Me caso con el príncipe enfermoCap. 8/199 min de lectura

Capítulo 8: La trampa junto al lago

Wanrou se quedó mirándome como si esperara que yo bajara la vista.

No lo hice.

—Bien —repetí, despacio—. Te espero.

Durante un instante su rostro se descompuso. Luego se recogió la falda de seda roja, se dio media vuelta y se alejó por el corredor con la espalda muy recta, seguida de dos doncellas del Palacio del Este que no se atrevían a levantar la cabeza. Las campanillas de su tocado sonaron hasta que el viento se las llevó.

Mi doncella soltó el aire que había estado conteniendo.

—Señorita… perdón, Alteza —se corrigió enseguida—. ¿Cómo se atreve a hablarle así? Está recluida por orden de Su Majestad y aun así sale a buscar pleito.

—Precisamente porque está recluida —dije—. Alguien encerrado necesita a quién culpar. Y siempre culpa al que tiene más cerca.

En mi vida pasada lo había aprendido en carne propia. El Príncipe Heredero, cada vez que su madre lo regañaba, volvía al Palacio del Este con el ceño negro y descargaba en mí lo que no podía decirle a ella. Yo bajaba la cabeza, servía el té, ordenaba los libros de cuentas y pensaba que, si era lo bastante buena, algún día se daría cuenta.

Nunca se dio cuenta.

—Lo bueno —siguió mi doncella, más animada— es que la Emperatriz Viuda la quiere mucho a usted. Ya lo dijo: si tiene dificultades, que vaya al Palacio Shou'an.

—Lo dijo —asentí—. Y no pienso desperdiciarlo. Pero tampoco pienso correr hacia ella por cada piedra en el camino.


Jingheng volvió del estudio imperial al caer la tarde.

Lo vi bajar del carruaje con la capa gris sobre los hombros y esa palidez que nunca terminaba de irse de su cara. Caminaba despacio, pero no como un enfermo; caminaba como alguien que mide cada paso antes de darlo. Cuando me vio en la puerta, sonrió.

—¿Me esperabas?

—Te esperaba —contesté, y me di cuenta de que era verdad.

Cenamos en el pabellón pequeño. Yo le conté lo de Wanrou sin adornos. Él escuchó en silencio, con los palillos quietos en la mano.

Antes de que terminara el té llegó una invitación con el sello del Palacio del Este. Papel dorado, letra cuidada: un banquete de apreciación de flores en los jardines del palacio, dentro de tres días. Entre los invitados, «la esposa del Tercer Príncipe».

Jingheng la leyó y la dejó sobre la mesa como si quemara.

—Si no quieres ir, no vayas —dijo—. Nadie te va a reprochar que una recién casada se quede en casa cuidando a su esposo enfermo.

—Shen Wanrou ya puso la trampa —respondí—. Si no voy, ¿cómo voy a ver la función?

—Está recluida. No puede ni salir de su patio.

—No puede salir —dije—, pero la mano ya la estiró. Si de verdad quiere hacerme algo, va a encontrar la manera de echarme el agua sucia encima, vaya yo o no vaya. Prefiero estar ahí con los ojos abiertos que enterarme de oídas de lo que «hice».

Él me miró largo rato. Tenía los ojos oscuros y tranquilos, de esos que no dejan adivinar lo que piensan, pero esa vez sí vi algo: no era duda. Era preocupación.

—El banquete lo organiza el Palacio del Este —dijo—. Si vas, entras en su territorio.

—Lo sé.

—Entonces voy contigo.

—Jingheng…

—No voy a discutirlo —me cortó con suavidad—. Ya pedí a la mansión que prepare acompañantes de confianza. Y alguien de los míos se quedará a tu lado todo el tiempo, aunque yo no esté a la vista.

Quise decir que no hacía falta. En mi vida pasada nadie me había ofrecido algo así; yo iba sola a todas partes y sola regresaba. Abrí la boca y no me salió nada.

—Gracias —dije por fin.

—No me agradezcas. Eres mi esposa.

Lo dijo con tanta sencillez que me ardieron las orejas.


Esa noche no podía dormir. Me senté frente al espejo de bronce y mi doncella sacó tres vestidos del baúl.

—¿Cuál se pone, Alteza?

Los miré uno por uno. El rojo era demasiado; el día de un banquete organizado por la Princesa Heredera, vestir de rojo sería como gritar. El celeste era tan sencillo que parecería que la casa del Tercer Príncipe no podía permitirse algo mejor.

—Este —señalé el de color lila pálido, bordado con ramas de ciruelo en hilo plateado—. No le roba la luz a nadie, pero tampoco se ve pobre.

Mi doncella lo extendió sobre el biombo y se quedó mirándolo, pensativa.

—Alteza, perdone que pregunte. La señorita Wanrou está recluida. ¿Qué puede hacer en un banquete al que ni siquiera sabe si la dejarán salir?

—Lo organiza el Palacio del Este —dije—. Entre los invitados que eligieron, siempre habrá alguien que lleve sus palabras. O alguien que haga lo que ella no puede hacer con sus propias manos.

—Pero la orden de la Emperatriz fue que aprendiera bien las reglas. Si se porta bien, hasta podrían levantarle la reclusión antes de tiempo. ¿Por qué arriesgarse ahora?

—Porque no sabe esperar —respondí—. Nunca supo. Además, ya está casada, tiene que guardar las apariencias delante de todos. Ella no puede hacer nada escandaloso… Lo que me preocupa es quién lo hará por ella.

Mi doncella se mordió el labio.

—Entonces la señorita va para ver si tiene a alguien detrás.

—Conocer al enemigo y conocerse a uno mismo —le dije, y le quité el peine de las manos—. Es la mejor manera de responder. Ahora ve a dormir. Mañana nos espera una batalla difícil.

Ella se rio bajito, como si yo exagerara. Yo no exageraba.


Los jardines del Palacio del Este estaban más bonitos de lo que los recordaba.

En mi vida pasada había caminado por esos senderos cientos de veces, siempre con prisa, siempre con algo que resolver: un sirviente enfermo, una cuenta que no cuadraba, un regalo que había que devolver sin ofender a nadie. Nunca me había detenido a mirar las peonías. Ahora estaban todas abiertas, rosas y blancas, pesadas de pétalos, y el aire olía a miel.

Me pareció cruel que algo tan hermoso hubiera crecido en un lugar donde yo había muerto.

—Alteza —murmuró mi doncella—, respire.

Respiré.

Las mesas estaban dispuestas bajo un pabellón largo, con cortinas de gasa recogidas. Damas de las grandes casas, hijas de ministros, esposas de generales. Algunas me miraron con curiosidad abierta; otras, con esa sonrisa educada que esconde un comentario para después. Sabía lo que se decía de mí en la capital. Que me había lastimado la cara a propósito. Que había robado el matrimonio de mi hermana. Que me había conformado con un príncipe enfermo porque ya nadie más me quería.

Una sirvienta del Palacio del Este me guio hasta un asiento en la tercera fila, detrás de las esposas de los ministros y junto a unas muchachas que apenas tenían edad para casarse.

Me senté sin decir nada.

Al lado, una joven de mirada viva se removió en su cojín. Llevaba un tocado sencillo pero de oro fino, y la sirvienta que la acompañaba se mantenía a una distancia que solo se guarda con gente de rango. Era la señora del condado, nombrada por el propio Emperador. Alguien la había sentado allí también.

—La señora del condado es joven —se oyó una voz dulce desde la cabecera—, y aquí atrás estará más cómoda. Adelante están las mayores, y se sentiría cohibida.

Era Wanrou.

Llevaba un vestido de la Princesa Heredera, bordado con faisanes dorados, y estaba sentada en el lugar de anfitriona como si nunca hubiera pasado la noche llorando frente a un espejo. Recluida o no, alguien le había abierto la puerta ese día.

La señora del condado se puso de pie.

—Señora Shen —dijo, mirando hacia mí, aunque su voz iba dirigida a todo el pabellón—, aunque yo sea joven, mi título me lo dio el Emperador. Según las reglas, debería sentarme en la primera fila. Y la esposa del Tercer Príncipe, todavía más. ¿No le parece?

Hubo un silencio en el que se oyó caer un pétalo.

—¿Qué quiere decir con eso? —Wanrou parpadeó, con los ojos ya húmedos.

La sirvienta que me había guiado cayó de rodillas.

—Es descuido de esta servidora. Alteza, por favor, tome asiento adelante.

Yo me levanté despacio y alisé la falda.

—A mí no me importa dónde me siento —dije con calma—. Pero hoy el banquete lo ofrece el Palacio del Este. Si el rango de las invitadas no está claro, la gente lo va a comentar. Y eso sería una vergüenza para mi cuñado, el Príncipe Heredero. No quisiera que nadie pensara que en su casa no se conocen las reglas.

Varias damas bajaron la vista hacia sus tazas para esconder la sonrisa.

Wanrou rio, una risa corta y aguda.

—Fue un descuido mío —dijo—. Hermana, señora del condado, no me lo tomen a mal.

Cuando por fin estuve sentada en la primera fila, la señora del condado se inclinó un poco hacia mí y me guiñó el ojo. No la conocía. En mi vida pasada apenas habíamos cruzado palabra. Pero en ese momento me cayó bien.

—Alteza —me susurró mi doncella al oído—, esa señora del condado es una persona sensata.

—Lo es —contesté—. Y la obra apenas empieza.


El banquete siguió con música de cítara, vino de ciruela y bandejas de pasteles con forma de flor. Yo comí poco y hablé menos. Escuchaba. Contaba quién se acercaba a Wanrou, quién le hablaba al oído, quién se levantaba sin motivo. Una dama del Ministerio de Ritos. La esposa de un general de la guardia. Una doncella del Palacio del Este que entraba y salía más de lo necesario.

No vi a Jingheng. Sabía que estaba en algún lugar del palacio, con los demás caballeros, y que alguien suyo me miraba desde alguna sombra. Esa certeza me bastaba para mantener los hombros quietos.

Cuando el sol empezó a inclinarse, Wanrou se levantó y vino hacia mí con una sonrisa de hermana menor.

—Hermana, las flores del jardín de atrás están preciosas este año. ¿Me acompañas a verlas?

Las damas de alrededor nos miraron. Negarme delante de todas, después de lo del asiento, sería darle la excusa perfecta para llorar.

—Está bien.

Mi doncella dio un paso para seguirme. Wanrou levantó la mano.

—Tengo unas palabras que decirle a mi hermana a solas. La doncella no hace falta que venga.

Miré a mi doncella. Ella apretó los labios, pero se quedó.

—Quédate —le dije—. No tardo.


El jardín de atrás bajaba en terrazas hasta un lago pequeño, rodeado de sauces. El agua estaba verde y quieta, y en la orilla crecían lotos que aún no habían abierto. No había nadie. Ni un jardinero, ni una sirvienta. Alguien se había encargado de vaciar ese rincón.

Wanrou caminó delante de mí hasta el borde de piedra y se detuvo. Cuando se dio vuelta, la sonrisa de hermana menor ya no estaba.

—Hermana, hoy lo viste con tus propios ojos —dijo—. Ahora yo soy la Princesa Heredera legítima.

—Lo vi.

—Tú… —Le temblaba la voz, pero no de miedo—. A ti te alabaron desde niña. Que si la más hermosa de la capital, que si la más educada, que si la que sabía llevar las cuentas mejor que un ministro. Aprendiste tanta etiqueta, tantas reglas… ¿y para qué? Terminaste casada con un hombre enfermo, que cualquier día se te muere en la cama.

No respondí. Pensé en Jingheng diciendo «eres mi esposa» con los palillos en la mano, y no sentí nada de lo que ella esperaba que sintiera.

Eso la enfureció más que cualquier palabra.

—Shen Qingwu —dijo, y mi nombre completo le salió como un escupitajo—, por más que finjas ser superior, por más que te pongas en la primera fila, hoy yo estoy por encima de ti.

—Si eso te consuela —dije—, quédatelo. Yo ya me voy.

Di un paso atrás para marcharme.

Y entonces ella me agarró la manga.

Fue rápido. Sus dedos se cerraron sobre la seda lila con una fuerza que no esperaba de unas manos tan pequeñas, y tiró. No hacia ella. Hacia el agua. Sentí que el pie se me resbalaba en la piedra húmeda, sentí el vacío del lago a mi espalda, y por un instante volví a estar en el Palacio del Este de mi vida pasada, sin nadie que me tendiera la mano.

—Suéltame —dije, clavando el talón.

Me solté de un tirón. Ella no cayó por mi fuerza. Lo supe con una claridad helada cuando vi sus ojos: estaba tranquila. Había medido la distancia, la orilla, el ángulo. Lo había ensayado.

Echó la cabeza hacia atrás, abrió los brazos y gritó con toda la voz que tenía, para que la oyeran hasta en el pabellón:

—¡Hermana, no! ¡Ayúdenme!

Y se dejó caer al lago.

Fin del capítulo 8
Sigue leyendoCapítulo 9: Polen de adelfaEl agua se cerró sobre la cabeza de Wanrou con un ruido sordo. Por un instante solo hubo círculos verdes ensanchándose sobre el lago y la seda roja de su…Leer capítulo 9
Tu progreso se guarda en este dispositivo
Me caso con el príncipe enfermo19 capítulos
  1. 1El palanquín que no me esperó
  2. 2Una concubina por gratitud
  3. 3La caja de colorete
  4. 4Solo el comienzo
  5. 5El vestido de lotos gemelos
  6. 6Volver a casa bajo la lluvia
  7. 7«Está bien, te espero»
  8. 8La trampa junto al lagoLeyendo
  9. 9Polen de adelfa
  10. 10El veneno en el fondo de la olla
  11. 11Vivir bien
  12. 12La carta que no se quemó
  13. 13La calma antes de la tormenta
  14. 14Él también recordaba
  15. 15Hasta aquí
  16. 16El testamento del Emperador
  17. 17El sello falso
  18. 18El sello del fénix
  19. 19Esta vida vale la pena
Tamaño de letra
18
Tipo de letra
Color de fondo
Interlineado
Tus ajustes se guardan en este dispositivo