Me caso con el príncipe enfermoCap. 11/198 min de lectura

Capítulo 11: Vivir bien

—Qingwu.

Me lo dijo otra vez, como si quisiera asegurarse de que yo era real.

—Aquí estoy. —Le apreté la mano. Me salió una risa que era casi un sollozo—. Aquí estoy.

—Te quedaste toda la noche.

—Solo me senté un rato.

Él miró la vela consumida, la palangana con el agua turbia, los paños amontonados, mis mangas arrugadas. No dijo nada. Pero sus dedos se apretaron un poco más alrededor de los míos.

—Gracias —murmuró—. Te hice trabajar demasiado.


El viejo monje entró poco después, con el médico imperial detrás. Le tomaron el pulso uno y otro, se miraron, asintieron.

—El veneno ya salió —dijo el monje—. Lo que queda es cuidarse, despacio.

El médico se retiró a preparar la nueva receta. El monje se quedó un momento junto a la puerta, con las manos dentro de las mangas.

—Pero este veneno no se juntó en uno ni en dos días —añadió.

—¿Cuánto tiempo? —pregunté.

Él señaló a Jingheng con la barbilla.

—Puede preguntárselo a él. Él lo sabe mejor que nadie.

Y salió, cerrando la puerta con suavidad.

Me quedé mirando a mi esposo. Él miraba el techo. Durante un rato largo ninguno de los dos habló. Afuera los sirvientes barrían el patio; alguien recogía las piedras de go que seguían desparramadas bajo el ciruelo.

—El Palacio del Este mandó hierbas —dije al fin—. Para demostrar cuánto se preocupa el Príncipe Heredero por ti. Las sellé. No las tocó nadie.

Él sonrió apenas, sin alegría.

—Qingwu, llegaste hasta aquí tú sola. Ya no puedo esconderte nada.

Se incorporó con esfuerzo. Lo ayudé a recostarse sobre los cojines. Tenía los hombros más delgados de lo que imaginaba bajo la ropa.

—Cuando tenía dieciocho años me caí al agua —empezó—. Dijeron que había sido por travieso, por descuidado. Que un príncipe de esa edad no debería andar jugando cerca del estanque. Pero ese día, en el agua… había algo. Alguien había puesto algo en el agua.

No me miraba. Hablaba como quien recita una historia ajena.

—Sobreviví —continuó—. Pero desde entonces cargo con esta enfermedad. El Hospital Imperial siempre ha dicho que soy débil de nacimiento. Y yo dejé que lo dijeran.

—¿Quién lo hizo?

Él tardó en responder.

—En todos estos años de recuperación —dijo—, me mantuve lejos del Palacio del Este. Pasé temporadas enteras en el templo. No asistía a los banquetes. No pedía cargos. Tosía cuando había que toser. Pensé que si me alejaba lo suficiente, no volverían a venir por mí.

Comprendí entonces lo que no había dicho. Que su debilidad había sido, en parte, un escudo. Que había fingido estar más enfermo de lo que estaba para que nadie lo considerara una amenaza.

—Pero esta vez —dijo, y por fin me miró— me casé contigo. Ahora tengo a alguien a quien quiero proteger. Y lo que ellos quieren ver es que yo vuelva a caer enfermo. Que no me levante nunca más.

—Jingheng…

—Antes mi vida era solo mía —siguió, muy despacio—. Podía tirarla en un templo, en una cama, donde fuera. Ahora vivo para ti. Así que, Qingwu, no tengas miedo.

Me tomó la mano con las dos suyas. Las tenía tibias por fin.

—El veneno ya está curado. De aquí en adelante voy a estar contigo. Vamos a vivir bien.

Algo se me deshizo en el pecho. Pensé en la otra cama, en el Palacio del Este, en las cortinas que nadie abría. Pensé en todas las veces que me dije «solo tengo que aguantar un poco más».

No quería aguantar. Quería vivir.

—Vamos a vivir bien —repetí—. Los dos. Juntos.


La fiebre bajó del todo en tres días. Al cuarto, Jingheng ya caminaba por el patio apoyado en mi brazo, quejándose de que el médico le había prohibido el té fuerte.

Al quinto, mi doncella entró con el ceño fruncido.

—Alteza, afuera están diciendo cosas.

—¿Qué cosas?

Ella vaciló. Miró a Jingheng, que leía junto a la ventana.

—Que usted es una calamidad. Que en cuanto entró a esta casa, Su Alteza casi se muere. Que trae desgracia a donde va.

—¿Quién está regando eso?

—Nadie sabe. Empezó en las casas de té y ya llegó hasta el mercado.

—Alguien no quiere que estemos tranquilos —dijo Jingheng, sin levantar la vista del libro.

Yo tomé la taza de agua tibia que me habían servido y bebí un sorbo largo.

—Si yo soy una calamidad —dije—, entonces esta agua está muy dulce.

Jingheng soltó una carcajada. Era la primera vez que lo oía reírse así, con todo el cuerpo, y tuvo que llevarse la mano al pecho, esta vez de risa.

—Todavía tienes ánimo para bromear —me dijo.

—Ellos esperan que estemos en caos —respondí—. No les vamos a dar ese gusto.


Dos días después llegó una convocatoria del Palacio Fengyi.

La Emperatriz me recibió en el salón de siempre, con el mismo incienso espeso y las mismas damas de rodillas a los lados. A su derecha, sentada en un cojín bordado, estaba Wanrou. Le habían permitido salir del pabellón lateral para la ocasión. Tenía la cara más delgada y los ojos todavía hinchados, pero se había maquillado con cuidado.

—Qingwu —empezó la Emperatriz, con una dulzura que me puso los pelos de punta—, tú creciste en la Mansión del Marqués y eres famosa por tu buena educación. La Princesa Heredera es joven y le falta un poco de etiqueta. Creo que sería bueno que tú la guiaras.

Era una trampa tan bien envuelta que casi daba gusto verla. Si aceptaba, tendría que entrar y salir del Palacio del Este a diario, a merced de cualquier accidente. Y si algo salía mal con Wanrou, la culpa sería de la maestra.

Me incliné.

—Con todo respeto, Su Majestad, no me atrevo. La Princesa Heredera es de noble posición y ha sido educada por Su Majestad en persona. Yo, como cuñada, ¿cómo me atrevería a enseñarle algo?

—Niña —dijo la Emperatriz, con una risa ligera—, eres demasiado modesta.

—Su Majestad me alaba sin razón. —Levanté la vista, sonriendo—. Además, el otro día la Emperatriz Viuda comentó que la Princesa Heredera es muy inteligente y aprende todo enseguida. Teniendo a Su Majestad y a la Emperatriz Viuda, ¿cómo podría tocarme a mí ese honor?

Hubo un silencio. La Emperatriz no podía contradecir a la Emperatriz Viuda delante de sus damas. Y yo no había dicho una sola palabra que no fuera un elogio.

Wanrou habló por primera vez. Tenía la voz ronca.

—Hermana, qué habilidosa eres.

—Hermana, me halagas —le contesté.

La Emperatriz dejó la taza sobre la mesa con un golpe muy suave. Muy preciso.

—Las palabras de hoy —dijo—, las voy a recordar.

—Sé que las va a recordar —respondí, inclinándome otra vez—. Las acepto.

Salí del Palacio Fengyi con la espalda empapada de sudor bajo la seda. Mi doncella me esperaba en el patio.

—¿Cómo le fue, Alteza?

—Me gané una enemiga más —dije—. O, mejor dicho, la enemiga que ya tenía ahora lo sabe.

Mi doncella me ayudó a subir al carruaje. Mientras las ruedas empezaban a rodar sobre las piedras del patio, me quedé mirando los aleros del Palacio Fengyi, con sus tejas verdes y sus campanillas quietas.

En mi vida pasada, yo había entrado a ese salón cientos de veces. Siempre de rodillas, siempre con una respuesta dócil preparada. La Emperatriz me pedía que enseñara modales a las damas nuevas del Palacio del Este, que revisara las cuentas de su propio palacio, que le preparara regalos para las familias que quería tener contentas. Yo decía que sí a todo. Creía que así me ganaría su cariño.

Nunca me lo gané. Solo me gané más trabajo, y una tumba sin visitas.

El carruaje dobló la esquina y el palacio desapareció detrás de los muros.

—Alteza —dijo mi doncella, observándome con curiosidad—, está sonriendo.

—¿Sí?

—Sí. Como si le hubiera ganado una partida de go.

Me toqué la mejilla, sorprendida. Tenía razón. Estaba sonriendo.

—Es que por primera vez dije que no —le expliqué—. Y el techo no se cayó.


No tuve tiempo de pensar en eso.

Esa misma tarde, cuando el carruaje todavía no había llegado a casa, uno de los sirvientes de la Mansión del Marqués nos alcanzó a caballo, sin aliento.

—¡Señorita! ¡La Mansión del Marqués está rodeada!

—¿Qué pasó?

—Dicen que encontraron un caso viejo. —El hombre tragó saliva—. Un viejo sirviente que murió en la mansión hace más de diez años. Ahora dicen que no murió de enfermedad, que su muerte fue extraña. Que el señor Marqués mandó silenciarlo para tapar un asunto de corrupción.

Sentí que el suelo del carruaje se movía.

—¿Quién lo acusa?

—Hay una testigo. La partera de aquellos años. Dice que vio a alguien de la gente del señor Marqués entrar al patio del viejo sirviente a medianoche. Y también aparecieron unas cartas viejas. Dicen que hablan de silenciarlo.

Me quedé en silencio, con la mano en el borde de la ventanilla.

Una testigo que esperó más de diez años para hablar. Unas cartas que nadie había visto nunca. Todo apareciendo a la vez, justo cuando la Emperatriz acababa de decirme que recordaría mis palabras.

—Esta trampa está montada con demasiada prisa —dije, más para mí que para nadie—. Y solo cuando hay prisa se ven las costuras. Un plan bien hecho no se arma en un día.


Cuando llegué a casa, Jingheng ya estaba en el patio, vestido para salir. Alguien le había llevado la noticia antes que yo.

—Voy a la Mansión del Marqués —le dije.

—Voy contigo.

—Acabas de recuperarte. El médico dijo…

—Qingwu. —Me puso la capa sobre los hombros con sus propias manos—. Esa es la casa de tu madre. No voy a dejar que vuelvas sola.

No discutí. Subimos al carruaje juntos.

La Mansión del Marqués estaba rodeada de guardias con antorchas, aunque todavía no había oscurecido del todo. Los vecinos miraban desde las esquinas. Alguien escupió al suelo cuando pasamos. Las puertas, las mismas puertas por las que yo había salido vestida de novia, estaban entreabiertas, y del otro lado no se oía nada.

Entramos.

Mi madre estaba en el salón principal, sentada muy derecha, con los ojos secos y las manos juntas sobre el regazo. Cuando me vio, se le quebró la expresión por un segundo y luego se recompuso.

Mi padre estaba de pie junto a la ventana, de espaldas. No se volvió cuando entramos. Sobre la mesa había unas cartas amarillentas, desplegadas, con los bordes comidos por el tiempo.

—Padre —dije.

Él no respondió.

—Papá.

Entonces se volvió. Y vi en su cara algo que no había visto nunca, ni en esta vida ni en la otra: no rabia, no orgullo. Derrota.

—La familia Shen —dijo, muy bajo— tal vez ya está acabada.

Fin del capítulo 11
Sigue leyendoCapítulo 12: La carta que no se quemó—No. Lo dije antes de pensarlo. Crucé el salón y me paré frente a mi padre. —No, papá. La familia Shen no se va a acabar. Él me miró como si no me…Leer capítulo 12
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Me caso con el príncipe enfermo19 capítulos
  1. 1El palanquín que no me esperó
  2. 2Una concubina por gratitud
  3. 3La caja de colorete
  4. 4Solo el comienzo
  5. 5El vestido de lotos gemelos
  6. 6Volver a casa bajo la lluvia
  7. 7«Está bien, te espero»
  8. 8La trampa junto al lago
  9. 9Polen de adelfa
  10. 10El veneno en el fondo de la olla
  11. 11Vivir bienLeyendo
  12. 12La carta que no se quemó
  13. 13La calma antes de la tormenta
  14. 14Él también recordaba
  15. 15Hasta aquí
  16. 16El testamento del Emperador
  17. 17El sello falso
  18. 18El sello del fénix
  19. 19Esta vida vale la pena
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