Renacer para reinarCap. 6/129 min de lectura

Capítulo 6: Casarme en lugar de mi hermana

El edicto llegó una madrugada, en manos de un jinete que había reventado tres caballos en el camino.

No traía estandartes ni trompetas. No lo leyeron frente a la tropa. El mensajero pidió hablar a solas con el general y, cuando mi tío me hizo entrar a la tienda, el hombre ya estaba de rodillas, con un rollo de seda amarilla sellado con cera roja entre las manos.

Un edicto secreto.

Mi tío rompió el sello. Lo leyó en silencio. Vi cómo se le iba poniendo la cara blanca, luego roja, luego de un color que no le conocía. Al final me lo tendió sin decir nada.

Las palabras eran de mi padre. Las reconocí por el trazo, por esa manera suya de alargar el último rasgo de cada carácter, como si le costara soltar el pincel.

"Que Jinhua regrese a la capital de inmediato."

Más abajo, con letra más apretada, venía la razón. No hacía falta leerla dos veces. Era tan simple que daba vergüenza: ¿acaso Jinhua no era idéntica a Fang Changning? Ya que Changning no podía ir, que fuera ella en su lugar. Por el bien del reino. Porque, como princesa de Dazhou, tenía el deber de contribuir a su país.

Me quedé mirando el papel. Era mi nombre, escrito por la mano de mi padre. El mismo nombre que él había mandado grabar en una tumba vacía hacía tres años.

Una hija muerta, resucitada solo para volver a morir en lugar de otra.


—¡Esto es un ultraje!

Mi tío arrancó el edicto de mis manos y lo arrojó sobre la mesa. El mensajero se encogió en el suelo como si esperara un golpe.

—¡Sal de aquí! —le rugió mi tío—. Espera afuera.

El hombre salió casi gateando. En cuanto cayó la lona, mi tío se volvió hacia mí.

—Su Majestad te está obligando a morir, Jinhua. ¿Lo entiendes? ¡Te manda a la muerte con su propio sello!

—Lo entiendo, tío.

—¡No, no lo entiendes! —Caminaba de un lado a otro como un oso enjaulado—. El Rey de Jiang es cruel por naturaleza. Todo el mundo sabe la verdad sobre cómo escoge a sus reinas. Todo el mundo. Dicen que está mal de la cabeza. Que le gusta torturar gente. Que tiene la costumbre depravada de comer carne humana.

Se detuvo frente a mí y me agarró de los hombros, tal como había hecho después de la batalla del río. Pero esta vez sus manos temblaban.

—Se ha casado con cinco reinas, Jinhua. Cinco. Y ninguna vivió más de un mes.

Afuera, un caballo relinchó. Alguien gritó una orden lejana. El campamento seguía su vida, ajeno a lo que se decidía en esa tienda.

—No puedes volver a la capital —dijo mi tío, bajando la voz—. No vas a volver. Podemos levantarnos ahora mismo.

—No.

—¿Cómo que no?

—Quiero volver.

Mi tío me soltó los hombros como si se hubiera quemado.

—Jinhua, no esperemos más. —Se le endureció la mandíbula—. Reunamos las tropas y marchemos sobre la capital. Quiero ver quién se atreve a casarte con ese monstruo. Quiero verle la cara.

—Claro que voy a ir, tío. —Le sostuve la mirada—. Voy a ir a casarme.

—¿Te volviste loca? ¡El viejo Rey de Jiang es un monstruo que come gente!


No le contesté enseguida. Me acerqué al brasero y extendí las manos sobre el fuego. Los callos de las palmas brillaban rojizos a la luz de las brasas.

Yo ya había muerto una vez por ese hombre. Había bebido el vino nupcial y había sentido el fuego en las entrañas. Si había alguien en este mundo que no necesitaba que le explicaran quién era el Rey de Jiang, era yo.

Por eso precisamente sabía lo que tenía que hacer.

—Tío, ¿no lo ves? —dije sin voltear—. Esta es una oportunidad que nos manda el cielo.

—¿Una oportunidad?

—Ahora tenemos tropas. —Me volví hacia él—. Tenemos caballos, tenemos hombres entrenados, tenemos el noroeste en la palma de la mano. Pero dime, ¿sabes qué más nos falta?

Mi tío frunció el ceño. No respondió.

—El corazón de la gente.

Lo dejé pensar un momento.

—Si levantamos el ejército hoy y marchamos sobre la capital, ¿qué va a decir el mundo? Que el general Xiao se rebeló. Que traicionó a su Emperador. Los ministros nos van a maldecir, el pueblo nos va a temer, y cada ciudad en el camino nos va a cerrar las puertas. —Levanté el edicto de la mesa—. Pero si yo acepto esto... si una princesa se ofrece a casarse con el monstruo para salvar a su reino...

—Entonces...

—Entonces lo hago por el país. Que mi nombre quede en el lodo, que digan lo que quieran de mí; esa entrega me va a ganar el corazón de los cortesanos. Y el corazón de todo el pueblo. —Dejé el edicto otra vez sobre la mesa, con cuidado—. Además, tío, yo no voy a volver para morir.

Mi tío se quedó mirándome. Lo vi pensar. Lo vi entender, poco a poco, como quien ve aclararse el agua de un río revuelto.

—Tú... —Se le escapó una risa incrédula—. Tú quieres que el ejército se disfrace de cortejo nupcial. Y que, en cuanto entremos al territorio de Jiang, ataquemos directamente su capital.

Le sonreí.

—Sabía que lo entenderías, tío.


Volví a la capital como una novia. Pero antes de ponerme el vestido rojo, tuve que pelear una batalla en el salón del trono.

Mi padre había pensado mandarme en silencio, con un cortejo discreto, y quitarse el problema de encima. No esperaba que yo pidiera más. No esperaba que, frente a toda la corte, propusiera que el cortejo nupcial fuera escoltado por el ejército del noroeste. Ni que dejara entrever, para quien supiera escuchar, para qué.

El salón estalló.

—¡No, Majestad! —Un ministro anciano se arrastró de rodillas hasta el pie del trono—. Si fracasa, ¿no quedará nuestro Dazhou en peligro?

—Su Majestad tiene razón en dudar. Esto es absolutamente inaceptable.

—Basta con que la princesa se case. ¡Basta con eso! —gritaba otro—. Con esa boda, Dazhou tendrá paz durante décadas. ¿Para qué empezar una guerra? ¡Vamos a provocar la ira de los cielos!

Pero no todos pensaban igual. Desde el otro lado del salón, un ministro de barba gris dio un paso al frente.

—Mientras el reino de Jiang exista, Dazhou nunca va a estar en paz.

—Majestad, piénselo dos veces. Si empezamos una guerra esta vez, cargaremos con el pecado de matar a incontables personas.

—Majestad, todo esto es por el bien de su país y de sus altares.

Las voces se encimaban unas con otras. Mi padre se frotaba las sienes con los ojos cerrados, como si cada palabra fuera un martillazo.

Esperé a que el ruido empezara a cansarse de sí mismo. Luego me puse de pie.

—Hablan demasiado.

Lo dije sin alzar la voz. Pero el salón entero se calló.

—Nadie me va a detener. —Me giré hacia el trono e hice una reverencia—. Su Majestad, le ruego que promulgue el edicto imperial. Y que la escolta sea grandiosa.

Mi padre abrió los ojos. Me miró largo rato, con algo que podía ser culpa o podía ser miedo.

—Déjame pensarlo...

—Su Majestad se equivoca. —Me incliné más, hasta que mi frente casi rozó el suelo, pero mi voz no bajó ni un poco—. Esto no es una petición.

El silencio duró lo que dura una respiración contenida.

Mi padre firmó.


Dos días antes de la partida, Changning vino a verme.

Entró sin anunciarse, seguida de Xiaotao y de dos doncellas que cargaban una caja de laca roja entre las dos. Detrás de ellas, en el pasillo, alcancé a oír los cuchicheos de las sirvientas.

—La princesa Changning de verdad es la favorita del Emperador.

—Por supuesto.

Las doncellas dejaron la caja sobre la mesa y la abrieron. Adentro, sobre un lecho de seda, estaban la corona de fénix y el manto de ceremonia. La corona era de oro, con alas extendidas cubiertas de plumas de martín pescador, y de cada ala colgaban hilos de perlas que temblaban al menor movimiento. El manto era rojo como la sangre fresca, bordado con un fénix que parecía a punto de echar a volar.

—¡Qué preciosos son! —exclamó Changning, y acarició las perlas con la punta de los dedos—. La corona de fénix y el vestido de novia más hermosos del reino.

Se volvió hacia mí. Sonreía.

—Mi querida hermana. Deberías disfrutar este tiempo que te queda.

Yo estaba sentada junto a la ventana, con un libro abierto que no estaba leyendo. No me levanté.

—Todo lo que tienes ahora —continuó, rodeando la mesa despacio— te lo di yo. El nombre con el que te vas a casar es el mío. La gloria que te van a cantar en las calles es la mía. Hasta esta corona era para mí.

Hizo una pausa. Por un instante, algo cruzó su cara. Una sombra de humillación que no logró esconder del todo.

—Aunque me dé vergüenza... aunque yo solo vaya a ser una concubina en la mansión del Primer Ministro... por lo menos voy a vivir. —Se inclinó hacia mí—. Pero tú, hermanita, tú te vas a dejar devorar por ese monstruo.

No le pregunté qué le había pasado. No le pregunté por qué ya no iba a ser reina, ni cómo había terminado prometida como concubina. Lo que fuera, ella había decidido convertirlo en un arma contra mí, y yo no tenía ganas de verla blandirla.

Cerré el libro.

—Hermana —le dije, con suavidad—, todos los demás estamos peleando por el mundo entero. Y tú todavía sigues entreteniéndote con esto.

Changning se quedó quieta. Abrió la boca, la cerró. No entendió. Como siempre, no entendió.

Se dio la vuelta y salió. Las perlas de la corona siguieron temblando un rato después de que se fue.


El día de la partida, la avenida principal de la capital estaba cubierta de rojo.

Había faroles colgados de los aleros, pétalos regados sobre el empedrado, músicos tocando tambores y flautas a ambos lados del camino. La gente se apiñaba en las orillas, se subía a los techos, a los árboles, a los hombros de otros. Y delante de todos, sobre una plataforma de madera, un alto funcionario leía una proclama con voz de trueno.

—¡Escuchen todos! Dazhou está amenazado por ambos flancos. ¡La princesa Changning, sin importarle el peligro, se ofreció voluntariamente para la alianza matrimonial! ¡Es la rectitud de la princesa Changning la que salva a nuestro reino del peligro!

—¡La rectitud de la princesa!

—¡Despidamos a la princesa!

—¡Larga vida a la princesa!

Yo iba sentada dentro del palanquín nupcial, con el manto de ceremonia sobre los hombros y la corona de fénix sobre la cabeza. Las perlas me tapaban la mitad de la cara. Por entre los hilos, veía pasar los rostros de la multitud: ancianas que lloraban, niños que agitaban listones rojos, hombres que se quitaban el sombrero y se inclinaban a mi paso.

Me gritaban a mí. Con el nombre de mi hermana. Pero me gritaban a mí.

Detrás del palanquín, a lo largo de toda la avenida, avanzaba el cortejo. Cientos de hombres vestidos de rojo, cargando cofres de dote, estandartes, faroles. Caminaban con la espalda recta y el paso parejo. Nadie en esa multitud se fijó en la manera en que se movían. En las cicatrices de sus manos. En el peso de los cofres, demasiado grande para cargar solo sedas.

—¡Larga vida a la princesa!

El grito subió otra vez desde la multitud, como una ola.

Apreté las manos sobre el regazo, sobre los callos que ningún bordado podía esconder. Sentí que algo se me encendía por dentro, lento y caliente, como las brasas antes de volverse llama.

En mi vida anterior, había recorrido esta misma avenida vestida de rojo. Y al final de ese camino solo me esperaba una copa envenenada.

Esta vez, la que llevaba el veneno era yo.

Este no era el camino de una novia hacia su boda.

Era el camino de una mujer hacia su trono.

Fin del capítulo 6
Sigue leyendoCapítulo 7: Las manos de la noviaEl cortejo nupcial tardó veinte días en llegar a la frontera del reino de Jiang. Veinte días de tambores y flautas por los caminos, de faroles rojos…Leer capítulo 7
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Renacer para reinar12 capítulos
  1. 1La varilla corta
  2. 2El látigo de oro y la cometa
  3. 3La jugada al revés
  4. 4Las máscaras se caen
  5. 5El viento del este
  6. 6Casarme en lugar de mi hermanaLeyendo
  7. 7Las manos de la novia
  8. 8Lo que dicen mis callos
  9. 9Desde lo alto de la muralla
  10. 10La cena de la reconciliación
  11. 11El templo Putuo
  12. 12La emperatriz reinante
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