Me caso con el príncipe enfermoCap. 19/198 min de lectura

Capítulo 19: Esta vida vale la pena

La nodriza no volvió a abrir la boca.

Se la llevaron a media tarde, con su broche de jade guardado en una caja que ya no era suya. Esa misma semana, por primera vez en años, cada trabajador de los seis palacios recibió su salario completo. Las cocineras, los jardineros, las muchachas que lavaban la ropa, los eunucos más viejos que barrían los patios de madrugada. Nadie hizo una fiesta. Pero noté que las sirvientas me saludaban distinto. Ya no bajaban la cabeza por miedo. La bajaban, y luego la levantaban para mirarme.

Unos días después, la Emperatriz Viuda me llamó al Palacio Shou'an. Jingheng estaba con ella, tomando té, y los dos se callaron cuando entré, como niños sorprendidos en una travesura.

—¿De qué hablaban? —pregunté.

—De ti —dijo la Emperatriz Viuda sin ningún pudor—. Le contaba a este muchacho lo que hiciste con la nodriza. Hay quien gana el corazón de la gente con favores, regalando cosas. Tú no. Tú lo ganas con reglas y con justicia.

—Es mejor que yo —añadió Jingheng, riéndose—. Yo, que soy el Emperador, no consigo que me miren así.

—Los corazones no se compran —dije, sentándome a su lado—. Se ganan con reglas y con justicia. En la corte es igual. En el harén, también.

La Emperatriz Viuda me miró con curiosidad.

—Qingwu, ¿dónde aprendiste todo eso?

Pensé en el cuarto frío del Palacio del Este. En las sirvientas a las que castigaban por nada. En la comida que llegaba helada, en el carbón que nunca alcanzaba, en las noches en que tosía sola sin que nadie viniera.

—En la vida pasada vi suficiente injusticia en el Palacio del Este —respondí—. No quiero que nadie más tenga que sufrir así.

Ninguno de los dos me preguntó qué quería decir con "la vida pasada". La Emperatriz Viuda solo asintió despacio, y Jingheng me tomó la mano bajo la mesa.


Las noticias de los que se habían ido llegaban de vez en cuando, como hojas que trae el viento.

—Su Majestad —me dijo la criada una mañana—, ya entregamos todo lo que mandó a la segunda señorita. Está en el templo, copiando escrituras. Dicen que tiene mucho mejor color que antes. Me pidió que le trajera un mensaje.

—¿Qué dijo?

—Que gracias por todavía acordarse de ella.

Me quedé un momento en silencio.

—También es hija de la familia Shen —dije—. Si ella ya soltó, yo debo dejarla en paz.

Esa tarde, sin saber muy bien por qué, saqué del cajón la vieja horquilla de plata de mi abuela, con su flor de ciruelo de perlas gastadas, la que mi madre me había dado antes de la boda. La sostuve un rato contra la luz. Pensé en Wanrou de rodillas frente a la puerta del palacio, con su vestido color ceniza. Pensé en su madre, que la crio para pelear por un lugar que no valía la pena. Y pensé que, si hubiera nacido de otra mujer, en otra casa, quizás habríamos sido hermanas de verdad.

No sentí pena. Tampoco rencor. Solo una calma parecida a la del agua cuando ya se asentó el barro.

La criada dudó, y luego siguió:

—El príncipe depuesto también mandó decir algo. Dice que en la residencia se cambió a ropa de tela basta y que empezó a cultivar flores. Que hasta subió un poco de peso. A veces alguien va a visitarlo, y él solo pregunta si el osmanto de afuera ya floreció.

Me imaginé a Xiao Chengyan con las manos llenas de tierra, sin coronas, sin cinturones de jade, preguntando por las flores. En la vida pasada nunca lo vi mirar una flor.

—Hay caminos equivocados —dije— de los que no se puede volver. Que pueda cultivar flores en paz ya es una bendición rara.


El nuevo reinado empezó a dar frutos más rápido de lo que nadie esperaba.

Jingheng abolió los impuestos sobre la tierra que se arrastraban desde el reinado anterior y abrió de nuevo los exámenes imperiales para que cualquiera que supiera leer pudiera presentarse. Una noche, en el estudio, me mostró los decretos antes de sellarlos.

—¿Qué te parece? ¿Falta algo?

—No entiendo de asuntos de la corte —le dije, y él arqueó una ceja, porque los dos sabíamos que eso no era del todo cierto—. Pero hay una cosa que quiero decir en nombre de la gente.

—Dila.

—Los impuestos del reinado anterior dejaron a la gente sin aliento. Ahora que los quitaste, está bien. Pero los que ya perdieron su tierra, los que se quedaron sin forma de ganarse la vida, tienen que tener a dónde ir.

Jingheng dejó el pincel.

—¿Qué propones?

—Quiero abrir un refugio fuera de la ciudad, para recibir a los huérfanos y a las viudas, a los que se quedaron solos. Y enseñarles algún oficio para que puedan mantenerse. El palacio pone el dinero. Yo llevo las cuentas.

Se rio, como si eso fuera lo más previsible del mundo.

—Está bien. Yo pago, y tú llevas las cuentas.

Y así fue. Durante semanas, las noches del estudio imperial se parecieron a las de la Mansión del Tercer Príncipe: él con sus memoriales, yo con mis libros, una tetera entre los dos y las lámparas encendidas hasta tarde. A veces él se quedaba dormido sobre los papeles, y yo le ponía una capa sobre los hombros y seguía sumando. A veces era yo la que cabeceaba, y despertaba con su mano en mi espalda y la cuenta terminada con su letra al margen.

Cada moneda tenía su lugar. Cada nombre tenía su línea. Nadie iba a poder meter la mano en ese dinero sin que yo lo supiera. En la vida pasada, mis cuentas sirvieron para que un hombre que no me quería viviera cómodo. En esta, servían para que una viuda tuviera un telar y un huérfano un plato de arroz.

Era el mismo pincel. Era la misma tinta. Pero no era la misma vida.


El refugio se abrió en primavera.

Fui el primer día, sin ceremonias, con un vestido sencillo. Había un patio grande con un pozo, telares, una cocina con fogones nuevos, y un cuarto lleno de mesas donde una mujer mayor enseñaba a las niñas a bordar. Afuera, unos hombres que habían perdido su tierra aprendían a curtir cuero.

Cuando me reconocieron, se acercaron. Una mujer de manos curtidas se arrodilló frente a mí antes de que pudiera impedirlo.

—Emperatriz, ustedes nos quitaron los impuestos. Ahora vivimos mucho mejor.

La criada se inclinó hacia mí, emocionada.

—Su Majestad, mire. Toda la gente la recuerda.

—No es por mí —le dije, ayudando a la mujer a levantarse—. Ellos rezan por una vida estable. Esta vida se la ganaron ellos mismos. Tener un bocado que comer y un lugar donde vivir es mejor que cualquier otra cosa.


Ese verano, la Emperatriz Viuda se fue poniendo más lenta. Ya no caminaba por el jardín; prefería sentarse a la sombra con una manta en las rodillas, aunque hiciera calor.

Una tarde me llamó con la mano.

—Qingwu, ven aquí. Déjame verte bien.

Me arrodillé a su lado. Ella me tomó la cara entre las manos y me miró largo rato, como quien guarda algo en la memoria.

—A mi edad ya no tengo mucho que pedir. Solo espero que siempre estés así de bien.

Luego señaló un plato con frutas sobre la mesa.

—Prueba las que manda tu padre de su huerto.

Mordí una. Estaba fría y jugosa.

—Dulce.

Ella se rio, contenta, como si la hubiera cultivado ella misma.


A finales del verano, la criada vino a verme con los ojos rojos.

Había estado conmigo desde la Mansión del Marqués, desde aquella mañana en que desperté con la cara ardiendo y el palanquín ya se había ido. Me había seguido a la Mansión del Tercer Príncipe, me había traído noticias, había cargado libros, había temblado conmigo en cada tormenta.

—Su Majestad, ya cumplí la edad para salir del palacio —dijo, y se le quebró la voz—. Pero de verdad no quiero dejarla.

Le tomé las manos.

—Si me extrañas, vuelve seguido. En el palacio siempre habrá un cuarto para ti.

El día que se fue, me esperó en la puerta del palacio con un pequeño hatillo al hombro. Se volvió una última vez.

—Su Majestad, ya me voy. No sé cuándo podremos volver a vernos.

—No hay banquete que dure para siempre —le dije—. Pero mientras quieras volver, la puerta del palacio estará siempre abierta para ti.

Ella se inclinó hasta el suelo y se fue caminando, despacio, sin mirar atrás. Yo me quedé ahí hasta que se perdió entre la gente de la calle.


Esa noche soñé con la vida pasada.

Estaba otra vez en el cuarto frío del Palacio del Este. Olía a medicina rancia y a velas apagadas. Tosía, y la tos me desgarraba el pecho, y llamaba a mi madre, y nadie venía. La puerta estaba cerrada. Siempre estaba cerrada. Afuera se oían risas lejanas, música de un banquete al que nadie me había invitado. Y yo me iba apagando, despacio, mirando el techo, sola.

—Qingwu.

Una voz.

—Qingwu, despierta. Tienes una pesadilla.

Abrí los ojos. La luz de la luna entraba por la ventana. Jingheng estaba inclinado sobre mí, con la mano en mi mejilla, secándome lágrimas que no sabía que estaba llorando.

—Sí —le dije, con la voz ronca—. Soñé con la vida pasada. Morí en el Palacio del Este.

Él no dijo nada. Me abrazó y me apretó contra su pecho, y yo escuché su corazón, firme, vivo, latiendo despacio.

Me quedé así mucho rato, mirando la luna por encima de su hombro.

En la vida pasada morí sola, en un cuarto frío, detrás de una puerta cerrada. Pero esta vez volví a nacer. Esta vez no subí al palanquín equivocado. Esta vez hubo alguien que me tomó de la mano y recorrió conmigo todos los caminos: el patio trasero de la Mansión del Marqués, el salón del Palacio Fengyi, la lluvia, el lago, la corte, el trono. Hubo una madre que me guardó dulces de osmanto y un padre que aprendió a protegerme. Hubo una anciana que vio mis ojos y no encontró rencor en ellos.

Hubo también una muchacha que me siguió desde la casa de mi padre hasta el palacio, y que ahora dormía en su propia casa, sabiendo que podía volver. Y hubo una hermana que, al final, encontró su propio camino en el silencio de un templo.

Afuera empezaba a clarear. Los pájaros del jardín se despertaban uno por uno, y en algún patio lejano alguien barría las piedras con una escoba de bambú. Era un día cualquiera. El primero de muchos.

Cerré los ojos otra vez. Ya no tenía miedo de soñar.

Esta vida vale la pena vivirla.

Fin del capítulo 19
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Me caso con el príncipe enfermo19 capítulos
  1. 1El palanquín que no me esperó
  2. 2Una concubina por gratitud
  3. 3La caja de colorete
  4. 4Solo el comienzo
  5. 5El vestido de lotos gemelos
  6. 6Volver a casa bajo la lluvia
  7. 7«Está bien, te espero»
  8. 8La trampa junto al lago
  9. 9Polen de adelfa
  10. 10El veneno en el fondo de la olla
  11. 11Vivir bien
  12. 12La carta que no se quemó
  13. 13La calma antes de la tormenta
  14. 14Él también recordaba
  15. 15Hasta aquí
  16. 16El testamento del Emperador
  17. 17El sello falso
  18. 18El sello del fénix
  19. 19Esta vida vale la penaLeyendo
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