La bofetada sonó en el cuarto como una rama que se quiebra.
No recuerdo haber decidido dársela. Recuerdo la mano levantada, el ardor en la palma, y después el silencio. Roujia se había llevado los dedos a la mejilla. Me miraba con los ojos muy abiertos, como si no me reconociera.
Yo tampoco me reconocía.
—Mi madre me volvió a pegar por ella —dijo, despacio, saboreando cada palabra—. Otra vez. Por ella.
—Roujia…
—Qué mala te has vuelto. —Se le quebró la voz, pero no bajó la mirada—. Deja de fingir, Sheng Yunshu. Ahora te sientes mal, ¿verdad? Pues anda. Ve a buscarla. ¿No eres tú la que más la quiere?
Dio un paso hacia mí. Las lágrimas le corrían por la cara, pero sonreía.
—Me gustaría verlo —dijo—. Me gustaría ver si alguien a quien echaron de esta casa como ladrona, delante de todos, va a volver moviendo la cola para llamarte señora.
No contesté. No había nada que contestar. Ella tenía razón en una cosa: yo la había echado como a una ladrona. Lo demás, el odio, la burla, el desprecio por una niña que tartamudeaba, eso no se lo había enseñado yo.
O quizás sí. Quizás se lo había enseñado mi ausencia.
Pasos apresurados en el corredor. Jingxian apareció en el umbral con el rostro descompuesto.
—Vine en cuanto me enteré. ¿Qué pasó?
La miré. Estaba peinada con cuidado, con un manto fino y las mangas bien acomodadas. A esa hora. Con ese apuro.
—Qué bien arreglada vienes —le dije— para llegar tan tarde.
Ella se detuvo un instante. Muy breve.
—¿Qué quieres decir, cuñada?
No le respondí. Me volví hacia el mayordomo Wang, que esperaba detrás de mí.
—¿A qué casa la llevaron? ¿Dónde vive Zhiyu en esa aldea?
El mayordomo Wang tenía la cara gris. Se había enterado de algo en el patio, en el poco tiempo que yo había estado con Roujia; lo supe por la forma en que bajó la vista.
—Señora —dijo—, el cochero que la llevó acaba de volver. Dice que esa muchacha… se casa esta noche.
—¿Que se casa?
—El jefe de la aldea dio una dote. Poca cosa, unas monedas de plata. Esta misma noche hacen la boda. La tienen encerrada en el patio y la están obligando.
Sentí que el suelo se inclinaba bajo mis pies.
Hacía unas horas, esa niña me había dejado un saquito de hierbas para que yo durmiera bien. Y yo la había mandado de vuelta, sola, en un carruaje, a un lugar donde alguien ya la estaba esperando para venderla.
¿Quién sabía que volvía? ¿Quién había avisado tan rápido? Esas preguntas me llegaron después. En ese momento solo pude pensar en una cosa.
—Mayordomo Wang. Nos vamos.
El camino a la aldea fue largo y oscuro. El carruaje saltaba en cada piedra y yo no sentía los golpes. Llevaba las manos cerradas sobre las rodillas, sobre el dolor de siempre en las rodillas, y pensaba en los paños tibios que ella me había puesto ahí sin que yo se lo pidiera.
A mitad de camino le di las órdenes al mayordomo Wang, una detrás de otra, como si estuviera dictando un contrato.
—Manda a alguien al gobierno del condado. Que vaya a caballo, lo más rápido que pueda. Que los alguaciles vengan.
—Ya lo mandé, señora.
—Y otro a la casa del jefe de la aldea, antes que nosotros. Que vigile. Que no se la lleven a otro lugar cuando se enteren de que venimos.
—Sí, señora. Los alguaciles del yamen ya deben de tener la noticia. Llegarán pronto.
Pronto. Yo sabía lo que valía esa palabra en los caminos de campo.
Después ya no hubo más órdenes que dar, y el silencio del carruaje se me hizo insoportable.
Pensé en el primer día. En la calle, en el polvo, en la carroza de Roujia frenando de golpe y en aquella niña flaca tirada en el suelo, que no quiso tomar la plata que le ofrecí. Tuve que haberlo entendido entonces, me dije. Una persona que rechaza la plata cuando tiene hambre no es una persona que roba pulseras.
Pensé en su manera de comer el caldo, despacio, con la cabeza baja, como si temiera que se lo quitaran. En su costumbre de pedir perdón antes de hablar. En las sábanas blancas que nunca tocó.
Y pensé en la abuela. En una mujer vieja, en una aldea pobre, que había recibido de vuelta a la niña que alguna vez encontró, y que en lugar de abrirle la puerta la había vendido. Quise odiarla. No pude del todo. Yo también la había devuelto, esa misma mañana, sin preguntar adónde.
Por la ventanilla, el campo pasaba negro, sin una sola luz. El cochero azuzaba a los caballos y yo le pedía en silencio que fuera más rápido, más rápido, aunque sabía que no se podía.
Nunca había rezado mucho. Esa noche recé.
La aldea olía a humo y a tierra mojada. Había faroles rojos colgados en la entrada de una casa grande, la más grande del lugar, y desde dentro salían voces, risas de hombres, el ruido de algo que caía.
Una mujer mayor, de pie junto a la cerca, nos vio bajar del carruaje. Por el modo en que se apartó, supe que tenía algo que ver.
—¿Saben ustedes que esto va contra la ley? —le dije—. Encerrar a una muchacha y obligarla a casarse.
—¿Qué ley? —respondió alguien desde el patio, un hombre de voz gruesa—. No nos asuste con las leyes de la capital. Su propia abuela tomó la plata y firmó el contrato. Una boda arreglada por los mayores es lo correcto.
—Los mayores —repetí.
No dije más. Seguí caminando hacia el patio.
—Hoy, pase lo que pase —le dije al mayordomo Wang—, me la llevo.
La vi antes de que ella me viera a mí.
Estaba en el fondo del patio, contra una pared de barro, con un vestido rojo mal puesto encima de su ropa vieja. Alguien le había atado el cabello con un listón chillón. Tenía un corte en la frente y la mejilla hinchada. Frente a ella, tres o cuatro hombres con palos. Uno era joven, con la cara colorada de vino; los otros lo rodeaban como perros alrededor de un hueso.
—Suelta eso —le decía uno a Zhiyu—. Esta boda la vas a aceptar hoy.
—Tu abuela tomó nuestra dote —gritó otro—. ¿Adónde crees que vas a correr ahora?
Zhiyu tenía algo en la mano. Un pedazo de madera, un trozo de tabla, lo que hubiera encontrado. Lo sostenía delante de ella con las dos manos, como una espada.
—No… no se acerquen —dijo. Las palabras le costaban, le salían en pedazos—. Un paso más, y voy… voy al gobierno del condado a denunciarlos.
—¡Desagradecida!
El hombre levantó el palo.
—¡Basta!
Mi voz llenó el patio. No sabía que podía gritar así. Los hombres se volvieron. El mayordomo Wang ya estaba a mi lado, y detrás de él los dos criados que habíamos traído.
—¿Y usted quién es? —preguntó uno.
No le contesté. Crucé el patio, pasé entre ellos sin mirarlos, y me detuve frente a Zhiyu.
Ella bajó el trozo de madera. Me miró. Tenía los ojos llenos de algo que no era alegría, sino incredulidad. Como si estuviera viendo un fantasma.
—Señora… —susurró—. ¿Estoy soñando?
—No.
De cerca, la vi temblar. No de frío. Le temblaban las rodillas, los hombros, las manos que todavía sostenían el trozo de tabla aunque ya lo hubiera bajado. Había aguantado de pie frente a esos hombres, sola, quién sabe cuánto tiempo, y solo ahora que alguien había llegado su cuerpo se permitía tener miedo.
Le tomé la cara entre las manos. Estaba fría. La sangre de la frente se le había secado en una línea oscura hasta la ceja.
—Te llevo a casa.
Ella tragó saliva. Y entonces dijo la cosa que no voy a olvidar mientras viva.
—¿Todavía está enojada conmigo?
La habían humillado. La habían vendido. La habían encerrado y golpeado y vestido de rojo para entregarla a un borracho. Y lo primero que pensó, cuando me vio aparecer, fue que yo podía seguir enojada con ella.
Esa niña no sabía pedir nada para sí misma. Ni siquiera justicia. Ni siquiera eso.
Yo había conocido a mucha gente en mi vida. Gente que exigía, gente que negociaba, gente que lloraba para conseguir un mejor precio. Mi propia hija, la que había crecido rodeada de sedas, sabía pedir con una precisión de comerciante: una joya, un asiento, un banquete, una promesa. Y aquí estaba esta otra, con la frente partida y un vestido de novia prestado, preocupada por mi humor.
Algo se me rompió por dentro. No hizo ruido. Pero lo sentí, igual que se siente cuando una viga cede en una casa vieja.
—Perdóname —le dije. Era la primera vez que le hablaba así, de tú, sin distancia, y no lo noté hasta mucho después—. Ya investigué lo de la pulsera de jade. Sé que no fuiste tú. No tengas miedo. Primero vuelve conmigo a casa.
Ella asintió. No lloró. Se agarró de mi manga con dos dedos, apenas, como si temiera ensuciarme.
Detrás de nosotras, alguien empezó a reír.
Era una risa grande, ronca, que venía de la puerta principal de la casa. Me di vuelta. Un hombre de mediana edad, gordo, con una túnica de seda barata y un anillo en cada mano, salía de la sala con una copa todavía en los dedos. Por cómo se apartaron los demás, supe que era el jefe de la aldea.
—¿Y usted quién es? —repitió, mirándome de arriba abajo—. ¿Cómo se atreve a venir a mi casa a robarme gente?
—Soy quien responde por ella —contesté.
—¡Ja! —Bebió—. Su abuela ya me la prometió a mi familia. Yo ya pagué la dote. ¿De qué clase de responsable me habla?
—No tengo que darle explicaciones a usted —dije—. Ustedes secuestraron a una muchacha y armaron un tribunal privado en su patio. Eso va contra la ley. Mis hombres ya dieron aviso al gobierno del condado. Ya deben de venir en camino.
El jefe de la aldea se quedó un momento callado. Luego estalló en carcajadas, y los hombres de los palos se rieron con él.
—¿Aviso a los alguaciles? —Se limpió la boca con el dorso de la mano—. ¿No sabe usted quién manda aquí? ¿Quién tiene la última palabra en esta tierra?
Hizo un gesto con la cabeza. De las casas vecinas, del camino, de detrás de la cerca, empezaron a salir hombres. Diez. Quince. Con palos, con azadas, con antorchas. Los faroles rojos de la boda les pintaban la cara del color de la sangre.
Sentí los dedos de Zhiyu apretarse en mi manga.
El jefe de la aldea dio un paso hacia mí, y la sonrisa se le borró de golpe.
—¿A quién piensa asustar en mi propio terreno? —dijo—. Fuera de aquí.