—No busco a nadie —le dije—. Solo te pregunto dónde estabas.
Roujia se cruzó de brazos. Llevaba todavía el peinado del certamen, las horquillas de oro que yo misma había mandado hacer para ella, y bajo esa luz parecía mayor de lo que era. Parecía una mujer que ya había decidido de qué lado estaba el mundo.
—Ya te lo dije. Durmiendo.
—El sirviente que hizo la guardia anoche —seguí, sin levantar la voz— vio que la luz de tu patio seguía encendida pasada la medianoche. Y la puerta trasera de tu ala, la del rincón, también estaba abierta. Se abrió y se cerró a esa hora, Roujia.
Hice una pausa. Quería darle una salida. Todavía hoy no sé si fue amor o cobardía.
—Lo de la pulsera de jade —dije— de verdad no tiene nada que ver contigo, ¿cierto?
Durante un momento ella no respondió. Después se le encendió la cara, de golpe, como cuando de niña le negaban un dulce.
—Madre, ¿te volviste loca?
—Habla bien.
—¡Ella robó algo! ¿Y tú quieres que yo te explique por qué se abrió una puerta? ¿Me estás diciendo que yo salí a medianoche a abrirle la puerta a una ladrona?
—Cállate y habla como es debido.
—¡No! —Dio un paso hacia mí—. Esa mendiga tiene una marca, y tú sospechas que yo no soy tu hija de sangre. Ahora esa mendiga roba, y tú sospechas que yo le tendí una trampa. ¿Qué más quieres? ¿Tienes que demostrar que esa pordiosera es más limpia que yo para quedarte tranquila?
Las palabras me golpearon una por una. No porque fueran injustas, sino porque había algo de verdad en ellas. Yo había sospechado de su sangre delante de todos, en su propio banquete de mayoría de edad. Yo le había hecho derramar una gota de su dedo en un trípode de bronce, como a un animal que se revisa antes de comprarlo. Y el agua había salido verde, y aun así yo seguía aquí, preguntándole por una puerta.
¿Qué clase de madre hace eso?
Esa pregunta me la hice esa noche, y me la sigo haciendo.
Roujia respiraba agitada, con las mejillas encendidas. Tenía las manos cerradas a los costados, y en una de ellas todavía apretaba el abanico de seda que había llevado al certamen. Lo había apretado tanto que una de las varillas se había doblado.
Me acordé, sin querer, de una tarde en la finca, muchos años antes. Ella tendría cinco o seis. Yo había llegado de visita con un carruaje lleno de juguetes, y ella me había recibido en la puerta con un abanico de papel que había hecho sola, torcido, con flores pintadas a dedo. Me lo dio sin decir nada. Yo le agradecí, lo dejé en el carruaje y, al volver a la ciudad, ya no supe dónde había quedado.
No sé por qué me acordé de eso entonces. Quizás porque esa niña del abanico de papel y esta muchacha furiosa con el abanico de seda roto eran la misma persona, y entre una y otra había pasado una vida entera en la que yo casi no estuve.
—Ay, ¿qué está pasando aquí?
Jingxian entró en la sala con el manto todavía sobre los hombros, el rostro suave, las cejas levemente fruncidas en un gesto de preocupación que siempre le quedaba bien.
—Acabo de volver de la tienda y oí los gritos desde el patio.
Roujia corrió hacia ella. No hacia mí. Hacia ella.
—Tía, escucha lo que dice mi madre. Sospecha que yo le tendí una trampa a esa forastera.
—Bueno, bueno. —Jingxian le pasó una mano por la espalda, despacio, como quien calma a un caballo asustado—. Ya estás cansada del certamen, niña. Si te enojas así, tu tía se va a sentir mal.
Luego me miró a mí. Con los ojos bajos, con la voz baja, con todo bajo.
—Cuñada, perdóname que me meta. Pero Roujia, en el certamen, no dejaba de mirar tu asiento vacío. Cada vez que terminaba un verso, buscaba tu lugar. Y aun así volvió feliz, llena de alegría, porque ganó. Yo sé que estás molesta por lo de la pulsera, pero ¿tenía que ser hoy? ¿Tenía que ser justo esta noche, cuando ella venía contenta, que le rompieras el corazón?
No era una acusación. Jingxian nunca acusaba. Pedía disculpas, y en la disculpa dejaba caer la culpa sobre otro, con la delicadeza de quien posa un pañuelo.
Roujia me miró desde el refugio de sus brazos. Y yo vi en esa mirada que ya había elegido.
No dije nada más. Me levanté, dije que estaba cansada, y las dejé salir juntas. Oí sus pasos alejarse por el corredor, la voz de Jingxian murmurando algo, la risa breve y húmeda de mi hija.
Me quedé sola en la sala.
Hay noches en que una entiende de golpe algo que lleva años sabiendo. Esa fue una.
Durante todos esos años yo le había pavimentado el camino a mi hija con plata. Sedas, maestros, joyas, la casa del sur de la ciudad, las licencias de la sal. Cada vez que faltaba a un cumpleaños, mandaba un regalo más caro que el anterior. Cada vez que no podía ir a la finca, enviaba un cofre. Creía que eso era amor. Creía que eso era, al menos, una manera de pagar.
Y mientras tanto, Zhou Jingxian había usado su habilidad, su paciencia, su pañuelo y sus tazas de té, para ganarse el corazón de mi hija.
En esta familia, pensé, yo soy solo la que lleva las cuentas.
Ella es la madre.
Lo pensé sin rabia. Con un cansancio tan grande que me dolió el estómago, como me dolía en los inviernos.
Me quedé un rato con la mano apretada contra el vientre, esperando a que pasara. Nadie vino. Las criadas sabían que no me gustaba que me vieran así, y yo nunca les había enseñado otra cosa. En los últimos días, cuando el dolor llegaba, había un cuenco de caldo tibio sobre la mesa antes de que yo lo pidiera. Ahora la mesa estaba vacía.
Tardé en darme cuenta de quién era la que lo traía.
Entonces lo vi. Sobre la mesa, junto a los libros, donde el mayordomo Wang lo había dejado por la tarde: el saquito de tela.
Lo tomé. Pesaba casi nada. Olía a hierba seca, a algo dulce y antiguo que no supe nombrar.
El mayordomo Wang, que no se había ido a dormir, se acercó desde la puerta.
—Señora, la señorita Jiang le dejó esto antes de irse. Me pidió que le dijera… —Hizo memoria, con cuidado de no cambiar nada—. Que como usted siempre duerme mal, le puso un saquito debajo de la almohada. Que lo cambie cuando se le acabe el olor. Que su abuela decía que esas hierbas ayudan a dormir.
Me quedé inmóvil.
Le puso un saquito debajo de la almohada.
Fui a mi habitación casi corriendo, algo que no hacía desde que era joven. Levanté la almohada. Ahí estaba: otro saquito igual, pequeño, cosido con puntadas torpes y apretadas. Las hierbas ya habían perfumado la funda sin que yo me diera cuenta. Por eso había entrado. Por la ventana mal cerrada, sí, y por esto. Para dejarme algo que me ayudara a dormir.
Y yo la había echado de la casa por ladrona.
Me senté en el borde de la cama con el saquito entre los dedos. Pensé en la pulsera. Pensé en la nana Song, que había ido directamente a la almohada de Zhiyu, sin buscar en ningún otro lugar, como quien sabe exactamente dónde mirar.
Alguien había entrado en mi habitación anoche para dejar algo. Y alguien más había entrado para llevarse otra cosa.
—Mayordomo Wang —llamé.
Él apareció enseguida.
—Revisa todo otra vez. Con cuidado. Y a todas las criadas y sirvientes del patio de la señorita, interrógalos por separado. Uno por uno. Que nadie hable con nadie antes.
—Sí, señora.
—Ahora mismo.
—Ahora mismo, señora.
No dormí. Me quedé sentada con la lámpara encendida, con el saquito de Zhiyu en el regazo, oyendo los pasos de los criados ir y venir por los patios.
Repasé la mañana como se repasa un libro mal llevado, línea por línea. La nana Song entrando en el cuarto de huéspedes. La nana Song yendo directo a la almohada. La nana Song tendiéndome la pulsera con esa lentitud, como si quisiera que todos la vieran bien. El sirviente de la guardia, que había dicho entró y salió después de un buen rato, y que nunca dijo si había visto salir a alguien más. Y Zhiyu, de pie en la puerta, diciendo yo no la tomé como quien se agarra a una rama.
Yo había tenido todas esas piezas delante. Las había tenido en la mano. Y no las había querido juntar, porque juntarlas me llevaba a un lugar donde no quería ir.
Afuera cantó un gallo, demasiado temprano, y se calló.
Antes del amanecer, el mayordomo Wang volvió. Traía el rostro grave.
—Señora, una criada pequeña acaba de dar una declaración que no coincide con lo que dijo la nana Song.
—Dímela.
—Dice que anoche, después de que la señorita Jiang salió de su habitación, ella vio a la señorita Roujia entrar en su cuarto. Que estuvo dentro un momento, salió, y fue deprisa hacia el cuarto de huéspedes, donde dormía la señorita Jiang.
No dije nada durante un rato. El mayordomo Wang esperó.
Yo había hecho cuentas toda mi vida. Sabía cuándo una cifra cerraba y cuándo no. Y esta cerraba de una manera tan limpia, tan fría, que me dio náuseas.
—Prepara el carruaje —dije.
—¿Ahora, señora? Es mitad de la noche.
—Ahora.
—Sí, señora.
Pero antes de salir, crucé el patio hacia el ala de Roujia.
La encontré despierta. Quizás no había dormido tampoco. Estaba sentada frente al espejo, con el cabello suelto, quitándose las horquillas una por una.
Me vio en el reflejo y no se giró.
—Ya lo comprobé —le dije desde la puerta—. Y quiero saber por qué le tendiste una trampa.
Silencio. Una horquilla de oro cayó sobre la mesa con un tintineo breve.
Luego Roujia se dio vuelta. Y lo que vi en su cara no fue miedo. Fue algo mucho peor: fue alivio. El alivio de quien ya no tiene que fingir.
—Recuperar la pulsera de mi abuela no es robar —dijo—. Todo lo de la familia Cui va a ser mío algún día.
—Así que la metiste debajo de la almohada de Zhiyu.
No contestó.
—Y te quedaste mirando cómo yo la acusaba —seguí—. Cómo la echaba de esta casa.
—¿Y quién la dejó quedarse en la mansión Cui? —Roujia se puso de pie—. ¿Quién? Yo no la traje. Tú la trajiste. Tú la sentaste a tu lado. Tú la miraste como nunca me miraste a mí.
—Roujia.
—¿Y qué esperabas? —Soltó una risa corta, sin alegría—. Es una tartamuda. No puede explicar ni una frase como la gente. Si no supo defenderse, si se quedó ahí parada balbuceando como una tonta, ¿de quién es la culpa? Dímelo, madre. ¿De quién?