La hija que volvióCap. 2/228 min de lectura

Capítulo 2: El asiento principal

—Lo siento.

Fue lo primero que dijo Zhiyu cuando le trajeron la comida. Y lo dijo antes de tocarla, con las manos juntas sobre el regazo y los ojos fijos en el cuenco de gachas, como si el vapor que subía de él fuera una acusación.

—Tiene hambre —le dije—. ¿Por qué tendría que disculparse por eso?

Ella tardó en contestar. Las palabras siempre le tardaban.

—Cuando… cuando trabajaba, el patrón decía que yo espantaba a los clientes. Que daba asco verme comer.

La criada que había traído la bandeja se quedó quieta junto a la puerta. Yo sentí que algo se me apretaba en el estómago, ese estómago mío que nunca había sido fuerte y que esa mañana, con tanto ruido, ya me venía doliendo.

—Vaya a la cocina —le ordené a la criada—. Traiga otro cuenco de gachas calientes y dos cestas de bollos al vapor. Rápido.

—Sí, señora.

Zhiyu levantó la cabeza, alarmada.

—No hace falta, señora, con esto…

—Si se acaba, se acaba. Hay mucho más.

Entonces empezó a comer. Despacio al principio, casi con miedo, y después con una urgencia que intentaba disimular y no podía. Comía como come la gente que no sabe cuándo volverá a comer. Sostenía el cuenco con las dos manos, cerca del pecho, protegiéndolo.

La miré y me acordé de Roujia a los siete años.

Aquella vez había venido unos días a la ciudad desde la finca. Lo recuerdo porque fue una de las pocas veces que comimos juntas. Le sirvieron unos pastelillos que había preparado la cocinera y ella los apartó con el dedo.

—Están feos —dijo—. Son toscos. En casa de mis amigas los hacen como flores.

Al día siguiente cambié a todos los cocineros. A todos, no solo a la que había hecho los pastelillos. Traje un maestro de la capital que cobraba lo que un capataz gana en un año. Me pareció lo justo. Mi hija merecía lo mejor.

Meses después supe que Roujia se quejaba con sus amigas de que yo me metía en todo, de que la gente se reía de ella por presumida, por tener una madre que despedía cocineros por un pastel. Me dolió, claro. Pero también pensé: al menos le di todo lo que pude. Al menos no le faltó nada.

Así pensaba yo. Que darle cosas era lo mismo que darle algo.

Zhiyu terminó el segundo cuenco y se limpió la boca con el dorso de la mano. Luego, al darse cuenta, se miró la mano con vergüenza y la escondió.


Salí al corredor y llamé al mayordomo Wang.

Wang llevaba más de veinte años en la casa. Había servido a mi suegro, después a mi esposo, y desde que Qingyan murió me servía a mí con una lealtad que nunca le pedí y que nunca supe del todo cómo pagar. Tenía el pelo ya gris en las sienes y esa manera suya de quedarse callado que valía más que muchas palabras.

—Mayordomo Wang.

—Señora.

—Vaya al callejón viejo, al final de la ciudad. Antes de que termine el banquete, quiero que traiga ante mí a una anciana de apellido Zhang.

Él frunció apenas el ceño.

—Señora, esa mujer es…

—Lo sé. No se lo diga a nadie.

—Sí, señora.

No necesité explicarle nada más. Yo había oído hablar de la partera Zhang como se oye hablar de las cosas raras de la ciudad: que venía de las Regiones Occidentales, que vivía sola rodeada de frascos y hierbas, que conocía un método secreto para saber si un hijo era de verdad hijo de su madre. Las señoras de buena familia se reían de esos cuentos durante el té. Yo también me había reído alguna vez.

Ese día no me reía. Me quedé un rato en el corredor, viendo alejarse la espalda de Wang, y me di cuenta de que tenía los puños cerrados.

Cuando volví a la sala, Zhiyu se había puesto de pie.

—Señora, ¿le estoy causando problemas?

—No.

—Me iré enseguida.

—Primero termine de desayunar —le dije, y señalé la segunda cesta, que seguía intacta.

—Sí.

Se volvió a sentar, obediente. La observé un momento. No quería que nadie supiera todavía lo que me rondaba la cabeza. Ni ella, ni Roujia, ni mucho menos Jingxian. Antes de conocer la verdad, no quería que las cosas se me fueran de las manos. Toda mi vida había funcionado así: primero se revisan las cuentas, después se habla.


El salón principal estaba lleno cuando llegué. Los parientes de la familia Cui ocupaban los lados, las señoras invitadas cuchicheaban detrás de sus abanicos, y al fondo, bajo el altar de los antepasados, estaban preparados los cojines y la mesa para el rito de la horquilla y la corona.

Fui hacia el asiento principal, el que corresponde a la madre en la ceremonia de su hija. Roujia me cortó el paso.

—Madre, hoy no puedes sentarte ahí.

Lo dijo en voz alta. Lo bastante alta para que la oyeran hasta los criados del patio.

—Gasté mucho dinero para organizar esta ceremonia —le contesté en voz baja—, ¿y ni siquiera puedo sentarme?

—¿No te dejé un lugar? —Señaló con la barbilla un asiento lateral, junto a la columna—. Un lugar para ti y para tu mendiguita.

Algunos invitados se rieron entre dientes.

—Hoy es mi ceremonia de mayoría de edad —siguió ella—. Yo decido quién se sienta a mi lado.

—Cui Roujia, el dinero lo puse yo. Me corresponde el asiento principal.

—¡Otra vez! —Se le encendieron las mejillas—. Otra vez usas el dinero para aplastarme. Sí, tú pagaste este banquete. ¿Y qué? La que siempre estuvo a mi lado, la que me ayudó, la que creció conmigo… esa no fuiste tú.

Hubo un silencio incómodo. Sentí todas las miradas sobre mí, pesadas como sacos de sal.

Entonces se acercó Jingxian.

Mi cuñada se movía siempre con suavidad, como si temiera hacer ruido. Llevaba un vestido de seda gris perla, sin un solo adorno de más, y un pañuelo blanco entre los dedos. Desde que enviudó, trece años atrás, se vestía así: discreta, contenida, la imagen misma de la viuda virtuosa.

—Roujia, ¿cómo le hablas así a tu madre? Siéntate.

Roujia soltó un bufido, pero no se movió.

Jingxian se volvió hacia mí con los ojos húmedos.

—Cuñada, no te enojes con la niña. Tú sabes que de pequeña se crió sola en la finca. Le da miedo que la abandones. Y hoy llegaste con una muchacha desconocida de la mano… Es sensible, tienes que ser más comprensiva con ella.

—Tía, no le ruegues por mí —interrumpió Roujia—. A ella solo le importan sus tiendas y sus reglas.

Yo no dije nada. Miré a Jingxian, que le acariciaba el brazo a mi hija, y miré a mi hija, que se dejaba acariciar como una gata.

Durante trece años yo había sostenido a esa mujer. Cuando su esposo, Cui Jinzhou, murió salvando al mío, la familia entera sintió que le debía algo imposible de pagar. Mi suegro le dio una casa dentro de la mansión, una renta generosa, el manejo del Salón de la Beneficencia de los Cui. Yo le abrí mis libros de cuentas cada vez que me pidió algo y nunca le pregunté para qué. Era lo menos que se podía hacer por la viuda de un hombre que había dado la vida por nosotros.

Y mientras yo pagaba esa deuda con plata, ella pagaba otra con tiempo. Visitaba a Roujia en la finca. Le llevaba dulces. Le cepillaba el pelo. Estaba ahí cuando la niña lloraba de noche, y yo estaba en el puerto contando sacos.

Nunca se me ocurrió pensar que eso también tenía un precio.

Busqué con la mirada a Zhiyu. Una criada la había traído hasta la entrada del salón y la había dejado allí, junto a la columna, con su vestido azul prestado y las manos entrelazadas delante del cuerpo. No se atrevía a dar un paso más. Miraba el altar, los faroles, las sedas, con los ojos muy abiertos, como quien mira un mundo al que sabe que no pertenece. Cuando se dio cuenta de que la gente la observaba, se encogió un poco, como si quisiera ocupar menos espacio.

—La hora propicia ha llegado —anunció el maestro de ceremonias desde el fondo del salón—. Les ruego que ocupen sus lugares. Comenzaremos el rito de ofrenda familiar.

—¡Esperen!

Roujia dio un paso al frente. Se alisó el vestido rojo, levantó la cabeza.

—Para el rito de ofrenda familiar, quiero que mi tía sea la testigo.

Un murmullo recorrió el salón. Uno de los parientes mayores, un primo de mi suegro, se inclinó hacia adelante en su asiento.

—Esta es la ceremonia de mayoría de edad —dijo, con voz ronca—. El rito de la horquilla y la corona lo preside la madre. ¿Por qué invitar a la tía? Eso va contra las costumbres.

—Desde que era niña —respondió Roujia, sin mirarlo a él, mirándome a mí—, la que siempre estuvo conmigo fue mi tía. Ella se parece más a una madre que alguien que solo sabe dar dinero.

Lo dijo despacio. Se aseguró de que cada palabra llegara.

—Roujia, no digas tonterías —murmuró Jingxian, bajando los ojos—. Tu madre está aquí mirando.

—Yo digo a quién invito, y a esa invito. Hoy es mi ceremonia. ¿Ni siquiera eso puedo decidir?

—¡Esto es un escándalo! —Otro de los ancianos golpeó el suelo con el bastón—. Una ceremonia de mayoría de edad no es un juego.

Desde el lado de las señoras, alguien comentó, sin molestarse en bajar la voz:

—La señora se ha pasado la vida ocupándose de los negocios y descuidó la educación de la niña.

—Y la segunda rama la ha consentido demasiado —añadió otra.

Escuché todo aquello sin moverme. Sentía la sangre golpeándome en las sienes, pero las manos se me habían quedado frías y quietas. Así me pasa cuando de verdad me enojo. No grito. Me callo.

Mi esposo solía decir que mi silencio daba más miedo que cualquier grito. Lo decía riéndose, y después me tomaba la mano. Hacía diez años que nadie me tomaba la mano.

Pensé en la cara de Zhiyu en la sala lateral. Pensé en la marca de mariposa que nadie más que yo había visto. Pensé en el mayordomo Wang caminando en ese mismo momento hacia el callejón viejo.

Y pensé, con una claridad que me asustó, que tal vez esa niña de rojo que me desafiaba en medio del salón no tenía ninguna obligación de quererme. Que tal vez ni siquiera era mía.

Una de las criadas mayores se acercó a mí, nerviosa, frotándose las manos.

—Señora… ¿qué hacemos?

Yo seguí mirando a Roujia, que esperaba mi respuesta con la barbilla en alto y los ojos brillantes de triunfo, con Jingxian a su lado como una sombra suave.

—Nada —le dije—. Déjela. Vamos a ver hasta dónde es capaz de llegar.

Fin del capítulo 2
Sigue leyendoCapítulo 3: ¿Eres de verdad mi hija?—Roujia. La llamé por su nombre, sin levantar la voz. Ella se volvió con esa sonrisa de quien ya ganó. —¿Ahora sí te acuerdas de ser madre? No le respondí…Leer capítulo 3
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La hija que volvió22 capítulos
  1. 1La niña que cayó frente a la carroza
  2. 2El asiento principalLeyendo
  3. 3¿Eres de verdad mi hija?
  4. 4El agua azul
  5. 5Lo que se paga con plata
  6. 6Las cuentas que no cuadraban
  7. 7La pulsera bajo la almohada
  8. 8El saquito perfumado
  9. 9La puerta que se abrió a medianoche
  10. 10Una boda a la fuerza
  11. 11La sangre que nadie tenía
  12. 12Los dos peces de jade
  13. 13Un jade no camina solo
  14. 14Quince años de susurros
  15. 15La deuda que nadie se atrevía a tocar
  16. 16El cuchillo que nadie le enseñó
  17. 17El escudo de una niña
  18. 18Las llaves de la casa
  19. 19La confesión de la partera
  20. 20Lo que se hundió con el barco
  21. 21Mamá te lleva a casa
  22. 22La mariposa roja vuelve a la rama
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