Renacer para reinarCap. 7/129 min de lectura

Capítulo 7: Las manos de la novia

El cortejo nupcial tardó veinte días en llegar a la frontera del reino de Jiang.

Veinte días de tambores y flautas por los caminos, de faroles rojos meciéndose en la noche, de pueblos enteros que salían a vernos pasar. Veinte días en los que yo no me quité ni una vez la corona de fénix delante de nadie. Por las noches, cuando las doncellas se dormían, me sentaba en el palanquín con el manto sobre las rodillas y afilaba en silencio la daga que llevaba escondida en la manga.

Afuera, los hombres de mi tío dormían junto a los cofres de dote. Ninguno se quitaba las botas.

La mañana en que cruzamos el último paso de montaña, el explorador que iba al frente volvió al galope y se inclinó junto a la ventanilla del palanquín.

—Alteza, hay jinetes en el valle. Llevan los estandartes de Jiang.

—¿Cuántos?

—No muchos. Una guardia de honor, nada más. —Tragó saliva—. Y en el centro... viene el mismísimo Rey de Jiang.

Corrí un poco la cortina. Al fondo del valle, sobre una llanura de pasto amarillento, una columna de jinetes nos esperaba en formación. Las armaduras brillaban al sol. En el centro, sobre un caballo negro, un hombre robusto con una capa de piel de tigre levantaba la mano para que su gente se detuviera.

No esperaba esto. En mi vida anterior, el Rey de Jiang me había esperado en su palacio, sentado en su trono, como un dios que no se molesta en salir a recibir ofrendas.

Esta vez había venido en persona.

—¿Tanta confianza le tiene a su poder militar? —murmuré.

A mi lado, del otro lado de la cortina, mi tío se acercó a caballo. Llevaba una túnica de mayordomo sobre la armadura y un sombrero de ala ancha que le tapaba media cara.

—No trajo muchos soldados —dijo en voz baja.

—No los necesita. —Dejé caer la cortina—. Él cree que ya ganó.


El cortejo se detuvo en medio del valle. La música calló.

Escuché los cascos del caballo negro acercándose despacio. Escuché la risa del hombre, ronca, satisfecha, como la de alguien que se sienta frente a un banquete.

—¡A ver qué clase de belleza es mi reina!

La cortina del palanquín se abrió de un tirón.

El Rey de Jiang se asomó. Era más viejo de lo que recordaba de mi vida anterior, o quizá en aquella vida nunca lo miré de cerca. Tenía la cara ancha, la piel picada, los ojos pequeños y húmedos. Olía a vino y a algo dulzón, podrido, que me revolvió el estómago.

Me tendió la mano. Yo puse la mía encima, con la cabeza baja, como corresponde a una novia.

Él cerró los dedos sobre los míos. Y se detuvo.

Sentí cómo su pulgar recorría mi palma. Los callos de la espada. Las cicatrices de las riendas. La piel dura, gruesa, cuarteada por tres inviernos del noroeste.

—Siendo princesa —dijo despacio, y la sonrisa se le fue borrando—, ¿por qué tienes las manos tan ásperas?

Levanté la cara. Las perlas de la corona se apartaron a los lados.

—Si no tuviera las manos ásperas —le respondí—, ¿cómo cree que podría sostener un sable?

Le vi en los ojos el momento exacto en que entendió.

Saqué la daga de la manga.


No llegué a clavársela. Él se echó hacia atrás con un reflejo de animal viejo y la hoja solo le abrió la mejilla. Gritó algo en su lengua. Sus guardias desenvainaron.

Pero los míos fueron más rápidos.

Los cofres de dote se abrieron todos al mismo tiempo, con un estrépito de tapas que caían. Dentro no había sedas ni joyas. Había lanzas, arcos, escudos, sables. Los hombres vestidos de rojo arrancaron sus túnicas de cortejo y debajo apareció el acero.

Salté del palanquín. Me arranqué la corona de fénix y la arrojé al pasto. El manto de ceremonia lo dejé caer detrás de mí.

—¡En formación!

Cientos de voces respondieron como una sola.

—¡A la carga!

El valle se convirtió en un torbellino de polvo y metal.

La guardia de honor del Rey de Jiang era de élite, pero eran pocos y no esperaban pelear. Mis hombres llevaban tres años esperando exactamente esto. En el tiempo que tarda en hervir una tetera, la mitad de los jinetes de Jiang estaban en el suelo, y el resto se apretaba alrededor de su rey, formando un círculo cada vez más pequeño.

El Rey de Jiang se limpió la sangre de la mejilla con el dorso de la mano. Me miró por encima de las cabezas de sus guardias. Ya no sonreía.

—Tienes agallas —escupió—. Pero con un reino tan pequeño como tu Zhou, ¿de verdad crees que puedes sacudir los cimientos de mi reino de Jiang?

No le contesté. Levanté la mano, y mis hombres se detuvieron, con las lanzas apuntando al círculo.

A lo lejos, desde las colinas del este, empezó a oírse un retumbo. Tambores. Muchos tambores. El Rey de Jiang giró la cabeza hacia el sonido. Luego hacia mí. Algo le cambió en la cara.

—Si los tres reinos se unen... —murmuró, como si hablara solo—. Si los tres se unen... —Su voz subió de golpe—. ¿Qué hiciste?


Me acerqué a caballo hasta quedar frente a él, lo bastante cerca para que me oyera sin que yo tuviera que gritar.

—Rey de Jiang. Usted ha sido un tirano durante mucho tiempo.

Mis hombres guardaban silencio. Hasta el viento parecía escuchar.

—Confiando en la fuerza de su ejército, usted creyó que el mundo entero se iba a inclinar ante usted. Pero su arrogancia hace mucho que llenó de rencor a los reinos que lo rodean. Ellos solo estaban esperando una excusa. Una gota que hiciera derramar el vaso.

Señalé hacia el palanquín vacío, hacia la corona de fénix tirada en el pasto.

—Y esa gota fue esta. Usted le puso los ojos encima a las princesas de otros reinos. Cinco reinas en su palacio, y ninguna vivió un mes. —Lo miré fijo—. Esta vez usted creyó que la princesa elegida era yo. Pero después de mí, ¿cuál sería la siguiente? ¿La de qué reino? ¿Cuántas más iba a arrastrar a ese abismo sin fondo?

El Rey de Jiang apretó las riendas. No respondió.

—Zheng Yue, el hombre de confianza de mi tío, partió hace semanas hacia Chenyang con mi sello —continué—. Les explicó a los de Chenyang, punto por punto, las atrocidades que usted ha cometido y la situación desesperada de mi reino. Les explicó lo que ganaban y lo que perdían. Y en mi nombre, les pidió que mandaran sus tropas.

Los tambores del este sonaban cada vez más cerca. Ya se distinguían, sobre la cresta de la colina, los primeros estandartes.

—No. —El Rey de Jiang sacudió la cabeza—. No, eso es imposible. ¿Cómo iba a intervenir otro reino tan fácilmente?

—Pregúnteselo a ellos —le dije—. Ya vienen.

Hice girar al caballo hacia mis hombres. Levanté el sable por encima de la cabeza, y el sol se partió en el filo.

—¡Soldados, escuchen bien! ¡Síganme! ¡Vamos a tomar su capital!

—¡A la carga!


Lo que siguió fueron cinco meses.

Cinco meses de marcha sin descanso, de ciudades que caían una detrás de otra, de murallas que abrían sus puertas antes de que llegáramos porque sus guarniciones ya sabían lo que había pasado en el valle. El ejército de Chenyang avanzaba por el este. Nosotros, por el norte. El reino de Jiang, que se creía el líder de los cinco reinos, se fue encogiendo como una hoja seca al fuego.

Dormía poco. Comía de pie. Pasaba las noches en la tienda de mando, con mi tío, inclinados los dos sobre mapas que cada semana había que volver a dibujar porque la frontera ya no estaba donde estaba.

Una de esas noches, con la vela casi consumida, me quedé mirando las tierras del sur que todavía no habíamos tocado.

—Al principio pensé en recuperar solo un poco de tierra —le dije a mi tío—. Lo justo para que Jiang dejara de amenazarnos. Pero mira esto. —Pasé la mano sobre el mapa—. Ríos, arrozales, minas de hierro. Jiang es una tierra demasiado rica. Si logramos tomarla toda, el poder de Dazhou va a crecer como nunca.

Un oficial que estaba junto a la entrada se inclinó.

—Mi general, es usted muy valiente.

Lo dijo mirándome a mí, no a mi tío. Mi tío lo notó. Y no lo corrigió.

—Cinco meses de avance directo —dijo otro oficial, con la voz ronca de cansancio y de orgullo—. El reino de Jiang está derrotado. Lo tenemos rodeado por los cuatro costados. Ya lo tenemos en el bolsillo.

Mi tío se quedó un rato en silencio, con los brazos cruzados sobre el pecho. Luego soltó una risa breve, casi avergonzada.

—La estrategia y el valor de Jinhua me hacen sentir vergüenza —dijo—. A mi edad, y aprendiendo de mi sobrina.

Le iba a contestar cuando la lona de la tienda se abrió de golpe.


—¡General! ¡Hay un informe urgente de la capital!

El mensajero entró tambaleándose, cubierto de polvo hasta las cejas. Cayó de rodillas frente a la mesa y le tendió a mi tío un tubo de bambú sellado.

—Su Majestad está gravemente enfermo.

Sentí que el piso se movía bajo mis pies.

—General, ya hace un tiempo que se dice —continuó el mensajero, jadeando—. Pero lo peor no es eso. Lo peor es lo de la Emperatriz.

—¿Qué pasa con la Emperatriz? —preguntó mi tío.

—Dicen que la Emperatriz está obligando a Su Majestad a ceder el trono a su hijo. Que tiene al Emperador bajo arresto en sus aposentos.

El silencio cayó en la tienda como una losa.

¿Mi madre? ¿Mi madre, que temblaba cada vez que alguien hablaba de asuntos de Estado? ¿Mi madre, que me había pedido que no me enfrentara con Chaoyang porque no todas las partidas se ganan?

No podía creerlo. Y al mismo tiempo, ¿qué sabía yo de lo que estaba pasando en la capital? Llevaba meses lejos. Las noticias llegaban torcidas. Lo único que estaba claro era que alguien se estaba moviendo en la sombra.

—Son unos oportunistas —murmuré—. El Emperador está enfermo en su cama, y ellos aprovecharon la ocasión.

—General —dijo un oficial, pálido—, si esta noticia llega a oídos de lo que queda del ejército de Jiang, podría cambiarlo todo.

Tenía razón. Un reino a punto de rendirse vuelve a pelear en cuanto ve temblar al enemigo.

Me quedé mirando el mapa. Las tierras del sur que todavía no habíamos tomado. La capital de Jiang, cercada, a punto de caer. Y mucho más al norte, del otro lado de las montañas, la capital de Dazhou, donde mi padre estaba encerrado en sus aposentos, enfermo, rodeado de gente que esperaba que se muriera.

—Yo peleé afuera —dije en voz baja—. Libré batallas sangrientas. Le gané territorio a Dazhou con la sangre de mis hombres. —Cerré el puño sobre el mapa—. Y ahora alguien quiere quedarse con lo que yo gané.

—Jinhua, tú...

Mi tío no terminó la frase. Me conocía demasiado bien.

—¿Cómo puede ser esto? —murmuró alguien al fondo de la tienda.

No le respondí. Salí de la tienda.

Afuera, el campamento dormía bajo un cielo sin luna. Miles de fogatas ardían a lo largo de la llanura, hasta donde alcanzaba la vista. Respiré hondo el aire frío de la noche y sentí, por primera vez en cinco meses, que el corazón me latía más rápido que los tambores.

Levanté la voz para que me oyera todo el campamento.

—¡Que todo el ejército escuche mi orden!

Las fogatas más cercanas se agitaron. Los soldados se levantaron de un salto, uno tras otro, con las armas en la mano.

—¡Levanten el campamento de inmediato! ¡Den media vuelta!

Desenvainé el sable y apunté hacia el norte, hacia la oscuridad, hacia el lugar donde todo había empezado.

—¡Nuestro objetivo es la capital de Dazhou!

Fin del capítulo 7
Sigue leyendoCapítulo 8: Lo que dicen mis callosLlegamos a la capital al amanecer del vigésimo día. No entramos como un cortejo nupcial. Entramos como lo que éramos: un ejército. Las calles estaban…Leer capítulo 8
Tu progreso se guarda en este dispositivo
Renacer para reinar12 capítulos
  1. 1La varilla corta
  2. 2El látigo de oro y la cometa
  3. 3La jugada al revés
  4. 4Las máscaras se caen
  5. 5El viento del este
  6. 6Casarme en lugar de mi hermana
  7. 7Las manos de la noviaLeyendo
  8. 8Lo que dicen mis callos
  9. 9Desde lo alto de la muralla
  10. 10La cena de la reconciliación
  11. 11El templo Putuo
  12. 12La emperatriz reinante
Tamaño de letra
18
Tipo de letra
Color de fondo
Interlineado
Tus ajustes se guardan en este dispositivo