La hija que volvióCap. 12/228 min de lectura

Capítulo 12: Los dos peces de jade

La gota cayó en el cuenco.

Durante un momento no pasó nada. Mi sangre flotó sobre la de ella, oscura, quieta, como todas las anteriores. Sentí que se me cerraba la garganta.

Y entonces empezó a extenderse. Despacio. Un borde rojo que se ablandaba, que se abría, que buscaba al otro. Las dos gotas se tocaron. Y se volvieron una.

—Se mezcló —dijo el médico, en voz baja, como si temiera espantarla—. De verdad se mezcló.

Nadie más habló. Los criados que todavía estaban en el patio se miraron entre sí. El mayordomo Wang tenía la boca entreabierta.

Yo no sentí alegría. Sentí algo mucho más antiguo que la alegría, algo que me subió desde el vientre, desde el mismo lugar donde quince años atrás había llevado a una criatura durante nueve meses. No tenía nombre. Todavía no se lo he encontrado.

—Señora —dijo el mayordomo Wang—, su salud…

—Hazlo —le dije al médico.


No sé cuánto tiempo estuve acostada junto a ella, con el brazo extendido, mirando el techo del cuarto de huéspedes. Las vigas tenían una mancha de humedad en una esquina que nadie había reparado. Me pregunté si ella la habría mirado también, las noches que durmió en el suelo para no ensuciar la cama.

El médico trabajaba en silencio. Afuera empezaba a clarear.

Sentía el frío subirme por el brazo, como si me fueran vaciando de a poco. No me importaba. Giré la cabeza sobre la almohada y la miré. Tenía la boca entreabierta, los labios cuarteados, una mano abierta sobre la sábana con la palma hacia arriba. Era una mano pequeña, dura, llena de callos. Una mano que había cargado mercancía, que había fregado pisos ajenos, que había tallado madera. Una mano de quince años que parecía de cuarenta.

Estiré los dedos de mi mano libre hasta tocar los suyos. No se movió. Pero tampoco estaba fría ya.

Recordé, sin querer, la primera vez que tuve a Roujia en brazos. O a la niña que me dijeron que era Roujia. Recordé que lloraba mucho, que no se calmaba conmigo, que solo se dormía cuando la tomaba otra persona. Yo lo atribuí a mi torpeza, a mi cansancio, a que nunca había sido buena con los bebés. Lo guardé como una pequeña vergüenza más.

Ahora, con la sangre saliendo de mi brazo hacia el cuerpo de esa otra niña, esa vergüenza vieja empezó a cambiar de forma.

Cuando por fin me dejó sentarme, me temblaban las piernas. Llamé al mayordomo Wang con un gesto. Él se acercó y se inclinó.

—Estoy aquí, señora.

—Quiero que investigues el día del banquete de mayoría de edad —le dije—. Si hubo alguien sospechoso. Si alguien se reunió en privado con la partera Zhang, antes o después de la prueba.

Él tardó un instante en entender. Luego le cambió la cara.

—La señora quiere decir que…

—Que alguien nos está haciendo trampa delante de los ojos. Sigue ese hilo. Encuentra a quien está detrás.

—Sí, señora.

—Y otra cosa. Ve tú en persona a invitar al maestro Zhikong a la mansión. Cuando Zhiyu despierte, voy a hacer de nuevo la prueba de parentesco.

El mayordomo Wang asintió despacio.

—El maestro Zhikong es un monje muy respetado, señora. Tiene buena reputación. Nunca se ha prestado a falsear nada.

—Por eso lo quiero a él.

Se fue. Yo me quedé mirando a Zhiyu, que dormía con la cabeza vendada y la cara tan blanca como las sábanas que tanto había temido manchar.

Esta vez, me prometí, voy a encontrar a la persona que está detrás de todo esto.

Y nunca más voy a dejar que nadie te haga daño.


Despertó al mediodía.

Primero se le movieron los dedos. Después las pestañas. Después dejó escapar un sonido pequeño, ronco, como un pájaro que se despierta en un lugar que no conoce.

—Ah…

—Zhiyu. —Me incliné sobre ella—. ¿Dónde te duele? ¿Te sientes mal?

Ella me miró. Tardó en reconocerme. Cuando lo hizo, intentó incorporarse, y yo la detuve con la mano en el hombro.

—No, quédate quieta.

—Señora…

—Perdóname —le dije. Las palabras me salieron antes de que pudiera ordenarlas—. No debí dudar de ti. No debí echarte.

Ella negó con la cabeza, despacio, con cuidado de no marearse.

—No es culpa suya —dijo—. Usted… usted vino a buscarme.

Me quedé mirándola.

Mirándola a los ojos, entendí por fin lo que yo había hecho. Lo cruel que había sido. No la crueldad de los gritos, que en eso nunca fui buena. La otra. La de la mujer que mira desde arriba, que suma testigos, que dice puede retirarse a una niña que tiembla.

Y en el corazón de ella no había nada de eso. Ni rencor, ni reproche, ni siquiera la idea de pedir justicia para sí misma. Le bastaba con que yo, al final, la hubiera sacado del barro. Con eso, hasta el golpe que yo le había dado con mi desconfianza se le iba a olvidar.

Eso fue lo que más me dolió. Que me perdonara tan fácil. Que nunca nadie le hubiera enseñado que tenía derecho a no hacerlo.

Le acomodé la manta sobre los hombros. Ella se dejó, quieta, con los ojos muy abiertos, como si no estuviera acostumbrada a que la tocaran sin motivo. Supuse que no lo estaba.


Por la tarde, el médico pidió hablar conmigo en privado.

—Señora Sheng —me dijo en el corredor—, la muchacha tuvo una lesión grave en la cabeza. No ahora; hace mucho. Mire.

Me mostró, sobre un papel, unos trazos que no entendí del todo.

—Hay sangre estancada aquí dentro. Por lo menos diez años. No la curaron bien cuando se lastimó. La sangre se fue acumulando en el cerebro y le fue apretando los meridianos. Esa lentitud que tiene para responder, la dificultad para hablar, todo viene de ahí.

—¿No nació así?

—No, señora. Esta enfermedad le afecta el habla y el pensamiento, pero no quiere decir que sea torpe de nacimiento. Si la hubieran tratado a tiempo, no habría llegado a esto.

Pensé en la abuela de Zhiyu. En una aldea sin médicos. En una niña pequeña que se cae, o a la que alguien empuja, y que nadie lleva a ningún lado porque no hay plata, o porque no hay ganas.

—¿Se puede curar? —pregunté.

—Todavía se puede. Con acupuntura y piedras medicinales, poco a poco, se puede ir disolviendo la sangre estancada. Si la cuidan bien, el habla de la señorita Jiang va a volver a la normalidad.

—Use lo más seguro que tenga —le dije—. Lo mejor. Cueste lo que cueste.

El médico se inclinó y se fue. Me quedé un rato en el corredor, con la frente apoyada contra una columna.

Por lo menos diez años. Zhiyu tenía quince. Eso quería decir que, cuando se lastimó, tendría cuatro o cinco. La edad en que Roujia, en la finca, tenía tres criadas para ella sola y un maestro de caligrafía que yo pagaba cada mes. La edad en que yo, en la ciudad, firmaba los primeros contratos grandes de la sal y me sentía orgullosa de mí misma.

Y en una aldea sin nombre, una niña se golpeaba la cabeza y nadie la llevaba a ningún lado.

Todas las burlas que había oído —la tartamuda, la tonta—, toda esa lentitud que la gente le había echado en cara como si fuera un defecto de su carácter, venían de una herida que nadie curó. Y yo misma, el día de la pulsera, había medido sus silencios como si fueran prueba de culpa.


Cuando volví a entrar, Zhiyu estaba sentada en la cama, con la espalda contra la pared. Me miró con una preocupación que no tenía nada que ver con su cabeza.

—Señora —dijo—, yo… yo no puedo pagar al médico. No puedo pagarlo.

—No quiero que pagues nada.

—Pero yo le debo a la gente. —Se le trabó la lengua; respiró, empezó otra vez—. Tengo que trabajar para devolverlo. Usted me salvó la vida.

—Lo hice porque quise —le dije—. Nunca se me ocurrió pedirte plata por eso.

Ella bajó los ojos, poco convencida. Conocía esa mirada. Era la mirada de quien ha aprendido que nada es gratis, que todo lo que se recibe se paga después, y casi siempre más caro.

Me senté a su lado.

—Bueno —le dije—, digamos que yo quiero pagarlo. Que me da gusto. ¿Está bien así?

Tardó en responder.

—Sí —dijo al fin—. Lo que usted quiera, más adelante. Lo que sea.

Le serví un vaso de agua caliente de la tetera que habían dejado junto a la cama.

—Toma un poco, primero.

Ella estiró la mano para recibirlo. Y en ese momento, al inclinarse, se le escurrió algo por el cuello del camisón. Un cordón delgado, gastado, y colgado de él, una pieza pequeña de jade verde que se balanceó contra su pecho.

Me quedé con el vaso en el aire.

—¿De dónde sacaste ese colgante?

Zhiyu lo tomó entre los dedos, como si se acordara de que existía.

—Mi abuela dijo que lo tenía puesto cuando me encontró.

Era un pez. Medio pez, en realidad: la mitad de un círculo tallado en forma de pez, con la cola curvada hacia adentro, con una pequeña escama rota en el borde.

Lo conocía.


Quince años antes, unos días antes de dar a luz, yo había sacado del fondo de mi tocador un par de colgantes de jade. Dos peces gemelos que encajaban uno con el otro, cola con cabeza, y formaban un círculo perfecto. Habían sido un regalo de bodas de Qingyan. Él decía que eran él y yo; que los peces nunca se separan.

Me quedé con uno. El otro se lo di a la partera y le pedí que lo pusiera en las mantillas de mi hija en cuanto naciera. Para que llevara algo de nosotros desde el primer día. Para que, si alguna vez se perdía, tuviera con qué volver.

Recuerdo el dolor del parto. Recuerdo la voz de alguien diciéndome que había sido una niña. Recuerdo que, cuando por fin me la trajeron envuelta, busqué la marca de mariposa en su cuello y no la encontré, y alguien me dijo que el dolor me había hecho ver cosas.

Y recuerdo, de pronto, con una claridad que me heló las manos, que también busqué el pez.

Busqué entre las mantillas el colgante que yo misma había entregado. Pregunté. Volví a preguntar.

Lo que no recuerdo es que nadie me haya respondido nunca.

Dejé el vaso sobre la mesa. Miré el jade en los dedos de Zhiyu. Y me oí hacer, en voz alta, la pregunta que llevaba quince años enterrada.

—¿Dónde quedó el jade que puse en las mantillas?

Fin del capítulo 12
Sigue leyendoCapítulo 13: Un jade no camina solo—¿Qué jade? Eso me habían respondido, quince años atrás. Ahora lo recordaba. La voz venía de un costado de la cama, de entre las sombras de la habitación…Leer capítulo 13
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La hija que volvió22 capítulos
  1. 1La niña que cayó frente a la carroza
  2. 2El asiento principal
  3. 3¿Eres de verdad mi hija?
  4. 4El agua azul
  5. 5Lo que se paga con plata
  6. 6Las cuentas que no cuadraban
  7. 7La pulsera bajo la almohada
  8. 8El saquito perfumado
  9. 9La puerta que se abrió a medianoche
  10. 10Una boda a la fuerza
  11. 11La sangre que nadie tenía
  12. 12Los dos peces de jadeLeyendo
  13. 13Un jade no camina solo
  14. 14Quince años de susurros
  15. 15La deuda que nadie se atrevía a tocar
  16. 16El cuchillo que nadie le enseñó
  17. 17El escudo de una niña
  18. 18Las llaves de la casa
  19. 19La confesión de la partera
  20. 20Lo que se hundió con el barco
  21. 21Mamá te lleva a casa
  22. 22La mariposa roja vuelve a la rama
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