nadie.
Las manchas de luz no contestaron.
Lo puso en el montón grande, encima de las corbatas.
—Todo esto se va —dijo—. Que me lo saquen de aquí. No quiero volver a ver nada que me dé asco.
Li Jingshen llegó cuando ya estaba oscureciendo.
Abrió la puerta con su llave y se encontró la sala convertida en otra cosa. Cajas. Montones. Bolsas negras anudadas. La alfombra enrollada contra la pared. En medio de todo, sentada en el piso con las piernas cruzadas y una cinta adhesiva en la mano, Shen Zhichu.
Ella levantó la vista.
—¿Y usted por qué volvió?
Sin sorpresa. Sin alegría. Como se le pregunta a un técnico si ya terminó.
Li Jingshen dejó las llaves en la mesa de la entrada.
—¿No sabías que iba a volver? —Se quitó el abrigo—. Yo no te adivino el pensamiento, pero tú a mí sí me lo adivinabas. Siempre. —Miró hacia la cocina, apagada—. ¿No preparaste nada? ¿No sabías que hoy venía con hambre?
Zhichu cortó un pedazo de cinta con los dientes.
—Si tiene hambre, pida comida a domicilio.
Él se quedó quieto.
—¿Cree que me pasé la tarde cocinando para usted? —Pegó la cinta sobre una caja y la alisó con la palma—. Antes sí. Antes hacía todo lo que se me ocurría para darle gusto. Lo esperaba para cenar. Le dejaba el plato tapado. Y usted ni lo miraba.
Sacó otro pedazo de cinta.
—Si no se acostumbra a la comida de afuera —dijo, sin levantar la vista—, puede ir a buscar a su buena hermana Xia Mingyue. Seguro ella le cocina.
Li Jingshen sintió que la sangre se le subía a la cara.
—Shen Zhichu. —Despacio—. Hoy que por fin vengo, no me hagas ponerte en tu lugar.
Ella siguió con la cinta.
—Mira cómo me hablas. —Dio un paso hacia ella, entre las cajas—. Cualquiera que te oyera pensaría que te molesta que yo venga.
No hubo respuesta. Solo el ruido seco del rollo de cinta al desenrollarse.
Li Jingshen se quedó de pie en medio de la sala, mirándola. La nuca inclinada. Las manos rápidas. El pelo recogido con un bolígrafo atravesado. Ni una vez levantó los ojos para ver si él seguía ahí.
¿Cómo puede cambiar tan rápido una persona?
Hacía unas semanas lo esperaba despierta. Hacía unas semanas le pedía que se quedara a cenar, le preguntaba si estaba cansado, le mandaba mensajes que él no contestaba. Más de una vez le había dicho, con la cara mojada, que lo quería hasta morirse.
Él siempre había pensado que eso no era amor. Que era apego. Una costumbre. Algo que ella no sabía soltar, como hay gente que no sabe tirar las cosas viejas.
Y ahí estaba ella, tirando las cosas viejas.
Miró el montón grande. Las corbatas. El reloj. Un cuadro con un puente verde, que le pareció haber visto antes en algún lado y no supo dónde.
¿Hablas por enojo, Shen Zhichu, o de verdad ya te cansaste?