Me caso con el príncipe enfermoCap. 10/198 min de lectura

Capítulo 10: El veneno en el fondo de la olla

—¡Llamen al médico imperial! ¡Ya!

No reconocí mi propia voz. Salió aguda, rota, como la de una niña.

Los sirvientes corrieron. Dos de ellos levantaron a Jingheng entre las piedras de go desparramadas y lo llevaron adentro. Su cabeza colgaba hacia un lado; tenía los labios entreabiertos y una línea de sudor frío en la frente. Le tomé la mano mientras lo acostaban. Ardía. Hacía un momento me estaba sonriendo sobre el tablero y ahora ardía como una brasa.

El médico imperial llegó jadeando, con la caja de agujas bajo el brazo. Se arrodilló junto a la cama, puso tres dedos sobre la muñeca de Jingheng y cerró los ojos.

Esperé.

Los segundos se alargaron. El médico frunció el ceño, cambió de muñeca, volvió a la primera.

—Alteza —dijo por fin, sin mirarme—, esto es grave. El pulso está muy desordenado. No… no puedo determinarlo en este momento.

—¿Qué hacemos, señorita? —susurró mi doncella detrás de mí.

—La enfermedad llegó demasiado de golpe —siguió el médico—. Hace unos días Su Alteza estaba bien.

—Lo sé —dije—. Por eso mismo está mal.

Me levanté. Las piernas me temblaban, pero se sostuvieron.

—Vayan al templo —ordené—. Traigan al viejo monje. Que venga ahora, aunque tengan que cargarlo.


El viejo monje llegó pasada la medianoche, en un carruaje sin insignias, con una túnica gastada y las manos más firmes que había visto nunca. Jingheng había pasado años recuperándose en su templo; si alguien conocía ese cuerpo, era él.

Tomó el pulso mucho rato. Le abrió los párpados, le miró la lengua, le apoyó la palma sobre el pecho. Yo no me moví del rincón.

—¿Maestro?

—No es una enfermedad —dijo.

Lo dijo con tanta calma que tardé en entenderlo.

—Fiebre alta y letargo —continuó—, y apareció de repente. Pero el pulso muestra un veneno antiguo. Uno que lleva mucho tiempo dentro del cuerpo. Estaba dormido, y en estos dos días alguien lo despertó.

—Veneno —repetí.

—Plantado hace tiempo. Provocado ahora.

—¿Quién…?

El monje me miró con unos ojos viejos, sin juicio.

—Eso no se lee en el pulso, Alteza. Pero quizás usted quiera revisar las medicinas.

Se retiró a preparar sus agujas y me dejó sola junto a la cama.

Me senté en el borde y le aparté a Jingheng un mechón húmedo de la frente. Tenía la piel tan caliente que me dolieron los dedos.

Veneno. La palabra me daba vueltas en la cabeza como una mosca contra el papel de la ventana.

En mi vida pasada, en el Palacio del Este, yo también había tomado medicinas durante meses. Amargas, espesas, siempre servidas por las mismas manos. Nunca pregunté qué llevaban. Nunca guardé un solo residuo. Pensaba que preguntar era desconfiar, y que desconfiar era faltarle el respeto a la casa de mi esposo. Me fui apagando poco a poco, con la boca cerrada y la conciencia tranquila.

No pensaba volver a cometer ese error. Ni conmigo ni con él.

—Esta vez no —le dije en voz baja, aunque él no podía oírme—. Esta vez voy a mirar dentro de cada olla.


Esa misma noche cerré la puerta de la mansión.

—Díganle a cualquiera que venga que Su Alteza está gravemente enfermo —ordené al mayordomo—. Que la casa no recibe visitas. Ni siquiera parientes.

—¿Y la Mansión del Marqués, Alteza? Su madre va a preocuparse.

—Mándales un mensaje. Que Su Alteza está enfermo, que yo también me enfermé cuidándolo y que no volveré por unos días.

No era del todo mentira. Me dolía la cabeza como si me la apretaran con un aro de hierro.

Al amanecer empecé a investigar.

Mi doncella me trajo todo lo que había en la cocina de medicinas: las ollas de barro, los coladores, los frascos de hierbas, el registro de recetas. Y los restos. Gracias al cielo, alguien había guardado los restos.

—Pensé que como Su Alteza toma medicina hace tanto tiempo —explicó una de las sirvientas de la cocina, con la cabeza gacha—, convenía guardar un poco, por si el médico quería revisar.

La habría abrazado.

Extendí los residuos sobre un paño blanco, bajo la luz de la ventana, y los fui separando con una aguja. Raíz de astrágalo. Regaliz. Dátiles. Todo lo que decía la receta. Y algo más: unos fragmentos oscuros, del tamaño de un grano de arroz, que no correspondían a nada.

—Aquí hay un ingrediente de más —dije—. No está en la receta.

—¿De cuándo es este residuo? —le pregunté a la sirvienta.

—De hace medio mes, Alteza.

—¿Hay más?

—Aquí también. —Me tendió otro paquete. Y otro—. Todos del último mes.

Los revisé uno por uno. No estaba en todos. Aparecía, desaparecía, volvía a aparecer.

—Cada pocos días le echaban un poco —murmuré—. A veces antes de hervir la medicina. A veces a la mitad.

Mi doncella había ido a averiguar sobre el sirviente que preparaba la medicina de Jingheng. Volvió con la cara tensa.

—Señorita. El viejo que prepara la medicina se fue al campo hace unos días. Dijo que su madre estaba muy enferma y pidió permiso.

—¿Y en los días en que él estaba aquí?

—En esos días, hay más cosas en el residuo.

Me quedé mirando los granos oscuros sobre el paño.

El último mes. Después de mi boda. Desde que llegué a esta casa, alguien había estado metiendo la mano en la medicina de Xiao Jingheng. Y siempre en los lugares más discretos, los que nadie mira: una olla, un colador, un viejo sirviente que lleva años en la cocina.

—¿Será el Príncipe Heredero? —preguntó mi doncella en voz muy baja.

No contesté.

—No le digas a nadie —le ordené—. Guarda los residuos. Y vigila al que prepara la medicina. Cuando vuelva, quiero saberlo antes que nadie.


Al mediodía llegó un mensajero del Palacio del Este.

Traía una caja lacada con hierbas medicinales: ginseng de raíz larga, hongos secos, una bolsita de seda con algo que olía dulce.

—El Príncipe Heredero se preocupa mucho por el Tercer Príncipe —recitó el mensajero, inclinándose—. Envía estas hierbas especialmente. Quería venir en persona, pero temía perturbar el descanso de su hermano menor. Pregunta cómo se encuentra.

—Agradézcale a Su Alteza de mi parte —respondí, con la sonrisa más tranquila que tenía—. Su Alteza es muy considerado. Mi esposo descansa. Dígale que no se preocupe.

Cuando el mensajero se fue, ni siquiera abrí la caja.

—Séllala —le dije al mayordomo—. Que nadie la toque. Nadie.

Mi doncella esperó a que estuviéramos solas.

—Alteza, ¿esto es preocupación del príncipe o es una prueba?

—Una prueba —dije—. Si de verdad le importara, habría venido en persona. Manda una caja de medicinas para ver si estamos en caos. Para ver si abrimos la puerta. Para ver si alguien de aquí corre a contarle algo.

Esa tarde dividí los residuos en tres paquetes. Uno lo cosí dentro de un cojín de mi cama. Otro lo escondí en una caja de hilos, debajo de los ovillos. El tercero se lo di a mi doncella para que lo guardara en un lugar que ni yo conociera.

—¿Por qué en tres lugares? —preguntó ella.

—Para que no se pierda. Si todo está en un solo sitio y desaparece, se acabó. Si está en tres, al menos uno se salva.

Ella me miró como si yo supiera cosas que no debería saber. Quizás tenía razón. En mi vida pasada aprendí, demasiado tarde, que en un palacio todo lo que no se esconde dos veces se pierde.


Esa noche alguien entró.

No lo oí. Lo supe a la mañana siguiente, cuando mi doncella vino corriendo desde la cocina de medicinas.

—Alteza. Hubo alguien. Revolvieron todo: las ollas, los frascos, el armario de los residuos. Pero no se llevaron nada de valor.

—Vino por los residuos —dije.

—Lo más seguro.

Fui a verlo yo misma. Las tapas de las ollas estaban fuera de lugar. El armario donde antes se guardaban los restos estaba abierto de par en par, vacío, porque yo ya lo había vaciado. Sentí algo parecido a la satisfacción, y luego algo mucho más frío: quien había entrado conocía la casa. Sabía dónde buscar.

—No te preocupes —le dije a mi doncella, que estaba temblando—. Aquí está más seguro que afuera. Ese poco de ruido no me asusta.

—¿Le avisamos al señor Marqués?

Lo pensé. Mi padre se habría presentado con veinte hombres armados y habría hecho tanto escándalo que el culpable habría huido antes del mediodía.

—Contarle a otros solo va a alertar al enemigo —dije—. Esperemos hasta tener todas las pruebas.

Esa tarde revisé uno por uno los nombres de los sirvientes que entraban a la cocina de medicinas. Eran pocos. Casi todos llevaban años en la casa, desde antes de que Jingheng se casara. Gente callada, que bajaba la vista cuando yo pasaba y que no había dado nunca un motivo de queja.

Eso era lo que más me asustaba. Que el veneno no hubiera entrado por la puerta grande, con un mensajero y una caja lacada, sino por la puerta de atrás, en las manos de alguien en quien todos confiaban.

Mi doncella me encontró con la lista en el regazo y la vela casi apagada.

—Alteza, ¿sospecha de todos?

—No sospecho de nadie —contesté—. Solo miro. Mirar no le hace daño a nadie que no tenga nada que esconder.


La fiebre no bajaba.

El médico imperial vino otra vez, cambió las agujas, preparó una nueva medicina con sus propias manos y la vio hervir sin apartarse. El monje se quedó en un cuarto lateral, rezando. Yo me senté junto a la cama y no me levanté.

—Si la fiebre sigue así —dijo el médico en voz baja, en la puerta—, Su Alteza podría consumirse.

No le respondí. Le pasé a Jingheng un paño húmedo por la frente, por el cuello, por las muñecas. Cambié el agua. Volví a pasarlo.

—Señorita, debería descansar un poco —me rogó mi doncella al anochecer—. No ha comido nada desde ayer.

—Su Alteza no ha despertado.

—¿Y si usted se enferma primero? ¿Quién lo va a cuidar entonces?

Tenía razón. Tomé dos cucharadas de sopa para que dejara de mirarme así. No supe a qué sabía.

Cuando ella se fue, la habitación quedó en silencio. Solo se oía la respiración de Jingheng, pesada, irregular, y el chisporroteo de la vela.

Lo miré. Las pestañas largas, la boca seca, el pelo suelto sobre la almohada. Parecía más joven dormido. Más frágil.

En mi vida pasada me mataron en el Palacio del Este, poco a poco, en una cama parecida a esta. Recuerdo el frío, el sabor amargo de las medicinas, las cortinas que nadie abría. Recuerdo que pedí ver a mi madre y no me dejaron. Recuerdo haberme dado cuenta de que iba a morir.

Y aun así, entonces, no tuve tanto miedo como ahora.

Me sorprendió. Me quedé quieta con el paño en la mano, mirando ese rostro, y lo entendí despacio, como se entiende algo que uno ya sabía: así que esto era. Cuando una empieza a preocuparse por alguien, el corazón se vuelve así de blando. Así de fácil de romper.

—No te despiertas —le susurré—. Y yo no puedo dormir.

La vela se consumió. Encendí otra. Afuera cantó un gallo, lejos, y el cielo detrás del papel de la ventana se volvió gris.

Debí de cerrar los ojos un momento, con la cabeza apoyada en el borde de la cama, porque lo siguiente que sentí fue un movimiento bajo mi mano. Unos dedos que se cerraban, muy débiles, alrededor de los míos.

Levanté la cabeza de golpe.

Jingheng tenía los ojos abiertos. Me miraba, cansado, todavía turbio de fiebre, pero me miraba a mí.

—Qingwu —dijo.

Fin del capítulo 10
Sigue leyendoCapítulo 11: Vivir bien—Qingwu. Me lo dijo otra vez, como si quisiera asegurarse de que yo era real. —Aquí estoy. —Le apreté la mano. Me salió una risa que era casi un sollozo—.…Leer capítulo 11
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Me caso con el príncipe enfermo19 capítulos
  1. 1El palanquín que no me esperó
  2. 2Una concubina por gratitud
  3. 3La caja de colorete
  4. 4Solo el comienzo
  5. 5El vestido de lotos gemelos
  6. 6Volver a casa bajo la lluvia
  7. 7«Está bien, te espero»
  8. 8La trampa junto al lago
  9. 9Polen de adelfa
  10. 10El veneno en el fondo de la ollaLeyendo
  11. 11Vivir bien
  12. 12La carta que no se quemó
  13. 13La calma antes de la tormenta
  14. 14Él también recordaba
  15. 15Hasta aquí
  16. 16El testamento del Emperador
  17. 17El sello falso
  18. 18El sello del fénix
  19. 19Esta vida vale la pena
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