La hija que volvióCap. 8/228 min de lectura

Capítulo 8: El saquito perfumado

La pulsera brillaba en la palma de la nana Song como una gota de agua verde.

Ella extendió la mano hacia mí con una lentitud que entonces no supe leer, para que todos la vieran bien: las criadas, el sirviente de la guardia, el mayordomo Wang. Yo la tomé. Estaba tibia, como si alguien la hubiera tenido mucho tiempo entre los dedos.

Detrás de mí, en el umbral del cuarto de huéspedes, estaba Zhiyu. Descalza todavía, con el cabello a medio recoger. No se había movido. Solo había palidecido de una manera que yo no había visto nunca en nadie: como si la sangre se le hubiera ido hacia dentro para esconderse.

—No fui yo, señora —dijo—. De verdad que no fui yo.

Le temblaban los labios. Las palabras le salían despacio, trabadas, una detrás de otra como piedras que alguien arrastra.

Yo dejé la pulsera sobre la mesa. La miré a ella. Y me oí hablar con la voz que usaba en las tiendas, cuando un encargado me presentaba unas cuentas torcidas.

—La pulsera estaba debajo de su almohada. El sirviente que hizo la guardia y la nana Song la vieron a usted entrar en mi habitación. ¿Quién más podría haber sido?

Todavía hoy me pregunto por qué elegí esas palabras. Por qué no le pregunté primero si había dormido, si tenía frío, si sabía algo. Me pregunto por qué, ante una niña de quince años que temblaba en una puerta, lo primero que hice fue sumar los testigos.

Zhiyu bajó la cabeza.

—Entré porque anoche la temperatura bajó de golpe —dijo—. Vi que su ventana no estaba bien cerrada. Entré solo para…

Se detuvo. Abrió la boca de nuevo, pero no salió nada. Vi cómo se le apretaban los dedos sobre la tela gastada de la falda.

—¿Para qué? —pregunté.

—Yo no la tomé.

Eso fue todo lo que pudo decir. No la defensa larga y ordenada que habría hecho cualquier otra persona. No lágrimas, no ruegos. Una frase corta, repetida, como quien se agarra a la única rama que tiene a mano.

Y yo, que había pasado media vida escuchando a gente que hablaba muy bien para mentirme, no supe qué hacer con alguien que hablaba tan mal para decirme la verdad.


Un criado llegó corriendo por el corredor y se inclinó ante mí.

—Señora, la segunda señora mandó a alguien a avisar. Dice que el certamen de poesía está por empezar.

El certamen. Lo había olvidado. Roujia llevaba días hablando de ese certamen en casa de unas familias amigas; me había hecho prometer que iría. Me lo había hecho prometer tres veces, con esa manera suya de pedir las cosas, que era más bien una manera de reclamarlas.

Miré la pulsera sobre la mesa. Miré a Zhiyu en la puerta.

—Dile a la segunda señora que tengo un asunto pendiente —respondí—. Que no podré ir. Que acompañe ella a Roujia.

—Sí, señora.

El criado se fue. Yo me quedé sentada, con las manos frías.

No sabía qué creer. Esa es la verdad, y no quiero adornarla. Una parte de mí recordaba a esa niña cocinándome caldo para el estómago, envolviéndome las rodillas en paños tibios porque había notado, sin que nadie se lo dijera, que me dolían cuando llovía. Otra parte de mí, la que había construido el negocio de la sal de la familia Cui con números y desconfianza, me decía que las personas pobres aprenden muy pronto a ser atentas, y que la atención también puede ser una herramienta.

Me avergüenza escribirlo. Pero lo pensé.

Y pensé algo más, algo que me guardé incluso de mí misma: que si esa niña era una ladrona, entonces todo lo que yo había sentido al mirarla, ese parecido que me había quitado el sueño, esa sospecha que me había hecho humillar a mi propia hija delante de toda la ciudad, no había sido más que una tontería de mujer cansada. Y una parte cobarde de mí deseó que fuera así. Que la pulsera estuviera debajo de esa almohada porque ella la había puesto ahí. Porque entonces el agua verde del trípode tenía razón, Roujia era mía, y yo podía volver a mis libros de cuentas sin tener que mirar hacia atrás.

Es fácil creer lo que nos deja dormir tranquilas.

—Zhiyu —dije.

Ella levantó los ojos.

—Señora, no fui yo.

—Puede retirarse.

No le dije que se fuera de la casa. No le dije que se quedara. Le dije que se retirara, como se le dice a un empleado cuando una no quiere seguir mirándolo. Y ella, que lo entendía todo, entendió también eso.

—Está bien —murmuró.

Hizo una reverencia pequeña, torpe, y se fue por el corredor. No la seguí con la mirada. Me puse a revisar unos papeles que no leí.


Lo que pasó después me lo contó el mayordomo Wang, mucho más tarde, cuando ya no tenía remedio.

Zhiyu volvió a su cuarto. No se llevó nada de lo que le habíamos dado. Dobló la ropa prestada sobre la cama que nunca usó, porque las sábanas eran tan blancas que le daba miedo ensuciarlas, y se puso su ropa vieja, la que había llegado con ella el primer día, lavada y remendada. Después salió al patio con algo pequeño entre las manos y buscó al mayordomo Wang.

—Por favor —le dijo—, ¿le puede dar esto a la señora?

Era un saquito de tela, cosido a mano, con hierbas dentro. Olía a algo seco y dulce, como un campo después de la siega.

—¿No quiere dárselo usted misma, señorita Jiang?

Ella negó con la cabeza.

—Me voy ya. No me voy a despedir de ella.

—La señora…

—La señora está de mal humor —dijo Zhiyu, y lo dijo sin rencor, como quien constata que está nublado—. Si voy, solo la voy a molestar más. Por favor, entrégueselo de mi parte.

El mayordomo Wang tenía órdenes mías. Yo se las había dado sin pensar, con un gesto de la mano, mientras fingía leer: que el cochero la llevara de vuelta a la aldea. Que no le faltara nada en el camino. Que no hubiera escándalo.

—La señora ha ordenado —le dijo él— que el cochero la lleve de regreso a su aldea.

—Sí —respondió ella—. Gracias.

Subió al carruaje sola. No miró hacia la casa. O tal vez sí miró, y el mayordomo Wang, por piedad conmigo, nunca me lo dijo.


La tarde se me fue en las cuentas. Era lo único que sabía hacer cuando algo me dolía: abrir libros, sumar columnas, buscar el error en las cifras de otros para no tener que buscarlo en mí.

Al caer el sol, una criada que había ido con la comitiva del certamen vino a darme el informe. Se quedó de pie junto a la puerta, con las manos cruzadas, y habló con la cautela de quien sabe que trae noticias que nadie quiere oír.

—La señorita ganó el certamen de poesía hoy, señora.

—Bien.

—La segunda señora estuvo esperándola todo el tiempo. Cada vez que la señorita componía un verso, ella bajaba la mirada para no ponerla nerviosa. Le alcanzaba el pañuelo, la taza de té…

Hizo una pausa.

—Sigue.

—Muchas damas y señoritas del público comentaban. Decían que la segunda señora… —La criada tragó saliva—. Que es más atenta que su propia madre.

Dejé el pincel sobre el tintero.

—¿Algo más?

—Alguien preguntó por qué usted nunca viene, señora. Lo que dijeron después… no me atrevo a repetirlo.

—No hace falta. Puedes irte.

Se fue. Me quedé mirando la llama de la vela.

Más atenta que su propia madre. Lo habían dicho delante de mi hija, en un salón lleno de gente, el día en que ella ganaba algo. Y yo no estaba. Yo estaba aquí, con una pulsera de jade y una niña de aldea, decidiendo quién de las dos me había mentido.

Poco después entró el mayordomo Wang.

—Señora, la señorita Jiang ya fue llevada de regreso.

—¿Dijo algo al irse?

Él dudó. Lo vi dudar, y supe que había algo.

—La señorita Jiang solo dejó unas palabras —dijo—. Dijo que confiaba en usted. Que usted vería las cosas con claridad.

No respondí. No podía.

Él dejó algo sobre la mesa, junto a mis libros, y se retiró sin hacer ruido. No lo miré entonces. Lo dejé ahí, como se deja una carta que una sabe que va a doler.


Roujia llegó ya entrada la noche. La oí antes de verla: la risa en el patio, el roce de las sedas, las criadas detrás de ella cargando las cosas del certamen. Entró en mi sala sin anunciarse, como siempre, con el rostro encendido y los ojos brillantes.

—La casa está tranquila por fin —dijo, y se dejó caer en una silla—. La mendiga se fue.

—¿Cómo sabes que se fue?

—Me lo dijo la nana Song. —Se encogió de hombros, satisfecha—. Te lo dije desde el principio, madre. Esa clase de gente pobre no es honrada. Viene, mira, toma lo que puede…

—Cállate.

No lo grité. Lo dije bajo. Pero Roujia se enderezó en la silla como si la hubiera empujado.

—¿Me estás maldiciendo a mí?

Yo no contesté. Ella se levantó. El brillo de la victoria se le fue apagando en la cara, y en su lugar apareció lo otro, lo de siempre, lo que yo conocía desde que tenía siete años y me miraba desde la puerta de la finca sin correr a abrazarme.

—Me prometiste que vendrías hoy a mi certamen —dijo—. Me lo prometiste.

—Lo sé.

—Siempre dices eso. Lo sé. Eso es todo. —Le temblaba la voz—. Rompiste tu promesa conmigo por una ladrona.

Y luego, con una sonrisa torcida, con una crueldad que me pareció más aprendida que suya:

—Por lo menos hoy le habrás visto la verdadera cara.

La miré largo rato. A mi hija, la que yo había vestido con las mejores sedas de la ciudad, la que había crecido sin mí en una finca lejana, la que había ganado un certamen de poesía con otra mujer bajando la mirada a su lado.

Y entonces pensé en el saquito que estaba sobre mi mesa sin abrir. En una ventana mal cerrada. En la puerta trasera del patio de Roujia, que alguien había mencionado de pasada esa mañana y que yo, en mi prisa por juzgar, no había querido escuchar.

—Anoche —dije despacio—, alrededor de la medianoche, ¿dónde estabas tú?

Roujia parpadeó.

Fue apenas un instante. Un aleteo de pestañas, una mano que se cerró sobre el borde de la manga. Pero yo había visto ese mismo gesto en cientos de encargados, en cientos de proveedores, justo antes de que me dijeran una cifra falsa.

—Durmiendo en mi cuarto —respondió—. Madre, ¿por qué me preguntas eso?

Y antes de que yo pudiera decir nada más, levantó el mentón, con los ojos húmedos y una dureza nueva en la boca:

—Lo único que importa es que la ladrona ya mostró la cara. ¿O ahora vas a buscar a otra?

Fin del capítulo 8
Sigue leyendoCapítulo 9: La puerta que se abrió a medianoche—No busco a nadie —le dije—. Solo te pregunto dónde estabas. Roujia se cruzó de brazos. Llevaba todavía el peinado del certamen, las horquillas de oro que…Leer capítulo 9
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La hija que volvió22 capítulos
  1. 1La niña que cayó frente a la carroza
  2. 2El asiento principal
  3. 3¿Eres de verdad mi hija?
  4. 4El agua azul
  5. 5Lo que se paga con plata
  6. 6Las cuentas que no cuadraban
  7. 7La pulsera bajo la almohada
  8. 8El saquito perfumadoLeyendo
  9. 9La puerta que se abrió a medianoche
  10. 10Una boda a la fuerza
  11. 11La sangre que nadie tenía
  12. 12Los dos peces de jade
  13. 13Un jade no camina solo
  14. 14Quince años de susurros
  15. 15La deuda que nadie se atrevía a tocar
  16. 16El cuchillo que nadie le enseñó
  17. 17El escudo de una niña
  18. 18Las llaves de la casa
  19. 19La confesión de la partera
  20. 20Lo que se hundió con el barco
  21. 21Mamá te lleva a casa
  22. 22La mariposa roja vuelve a la rama
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