La hija que volvióCap. 4/228 min de lectura

Capítulo 4: El agua azul

El agua se volvió azul.

No poco a poco. De golpe, como si alguien hubiera soltado un pedazo de cielo dentro del trípode. Un azul limpio, claro, que subió desde el fondo y llenó el bronce hasta el borde. No hubo tinta negra. No hubo olor.

Me quedé mirándolo sin entender.

—¿Cómo es posible? —murmuré.

Nadie me oyó. O todos me oyeron y fingieron que no. El salón entero soltó el aliento a la vez, y el sonido fue como el de una ola que se retira.

Yo seguía con el dedo pinchado en el aire, con una gota de sangre seca en la yema. Miré a la partera Zhang. Ella tenía los ojos fijos en el agua y no levantó la cabeza. Me pareció que le temblaban las manos, pero era vieja, y a los viejos les tiemblan las manos. Eso pensé.

Todo lo que había visto aquella mañana, la cara de Zhiyu, la marca que yo recordaba, el parecido de Roujia con Jingxian, se me deshizo dentro como un castillo de arena bajo la marea. Me había equivocado. Delante de todos. Delante de los Cui, de las señoras, de los criados. Había acusado a mi propia hija de no ser mía en el día más importante de su vida.


Lo que voy a contar ahora no lo vi. Lo supe mucho tiempo después, cuando ya era tarde para casi todo.

Mientras yo miraba el trípode, Jingxian retrocedió hasta quedar detrás de una columna, lejos de la luz de las velas. Allí la esperaba una de sus criadas de confianza. Jingxian le habló al oído, muy rápido.

—Algo sospecha. La vieja no puede decir la verdad. Toma esta bolsa de oro, llévate a dos criados de manos rápidas y espérala al final de la ciudad. Que no abra la boca.

La criada se escabulló por la puerta lateral. Nadie se fijó en ella. Todos estaban mirándome a mí.

Si yo hubiera vuelto la cabeza en ese momento. Si hubiera mirado a mi cuñada en lugar de al agua. Cuántas veces me lo he preguntado.

Pero no la miré. Miré a la partera Zhang, que ya estaba envolviendo el trípode vacío con su tela oscura, sin prisa, como quien termina un trabajo cualquiera. Me acerqué a ella.

—¿Está segura? —le pregunté en voz baja.

Ella siguió doblando la tela.

—El agua no miente, señora.

No me miró al decirlo. Entonces no le di importancia. Le hice una seña al mayordomo Wang para que le pagara lo convenido, y la anciana se guardó la bolsa sin contarla, hizo una reverencia breve y salió por donde había entrado, arrastrando los pies, con el bulto apretado contra el pecho. Nadie la acompañó hasta la puerta. Nadie quería estar cerca de ella.

Yo la vi irse y sentí que se llevaba algo mío, aunque no habría sabido decir qué.


—¡Ja!

La risa de Roujia rompió el silencio. Era una risa aguda, temblorosa, que tenía tanto de triunfo como de llanto.

—¿Lo ves ahora? ¿Ya viste bien quién es tu hija de sangre?

Se volvió hacia los invitados, con los brazos abiertos, como pidiendo que fueran testigos.

—¡Por una mendiga recogida en el camino me sacó sangre en mi propio banquete! ¡Delante de toda esta gente! —Se volvió hacia mí otra vez, y ya no reía—. Sheng Yunshu, ¿estás contenta? ¿Tanto me odias que tenías que arruinarme justo hoy?

—Roujia…

—¡No me llames! —Le corrían las lágrimas, y no se las limpiaba—. Cuando estabas ocupada manejando la mansión Cui y los negocios de afuera, lo acepté. Cuando me dejaste en la finca a arreglármelas sola, lo acepté. Pero ahora… ahora que por fin tienes tiempo, que la mansión está en orden y los negocios crecen, ¿lo primero que haces es correr a ser madre de otra?

Cada frase era cierta. Eso era lo peor. No había una sola palabra que yo pudiera rebatir.

La miré, con su vestido rojo, con las horquillas torcidas y el maquillaje corrido, y por primera vez en todo el día la vi como lo que era: una muchacha de quince años en su ceremonia de mayoría de edad, humillada en público por su propia madre.

Me sentí como una gallina sin cabeza, corriendo de un lado a otro sin saber adónde. Había pasado años ocupada en la sal, en los almacenes, en los barcos, en los inspectores. Había dejado a mi hija sola en una finca cuando era pequeña porque la ciudad era ruidosa, porque yo viajaba, porque allí estaría mejor cuidada. Me decía que lo hacía por ella. Y ahora, cuando por fin tenía tiempo para ser su madre, lo único que había hecho era dudar de que fuera mía.

¿Qué clase de madre hace eso?

Recordé una tarde, años atrás, en que fui a la finca sin avisar. Roujia tendría cinco o seis años. La encontré en el patio, jugando con una muñeca de trapo, y cuando me vio llegar se escondió detrás de las faldas de Jingxian, que había ido a visitarla. No me reconoció. O me reconoció y no quiso venir. Jingxian se rió, la empujó suavemente hacia mí y le dijo: "Saluda a tu madre". Y la niña me saludó como se saluda a una visita.

Yo me volví a la ciudad esa misma noche. Tenía una reunión con los comerciantes del puerto.

Esa pregunta no me dejó en paz durante mucho tiempo. A veces todavía vuelve, de noche, aunque ahora sepa cosas que entonces no sabía.


A mi alrededor los invitados ya habían encontrado su veredicto.

—Una está herida y la otra es tan considerada… —decía una señora, mirando de reojo hacia la entrada, donde estaba Zhiyu—. Cualquiera puede ver la diferencia.

—Mírenla a la mendiga. No sabe ni dónde ponerse.

—Qué desvergüenza. Y todavía tiene cara para quedarse aquí.

Me volví. Zhiyu estaba pegada a la columna, pálida, con el vestido azul prestado arrugado entre los dedos. Nadie le había dicho nada directamente, pero ella lo había oído todo. Cuando me vio mirarla, intentó sonreír.

—Zhiyu…

—Señora, no se preocupe. Yo… yo no… estoy bien.

Se le enredaban las palabras más que nunca. Hizo una reverencia torpe y se dio la vuelta para salir.

En ese momento sentí algo que no he sabido explicar nunca. Una especie de ahogo, como si alguien me hubiera puesto una mano sobre el pecho y empujara. Era vergüenza, sí. Pero había algo debajo de la vergüenza, algo que no tenía nombre todavía y que se negaba a irse aunque el agua del trípode hubiera dicho lo que dijo.

—Mayordomo Wang —dije, sin alzar la voz.

Él entendió. Siempre entendía.


Wang la alcanzó en el patio. Me lo contó él mismo esa noche, con su manera seca de contar las cosas. Yo lo seguí hasta el umbral y escuché desde allí.

—Señorita Jiang, señorita Jiang. Por favor, quédese.

Zhiyu se detuvo junto al estanque de los peces.

—Mayordomo Wang…

—La señora me encargó que usted se quede hasta que esté recuperada.

—No hace falta. Estoy bien. Puedo volver sola.

—Todavía no se ha recuperado. Por favor, quédese.

—De verdad que no… —Ella negó con la cabeza, mirando el suelo—. La señora ya me ayudó mucho. No puedo causarle más problemas.

—No es ningún problema —insistió Wang, con paciencia—. Usted se lastimó por culpa de la familia Cui. Si se va así y la herida empeora, se va a hablar mal de la familia Cui en toda la ciudad.

Zhiyu levantó la cabeza, de pronto preocupada.

—¿Eso… eso perjudicaría a la señora?

—Sí.

Ella se quedó pensando. Vi cómo se le movían los labios, como si contara algo.

—La señora fue muy buena conmigo. No puedo dejar que hablen de ella por mi culpa. —Respiró hondo—. Entonces me quedo. Y me voy en cuanto me cure.

—Bien.

—Pero no… no voy a molestar más de lo necesario.

—Señorita, si la señora lo dijo, no es ninguna molestia. Venga conmigo, por favor.

La vi seguirlo por el corredor, con pasos cortos, cuidando de no pisar el borde de las alfombras. No pensó ni un momento en lo que la familia Cui le debía a ella. Solo pensó en lo que podía perder yo.

Eso, entonces, no lo supe ver. Estaba demasiado ocupada contando lo que yo había perdido ese día como para fijarme en lo que ella me estaba dando.


Cuando volví al salón, la ceremonia se había deshecho. Los músicos guardaban sus instrumentos. Algunos invitados ya se habían ido sin despedirse; otros se quedaban en grupos, cuchicheando. El trípode seguía sobre la mesa, con su agua azul, como una prueba en un juicio.

Roujia estaba sentada en el asiento principal. En el mío. Jingxian le sostenía la mano.

Desde lejos parecían madre e hija. La mujer mayor inclinada hacia la joven, murmurándole algo al oído; la joven apoyando la cabeza en su hombro, cansada de llorar. Me detuve en medio del salón, a unos pasos de ellas, y no supe qué hacer con las manos. Era mi casa. Era mi asiento. Era mi hija. Y yo era la que sobraba.

Cuando me acerqué, mi hija se puso de pie. Se había limpiado las lágrimas y tenía la cara tensa, con los ojos hinchados y la boca apretada.

—Madre —dijo, con una calma que me heló—. Lo de hoy… te lo puedo perdonar.

—¿Tú me perdonas a mí?

—Me sacaron sangre en público sin ningún motivo. ¿Ni siquiera puedo decir que me ofendiste?

No contesté.

—Pero quiero que saques de aquí a Jiang Zhiyu. Esta misma noche. No quiero volver a verla.

—No.

Lo dije antes de pensarlo. Roujia parpadeó.

—Todos vieron hoy el resultado de la prueba —dijo, con la voz subiendo—, ¿y todavía la proteges?

—Tu carroza la atropelló. Tú le pegaste en plena calle. Y ahora quieres echar a una persona herida en mitad de la noche. —La miré—. Mañana toda la ciudad va a hablar de la familia Cui hasta cansarse.

Algo se quebró en la cara de Roujia. Por un momento pensé que iba a llorar otra vez. Pero no lloró. Dio un paso hacia mí y alzó la voz para que la oyeran todos los que seguían en el salón: los parientes, las señoras rezagadas, los criados en las puertas.

—¿Otra vez la familia Cui? ¿Otra vez la reputación? —Se le escapó una risa rota—. ¿La reputación de los Cui? Sheng Yunshu, la reputación de los Cui la acabas de tirar tú al suelo hoy, delante de toda la ciudad, por una mendiga. ¡Tú! Y ahora vienes a darme lecciones a mí.

Nadie habló. Ni Jingxian, ni los parientes, ni los criados. Sentí todas las miradas sobre mí, y en ninguna había compasión.

Mi propia hija acababa de juzgarme delante de todos. Y lo peor era que, en ese momento, yo misma no sabía si estaba equivocada.

Fin del capítulo 4
Sigue leyendoCapítulo 5: Lo que se paga con plata—¿Y yo qué? Roujia lo dijo casi en un susurro, después de haber gritado. Y fue ese susurro el que me dolió. —Ustedes solo se acuerdan de la familia Cui y…Leer capítulo 5
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La hija que volvió22 capítulos
  1. 1La niña que cayó frente a la carroza
  2. 2El asiento principal
  3. 3¿Eres de verdad mi hija?
  4. 4El agua azulLeyendo
  5. 5Lo que se paga con plata
  6. 6Las cuentas que no cuadraban
  7. 7La pulsera bajo la almohada
  8. 8El saquito perfumado
  9. 9La puerta que se abrió a medianoche
  10. 10Una boda a la fuerza
  11. 11La sangre que nadie tenía
  12. 12Los dos peces de jade
  13. 13Un jade no camina solo
  14. 14Quince años de susurros
  15. 15La deuda que nadie se atrevía a tocar
  16. 16El cuchillo que nadie le enseñó
  17. 17El escudo de una niña
  18. 18Las llaves de la casa
  19. 19La confesión de la partera
  20. 20Lo que se hundió con el barco
  21. 21Mamá te lleva a casa
  22. 22La mariposa roja vuelve a la rama
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