La hija que volvióCap. 13/228 min de lectura

Capítulo 13: Un jade no camina solo

—¿Qué jade?

Eso me habían respondido, quince años atrás. Ahora lo recordaba. La voz venía de un costado de la cama, de entre las sombras de la habitación del parto, y era suave, casi distraída.

—No sé nada de ningún jade. Quizás la partera fue descuidada y se le perdió.

Y yo, agotada, con el cuerpo partido en dos, lo había aceptado. Había aceptado lo de la marca. Había aceptado lo del jade. Había aceptado que el dolor me había hecho ver cosas, porque era más fácil creer que estaba confundida que creer que alguien, a mi lado, me estaba mintiendo.

Así se pierden las hijas. No de golpe. Una pequeña aceptación detrás de otra.

—Mayordomo Wang.

Él estaba junto a la puerta. Se acercó.

—Ve a mi habitación ahora mismo. En el fondo de mi tocador, en el último cajón, hay una caja de sándalo rojo. Tráemela.

—Sí, señora.

—Rápido.

Salió casi corriendo.

Me quedé sentada junto a la cama. Zhiyu me miraba sin entender, con el colgante todavía entre los dedos.

Yo pensaba.

Una marca de nacimiento puede ser coincidencia. Hay miles de niñas en este reino con una mancha en la piel. Un rostro también puede ser coincidencia; las caras se parecen, la gente se parece. Incluso una prueba de sangre se puede manipular; yo misma lo estaba empezando a sospechar.

Pero un jade que se perdió hace quince años no puede salirle patas, caminar solo hasta una aldea perdida y colgarse del cuello de Jiang Zhiyu.

Eso no lo hace ninguna coincidencia.


—Esto es mío de verdad —dijo Zhiyu de pronto. Lo dijo apurada, con miedo, apretando el jade contra su pecho—. Lo tengo desde que era chiquita. Desde siempre. Yo no le robé nada a usted.

Me di cuenta de que mi silencio la había asustado. De que, después de lo de la pulsera, cualquier mirada mía sobre algo suyo le parecía una acusación.

—Ya sé que no lo robaste —le dije.

—Es mío de verdad. Siempre estuvo conmigo. Yo no le robé…

—Zhiyu. —Le tomé la mano, la que sostenía el jade—. Ya lo sé. No lo robaste. Es tuyo.

Ella me miró largo rato. Luego, poco a poco, aflojó los dedos.

Yo quería decirle más. Quería decirle todo. Lo que había recordado, lo que estaba empezando a entender, lo que la mezcla de nuestras sangres en un cuenco me había gritado al oído esa madrugada.

Pero el maestro Zhikong todavía no había mandado ninguna noticia. Y yo ya le había hecho daño una vez por hablar demasiado pronto, por juzgar sin pruebas. No podía decirle algo incierto. No podía darle una esperanza que después tuviera que quitarle. Herirla por segunda vez era algo que no me iba a perdonar.

Así que me callé.

Callar, para mí, siempre había sido fácil. Era lo que hacía en las negociaciones, cuando el otro necesitaba hablar primero. Era lo que hacía con Roujia, cuando no sabía qué decirle y mandaba un regalo en lugar de una palabra. Pero ese silencio, junto a esa cama, fue el más difícil de mi vida. Tenía la verdad en la boca como una piedra caliente, y tuve que tragármela.

—Buena niña —le dije en cambio—. Cuídate. Descansa hasta que te sientas mejor. Después el médico va a venir a ponerte la acupuntura. Yo espero afuera.

Ella asintió.

Ya en la puerta, me di vuelta. Se había vuelto a guardar el colgante dentro del camisón y tenía la mano encima, protegiéndolo, como quien protege la única cosa que nunca le han podido quitar.

Quince años lo había llevado. En el hambre, en el frío, en las noches en que seguramente nadie la arropó. Su abuela habría podido venderlo cualquier invierno; un jade así valía más que muchas cosechas. No lo vendió. O quizás Zhiyu nunca se lo dejó vender. Nunca lo sabré.

Lo que sí sé es que esa pieza pequeña de piedra verde fue lo único mío que mi hija tuvo durante quince años. Lo único. Ni una carta, ni un vestido, ni una canción. Un pez partido por la mitad, colgado de un cordón gastado.

Y yo, mientras tanto, le compraba joyas a otra.


No esperé afuera mucho tiempo. Los libros de cuentas de una de las tiendas se habían quedado conmigo desde la noche anterior, y yo no sabía estar sin hacer algo con las manos. Volví a entrar con ellos y me senté junto a la ventana, cerca de su cama, para revisarlos mientras ella dormía.

Pero no dormía. Al rato sentí que me miraba. No a mí: a las páginas.

—Señora —dijo bajito—. Esa tienda vendió un almacén el año pasado, ¿verdad?

Levanté la vista.

—¿Cómo sabes eso?

—Lo acabo de leer en la tercera página. —Señaló con un dedo, desde la cama, sin tocar el libro—. Aquí pusieron la plata de la venta del almacén como si fuera ganancia normal de este año. Y lo que escribieron después, que la tienda creció, que tuvo excedente… eso no es verdad, ¿no?

Volví a la tercera página. Leí. Leí otra vez.

Tenía razón.

Era un error pequeño, de los que se esconden bien. Un ingreso extraordinario metido entre los ordinarios para inflar el año. Mis encargados lo habían pasado por alto. Yo misma lo habría pasado por alto esa noche, con la cabeza en otra parte.

—¿Aprendiste a leer libros de cuentas? —le pregunté.

—No.

—Entonces, ¿cómo sabes qué partida es cuál?

—Aquí lo anotaron en letra chiquita. —Se encogió de hombros, como si fuera obvio—. Al costado.

La miré con atención por primera vez en mucho rato. Con la atención con que miro a un encargado nuevo, a un socio, a un rival.

—¿Qué hacías en la aldea, antes?

—De todo. —Lo pensó—. Ayudaba a la gente a llevar las cuentas, atendía tiendas, cargaba mercancía. Por ejemplo, le llevaba las cuentas a la tienda de la entrada de la aldea. La señora de la tienda no sabía leer. Por más que sumaba, nunca le cerraban los números. Después se dio cuenta de que yo hacía las cuentas más rápido que ella.

—¿Y te pagaba bien?

—No me dejaba tocar la caja del dinero.

—¿Por qué?

Zhiyu bajó los ojos.

—Tenía miedo de que la gente se riera de mí por tonta.

Tardé un momento en entenderlo. No que desconfiaran de ella. No que la creyeran ladrona. Sino que la señora de la tienda, a su manera, la había protegido: una muchacha que tartamudeaba, sentada junto a una caja de dinero, habría sido el blanco de todas las burlas de la aldea. Así que la escondía detrás, con los números, donde nadie la viera.

Pensé en todo lo que esa niña habría podido ser si alguien la hubiera mirado bien desde el principio.

Pensé en quién debió haberla mirado.

—Tienes buena cabeza para los números —le dije.

Ella se sonrojó hasta las orejas, como si la hubiera acusado de algo.

—No es nada, señora. Solo me acuerdo de las cosas.

—Acordarse de las cosas es mucho —le respondí—. La mitad de mis encargados no se acuerda de lo que firmó la semana pasada.

Se rió. Fue una risa corta, sorprendida, que se le escapó antes de que pudiera taparse la boca. Era la primera vez que la oía reír. Me quedé quieta, con el libro abierto en las rodillas, como quien escucha un pájaro y no quiere espantarlo.


El mayordomo Wang me trajo la caja de sándalo rojo poco después, pero no la abrí entonces. No quise abrirla delante de nadie. Esperé hasta el anochecer, a quedarme sola en mi sala, a que las criadas se retiraran, a que la casa se quedara en silencio.

Dentro, envuelto en un paño de seda que había perdido el color, estaba mi pez. El que me había quedado yo. No lo había sacado en quince años; me dolía mirarlo, porque me recordaba a Qingyan y a un parto del que solo guardaba confusión.

Lo tuve en la palma un largo rato. No necesitaba ponerlo junto al otro para saber que iban a encajar. Lo sabía como se sabe el propio nombre. Aun así, me prometí no decir nada hasta que hablara el maestro Zhikong.

Cerré la caja.

Y esa misma noche, mandé llamar a Roujia.

Vino tarde, con el ceño fruncido, con la mejilla todavía un poco roja de la bofetada de la noche anterior. Se quedó de pie en el centro de la sala, sin sentarse.

—La mendiga ya se curó —dijo antes de que yo hablara—. Me enteré.

—Cui Roujia. Quiero que le pidas disculpas.

—¿Disculpas? —Soltó una risa—. ¿Por qué tendría que pedirle disculpas?

—Por la pulsera de jade.

—Eso ya pasó hace rato.

—Para mí no ha pasado.

Roujia me sostuvo la mirada. Y entonces, sin bajar la voz, sin vergüenza, me lo dijo todo.

—Sí, yo tomé la pulsera de la abuela y la metí en la casa de una extraña. Quería que sufriera un poco. ¿Y qué?

—Repítelo.

—Te dije que lo hice a propósito. —Dio un paso adelante—. ¿Por qué tiene que quedarse en la mansión Cui? Se pone mi ropa. Se come mi comida. Se pasa el día haciéndose la pobrecita para quitarme el cariño de mi madre. ¿No tengo derecho a que no me caiga bien?

—No es cuestión de que te caiga bien. —Me levanté—. La mandaste de vuelta a una aldea donde la estaban esperando para venderla. Casi la matan, Roujia.

—¡Yo no sabía nada de eso!

—Pero no te importó.

Ella abrió la boca. La cerró. Y en sus ojos vi, por un instante, algo que me pareció miedo. Después se le endureció la cara.

—No me voy a disculpar —dijo—. Nunca. Con esa forastera, nunca.

Mi mano se movió sola, otra vez.

El golpe le giró la cara hacia un lado. El silencio que vino después fue tan grande que oí el viento en el patio.

Roujia se quedó así, con la cabeza girada, respirando fuerte. Luego se volvió hacia mí, despacio. No lloraba. Tenía los ojos secos y brillantes, como los de un animal acorralado.

—Madre —dijo—, me vuelves a pegar por una cualquiera. Por una forastera.

No le respondí.

—Sheng Yunshu. —Pronunció mi nombre completo como quien escupe—. Usted no merece ser mi madre.

La miré. A la niña que yo había visto crecer de lejos, en cartas y regalos y visitas cortas. A la muchacha que acababa de confesar, sin temblar, que había querido hacer sufrir a otra. A la hija que yo había creído mía durante quince años.

Y por primera vez, las palabras que salieron de mi boca no fueron de una madre que se disculpa.

—Y tú —le dije— no mereces ser mi hija.

Fin del capítulo 13
Sigue leyendoCapítulo 14: Quince años de susurrosEl mayordomo Wang volvió dos días después, con la ropa polvorienta y una carpeta de papeles bajo el brazo. Lo recibí en mi sala privada, con la puerta…Leer capítulo 14
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La hija que volvió22 capítulos
  1. 1La niña que cayó frente a la carroza
  2. 2El asiento principal
  3. 3¿Eres de verdad mi hija?
  4. 4El agua azul
  5. 5Lo que se paga con plata
  6. 6Las cuentas que no cuadraban
  7. 7La pulsera bajo la almohada
  8. 8El saquito perfumado
  9. 9La puerta que se abrió a medianoche
  10. 10Una boda a la fuerza
  11. 11La sangre que nadie tenía
  12. 12Los dos peces de jade
  13. 13Un jade no camina soloLeyendo
  14. 14Quince años de susurros
  15. 15La deuda que nadie se atrevía a tocar
  16. 16El cuchillo que nadie le enseñó
  17. 17El escudo de una niña
  18. 18Las llaves de la casa
  19. 19La confesión de la partera
  20. 20Lo que se hundió con el barco
  21. 21Mamá te lleva a casa
  22. 22La mariposa roja vuelve a la rama
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