Zhiyu desenvolvió el trapo con cuidado, sobre la mesa de piedra del patio.
Adentro había un trozo de tela viejo, amarillento, con los bordes deshilachados. Estaba tan gastado que en algunos lugares casi se transparentaba. Pero en el centro, bordado con hilos de seda que todavía brillaban bajo la última luz de la tarde, había un dibujo: ramas de ciruelo sobre un fondo de agua, y una luna que parecía moverse cuando uno inclinaba la cabeza.
—Encontré un patrón muy antiguo, madre —dijo, con la voz temblorosa de emoción—. Uno que se había perdido hace mucho tiempo. Una anciana lo tenía guardado en su casa, al fondo del callejón. Me dejó copiarlo.
—¿Qué patrón es?
—El bordado de luz de luna.
Me quedé sin aire.
—Ah…
Extendí la mano y toqué la tela con la punta de los dedos. Era suave como la piel de un recién nacido.
—El bordado de luz de luna —repetí.
Zhiyu me miró, sin entender por qué me había puesto así.
—Era el bordado que Qingyan quería recuperar —le expliqué en voz baja—. Lo buscó durante años. Hablaba de él como de un tesoro. Decía que, si lograba que el taller volviera a hacerlo, la seda de la familia Cui sería la más hermosa de todo el país. Pero no alcanzó a terminarlo antes de morir.
Zhiyu bajó la vista hacia la tela. Se quedó muy quieta.
—No lo sabía —murmuró.
—Lo sé. Nadie te lo dijo.
Pasé el pulgar por la luna bordada. Pensé en Qingyan inclinado sobre los libros viejos del taller, buscando un dibujo que ya nadie recordaba. Pensé en su voz cuando me hablaba de ello, tan llena de ilusión como la de un niño.
Y ahora su hija, sin saber nada, había entrado caminando en un callejón demasiado estrecho para un carruaje, y había salido con lo que él nunca encontró.
Esta niña de verdad tiene un destino, pensé. Un hilo que la ata a su padre, aunque nunca lo conoció.
—Hiciste un buen trabajo —le dije, y tuve que aclararme la garganta—. Con las cuentas y con esto.
Ella sonrió. Una sonrisa pequeña, de las que todavía intentaba esconder.
No todos pensaban lo mismo.
Unos días después, en una reunión con los comerciantes de seda de la ciudad, un hombre ya mayor, de barba rala y anillos en cada dedo, levantó la voz cuando Zhiyu terminó de explicar los nuevos números del taller.
—Hizo un buen trabajo con las cuentas, no lo niego —dijo, mirando a los demás con una media sonrisa—. Pero al final, la señorita solo está usando el nombre de la casa Cui. Eso no es habilidad de verdad. Cualquiera parece listo cuando tiene detrás una fortuna así.
Algunos se rieron.
Yo apreté la taza entre los dedos. Iba a responderle. Iba a decirle exactamente lo que pensaba de él y de sus anillos.
Pero Zhiyu no dijo nada. Inclinó la cabeza con cortesía, le agradeció el consejo y siguió con la reunión como si nada hubiera pasado.
Esa noche, cuando volvíamos en el carruaje, la miré de reojo.
—Ese viejo habló con mucha grosería —le dije—. Y tú ni siquiera te enojaste.
—Claro que me enojé, madre.
La miré sorprendida. Ella miraba por la ventanilla, con la cara tranquila.
—Me enojé mucho —siguió—. Pero discutir con él no sirve de nada. Es mejor guardar esa rabia, multiplicarla por dos y devolvérsela en la cara con resultados. Cuando el bordado de luz de luna salga del taller, él va a tener que comprarlo. Y va a pagar lo que yo diga.
No pude evitarlo. Me reí. Me reí como no me reía desde hacía años.
Zhiyu me miró, confundida.
—¿Dije algo malo?
—No. —Negué con la cabeza, todavía sonriendo—. Es que ese temple no lo sacaste de tu padre. Qingyan habría perdonado a ese hombre y le habría regalado una talla. —Le toqué la mejilla—. Eso lo sacaste de mí.
Ella se puso roja hasta las orejas. Pero no apartó la cara.
Fui a la prisión del condado una sola vez.
Roujia me había mandado recado tres veces. Las dos primeras no respondí. La tercera, fui. No sé si por ella o por mí.
La celda era estrecha y fría. Olía a paja húmeda. Roujia estaba sentada en un rincón, con un vestido gris de presa, sin una sola joya. Cuando me vio, se arrastró hasta los barrotes.
—Madre.
Su voz estaba ronca de tanto llorar.
—Madre, si usted está dispuesta a dar una garantía… si me perdona esta vez, solo esta vez, le juro que voy a cambiar. Le juro que voy a ser otra persona. Por favor, sálveme.
Yo no dije nada.
—Voy a respetarla a ella como a mi propia hermana —siguió Roujia, aferrada a los barrotes—, por el resto de mi vida. Voy a servirle a usted como una sirvienta, como un animal de carga, lo que usted quiera. Pero por favor, sálveme. Por favor.
—Ya no tienes esa oportunidad —le dije.
Ella se quedó helada.
—Madre, usted me crió quince años. —Se le quebró la voz—. Hasta un perro tiene sentimientos después de tanto tiempo. No puede ser tan cruel conmigo.
—Precisamente porque te crié quince años —le respondí—, sé mejor que nadie si de verdad te arrepientes o no.
—¡Me arrepiento! ¡De verdad me arrepiento, madre!
La miré a los ojos. Esos ojos que yo había visto abrirse cada mañana durante quince años, que había visto llorar, rabiar, pedir.
—No te arrepientes de haberle hecho daño a Zhiyu —dije despacio—. De lo que te arrepientes es de haber perdido el título de hija de la familia Cui. El dinero que nunca se acababa. Los días en que todos se inclinaban a tu paso.
—No… no es así…
—Entonces dime —la interrumpí—. ¿Qué es lo peor que le hiciste a Zhiyu en toda tu vida?
Roujia abrió la boca.
Esperé.
No dijo nada. Pasó un largo rato y no dijo nada. Se le movían los ojos de un lado a otro, como si buscara una respuesta en el suelo de la celda, y no la encontraba. No sabía. No lo había pensado nunca.
Esa fue su respuesta.
—Sheng Yunshu —dijo al fin, con rabia, soltando los barrotes—, ¿cómo puede ser tan cruel? Usted me crió tantos años. ¿Nunca tuvo ni un poco de cariño sincero por mí?
—Sí lo tuve —le dije—. Mucho. Pero cada pedacito de ese cariño lo agarraron tu codicia y tu maldad, y lo hicieron pedazos.
Me di la vuelta y me fui.
No volví a mirar atrás. Pero en el pasillo, antes de llegar a la salida, tuve que detenerme y apoyar la mano en la pared de piedra, porque no podía respirar.
Algunas heridas no se cierran. Solo aprende uno a caminar con ellas.
Esa misma noche fui con Zhiyu al salón de los antepasados.
Encendí las velas. Puse incienso nuevo frente a la tablilla de Qingyan. El humo subió despacio, enroscándose en el aire quieto.
Me arrodillé.
—Qingyan —dije en voz baja—. Encontré a nuestra hija.
Lo dije y me temblaron los labios. Tantas veces había hablado con esa tablilla en la oscuridad, contándole de las tiendas, de los barcos, de las peleas con Roujia. Nunca le había dicho algo así.
Zhiyu se arrodilló a mi lado. Juntó las manos frente a la frente y se inclinó hasta tocar el suelo tres veces.
—Padre —dijo—. Zhiyu vino a verlo.
Su voz era firme, aunque los ojos le brillaban.
—Su hija llegó tarde a casa. Perdóneme por tardar tanto. Y no culpe a madre desde el otro mundo, por favor. Ella no sabía. —Hizo una pausa—. De ahora en adelante, yo voy a cuidarla bien. No se preocupe.
Le tomé la mano. Seguimos arrodilladas un rato más, en silencio, mientras el incienso se consumía.
Pensé en todas las noches de los últimos diez años en que me había sentado sola frente a esa tablilla. Siempre le pedía lo mismo: que me diera fuerzas para sostener la casa, para criar bien a nuestra hija. Nunca se me ocurrió pedirle que me la devolviera, porque no sabía que la había perdido.
Quizás él sí lo sabía. Quizás por eso la había guiado hasta el callejón, hasta el bordado, hasta mí.
Al salir del salón de los antepasados, caminamos juntas por el corredor. Había luna. El ciruelo que Qingyan había plantado proyectaba sombras largas sobre las piedras del patio.
—Madre —dijo Zhiyu de pronto—. Cuando yo nací… ¿era una bebé buena?
La pregunta me tomó por sorpresa. Me detuve.
Cerré los ojos y volví a aquel cuarto, a aquel único momento que me dejaron tenerla antes de que me la quitaran.
—Cuando la partera te trajo a mis brazos —le dije—, no lloraste. No hiciste ningún escándalo. Solo abriste esos ojos negros que tienes y me miraste. Muy tranquila. Como si me estuvieras estudiando.
Zhiyu sonrió.
—Y después agarraste mi dedo —seguí, y levanté el índice para mostrárselo—. Este. Lo agarraste con toda tu mano y no lo querías soltar. Por más que la partera intentaba llevarte, no lo soltabas.
Zhiyu se quedó mirando mi dedo.
—Seguro fue porque ya la había reconocido desde el vientre —dijo bajito—. Y tenía miedo de que me dejara.
No pude responder. Le tomé las manos entre las mías.
Estaban heladas.
—¿Por qué tienes las manos tan frías? —le pregunté, frotándolas.
—No sé. Siempre las tengo así.
—Entonces voy a tener que calentártelas siempre.
Ella se rió. Fue la primera vez que la oí reír así, sin miedo, sin taparse la boca.
—Cuando volvamos a la habitación, ¿qué quieres comer? —le pregunté.
Zhiyu lo pensó un momento, muy seria, como si fuera la decisión más importante del mundo.
—Quiero comer el pastel de arroz que hace mi madre.
—Muy bien. ¿Y qué más quieres comer después?
—No sé. Lo que sea.
—Te lo haré todos los días —le dije—. Todos los días que quieras.
—Entonces apúrese, madre —dijo, tirando de mi mano—. Que tengo hambre.
La seguí. Me dejé llevar por ella a lo largo del corredor, bajo la luna, como si fuera ella la que me llevaba a casa a mí.
Hay cosas que no se recuperan.
Los años perdidos no vuelven. No vuelven los primeros pasos que no vi, las primeras palabras que no escuché, las fiebres que pasó sola en el suelo de una choza, los inviernos sin abrigo, las noches en que tuvo hambre y nadie le dio de comer. No vuelve el tiempo en que yo, ciega, le daba todo mi amor a la hija equivocada y creía que con dinero se podía pagar cualquier ausencia.
Eso no se borra. Ella misma me lo dijo, y tenía razón.
Pero por fortuna, mi Zhiyu volvió a casa.
Como una pequeña mariposa roja que, después de una larga tormenta, encuentra por fin la rama de donde se había caído.
Y el camino que nos queda por delante, hija mía, lo voy a andar contigo.
Despacio.