Mi madre no durmió esa noche. Lo supe porque yo tampoco dormí, y cada vez que pasaba por el corredor veía luz bajo su puerta.
A la mañana siguiente fui por ella antes de que saliera el sol.
—Madre, ven conmigo.
—¿Adónde?
No le respondí. La tomé de la mano y la llevé por pasillos que ella no había recorrido en años, por patios vacíos, por una escalera de piedra estrecha y empinada que subía en espiral dentro de la torre de la puerta norte. A mitad de camino tuvo que detenerse a recuperar el aliento. Se agarraba de mi brazo con las dos manos.
Arriba, el viento nos golpeó la cara de frente.
Mi madre dio un paso sobre la muralla y se quedó inmóvil.
Delante de nosotras se extendía todo. Los techos grises de la capital, apretados unos contra otros. Más allá, los campos de cultivo, cuadriculados como un tablero de ajedrez, dorados por la luz del amanecer. Un río que brillaba entre los sauces. Y mucho más lejos, borrosas en la niebla, las montañas.
—¿Este es el mundo fuera de la capital? —murmuró—. Es tan inmenso...
Me paré a su lado, junto a las almenas.
—Madre, desde que entraste al palacio has estado atrapada en ese patiecito, día y noche. —Le acomodé la capa sobre los hombros, que el viento le había desordenado—. Nunca habías estado tan alto, ¿verdad?
Ella negó despacio con la cabeza. No dejaba de mirar.
—Sí. El palacio es muy solitario. Un día detrás de otro. Un año detrás de otro. —Se le quebró un poco la voz—. Hace mucho que olvidé cómo era el paisaje del otro lado de los muros.
Nos quedamos un rato en silencio. Abajo, en la avenida, empezaban a abrir los primeros puestos del mercado. Alguien empujaba una carreta. Un perro ladraba.
—Madre, quiero decirte algo —empecé—. La mayoría de las mujeres tienen la mirada corta. No es su culpa. Así las criaron. En sus ojos solo caben su esposo y sus hijos, los asuntos pequeños del patio trasero. Sus pensamientos están encerrados en eso que llaman las tres obediencias y las cuatro virtudes.
Mi madre bajó la vista. Yo sabía que me estaba hablando de ella, aunque no lo dijera.
—Pero nuestra mirada puede llegar muy lejos. —Extendí el brazo hacia el horizonte—. Hasta los miles de leguas de tierra de este continente. Hasta el reino entero. Hasta el mundo inmenso que hay más allá de los ríos y las montañas.
El viento me agitaba el pelo. Lo dejé.
—¿Por qué las mujeres no podemos sostener el universo en nuestras manos? ¿Por qué no podemos crear una época de prosperidad?
Mi madre no respondió. Pero la vi apretar los dedos sobre la piedra de la almena.
—Mírame, Madre. —Me volví hacia ella—. En este mundo, siempre ha mandado el que gana. La historia la escribe el que gana. El que gana siempre tiene la razón.
Ella levantó la cara hacia mí. Tenía los ojos rojos, y no supe si era por el viento.
Pasó mucho tiempo antes de que hablara.
—Jinhua... tienes razón. —Su voz era apenas un murmullo—. El que gana siempre tiene la razón.
Algo dentro de mi pecho se soltó. Un nudo que llevaba ahí desde la noche anterior, desde que vi su cara blanca a la luz de la lámpara.
—Madre, por fin lo entendiste.
—Solo tengo una petición.
—Dímela, Madre.
Se aferró a mi brazo.
—Perdónale la vida a tu hermana.
No contesté enseguida. Miré hacia el sur, hacia el lado de la ciudad donde estaban las mansiones de los altos funcionarios. Desde ahí arriba se distinguían los tejados verdes de la más grande de todas. La mansión del Primer Ministro.
—Fang Changning... —dije despacio—. Madre, ¿de verdad crees que alguien con su carácter se va a rendir tan fácilmente?
—Ahora es una concubina. —Mi madre se apresuró a responder, como si llevara mucho tiempo repitiéndoselo a sí misma—. Tiene una posición muy baja. Ya no puede armar ningún escándalo.
—¿No puede armar escándalo? —Negué con la cabeza—. Me temo que no la conoces lo suficiente, Madre. Siempre ha sido arrogante. ¿Cómo iba a resignarse a quedarse callada?
Mi madre no dijo nada más. Pero sus dedos seguían aferrados a mi manga, y no me soltó en todo el camino de bajada.
Lo que pasaba en ese tiempo dentro de la mansión del Primer Ministro me llegó, como casi todo, por boca de las sirvientas. En las casas grandes, las paredes son delgadas y las doncellas hablan mucho. No sé si todo lo que me contaron fue exactamente así. Pero conocía a mi hermana lo bastante para creerlo.
Le habían dado un cuartito al fondo de la mansión, lejos de los pabellones principales. Una cama, un baúl, una ventana que daba a un muro.
—Princesa, ya no es usted una señorita —le decía su vieja nodriza, con un tazón de caldo entre las manos—. Tiene que comer algo. Si sigue así, su cuerpo no lo va a aguantar.
—¡No lo aguanto! —Changning aventó el tazón contra la pared—. ¡Lo odio! ¡Lo odio tanto!
La porcelana se hizo pedazos. El caldo escurrió por el muro como una lágrima sucia.
—Yo creí que casándome con alguien de la mansión del Primer Ministro, por lo menos iba a conservar mi riqueza y mi posición. Que iba a tener alguien en quien apoyarme. —Se rio, una risa rota—. Pero me equivoqué. Me equivoqué tanto.
—Señora, cálmese, por favor...
—¡La mansión del Primer Ministro! —Changning se agarró la cabeza—. ¿Qué clase de apoyo es este? Perdí mi título de princesa. Ni siquiera puedo poner un pie fuera de esta casa. Todos los señores de aquí me miran por encima del hombro.
Se dejó caer en el borde de la cama.
—Y Chaoyang... —siseó—. Ella, con la cara arruinada, todavía me guarda rencor. Buscó a un montón de mujeres coquetas y las mandó todas aquí, a esta mansión. Más jóvenes que yo. Más bonitas. Y saben muy bien cómo seducir a un hombre.
La nodriza no se atrevía a mirarla.
—No pasó mucho tiempo antes de que me abandonaran. —Changning se quedó mirando la ventana, el muro gris del otro lado—. Me tienen encerrada aquí. No tengo idea de lo que pasa afuera. Soy como una inútil. Como un mueble viejo que nadie se atreve a tirar.
Cuando me lo contaron, no sentí lástima. Tampoco alegría. Solo pensé en esa misma voz, años atrás, detrás de un biombo de papel, diciéndole a Xiaotao que iba a disfrutar de toda la gloria del mundo.
El palacio dorado no había sido una bendición. La mansión del Primer Ministro tampoco. Mi hermana había cambiado una jaula por otra más pequeña, y todavía no entendía que el problema nunca fueron los barrotes.
Pocos días antes del banquete, el Primer Ministro pidió audiencia conmigo.
Entró al salón lateral con una sonrisa ancha y una reverencia todavía más ancha. Era un hombre bajo, de barba bien recortada y manos suaves, con esa clase de amabilidad que se pega a la piel como aceite.
—Su Excelencia, comandante adjunto. —Se inclinó otra vez—. Ahora que el reino de Jiang ha sido derrotado y que la salud de Su Majestad mejora día a día, el destino de Dazhou depende por completo de usted y del general Xiao.
—Primer Ministro, exagera usted. —Le indiqué una silla—. Yo solo cumplo con mi deber.
Se sentó en la orilla, como si temiera ensuciar el cojín. Me sirvió té antes de que el sirviente pudiera hacerlo.
—Su Alteza y la princesa Changning, después de todo, son hermanas de la misma sangre. —Bajó un poco la voz—. Me atrevo a suponer que en el corazón de Su Alteza todavía queda cariño por su hermana.
Lo miré por encima de la taza.
—¿Por qué lo dice, Primer Ministro?
—Se acerca el banquete del Medio Otoño en el palacio. —Juntó las manos sobre las rodillas—. Me atrevería a traer a mi hijo y a la princesa Changning al banquete. Ella ha vivido encerrada en el fondo de la casa todo este tiempo. Seguramente extraña mucho a su familia.
Un hombre como él no hacía nada sin calcular el precio. Me estaba ofreciendo a mi hermana como quien ofrece una pieza en un tablero, para ver hacia dónde la movía yo. Quería saber si yo la odiaba. Si la quería. Si podía usarla.
Dejé la taza sobre la mesa.
—Que venga —dije—. Es su familia también.
El Primer Ministro sonrió como si acabara de ganar algo. No supe qué. Tampoco me importó.
La noticia llegó a la mansión esa misma tarde. Me contaron que Changning lloró al oírla. No de rabia, esta vez.
—Seguro que mi padre me extraña. —Se secaba las lágrimas con la manga mientras la nodriza le peinaba el pelo—. Él no quiere que yo sufra. Por eso mandó al Primer Ministro por mí. Me va a salvar de todo esto. Estoy segura.
—Delante de mi padre, compórtate —le advirtió su esposo, el hijo del Primer Ministro, desde la puerta—. No vayas a ser grosera. Ahora es uno de los favoritos del Emperador. No te puedes dar el lujo de ofenderlo.
Changning no los escuchaba. Se miraba en el espejo de bronce, pellizcándose las mejillas para darles color.
—Yo sabía que mi padre no me iba a abandonar —murmuró—. Lo sabía.
La noche del banquete, el palacio entero brillaba.
Había linternas colgadas de cada alero, de cada rama, de cada columna. La luna llena flotaba sobre el estanque del jardín imperial, y su reflejo temblaba cada vez que pasaba una barca adornada con flores. Los músicos tocaban sin descanso. Los ministros y sus familias llenaban los pabellones, entre risas, brindis y pasteles de luna.
Yo esperaba en uno de los corredores laterales, lejos del bullicio. Desde ahí veía a los invitados sin que ellos me vieran a mí: los ministros que brindaban con la mirada clavada en el asiento vacío del centro, las esposas que cuchicheaban detrás de los abanicos, los jóvenes nobles que no hacía tanto rodeaban a mi hermana en la calle y que ahora ni siquiera pronunciaban su nombre. Todos se preguntaban lo mismo. Quién iba a sentarse en ese lugar esta noche.
Estaba pensando en eso cuando escuché pasos detrás de mí.
Pasos rápidos, nerviosos. El roce de una falda de seda contra las losas.
Me di la vuelta.
Changning estaba al final del corredor, a la luz de una linterna roja. Llevaba un vestido que alguna vez había sido elegante, y demasiado maquillaje sobre una cara que se había vuelto delgada. Me había reconocido de lejos. Lo supe por cómo se le había detenido el cuerpo entero, de golpe, como un ciervo frente a una flecha.
Dio un paso hacia atrás. Se tapó la boca con la mano.
—Ah...
La linterna se mecía con el viento. Su sombra y la mía se estiraban sobre las losas, idénticas.
Bajó la mano. Le temblaba tanto que tuvo que agarrarse de una columna.
—Fang Jinhua... tú... —Le salió un sonido ahogado, entre grito y sollozo—. ¡Tú... no estás muerta!