La hija que volvióCap. 5/228 min de lectura

Capítulo 5: Lo que se paga con plata

—¿Y yo qué?

Roujia lo dijo casi en un susurro, después de haber gritado. Y fue ese susurro el que me dolió.

—Ustedes solo se acuerdan de la familia Cui y de la reputación cuando pasa algo. ¿Y yo? Al final siempre soy yo la que tiene que limpiar lo que tú ensucias.

Los últimos invitados se habían ido. En el salón quedábamos nosotras, Jingxian, un par de parientes que no se decidían a marcharse y los criados que recogían las mesas en silencio, fingiendo no oír. Las velas del altar se habían consumido hasta la mitad. Afuera ya era de noche.

—Cuando tenía siete años —siguió Roujia, mirándome fijo— me dio una fiebre altísima en la finca. ¿Dónde estabas tú? Cuando el maestro me castigó a quedarme de pie en la nieve hasta que se me llenaron las manos de llagas, ¿dónde estabas? Cuando yo quería que vinieras a buscarme para llevarme a casa, ¿dónde estabas?

Se miró las manos, como si todavía tuviera las llagas.

—Hoy cumplo quince años. Hoy, por fin. Gastaste una fortuna para compensarme. Y antes de que terminara la ceremonia, me abofeteaste en público por una desconocida. —Se le quebró la voz—. Madre… ¿es que no me quieres para nada?

Yo sabía lo de la fiebre. Me lo habían contado en una carta. Había mandado al mejor médico de la ciudad y una caja de medicinas, y cuando me escribieron que la niña ya estaba bien, respiré tranquila y volví al trabajo. Lo de la nieve no lo sabía. Nadie me lo contó. O quizá me lo contaron y yo no lo leí con atención.

Quise acercarme a ella. Quise tocarle las manos. No lo hice.

—Roujia —le dije—, reconozco que te debo compañía. Te debo muchos años. Pero lo que te debo no es para que hagas lo que quieras delante de la gente, ni para que maltrates a otros.

Ella me miró con una expresión que no le había visto nunca. No era rabia. Era algo más frío.

—Bueno, bueno. —Jingxian se interpuso entre las dos, con las manos levantadas—. ¿Por qué discuten otra vez? Ya es de noche y a Roujia se le fue la voz de tanto llorar. Cuñada, mejor no digas más.

Y luego, con tono conciliador:

—En cuanto a que la muchacha se quede… Que se quede hasta que se recupere. Y si después quiere, puede quedarse a ayudar en la mansión. Yo le buscaré un lugar más adelante.

Me pareció razonable. Hasta le agradecí, en silencio, que lo dijera ella. Así parecía que no era una imposición mía.

—Se ve que a madre le gusta mucho —dijo Roujia, con una sonrisa torcida.

—Por lo menos ella no le pega a la gente en la calle como una fiera.

Lo dije sin pensar. Me arrepentí al instante. Vi cómo la frase le entraba a Roujia como un clavo.

—Muy bien —dijo, y se le endureció la cara—. ¿Y mi ceremonia? ¿Qué pasa con mi regalo?

Ahí estaba. Después de todo, después de las lágrimas y de la nieve y de la fiebre, la pregunta era esa. Y yo, que tenía en el pecho una herida abierta, hice lo que siempre hacía: saqué la cuenta.

—Te daré la plata que había preparado —dije—. Y la parte de las licencias de la sal de la familia Cui, como dejó escrito tu padre en su testamento. Mañana el mayordomo Wang te acompañará al yamen para hacer el traspaso.

Jingxian abrió mucho los ojos.

—Cuñada, no te enojes. Roujia todavía es una niña. No hace falta que la consientas así. No deberías cargarla con una responsabilidad tan pesada.

—¡Tía! —Roujia se le colgó del brazo—. Tú eres la que más me quiere.

Lo dijo mirándome a mí.


Al día siguiente, el mayordomo Wang vino a rendirme cuentas a mi estudio. Yo no había dormido. Tenía delante los libros del almacén del puerto abiertos en la misma página desde hacía una hora.

—Señora, la escritura de la casa del sur de la ciudad ya está a nombre de la señorita Roujia. Y la plata quedó depositada en su cuenta. El traspaso de las licencias se hizo en el yamen esta mañana.

—¿Y ella?

—Recibió todo. —Wang hizo una pausa—. Y ya no hizo más escándalo.

Asentí.

—Bien.

Wang se quedó un momento de pie, como si quisiera decir algo más. Luego se inclinó y salió.

Yo me quedé sola. Pensé: ya está. Le di lo que pedía. Se calmó. Así se arreglan las cosas.

Hoy sé que no se arregló nada. Que Roujia tomó lo que le di como quien recoge monedas del suelo después de una pelea, sin dejar de odiar a quien las tiró. Pero entonces me pareció que era lo único que podía hacer. Era lo único que sabía hacer.

Cerré el libro del almacén. En la pared del estudio colgaba un retrato de Qingyan que había pintado un maestro de la capital el año de nuestra boda. Él sonreía con los ojos, como siempre. Le gustaba tallar madera en las tardes libres, figuritas pequeñas que regalaba a los niños de los criados. Una vez le pregunté por qué perdía el tiempo en eso, con tanto trabajo pendiente. Me contestó que hay cosas que no se pueden comprar, solo hacer con las manos.

Yo me había reído. Le había dicho que todo se podía comprar si uno sabía el precio. Él no discutió. Solo siguió tallando, con esa paciencia suya que a mí me exasperaba y que ahora echo de menos todos los días.

Me quedé un rato mirando el retrato. Me habría gustado preguntarle qué haría él con Roujia. Me habría gustado, sobre todo, que me dijera que no me había equivocado tanto.


Esa tarde fui a ver a Zhiyu.

Le habían dado una habitación en el ala de los huéspedes, junto al jardín de los ciruelos. No era grande, pero era luminosa, con una ventana que daba a un estanque pequeño y una cama de madera tallada con cortinas de gasa.

Cuando entré, ella se puso de pie de un salto. Estaba en el suelo, junto a la pared, sentada sobre una manta doblada.

—Señora.

—Siéntese, siéntese.

Pero no se sentó. Se quedó parada con las manos juntas, mirando la habitación como si fuera a romperla con la mirada.

—Señora, me dio un cuarto tan bonito… —dijo despacio—. ¿Tengo que trabajar mucho para pagarlo?

Me quedé sin palabras un momento.

—Primero cúrese la herida.

—Ah… sí.

Miré la cama. Estaba intacta. Las sábanas blancas, perfectamente estiradas, sin una sola arruga. La manta doblada en el suelo, en cambio, tenía la forma de un cuerpo pequeño.

—¿Por qué no duerme en la cama?

Ella miró la cama y luego me miró a mí, avergonzada.

—Es que… es muy blanca.

—¿Y qué tiene de malo que sea blanca?

—Si se ensucia… es difícil de lavar.

Lo dijo con toda seriedad. No era timidez ni modestia fingida. Era la lógica de alguien que había lavado mucha ropa ajena con las manos agrietadas en agua fría, que sabía exactamente cuánto cuesta sacar una mancha de una tela blanca.

Me volví hacia la criada que me acompañaba.

—Cambien la ropa de cama por colores oscuros.

—No hace falta, señora —se apuró Zhiyu—. A mí con un poco de paja en el suelo me basta.

—La familia Cui no está tan escasa de mantas —le dije—. Y no necesitamos que nos cuide la cama. La cama es para usted.

Ella bajó la cabeza.

—Sí, señora.

Pensé en Roujia, que a los siete años había rechazado unos pastelillos por feos. Pensé en esta niña, que a la misma edad seguramente habría dado cualquier cosa por esos pastelillos. Y no supe con cuál de las dos estaba más en deuda.


Cuando estaba por irme, Zhiyu me detuvo.

—Señora, espere.

Fue hasta una mesita junto a la ventana y volvió con un cuenco tapado entre las manos. Lo sostenía con cuidado, como algo valioso.

—Señora, usted tiene el estómago delicado. Esto es una sopa de arroz para cuidar el estómago. Mi abuela me enseñó a hacerla. —Levantó la tapa. Olía a jengibre suave y a mijo—. Le pedí permiso a la cocinera para usar el fogón.

Me quedé mirando el cuenco. Luego la miré a ella.

—¿Cómo sabe que tengo mal el estómago?

—Ayer en el banquete… —Se tocó la frente, buscando las palabras—. Ayer usted no probó los platos picantes. Dos veces se los acercaron y dos veces los dejó pasar. Y en la noche el mayordomo Wang le llevó una sopa caliente para el estómago. Lo vi en el pasillo.

Nadie en esa casa se había dado cuenta nunca de que yo evitaba lo picante. Ni Roujia, ni mis parientes, ni las cocineras nuevas. Solo Wang, que llevaba veinte años a mi lado. Y ahora esta niña, en un solo día, en el peor día, en medio de los gritos y del trípode y de la humillación, había mirado mis manos en lugar de mirar el escándalo.

—Bien —dije, y la voz no me salió como yo quería.

Tomé el cuenco. Estaba tibio. Ella había esperado a que se enfriara lo justo.

—Y también… —añadió, más bajo, como si se le hubiera escapado—. Cuando llueve se le enfrían las rodillas, ¿verdad? Ayer, cuando se puso de pie, se apoyó en la mesa. Si les pone compresas calientes, el dolor se alivia. Mi abuela también tenía eso.

No le contesté. No podía. Me llevé el cuenco a los labios para tener algo que hacer con la cara.

La sopa estaba buena. Simple, sin nada especial. La tomé despacio, sentada en el borde de aquella cama demasiado blanca, mientras ella me miraba de pie con las manos juntas, esperando mi veredicto como quien espera una sentencia.

—Está muy buena —le dije al fin.

Y ella sonrió. Fue la primera vez que la vi sonreír de verdad, con toda la cara.


Lo que pasó después no lo vi. Me lo contó, mucho más tarde, una criada joven que esa tarde estaba barriendo el corredor del jardín de los ciruelos.

Roujia había pasado por allí. Se detuvo junto a la ventana del cuarto de Zhiyu y vio, a través del papel de la celosía, mi silueta sentada en la cama, con un cuenco entre las manos, y la de la niña de pie frente a mí. Se quedó mirando un buen rato.

Luego se dio la vuelta. La criada la oyó murmurar, entre dientes, con una voz que no parecía la suya:

—No es más que un perro recogido en el camino. Y ya se cree de la familia Cui. Espera y verás.

Apretó los puños. La criada bajó la escoba y no se atrevió a levantar los ojos.

—En tres días te saco a patadas de la familia Cui.

Fin del capítulo 5
Sigue leyendoCapítulo 6: Las cuentas que no cuadrabanA la mañana siguiente, Zhiyu ya estaba de pie antes que los criados. La encontré en el corredor que lleva a mi estudio, con una bandeja entre las manos y…Leer capítulo 6
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La hija que volvió22 capítulos
  1. 1La niña que cayó frente a la carroza
  2. 2El asiento principal
  3. 3¿Eres de verdad mi hija?
  4. 4El agua azul
  5. 5Lo que se paga con plataLeyendo
  6. 6Las cuentas que no cuadraban
  7. 7La pulsera bajo la almohada
  8. 8El saquito perfumado
  9. 9La puerta que se abrió a medianoche
  10. 10Una boda a la fuerza
  11. 11La sangre que nadie tenía
  12. 12Los dos peces de jade
  13. 13Un jade no camina solo
  14. 14Quince años de susurros
  15. 15La deuda que nadie se atrevía a tocar
  16. 16El cuchillo que nadie le enseñó
  17. 17El escudo de una niña
  18. 18Las llaves de la casa
  19. 19La confesión de la partera
  20. 20Lo que se hundió con el barco
  21. 21Mamá te lleva a casa
  22. 22La mariposa roja vuelve a la rama
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