Demasiado tarde para amarlaCap. 21/318 min de lectura

Capítulo 21: La mano de Qin Mo

Li Jingshen volvió al hospital antes del amanecer.

No había dormido. Había ido a su oficina, había firmado papeles que no leyó, había hablado con la policía, con el penal, con un hombre de la funeraria que le preguntó tres veces si estaba seguro de que no había otro familiar. El hermano de Shen Zhichu seguía sin contestar el teléfono.

En algún momento de la noche, el asistente le había dejado sobre el escritorio una carpeta con el nombre de Shen Changnan escrito a mano en la pestaña. Adentro estaban el acta, las fotos del lugar, el informe del penal. Li Jingshen no la abrió. La puso boca abajo, debajo de otros papeles, como se esconde algo de la vista de un niño.

A las cinco y media de la mañana se dio cuenta de que llevaba diez minutos mirando la misma hoja. Se puso el abrigo y le dijo al chofer que lo llevara de vuelta.

El quinto piso estaba en penumbra. Las enfermeras del turno de noche dormitaban en la estación, con las cabezas sobre los brazos. Li Jingshen pasó junto a ellas sin hacer ruido y dobló hacia el pasillo del quinientos doce.

Y se detuvo.

Al fondo, junto a la puerta del elevador de servicio, había una silla de ruedas. En la silla, envuelta en una manta gris hasta la barbilla, con la cabeza caída sobre el hombro y el pelo suelto, iba Shen Zhichu. Dormida.

Detrás, con las manos en las asas, estaba Qin Mo.

No traía la bata, sino un abrigo de calle, una mochila al hombro y una carpeta bajo el brazo. Hablaba en voz baja con la enfermera de la cola de caballo, que tenía cara de no saber si estaba haciendo lo correcto.

—Todavía está dormida —le decía Qin Mo—. Mejor así. Lo que le pusieron anoche la va a tener tranquila un rato más. Ya firmé el alta, aquí está. —Le tendió una hoja—. Chuchu ya se va a casa.

Li Jingshen sintió que algo le subía por el pecho, caliente, rápido, igual que sube la leche cuando hierve y nadie apaga el fuego.

La manta gris. Las manos de ese hombre en la silla de ella. La cabeza de ella inclinada hacia él, sin defensa, dormida. Chuchu ya se va a casa. ¿A qué casa? ¿A la de quién?

Tengo a alguien más.

—Doctor Qin.

La voz de Li Jingshen sonó en el pasillo vacío como un golpe en una mesa.

La enfermera dio un brinco. Qin Mo se volvió despacio.


Se miraron un largo rato.

Li Jingshen caminó hacia ellos, sin prisa. Cada paso sonaba en el piso de linóleo.

—¿Se te olvidó, doctor Qin —dijo, al llegar—, que Shen Zhichu es mi esposa?

Qin Mo no soltó las asas.

—¿Con qué derecho te la llevas? —Li Jingshen miró la manta, la cabeza caída, el pelo—. ¿A dónde? ¿A tu casa?

La enfermera retrocedió hasta la pared con la hoja del alta apretada contra el pecho.

—Vete —le dijo Li Jingshen, sin mirarla.

Ella se fue casi corriendo.

—Tú lo dijiste, Li Jingshen. —Qin Mo habló muy bajo, para no despertarla—. Aquella noche, en urgencias. Que ella era tu herramienta. Que no la querías. Tarde o temprano te ibas a deshacer de ella. Pues ya está. Te la quito de encima.

—Pues no.

Li Jingshen se metió las manos en los bolsillos del abrigo.

—Anoche ella misma me lo dijo. —Despacio, saboreando cada palabra—. Que no se va a divorciar de mí. Que se queda a mi lado. Que va a ser mi esposa toda la vida.

Qin Mo lo miró sin entender.

—Imposible.

—Pregúntale.

—Es imposible. —Qin Mo apretó las asas hasta que le crujieron los guantes—. ¿Después de todo lo que le hiciste? La encerraste, la humillaste, la dejaste en la nieve, le mataste al padre. ¿Y quieres que crea que se va a quedar contigo para siempre? —Sacudió la cabeza—. Si te dijo algo así, fue porque le tiene miedo a lo que le haces a los demás. O porque por fin te vio como eres, y ya le da igual.

Algo cambió en la cara de Li Jingshen.

Me arrepiento de haberlo conocido hace seis años. Lo había dicho ella, de rodillas junto a una camilla, hacía menos de un día. Por fin te vio como eres. Las dos frases se le juntaron en la cabeza y se volvieron una sola, y esa sola le quemó.


Qin Mo soltó la silla.

Lo hizo con cuidado, poniéndole el freno con el pie para que no rodara. Era tan médico que ni siquiera así se le olvidó. Luego se dio la vuelta hacia Li Jingshen, y ya no era el médico.

—Aunque tenga que matarte a golpes hoy —dijo, con la voz temblando de rabia—, vas a dejar en paz a Chuchu.

Le lanzó un puñetazo.

Li Jingshen lo vio venir. Se hizo a un lado, le atrapó el brazo en el aire y se lo torció hacia atrás, a la espalda, en un solo movimiento seco, y lo empujó de cara contra la pared del pasillo. La mochila cayó al suelo. Los lentes de Qin Mo salieron volando y se deslizaron por el linóleo hasta quedarse debajo de una banca.

—Quieto —dijo Li Jingshen.

Qin Mo forcejeó. Li Jingshen le subió el brazo un poco más, y Qin Mo ahogó un gemido contra la pared.

—Aunque yo la atormentara hasta matarla —le dijo al oído, muy bajo, con mucha calma—, no te toca a ti decir nada. No te toca a ti meterte.

Apretó.

—Mientras ella sea mi esposa, aunque sea un solo día, tú solo mira y obedece.


Zhichu despertó por el golpe.

Fue un ruido sordo, de algo pesado contra algo duro. La silla se sacudió un poco bajo su cuerpo. Abrió los ojos y no supo dónde estaba. Un techo bajo, fluorescente. Una manta que le picaba en el cuello. El olor a café recalentado, muy cerca, mezclado con otro, a lana y a frío de la calle.

Movió la cabeza.

Y lo vio.

Qin Mo, contra la pared, con la cara aplastada contra la pintura y el brazo torcido detrás de la espalda. Sin lentes. Con los ojos cerrados de dolor. Y detrás de él, sujetándolo con una sola mano, con la otra apoyada en la pared junto a su cabeza, Li Jingshen.

—Qin Mo…

Le salió apenas un susurro. Ninguno de los dos la oyó.

Zhichu se quedó muy quieta.

Lo entendió todo de golpe, con una claridad helada. Li Jingshen creía que había algo entre ella y Qin Mo. Lo había creído desde aquella tarde del abogado, desde tengo a alguien más, desde el historial falso, desde tu amigo el doctor también te ayudó. Lo creía ahora, en este pasillo, con el brazo de Qin Mo en la mano.

Y ella sabía cómo funcionaba ese hombre. Cuanto más nerviosa la viera, más se iba a enojar. Cuanto más le importara Qin Mo a ella, más le iba a doler a Qin Mo.

No podía dejar que se le notara. Ni un poco. Ni en los ojos.

Se quitó la manta. Se apoyó en los brazos de la silla y se puso de pie. Le temblaban las piernas.

—Li Jingshen.

La voz le salió fría, llana, sin nada adentro.

Él giró la cabeza.

—Suelte a Qin Mo.

Li Jingshen la miró sin soltar nada.

Zhichu le sostuvo la mirada. Vio en sus ojos lo que esperaba ver: la sospecha, la rabia, el cálculo. Y vio algo más, al fondo, que no esperaba: miedo. Un miedo pequeño, de niño, que él se apresuró a tapar con todo lo demás. Lo vio y lo guardó. No supo para qué.

—Suéltelo —repitió ella—. Déjeme hablar con él. Déjeme decírselo claro, para que entienda.

Él tardó un segundo. Luego, despacio, aflojó la mano. No lo soltó del todo; solo lo suficiente para que Qin Mo pudiera girar la cabeza y verla.


Qin Mo la buscaba con los ojos entrecerrados, sin lentes, sin poder enfocarla.

—Chuchu…

—Qin Mo. —Zhichu se agarró del respaldo de la silla para no caerse—. Escúchame bien. Nunca me voy a divorciar de Li Jingshen.

Él parpadeó.

—Me gusta. —No bajó la mirada—. Me gusta mucho. Me gusta como una idiota. Como una perra que no sabe irse de la puerta.

Le dolió decirlo, de una forma rara, doble. Porque era mentira. Y porque durante dieciséis años había sido verdad, exactamente así, con esas mismas palabras que ahora usaba para defender a otro. Se estaba vendiendo con su propia historia. Con lo único que había tenido.

A su lado, Li Jingshen dejó de moverse.

—¿Qué dijiste? —preguntó, muy bajo.

Ella no lo miró. Siguió mirando a Qin Mo.

—Así que no vuelvas a hablar de divorcio, ¿sí? —Se le escapó un temblor en la voz y lo tapó enseguida—. Me vas a arruinar lo que tengo con él. No quiero que vuelvas a decir esa palabra.

Qin Mo la miró como si no la conociera.

—¿Te está amenazando? —preguntó—. Chuchu. Mírame. ¿Te está amenazando? ¿Sí o no?

—Nadie me amenaza.

—Chuchu…

—Nadie me amenaza. —Más fuerte—. Solo quiero estar bien con él. Quiero quedarme a su lado. Es lo que siempre quise. —Respiró por la boca, a pedazos—. Así que vete. Vete, Qin Mo. Y de ahora en adelante no te metas más en mi vida.

Cada palabra le cortaba la garganta al salir. Se quedó de pie, derecha, agarrada a la silla, mirando a su mejor amigo con unos ojos que había aprendido a poner en cuatro años de cenas frías: vacíos, educados, de puerta cerrada.

Qin Mo la miró mucho rato.

Ella vio cómo le temblaba la boca. Vio cómo entendía, poco a poco, lo que ella estaba haciendo y por qué. Vio que no le creía ni una palabra. Y vio que, aun así, no iba a poder hacer nada.

—Chuchu —dijo él, con la voz rota—. No puedo. No puedo verte vivir así. No puedo dejarte con…

—Ya te lo dije.

Fue Li Jingshen. Había vuelto a apretar.

—Ya te lo dije antes, doctor Qin. —Tenía la cara muy cerca de la de Qin Mo—. ¿No quedó claro? ¿Todavía no te queda claro?

Y movió la mano.

Fue un movimiento pequeño. Un giro corto, seco, de la muñeca de Qin Mo hacia afuera, hacia donde una muñeca no debe ir. Zhichu oyó el ruido antes de entenderlo: un chasquido, breve, como de una rama verde. Luego el grito de Qin Mo, ahogado contra la pared, y su cuerpo que se doblaba hacia adelante.

—¡Qin Mo!

Li Jingshen lo soltó.

Qin Mo se deslizó por la pared hasta quedar de rodillas en el linóleo, con la mano derecha apretada contra el pecho, doblada en un ángulo que Zhichu no quiso mirar dos veces. La mano con la que escribía las recetas. La mano con la que le había vendado las rodillas cada mañana.

Zhichu se quedó de pie, temblando, agarrada a la silla.

Los lentes de Qin Mo seguían debajo de la banca, con un cristal estrellado. Al fondo del pasillo se encendió una luz. Alguien en la estación de enfermería preguntó qué pasaba. Nadie contestó.

Miró a Li Jingshen. Él se sacudía la manga del abrigo, sin prisa, con la respiración apenas alterada.

—¿Por qué? —Le salió un hilo de voz—. ¿Por qué hizo eso?

Él la miró.

—Ya dije todo lo que usted quería. —Zhichu dio un paso hacia él, soltando la silla, y casi se cayó—. Todo. Que me quedo. Que lo quiero. Que no me divorcio. Todo lo que quería oír.

Le temblaba todo el cuerpo.

—¿Por qué todavía quiere matarlo?

Fin del capítulo 21
Sigue leyendoCapítulo 22: CenizasLi Jingshen no la miró a ella. Miró a Qin Mo, de rodillas en el linóleo, con la mano derecha pegada al pecho y la frente casi tocando la pared. Lo miró un…Leer capítulo 22
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Demasiado tarde para amarla31 capítulos
  1. 1El diagnóstico
  2. 2Lo que siempre quisiste
  3. 3Sangre para Mingyue
  4. 4Veinte por ciento o cero coma uno
  5. 5Un poco de lástima
  6. 6Tres días para reflexionar
  7. 7Abre la puerta
  8. 8Tres días
  9. 9De rodillas
  10. 10Dieciséis años
  11. 11El papel en su estómago
  12. 12Siempre estaré aquí
  13. 13Un historial falso
  14. 14Cuatro años
  15. 15Atarla y vivir como un perro
  16. 16La llamada de papá
  17. 17Treinta pisos
  18. 18Demasiado frío
  19. 19Lo que le dijo a mi padre
  20. 20La palabra prohibida
  21. 21La mano de Qin MoLeyendo
  22. 22Cenizas
  23. 23Hermano Jingshen, no te vayas
  24. 24Cosas que ya no quiero conservar
  25. 25Cuanto menos le guste
  26. 26Mil trescientos sesenta y cuatro días
  27. 27Un dolor de cabeza muy oportuno
  28. 28Mata a alguien por mí
  29. 29El hombre de las galletas
  30. 30Cinco semanas
  31. 31No voy a venir
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