—Por eso te lo dije —terminó Roujia en voz baja, todavía inclinada sobre el oído de Zhiyu—. Tú no encajas aquí.
Luego se enderezó, me dedicó otra sonrisa y salió del cuarto con pasos ligeros, haciendo sonar las campanillas de plata que llevaba en el cinturón.
Yo me quedé con Zhiyu. Le pregunté si estaba bien. Me dijo que sí. Le pregunté si Roujia le había dicho algo que la molestara. Me dijo que no. Y yo, que en los negocios jamás aceptaba un "no" sin revisar los libros, acepté ese "no" y me fui a cenar.
Dos días después, Roujia recibió visitas.
Eran dos señoritas de buena familia que solían frecuentar la mansión desde que eran niñas: Xie Wenyuan, hija de una familia con la que yo tenía tratos desde hacía años, y Pei Yue, una muchacha de risa fácil que siempre andaba pegada a ella. Llegaron después del mediodía, con sus criadas y sus sombrillas de papel, y Roujia las recibió en el pabellón del jardín, junto al estanque.
Yo pasaba por la galería de arriba con los libros de la botica bajo el brazo cuando las vi. Me detuve detrás de una columna. No sé por qué. Quizá porque hacía mucho que no veía a mi hija reírse.
Zhiyu estaba en el jardín, barriendo las hojas del sendero. Nadie se lo había pedido. Ella misma había buscado una escoba esa mañana, porque, según le dijo a una criada, no sabía estar sin hacer nada.
—Vaya —dijo Pei Yue, mirándola—. ¿La mansión cambió de criadas?
—No —respondió Roujia, sin mirar a Zhiyu—. Es una pariente.
—¿Una pariente?
—Bueno. —Roujia se rió—. Mi madre la recogió del camino.
—¿De verdad? —Xie Wenyuan se tapó la boca con el abanico—. La señora Cui anda muy dedicada a las buenas obras últimamente.
Las tres se rieron. Zhiyu siguió barriendo, con la cabeza gacha.
—Jiang Zhiyu —la llamó Roujia—, ven acá. Wenyuan te quiere preguntar algo.
Zhiyu dejó la escoba apoyada contra un árbol y se acercó. Se detuvo a unos pasos del pabellón, sin subir los escalones.
—¿Qué quiere preguntar?
—Nada, nada. —Xie Wenyuan la miró de arriba abajo con una sonrisa curiosa—. Es que ese vestido… ¿no es el que me compré el año pasado y nunca me puse?
Yo no lo sabía. Lo supe en ese momento. Cuando pedí a las criadas que buscaran ropa para Zhiyu, alguien había ido a pedirla a casa de los Xie, entre las cosas que ellos daban a los pobres. Me pareció tan normal entonces. Ropa en buen estado, ¿qué importaba de dónde venía?
—Mi madre mandó a alguien a pedírsela —explicó Xie Wenyuan, divertida—. Te queda bien, ¿eh?
Zhiyu se miró el vestido. Luego hizo una pequeña reverencia.
—Gracias, señorita Xie.
—¡Hasta te da las gracias! —Pei Yue se rió—. Qué educada.
—Es pobre, pero no es maleducada —dijo Xie Wenyuan, y no sonó del todo como una burla.
Por un momento pensé que la cosa terminaría ahí. Pero Roujia tomó un pastelillo de la bandeja, le dio un mordisco y lo dejó caer al suelo, al pie de los escalones.
—Bueno. ¿Quieres comer?
—No.
—Tómalo.
Zhiyu miró el pastelillo en el suelo. Tenía tierra pegada en un lado y la marca de los dientes de Roujia en el otro.
—Se cayó al suelo. Y además… alguien ya lo mordió.
—¡Qué delicada! —Roujia soltó una carcajada—. ¿Y la ropa que llevas puesta? ¿No es también algo que otra persona no quiso? ¿Por qué te haces la noble ahora?
Zhiyu levantó la cabeza. Le tembló un poco la barbilla, pero la voz le salió firme, más firme que nunca.
—La ropa se lava y se puede volver a usar.
Hubo un silencio. Pei Yue dejó de reírse. Xie Wenyuan bajó el abanico.
Roujia se puso de pie.
—Tú… ¿qué te crees? Todo lo que comes, lo que te pones, lo que usas, sale de mi familia Cui. ¿Cómo te atreves a contestarme? ¡Aprende cuál es tu lugar!
—Solo dije la verdad.
—¿Todavía te atreves?
Roujia bajó los escalones de un salto y levantó la mano.
Yo di un paso hacia la baranda. Las palabras se me atascaron en la garganta. Pero alguien llegó antes que yo.
—¡Ay, pero qué te pasa!
Jingxian había aparecido por el sendero del estanque, con su vestido gris y su pañuelo, y le sujetó la muñeca a Roujia con las dos manos, con tanta delicadeza que parecía que la estuviera acariciando.
—Roujia, cálmate. ¿Te vas a enojar por una cosa tan pequeña? ¿Y si te lastimas la mano?
Roujia bajó el brazo, de mala gana. Jingxian le pasó el pañuelo por los dedos, como si la que hubiera recibido el golpe fuera ella. Luego se volvió hacia Zhiyu, y su voz se hizo aún más suave.
—Zhiyu, tú también. Roujia tiene un carácter directo desde niña, ya lo sabes. Tú solo síguele la corriente y todo estará bien. No hace falta discutir.
Zhiyu bajó la cabeza.
—Sí.
—Bueno, bueno. —Jingxian aplaudió levemente—. Wenyuan, Pei Yue, le pedí a la cocina que prepararan unos bocadillos. Vengan a probarlos.
Las dos señoritas se levantaron, un poco incómodas, y siguieron a Jingxian hacia el pabellón del este. Roujia se quedó un momento atrás. Pasó junto a Zhiyu y, sin detenerse, le dijo entre dientes:
—¿Qué te haces? Ya verás.
Y se fue tras las demás.
Zhiyu se quedó sola en el sendero. Recogió el pastelillo del suelo, lo envolvió en una hoja y lo dejó junto al árbol, para los pájaros. Luego tomó la escoba y siguió barriendo.
Yo me quedé detrás de la columna, con los libros de la botica apretados contra el pecho.
No bajé. No dije nada. Me dije que Jingxian ya lo había resuelto. Me dije que si intervenía delante de las visitas, Roujia se sentiría humillada otra vez, y que no podía permitirme otro escándalo después de la ceremonia. Me dije que Zhiyu era fuerte, que había soportado cosas peores. Me dije muchas cosas.
Y me fui.
De todo lo que hice mal en esos días, esa es una de las cosas que todavía me quitan el sueño. No la bofetada en la calle, no la prueba del trípode. Esa espalda flaca barriendo el sendero mientras yo me alejaba por la galería, contando en mi cabeza las cifras de la botica para no pensar.
Hoy me pregunto qué habría cambiado si hubiera bajado esos escalones. Quizá nada. Quizá todo.
A la mañana siguiente, lo noté apenas abrí los ojos.
Algo en mi habitación no estaba como yo lo había dejado.
Soy una mujer ordenada. Cada noche dejo las cosas en el mismo lugar: el peine a la izquierda del espejo, los pendientes en el plato de porcelana, el cofrecito de las joyas cerrado y con la llave debajo del paño del tocador. Esa mañana el paño estaba corrido. El cofrecito, cerrado, pero un poco girado hacia la ventana. La ventana, entornada.
Me levanté descalza y abrí el cofre. Faltaba una pieza. La pulsera de jade que había sido de la madre de mi esposo, la que yo guardaba envuelta en seda verde en el fondo del cofre desde que ella murió.
Me quedé de pie junto al tocador, con el cofre abierto en las manos.
No era la joya más cara que tenía. Había piezas en ese cofre que valían mucho más. Pero mi suegra me la había puesto en la muñeca con sus propias manos el día de mi boda, cuando todavía las señoras de la familia me miraban como a una intrusa. "Ahora eres de los Cui", me había dicho. Fue la única vez que alguien de esa casa me lo dijo así, sin condiciones. Cuando ella murió, me la quité y la guardé, porque me parecía que no me correspondía llevarla. Solo la sacaba de vez en cuando para limpiarla.
Quien la hubiera tomado sabía exactamente dónde buscar.
—¿Quién entró a mi habitación? —pregunté en voz alta. Nadie me contestó. Salí al corredor—. ¿Quién estuvo en mi habitación anoche?
La primera en llegar fue la nana Song. Era la mujer que se encargaba del ala de Roujia desde que la niña volvió de la finca, una mujer robusta, de voz firme, que había servido en la casa casi tanto tiempo como el mayordomo Wang.
—Señora —dijo, con el ceño fruncido—, anoche, cuando me levanté para hacer mis necesidades, vi a la señorita Jiang saliendo de su habitación.
—¿La vio?
—Con mis propios ojos. Y el sirviente que estaba de guardia anoche también la vio. Pregúntele, señora, y lo sabrá.
Detrás de ella, al fondo del corredor, apareció Zhiyu. La habían despertado los gritos. Tenía el pelo suelto y los ojos todavía hinchados de sueño. Cuando oyó su nombre, se detuvo.
—Yo… yo no tomé nada —dijo.
No dijo "no entré". Dijo "no tomé nada". En ese momento no reparé en la diferencia.
Antes de que pudiera contestarle, llegó corriendo una criada joven del ala de Roujia.
—Señora, la señorita mayor le mandó un mensaje urgente.
—Ya sé. Dígale que voy enseguida.
—Sí, señora.
La criada se fue. Yo respiré hondo. Sentí que se me endurecía la cara, que me volvía la voz de las reuniones, la de los inspectores y los deudores.
—Mayordomo Wang —dije—, traiga al sirviente que hizo la guardia anoche.
Wang se fue sin una palabra. La nana Song, sin esperar mi orden, hizo una seña a dos criadas y se dirigió con ellas hacia el ala de huéspedes, hacia el cuarto de Zhiyu.
Zhiyu la vio pasar y no se movió. Se quedó en medio del corredor, con las manos colgándole a los costados.
El sirviente de guardia llegó al poco rato, todavía abrochándose la chaqueta. Era un muchacho joven, que nunca me había mirado a la cara.
—Señora, anoche hice la ronda por el corredor —dijo, con los ojos en el suelo—. Y sí vi a la señorita Jiang empujar la puerta y entrar en la alcoba principal. Estuvo adentro un buen rato. Después volvió al cuarto de huéspedes.
Miré a Zhiyu. Ella me miraba a mí. No lloraba. Tenía la boca entreabierta, como si quisiera explicar algo y no encontrara por dónde empezar. Las palabras le pesaban más que nunca.
—Señora, yo… yo entré, pero…
No terminó. Desde el ala de huéspedes se oyeron pasos, y luego la voz de la nana Song, alta, casi triunfal.
Fui hacia allí. Zhiyu me siguió unos pasos atrás, descalza sobre las tablas frías.
La puerta del cuarto estaba abierta de par en par. Las criadas habían revuelto todo: la manta doblada del suelo, el arcón, la mesita de la ventana. La nana Song estaba de pie junto a la cama oscura, con la almohada en una mano.
En la otra mano, sobre la palma abierta, brillaba algo verde.
—Señora —dijo—, esto estaba debajo de la almohada de la muchacha Jiang.
Era la pulsera de jade.