Jingheng llegó cuando el sol ya asomaba por encima de los tejados.
No le dije nada. Le puse el decreto falso en las manos y le señalé la esquina del sello. Él lo miró un buen rato, luego levantó los ojos hacia mí, y en ellos no había sorpresa. Solo una calma enorme, como la de un río después de la crecida.
Ese mismo día, antes del mediodía, el decreto secreto se presentó ante la corte. Lo llevaron los mismos que habían escrito el memorial, seguros de su jugada. Jingheng dejó que lo leyeran en voz alta, completo, sin interrumpir. Luego pidió que trajeran cualquier otro documento firmado por el emperador anterior y que pusieran los dos sellos lado a lado.
No hizo falta decir nada más. Los ministros que estaban más cerca vieron la diferencia en el rojo y bajaron la cabeza. Los que habían presentado el decreto se pusieron de rodillas antes de que los guardias llegaran por ellos.
La partida había terminado.
Esa noche, la víspera de la ceremonia, Jingheng y yo nos quedamos solos en el corredor que daba al jardín. Las linternas blancas del luto ya habían sido retiradas, y en su lugar colgaban otras nuevas, rojas y doradas, que se mecían con la brisa.
—Qingwu.
—Mm.
—Mañana es el día en que subo al trono.
—Lo sé. —Le apoyé la cabeza en el hombro—. Te voy a acompañar.
Se quedó callado un rato. Abajo, en el jardín, una sirvienta cruzaba con una lámpara y la luz bailaba entre los arbustos.
—Qingwu, ¿sabes? —dijo al fin—. Antes pensaba lo bonito que sería que alguien pudiera ayudarme. En la vida pasada, en esta. Siempre esperando a que alguien me tendiera la mano.
Levanté la cara para mirarlo.
—¿Y ahora?
—Ahora me levanté solo. —Sonrió—. Y hay alguien que siempre ha estado a mi lado.
No le contesté. Le tomé la mano y la apreté, y nos quedamos así hasta que la sirvienta del jardín apagó su lámpara.
La ceremonia de ascenso al trono empezó al amanecer.
Nunca había visto el gran salón tan lleno. Los ministros formaban filas interminables, con las túnicas de gala bordadas en hilo de oro. Los tambores sonaban despacio, graves, como un corazón enorme latiendo bajo el piso. El humo del incienso subía en columnas hacia el techo y lo envolvía todo en una niebla dorada.
Jingheng avanzó por la alfombra con la túnica del dragón. Ya no tenía la palidez del príncipe enfermo. Caminaba derecho, con paso firme, y nadie que lo viera habría creído que durante años lo dieron por un enfermo sin remedio.
Yo lo seguía unos pasos atrás, con el vestido ceremonial que me habían cosido en solo diez días. Era rojo y dorado, con fénix bordados en las mangas, tan pesado que tenía que concentrarme en cada paso para no tropezar. Recordé, sin querer, otro vestido rojo, en otra vida. El de mi boda con el Príncipe Heredero. Aquel día también hubo multitudes, también hubo tambores, pero la gente se reía. Se reían de mi cara hinchada debajo del velo, de la novia con sarpullido que entraba al Palacio del Este como si fuera un premio.
Hoy nadie se reía. Hoy las cabezas se inclinaban a mi paso como espigas de arroz bajo el viento.
No sentí orgullo. Sentí algo más tranquilo y más hondo, como cuando por fin se cierra una puerta que ha estado golpeando toda la noche.
Cuando llegó al trono, se dio vuelta. Me buscó con la mirada.
Un eunuco se acercó a mí con una bandeja cubierta de seda amarilla. Sobre ella descansaba el sello del fénix.
—Su Majestad, reciba el sello del fénix.
Lo tomé con las dos manos. Pesaba más de lo que esperaba. No solo por el jade.
Jingheng bajó un escalón hacia mí.
—Qingwu. Desde hoy, eres la señora de este palacio.
Las voces estallaron detrás de mí, cientos de ellas, una sola:
—¡Larga vida a nuestro Emperador! ¡Larga vida a la Emperatriz!
Me arrodillé, y al levantar la vista vi, entre la niebla del incienso, a mi madre llorando en un rincón y a mi padre con la barbilla temblándole. Vi también, detrás de una cortina de cuentas, la silueta pequeña y derecha de la Emperatriz Viuda.
Después de la ceremonia, la Emperatriz Viuda me mandó llamar.
Me recibió en el Palacio Shou'an, sentada en su silla de siempre. Cuando entré, me hizo una seña para que me acercara y me tomó las manos entre las suyas, que estaban tibias y secas.
—En mi vida he visto a muchas emperatrices —dijo—. Tú eres la primera que me hace sentir que merece este lugar.
Se me cerró la garganta.
—Su Majestad…
—Por fin lo lograste.
—Sí. Lo logré.
No supe qué más decir. Me quedé con sus manos entre las mías, sintiendo el pulso lento de una mujer que había sobrevivido a todo.
Esa noche, Jingheng y yo subimos a la torre más alta del palacio.
Desde ahí se veía la ciudad entera. Miles de luces encendidas, en las calles, en las casas, en los templos, en las barcas del río. Parecía que alguien había volcado una caja de estrellas sobre la tierra.
Me quedé mirándolas mucho rato.
En la vida pasada, un palanquín me llevó al Palacio del Este. Me dio el título de princesa heredera, y también fue mi jaula. Esta vez no subí a ese palanquín. Y aun así había llegado a un lugar más alto.
—Qingwu, mira —dijo Jingheng, señalando la ciudad—. Esas luces, de ahora en adelante, las vamos a cuidar nosotros.
—Las vamos a cuidar —respondí—. Pero no te mates trabajando. En la vida pasada te desgastaste hasta el final.
Él se rio y me pasó un brazo por los hombros.
—Con lo que dices, ya no me atrevo.
Nos quedamos ahí arriba hasta que el viento se volvió frío. Él me envolvió con su capa y yo me dejé envolver. Abajo, en algún barrio lejano, alguien tiraba petardos, y el eco subía hasta la torre como risas pequeñas. Pensé que en alguna de esas casas iluminadas habría una muchacha a punto de casarse, mirando su vestido rojo. Le deseé, en silencio, que subiera al palanquín correcto.
Unos días después volví al Palacio Shou'an para presentar mis respetos. Quería hacerlo como corresponde, con el protocolo completo, con la reverencia de una emperatriz a la Emperatriz Viuda. Ella me detuvo con un gesto antes de que me arrodillara.
—No me importan esos títulos vacíos. Ustedes dos vivan bien. Eso vale más que todo lo demás.
—Su Majestad me quiere mucho —le dije—, pero el respeto que le debo como Emperatriz Viuda no puede faltar.
Se rio, y se le arrugaron los ojos.
—En la vida —dijo—, lo más valioso es que, cuando una se hace vieja, haya alguien dispuesto a escuchar sus chismes.
Me senté a su lado. Ella me miró con una ternura que no le había visto nunca.
—Qingwu, viniste. Se me calienta el corazón. —Hizo una pausa—. ¿Sabes por qué te ayudé aquella vez?
—No lo sé.
—Porque en tus ojos no había rencor. —Me apretó la mano—. Viví toda mi vida en el harén. Vi a demasiada gente con rencor en los ojos. Todas terminaron derrotadas por sí mismas. Tú eres distinta. Sufriste mucho, y aun así tus ojos siguen limpios.
—Yo también sentí rencor, abuela imperial —le confesé—. Pero después de quejarme, tuve que seguir adelante.
—Bien. Que pienses así está bien. —Suspiró—. Si tú te encargas del harén, puedo estar tranquila.
No pasó mucho antes de que entendiera lo que significaba "encargarse del harén".
—Su Majestad —me dijo la criada una mañana, entrando con un montón de libros que casi no podía cargar—, esto no es un palacio. Es un pozo de hielo.
—¿Qué encontraste?
Abrió el primer libro sobre la mesa.
—Mire. Solo el año pasado, el salario mensual de los trabajadores de los seis palacios… lo que se reporta y lo que se recibe no es lo mismo.
Pasé los ojos por las columnas. Lo vi enseguida. Las cifras de arriba, las que se enviaban al Ministerio de Hacienda, eran redondas y generosas. Las de abajo, las que firmaban los sirvientes al recibir su paga, eran más pequeñas. Mes tras mes. Año tras año.
—¿Quién se quedó con la diferencia?
—Ya lo investigué. La mayor parte del dinero fue a parar al bolsillo de la jefa de las nodrizas, la que servía en el palacio de la Emperatriz depuesta.
—¿La nodriza?
—Sí, Su Majestad. Lleva años aprovechándose del nombre de su antigua señora para hacer lo que quiere. Los trabajadores no se atreven a decir nada.
Cerré el libro.
—Un pozo de hielo hay que romperlo a paladas, una por una. Empecemos por el salario mensual. Lo más importante para la gente del palacio es comer.
Mandé llamar a la nodriza esa misma tarde.
Era una mujer robusta, de cara redonda y ojos pequeños, con un broche de jade que ninguna sirvienta podría haber pagado con su salario. Entró a la sala sin bajar la cabeza del todo, como quien está acostumbrada a que le abran paso.
En cuanto vio los libros sobre la mesa, se tiró al suelo.
—¡Su Majestad, haga justicia! Serví a la Emperatriz anterior durante muchos años. Fui la más leal. ¡Nunca robé ni me quedé con nada!
Se arrastró hacia mí llorando a gritos. La criada dio un paso adelante, pero yo levanté la mano.
—Que se arrodille como corresponde —dije.
Dos sirvientas la sujetaron por los brazos y la pusieron de rodillas, derecha, frente a la mesa. Ella siguió gimiendo.
—Cuanto más escándalo hace, más sospechosa parece —le dije con calma—. Estos son los libros de los últimos diez años. Cuánto recibió cada persona, cuánto se le descontó. Todo está anotado.
Ella se calló de golpe. Miró los libros como si fueran serpientes.
—Nodriza, usted lleva cuarenta años en el palacio. Debería saber que las reglas del palacio son de la casa imperial, no propiedad privada de nadie. —Hice una pausa—. Por respeto a que sirvió a su antigua señora, no la voy a castigar. Será degradada a sirvienta común y expulsada del palacio interior. El salario que se descontó se devolverá completo a cada trabajador. Y de ahora en adelante, los premios y los castigos se aplicarán según las reglas.
La sala entera quedó en silencio. Vi, en la puerta, a varias sirvientas jóvenes que se habían asomado y se tapaban la boca con las manos.
La nodriza levantó la cara, roja, con los ojos desorbitados.
—¡Emperatriz, me está calumniando! ¡Soy inocente!
Me incliné un poco hacia ella, sin alzar la voz.
—Si todavía quiere armar escándalo, ni siquiera tendrá que ser sirvienta. —La miré a los ojos—. Irá a la lavandería.
Ella palideció.
—Usted sabe muy bien cómo es la lavandería.