Me caso con el príncipe enfermoCap. 16/198 min de lectura

Capítulo 16: El testamento del Emperador

El contador se fue con la cara más pálida de lo que había entrado. No lo culpé. Tirar de un hilo que llega hasta los ministros del emperador anterior es como meter la mano en un nido de avispas.

Esa noche Jingheng me encontró todavía en el estudio, con tres lámparas encendidas y los libros abiertos en abanico sobre la mesa.

—¿Tienes miedo? —me preguntó.

—¿Miedo de qué? —No levanté la vista—. Cuanto más nerviosos se ponen, más cerca están las cuentas de cuadrar. Déjame revisar.

Se sentó a mi lado sin decir nada. Tomó uno de los libros y empezó a leer conmigo.

No era la primera vez que yo hacía esto. En la vida pasada, durante años, llevé las cuentas del Príncipe Heredero. Sabía de dónde venía cada moneda y adónde iba, conocía los trucos de los administradores, las sumas redondas que esconden robos pequeños, las páginas arrancadas y vueltas a coser. En aquel entonces lo hacía para que el Palacio del Este no se hundiera. Nadie me lo agradeció. Ahora lo hacía para mí, para nosotros, y cada número que encontraba fuera de lugar era como una piedra que quitaba del camino.

—Conozco esto mejor que ellos —murmuré, marcando una cifra en rojo—. Mira aquí. Tres meses seguidos, la misma cantidad, a la misma casa, con nombres distintos.

Jingheng se inclinó sobre el papel y soltó una risa breve.

—Ni siquiera se tomaron la molestia de cambiar la letra.

Trabajamos hasta que el cielo se aclaró detrás de las ventanas. En algún momento la criada entró con una tetera y dos tazas, y se fue sin hacer ruido.

—Alteza —le dije a Jingheng, empujando una taza hacia él—, pasaste toda la noche despierto. Bebe tú primero.

Él miró la taza, luego a mí. Tomó la suya, sirvió la mitad en la mía y me devolvió el resto.

—Bebamos juntos. Mitad y mitad.

—Está bien.

El té estaba tibio y amargo. Me supo mejor que cualquier vino de banquete.


Unas semanas después, cuando las cuentas llegaron al Ministerio de Hacienda y varias cabezas rodaron —no literalmente, aunque poco faltó—, llegó a la mansión un decreto del palacio. Traía honores nuevos para mí y un cargo en la corte para Jingheng. La criada lo leyó dos veces en voz alta, temblando de emoción.

—¡Alteza, la han honrado! ¡A usted, en persona!

Yo me quedé mirando el sello rojo al pie del documento.

En la vida pasada morí enferma en una habitación del palacio, y a nadie le importó. Ni un decreto, ni una palabra. Esta vez, él estaba de pie en lo más alto de la corte, y yo a su lado.

—Está bien —dije, y guardé el decreto.

Esa misma tarde vino mi madre. Entró al patio casi corriendo, con la falda recogida, y me tomó la cara entre las manos como cuando yo era niña.

—Qingwu, ahora eres toda una princesa.

—Madre, sea princesa o no, sigo siendo tu hija.

Se rio y lloró al mismo tiempo.

—Ay, hija mía. Estoy tan contenta.

Cuando se fue, Jingheng me encontró en el corredor, todavía con los ojos húmedos.

—Qingwu, has trabajado mucho todo este tiempo.

—¿Qué trabajo? Lo acordamos, ¿no? Vamos a pasar esta vida juntos.

—Sí. —Me apretó la mano—. Juntos.


El Emperador nos mandó llamar al estudio imperial a los pocos días.

Lo encontré más delgado que en el careo. Tosía a menudo, cubriéndose la boca con un pañuelo, y los eunucos se miraban entre sí cada vez. Aun así, cuando entramos, sonrió.

—Jingheng —dijo entre toses—, tienes una buena esposa.

—Su Majestad me halaga.

—No te halago a ti. —Me señaló con un gesto—. He visto cómo audita las cuentas, he leído los memoriales que escribe. Es mejor que mis hijos.

Me incliné, con las mejillas ardiendo.

—Padre imperial es demasiado generoso.

No dijo más. Habló un rato a solas con Jingheng mientras yo esperaba afuera. Cuando Jingheng salió, tenía el rostro serio.

—¿Qué dijo Su Majestad? —le pregunté en el carruaje.

—Dijo que está viejo. Que quiere descansar. —Miró por la ventanilla—. Qingwu, me temo que de aquí en adelante la carga caerá sobre mí.

—Sea quien sea el que cargue el peso —le dije—, yo estaré contigo.

Se volvió hacia mí.

—No importa lo que venga. Estarás ahí.

—Siempre.


Pero "descansar" no fue lo que vino.

La enfermedad del Emperador llegó tan de repente que en el palacio nadie hablaba de otra cosa. La criada traía noticias cada tarde, en voz baja, como quien trae carbones encendidos en las manos.

—Alteza, llaman a los médicos imperiales cada vez más seguido. Solo este mes le han cambiado la receta tres veces.

—El Emperador ya es mayor —dije—. Algunas cosas, tarde o temprano, tienen que terminar.

Pero no era la vejez lo que me quitaba el sueño. Era el recuerdo.

En la vida pasada, cuando el viejo Emperador cayó enfermo, el palacio se convirtió en un río de sangre. Yo lo vi desde el Palacio del Este: puertas cerradas a golpes, gritos de noche, sirvientes que desaparecían y no volvían. Ministros colgados. Familias enteras borradas de un día para otro. No supe nunca quién empezó ni quién ganó. Solo supe que el olor a hierro duró semanas en los pasillos.

No iba a ver esa escena otra vez. No en esta vida.

Una noche, Jingheng volvió tarde del palacio y no se quitó la capa. Se quedó de pie en la puerta de nuestra habitación.

—Qingwu. Si mañana no vuelvo, saca a tus padres de la ciudad de inmediato.

Me levanté de golpe.

—¿Qué pasó?

—El Emperador va a dictar su testamento.

Entendí todo con esas palabras. Un testamento imperial es el momento en que todos los cuchillos escondidos salen a la luz.

—Ve —le dije, aunque me costó cada letra—. Yo te espero en casa.

—Sí.

Se fue antes del amanecer.

Lo acompañé hasta el portón. El patio estaba oscuro, los faroles casi consumidos, y el aire tenía ese frío húmedo que anuncia la lluvia. Le ajusté el cuello de la capa con las dos manos, como si eso pudiera protegerlo de algo.

—Come algo en el palacio —le dije—. Aunque sea un bocado.

—Lo haré.

—Y no te pongas a toser delante de nadie. Que no crean que estás débil.

Se rio por lo bajo.

—Llevo años fingiendo estar enfermo, Qingwu. Ahora me pides que finja estar sano.

—Te pido que vuelvas.

Él dejó de reír. Me tomó la cara entre las manos, me besó la frente y montó sin decir nada más. Me quedé en el portón hasta que el ruido de los cascos se perdió en la calle.

Luego volví adentro y escribí una carta corta a mi madre. No le conté nada del testamento. Solo le pedí que tuviera listo un carruaje y que no se alejara de mi padre en los próximos días. Ella sabría leer entre líneas. Siempre supo.


No me quedé esperando de brazos cruzados.

Desde que el Emperador enfermó, había pedido que alguien de confianza vigilara la botica imperial y las cocinas imperiales. No por sospecha concreta, sino porque en la vida pasada aprendí que las peores cosas del palacio entran por la boca.

La respuesta llegó esa misma mañana.

—Alteza, hay algo raro en la botica imperial.

—¿Qué cosa?

—Un eunuco joven anda rondando las cocinas imperiales, a escondidas. Mandé que lo siguieran. —La criada se acercó más—. Descubrimos que se mete en secreto al Palacio del Este abandonado.

—¿Al Palacio del Este abandonado?

—Sí, Alteza.

Me quedé pensando. Aunque el príncipe depuesto estuviera confinado, su gente vieja no tenía por qué haberse rendido. Había quienes perdieron demasiado con su caída. Y gente así no se queda quieta.

—También descubrimos —siguió ella— que en los restos de las medicinas de la botica una de las hierbas fue cambiada por otra, sin que nadie dijera nada. El color y el olor no corresponden.

Se me heló la sangre.

—¿De quién es ese eunuco?

—Lo averigüé. Antes de entrar al palacio, trabajaba para la familia de la Emperatriz.

La familia de la Emperatriz. La Emperatriz depuesta, encerrada en el Palacio Frío, y aun así su sombra seguía arrastrándose por las cocinas.

—En vísperas de la sucesión —dije, más para mí que para ella—, siempre hay alguien que se niega a rendirse.

Me puse la capa.

—Prepara el carruaje. Voy al Palacio Shou'an.


Era de noche cuando llegué. La Emperatriz Viuda me recibió en la misma sala del brasero, como la vez anterior, pero esta vez no estaba recostada. Estaba sentada muy derecha, con las manos sobre las rodillas, y me miró como quien ya sabe a qué viene la otra persona.

—Qingwu, ¿sabes lo que significa que hayas venido aquí esta noche?

—Lo sé.

—Si te equivocas, es un engaño contra el trono. —Su voz no tenía dureza, solo peso—. Y si aciertas, le evitarás un caos al Emperador.

Me arrodillé.

—Abuela imperial, el testamento todavía está en el estudio imperial. Si quieren actuar, tienen que hacerlo después de que esté escrito y antes de que se lea. —Respiré hondo—. Quiero pedirle a Su Majestad que cambie el testamento por otro, y guarde el verdadero donde nadie pueda tocarlo.

Hubo un silencio largo. El brasero chasqueó.

—¿No tienes miedo?

—Tengo miedo. Pero hay cosas que hay que hacer de todos modos.

La Emperatriz Viuda cerró los ojos. Cuando los abrió, había en ellos algo parecido a la ternura, o tal vez al alivio.

—Te lo prometo.

Se recostó un poco en el respaldo.

—Toda mi vida —dijo, despacio— peleé en el harén. Toda mi vida. Y al final, poder ver a alguien que limpie este desastre… —Sonrió apenas—. No habrán sido en vano todos los años que pasé sentada aquí.

Le hice una reverencia hasta el suelo. Cuando me enderecé, ella ya había llamado a alguien en voz baja y le daba órdenes que no alcancé a oír. No pregunté. En ese palacio, lo que no se oye es lo que mejor funciona. Yo había hecho mi parte. El resto quedaba en manos de una mujer que llevaba más años que nadie sobreviviendo a esas paredes.


Al salir, la anciana del servicio que me había guiado la otra vez me acompañó por el corredor. Caminaba con pasos cortos, mirando a los lados.

—Señora —murmuró—, si la Emperatriz Viuda llega a enterarse de algo…

—¿De qué?

—La gente del Palacio Shou'an lleva toda la vida con Su Majestad. Sabe mejor que nadie hacia dónde deben apuntar los cuchillos en este palacio. —Se detuvo bajo un farol y me miró—. ¿Usted cree que solo son ellos? ¿El eunuco, la gente vieja del Palacio del Este?

—¿No lo son?

—Hay alguien más. Alguien en quien usted no pensaría.

El farol se mecía con el viento y su sombra se alargaba y se encogía en la pared.

La anciana se inclinó hacia mí, tanto que sentí su aliento en la oreja.

—La del Palacio Frío —susurró— todavía no ha muerto.

Fin del capítulo 16
Sigue leyendoCapítulo 17: El sello falso—¿Que no ha muerto? Lo pregunté en un susurro, pero la anciana del servicio ya se había apartado, con la cabeza gacha, como si no hubiera dicho nada.…Leer capítulo 17
Tu progreso se guarda en este dispositivo
Me caso con el príncipe enfermo19 capítulos
  1. 1El palanquín que no me esperó
  2. 2Una concubina por gratitud
  3. 3La caja de colorete
  4. 4Solo el comienzo
  5. 5El vestido de lotos gemelos
  6. 6Volver a casa bajo la lluvia
  7. 7«Está bien, te espero»
  8. 8La trampa junto al lago
  9. 9Polen de adelfa
  10. 10El veneno en el fondo de la olla
  11. 11Vivir bien
  12. 12La carta que no se quemó
  13. 13La calma antes de la tormenta
  14. 14Él también recordaba
  15. 15Hasta aquí
  16. 16El testamento del EmperadorLeyendo
  17. 17El sello falso
  18. 18El sello del fénix
  19. 19Esta vida vale la pena
Tamaño de letra
18
Tipo de letra
Color de fondo
Interlineado
Tus ajustes se guardan en este dispositivo