Para pagar la deuda que tenía con mi hija, gasté una fortuna en oro.
Lo digo así, sin adornos, porque así lo pensaba entonces. Una deuda. Algo que se mide, se anota en un libro y se salda. Toda mi vida había sido así: las licencias de la sal, los almacenes del puerto, las tiendas de la calle principal, los pagarés de plata que pasaban por mis manos cada mañana. Yo sabía cuánto valía cada cosa. Creía saber también cuánto valía el tiempo que no le había dado a Roujia.
Me había perdido demasiados cumpleaños suyos. Ni siquiera recuerdo cuántos. Recuerdo, eso sí, las cartas que llegaban desde la finca, escritas por otras manos, contándome que la niña había crecido, que ya leía, que tenía fiebre, que ya no tenía fiebre. Y recuerdo que yo las leía de pie, entre una reunión con los comerciantes del norte y otra con los inspectores del yamen, y que después las guardaba en un cajón para leerlas "con calma". Esa calma nunca llegó.
Por eso, cuando Roujia cumplió quince años, decidí que su ceremonia de mayoría de edad sería la más grande que hubiera visto la ciudad. Todo lo que ella quisiera, todo lo que el dinero pudiera comprar, se lo di. Sedas del sur, músicos de la capital, un banquete para cien familias.
Su carácter era un poco caprichoso, lo sabía. Pero yo estaba segura de que mi hija no era mala en el fondo.
Eso me repetía aquella mañana, sentada en la carroza, cuando escuché el grito.
Primero fue el relincho de los caballos. Luego, un golpe seco contra la madera y la carroza que se sacudía tan fuerte que tuve que agarrarme del marco de la ventana. Afuera, alguien gritó. No era un grito de adulto. Era delgado, roto, como el de un animalito pisado.
Cuando aparté la cortina, ya había gente rodeando el camino.
En el suelo, junto a la rueda delantera, había una niña. Flaca como una rama, con la ropa hecha jirones y los pies descalzos llenos de barro. Se apretaba el brazo contra el pecho. Por la frente le corría un hilo de sangre que se mezclaba con la tierra.
Antes de que yo pudiera bajar, Roujia ya había saltado de su carroza, la que iba delante de la mía, con su vestido rojo bordado de oro y las horquillas temblándole en el pelo.
—¡Mendiga apestosa! ¿Quieres morirte o qué? —le gritó, y la voz le salió aguda, furiosa—. ¡Hoy es mi ceremonia de mayoría de edad! ¿Cómo te atreves a meterte delante de mi carroza?
La niña intentó levantarse y no pudo. Bajó la cabeza hasta casi tocar el suelo.
—Lo… lo siento… yo no…
—¡Cállate!
Y Roujia levantó la mano y la abofeteó. Allí, en medio de la calle, delante de los vendedores, de los cargadores, de las mujeres que salían a mirar desde las puertas.
Bajé de la carroza. No recuerdo haber decidido hacerlo; recuerdo el empedrado bajo mis zapatos y el ruido de la gente callándose de golpe.
—Cui Roujia.
Mi hija se volvió. Por un instante vi en su cara algo parecido al alivio, como si esperara que yo la defendiera.
—Madre, fue ella. Se lanzó sola al camino. Casi me hace caer a mí.
—Y por eso le pegas en la calle.
—¡Me asusté!
Miré a la niña en el suelo. Miré la mano de Roujia, todavía levantada, como si fuera a pegarle otra vez. Y entonces mi propia mano se movió antes que mi juicio.
El sonido de la bofetada fue pequeño. Mucho más pequeño que todo lo que vino después.
Roujia se llevó los dedos a la mejilla. Me miró como si no me conociera.
—Sube a la carroza —le dije.
—Madre no me preguntó si yo estaba herida —dijo ella despacio, y cada palabra era una piedra—. Me regaña por una mendiga.
—¿Y qué herida podrías tener tú?
—Basta. —Se le quebró la voz, pero no bajó la barbilla—. Cuando te necesité, nunca estuviste. Nunca. ¿Y ahora vienes a hacerte la madre delante de todos?
No le contesté. Ese día creí que no le contestaba por dignidad. Hoy sé que fue porque no tenía nada que decir.
Me agaché junto a la niña. Olía a lluvia vieja y a hambre. Saqué de la manga una bolsita de seda y se la puse en la mano.
—Aquí hay cincuenta taeles de plata. Úselos para curarse.
Ella miró la bolsa. Luego me miró a mí. Tenía los ojos muy negros, muy limpios, y algo en ellos me hizo sentir que yo era la que estaba en el suelo.
Me devolvió la bolsa con las dos manos.
—No… no fue culpa de la carroza, señora. Yo crucé sin mirar.
Y en ese momento, sin ningún motivo, me vino a la memoria otra mañana.
Quince años atrás. La habitación todavía olía a sangre y a incienso. Yo estaba empapada de sudor, tan débil que no podía levantar la cabeza, y aun así pedí que me acercaran a la niña. Le aparté la ropita del cuello porque lo recordaba, lo recordaba con toda claridad: cuando la partera me la puso sobre el pecho por primera vez, vi una marca roja en su piel, pequeña, con la forma de las alas abiertas de una mariposa.
—¿Dónde está la marca? —pregunté—. Aquí tenía una marca. Estoy segura.
Jingxian, mi cuñada, se inclinó sobre mí con una sonrisa suave. Me acomodó la almohada.
—No hay ninguna marca, cuñada. Acabas de dar a luz, estás agotada. Con tanto dolor es fácil ver cosas que no están. Mira qué blanquita y qué limpia es nuestra Roujia. Acuéstate ya, yo me encargo de la niña.
Y yo me acosté. Porque estaba cansada. Porque confiaba. Porque era más fácil creer que me había equivocado.
—Madre. —La voz de Roujia me sacó del recuerdo. Estaba de pie junto a su carroza, con la mejilla todavía roja—. La ceremonia está por empezar. ¿Puedes dejar de ocuparte de ella?
No le hice caso. Me volví hacia la niña.
—¿Cómo se llama?
—Ji… Jiang. Jiang Zhiyu.
Las palabras le costaban. Se le enredaban en la lengua como si cada sílaba tuviera que empujar una puerta pesada.
—¿Cuántos años tiene?
Bajó los ojos.
—La abuela dice que me recogió. No… no tengo cumpleaños.
Sentí algo extraño en el pecho, como cuando un número no cuadra en un libro de cuentas y uno todavía no sabe dónde está el error.
—Suba primero a la carroza. Hay que curarle esa herida.
—¿La vas a subir a mi carroza? —saltó Roujia.
—La atropelló nuestra carroza.
—Entonces no uses la mía.
Y se subió a la suya, y cerró la cortina con un tirón que hizo sonar las argollas.
Yo me quedé mirando aquella cortina roja. Siempre me había considerado una mujer justa. Daba arroz a los pobres en invierno, pagaba a tiempo a mis trabajadores, nunca había humillado a nadie que no lo mereciera. Y una idea me atravesó, rápida, como un cuchillo: si de verdad fuera mi hija, ¿cómo podía tener un corazón tan mezquino?
La aparté enseguida. Me avergoncé de haberla pensado. Pero ya estaba ahí.
La niña subió a mi carroza como quien entra a un templo. Se sentó en el borde mismo del asiento, con la espalda tiesa, las manos sucias escondidas bajo las rodillas. Saqué un pañuelo para limpiarle la sangre de la frente y ella se encogió.
—Déjeme limpiarla.
—Señora, perdóneme. —Miró mi manga, donde había quedado una mancha de barro—. Le ensucié la ropa.
—Usted está sangrando. Preocúpese primero por usted.
—No es nada. La herida sola se cierra. —Y después, en voz más baja, como confesando un pecado—: Pero yo no tengo con qué pagarle la ropa.
Me quedé con el pañuelo en el aire. Hacía muchos años que nadie me hablaba así. La gente que me rodeaba me pedía cosas, me debía cosas, me agradecía cosas. Nadie se preocupaba por mi manga.
—¿Y esto cuesta dinero? —pregunté, señalando el pañuelo, la carroza, el camino que nos llevaba a casa.
Ella dudó. No supo qué contestar.
—No se preocupe —le dije—. No cuesta nada. Usted solo concéntrese en recuperarse.
Durante el resto del trayecto no habló. Pero de vez en cuando la sorprendía mirándome de reojo, con una mezcla de miedo y de algo más que no supe nombrar. Quizá gratitud. Quizá solo cansancio.
En la mansión Cui todo era movimiento. Las criadas corrían con bandejas, los músicos afinaban en el patio, los faroles rojos colgaban de cada alero. Nadie esperaba que la señora de la casa llegara con una mendiga herida de la mano.
—Señora, el agua ya está lista —me avisó una criada, con los ojos clavados en la niña.
—Llévela a bañarse. Y búsquele ropa limpia.
Zhiyu se volvió hacia mí antes de seguirla, como si temiera que al regresar yo ya no estuviera.
—Vaya —le dije—. Aquí la espero.
Me senté en el salón lateral con una taza de té que no probé. Desde allí oía la música del patio, las risas de los primeros invitados, la voz de Roujia dando órdenes en algún lugar. Pensé que debía ir con ella. Pensé que debía disculparme por la bofetada. No me moví.
No sé cuánto tiempo pasó. El té se enfrió en mis manos.
Entonces se abrió la puerta y entró Zhiyu.
Llevaba un vestido sencillo, de color azul pálido, que le quedaba un poco grande. El pelo, todavía húmedo, recogido con una cinta. Sin el barro, sin la sangre, la piel se le veía tostada por el sol, pero tersa. Y la cara…
Dejé la taza sobre la mesa porque me temblaron los dedos.
La frente amplia. Las cejas rectas, que se alzaban un poco al final. La boca pequeña, de labios finos. La forma de los ojos, ligeramente alargados, que yo había visto durante años en el espejo de bronce de mi madre cuando me peinaba de niña.
Era mi cara. Mi cara de cuando tenía su edad, antes de las cuentas, antes de las noches sin dormir, antes de que la vida me afilara los rasgos.
Y casi sin quererlo pensé en Roujia. En su barbilla redonda, en sus ojos grandes y dulces, en esa manera de inclinar la cabeza cuando quería conseguir algo. Durante quince años había pensado que se parecía a su padre. Pero no. No se parecía a Qingyan.
Se parecía a Zhou Jingxian.
El pensamiento me cayó encima como agua helada. Me quedé quieta, con las manos sobre las rodillas, oyendo mi propio corazón.
Zhiyu se detuvo en medio de la sala, incómoda bajo mi mirada. Se tocó la mejilla con la punta de los dedos, despacio, como buscando una mancha que se le hubiera quedado.
—Señora… ¿tengo algo en la cara?
Abrí la boca y no me salió nada. Tragué saliva. Busqué en mí a la mujer que negociaba con los comerciantes de sal sin que le temblara la voz.
—No —le dije al fin—. Se ve muy bonita.
Ella sonrió apenas, sin saber qué hacer con el cumplido.
Y yo seguí mirándola, sin poder apartar los ojos, mientras afuera empezaban a sonar los tambores de la ceremonia de mi hija. De la que yo creía mi hija.