Renacer para reinarCap. 1/1210 min de lectura

Capítulo 1: La varilla corta

Mi hermana y yo nacimos al mismo tiempo.

El mismo día, a la misma hora, con la misma cara. Las comadronas del palacio contaban que ella lloró primero, apenas un suspiro antes que yo. Por eso ella es Fang Changning, la princesa mayor de Dazhou, y yo soy Fang Jinhua, la que llegó después.

Un suspiro de diferencia. Y dos vidas que se partieron en direcciones opuestas.

En mi vida anterior, a una de nosotras la enviaron a la frontera, para que la criara nuestro tío.

El noroeste es un lugar donde el frío muerde los huesos. Ella no lo soportó. Entrenó con la espada de día y de noche solo para no congelarse, y aun así terminó en manos del enemigo, convertida en esclava en tierra extraña. Nunca escuché con mis propios oídos sus súplicas, ese "por favor, no me maten" que, según supe después, gritó una y otra vez. Pero durante años esa voz se coló en mis sueños.

Yo, en cambio, me quedé en la capital.

Viví entre sedas y perfumes, consentida por mi padre como si fuera la única hija del mundo. Todos decían que había nacido con suerte. Que me casaría con el Rey de Jiang y que sería una reina noble y respetada.

—¡Ha llegado la hora propicia!

Todavía recuerdo ese grito. Recuerdo el cortejo nupcial, larguísimo, con sus estandartes rojos. Recuerdo una mirada llena de odio escondida entre la multitud, una mirada que me siguió mientras yo levantaba la copa de vino nupcial.

El vino apenas bajó por mi garganta y ya sentía fuego en las entrañas.

Morí el día de mi boda, todavía vestida de rojo.

Lo que ninguna de las dos esperaba era volver a nacer.

Y esta vez, el destino de las dos princesas quedaría en sus propias manos.


Aquella mañana, el salón principal estaba en silencio absoluto.

Frente a mi padre, el Emperador, había una bandeja de sándalo con dos varillas de bambú. Un eunuco cubría los extremos con la palma, para que nadie pudiera ver cuál era cuál. Una varilla larga y una varilla corta. La larga se quedaba en la capital. La corta se iba al noroeste.

A su lado, la Emperatriz, mi madre, estrujaba un pañuelo entre los dedos. Cada tanto nos miraba a mi hermana y a mí con los ojos enrojecidos.

Yo todavía no había dado un paso cuando Changning me rebasó por el hombro.

—Yo voy primero.

Lo dijo rápido, cortante, como si temiera que alguien le arrebatara el turno. Estiró la mano y sacó una varilla casi de un tirón.

Mi padre frunció el ceño.

—¿Por qué eres tan grosera hoy?

Changning bajó la cabeza con fingida humildad, pero alcancé a ver la curva de su sonrisa. Ella lo sabía. Ella también recordaba. Me lanzó una mirada de reojo, mitad triunfo, mitad lástima: la mirada de alguien convencido de que acaba de robarse un tesoro.

Sonreí apenas y di un paso al frente.

—Mi hermana ya eligió —dije—. Entonces la que queda es mía.

El eunuco retiró la mano. Mi varilla era más corta que la de ella por el ancho de un dedo.

Mi padre suspiró, con un cansancio que no supo disimular.

—Jinhua, sacaste la varilla corta. Irás al noroeste a templarte.

Me arrodillé y toqué con la frente el piso helado.

—Obedezco, Su Majestad.

Nadie vio mi sonrisa en ese momento.


La víspera de mi partida, mis padres organizaron una cena pequeña para despedirme.

Mi tío, el general Xiao, había vuelto a la capital para rendir informe. Era un hombre corpulento, de barba corta y piel curtida por el viento, que parecía demasiado grande para las sillas laqueadas del palacio. Cuando me vio, se le iluminó la cara.

—¡Jinhua! Desde que volví a la capital apenas hemos podido vernos. Mírate, ya eres toda una señorita.

—Tío —le dije, sentándome a su lado—, cuéntame qué cosas divertidas hay en el noroeste.

Él soltó una carcajada que hizo temblar las tazas.

—¿Divertidas? Viento, arena y nieve. Y caballos. Muchos caballos.

Mi madre no reía. Tenía la mano sobre la mía y no la soltaba. Al otro lado de la mesa, Changning comía en silencio, con la espalda recta y los labios apretados.

—Changning —dijo mi madre, volteándose hacia ella con voz suave—, tu hermana se va del palacio. Estos días hemos estado tan preocupados por ella que te hemos descuidado un poco.

—Lo entiendo, Madre —respondió Changning, y su voz sonó dulce como miel—. Yo también estoy triste por la despedida.

Mentía. Yo lo sabía porque conocía esa voz mejor que la mía.

Más tarde, cuando la cena terminó y los sirvientes recogían los platos, salí al pasillo a tomar aire. Desde el otro lado de un biombo de papel me llegaron dos voces. Una era la de Changning. La otra, la de Xiaotao, su doncella de confianza.

—Princesa —murmuraba Xiaotao—, Su Majestad y las concubinas favoritas no hacen más que consentir a la sexta princesa estos días. ¿No se siente usted ofendida?

—¿Ofendida por qué? —Changning rio bajito—. Fang Jinhua se va a esa frontera miserable. Y yo... yo no solo voy a disfrutar de la gloria y la riqueza de la princesa Changning. Además me voy a casar con el joven y prometedor Rey de Jiang.

—Pero, princesa, a mí me da pena por la otra. La princesa mayor se queda en el palacio, viviendo cómoda, y ella tiene que irse a sufrir.

Me quedé quieta detrás del biombo. Una ráfaga de viento hizo temblar las linternas del corredor.

Changning creía que me había robado la gloria y la riqueza. Creía que la vida en el palacio era una bendición.

¿No lo era?

Dentro de estos muros había ropa fina y comida abundante, sí. Pero yo había muerto aquí dentro, o mejor dicho, había muerto por haberme quedado aquí dentro. Este palacio dorado, tan brillante por fuera, era el verdadero infierno en la tierra. Una jaula con barrotes de oro.

Lo que mi hermana no sabía era que el mundo estaba a punto de hundirse en el caos. Que los reinos vecinos afilaban sus armas. Y que en tiempos revueltos, solo el poder militar es el verdadero camino de los reyes.

Que se quedara ella en su jaula de oro.

Yo me iba a buscar un ejército.


El noroeste me recibió con un viento que cortaba la piel como navaja.

Al tercer día de haber llegado al campamento, mi tío entró a mi tienda sacudiéndose la nieve de los hombros. Detrás de él venía un soldado con los brazos cargados de leña húmeda.

—Ve a buscar carbón del bueno —le ordenó mi tío—. Que la tienda de la princesa se mantenga caliente.

—Sí, general.

—Espera.

El soldado se detuvo en la entrada. Yo me levanté del catre, con la manta todavía sobre los hombros.

—Tío, no te molestes.

Él me miró con una mezcla de ternura y preocupación.

—Jinhua, tú eres muy delicada. El noroeste es frío. Apenas llevas tres días aquí.

—Tío —lo interrumpí, y dejé caer la manta—. Esto es el noroeste. Aquí no se crían princesas delicadas.

Mi tío abrió la boca, pero no dijo nada.

—Ya que estoy aquí —continué—, deja de tratarme como princesa. Tú sabes mejor que nadie que, aunque yo no fuera princesa, una mujer común y corriente no sobreviviría en esta tierra. Por eso te lo pido: enséñame artes marciales. Enséñame estrategia militar. Todo lo que sabes.

Me arrodillé frente a él sobre la alfombra de piel.

—Desde hoy, no soy más que un soldado. El más ordinario de este campamento.

El silencio duró varios latidos. Afuera relinchó un caballo. Mi tío me observó largo rato, como si buscara en mi cara a la niña que había conocido en el palacio y no la encontrara.

Al fin soltó el aire por la nariz.

—Está bien. Mientras tengas ganas de aprender, te voy a enseñar todo.


Cumplió su palabra. Y yo cumplí la mía.

Me levantaba antes que la tropa. Corría alrededor de la empalizada con las piernas cargadas de arena. Aprendí a sostener la lanza hasta que los brazos me temblaban, y luego a sostenerla un poco más. Las palmas se me llenaron de ampollas, las ampollas reventaron, y donde reventaron crecieron callos duros como cuero. Por las noches, con los dedos todavía entumidos, estudiaba los mapas y los tratados de guerra que mi tío guardaba en un cofre de madera.

Los soldados dejaron de verme como a una princesa mimada en cuestión de semanas.

—El general tenía razón —escuché decir una vez a un veterano, junto a la fogata—. Esa muchacha es despiadada consigo misma. Y con los demás, todavía más.

No me ofendió. Era exactamente lo que yo quería que pensaran.

Pasaron los meses. Pasó un año, y luego otro. El viento del noroeste me fue curtiendo la cara, oscureciéndome la piel. Mi cuerpo se volvió más alto, más fuerte. Ya nadie en el campamento me llamaba "princesa". Me llamaban por mi puesto, como a cualquier otro.


—¡Arriba, rápido! ¡Hay que salir a patrullar con el general!

La voz del centinela me sacó del sueño. Me puse la armadura ligera a tientas, en la oscuridad, y salí.

Era pleno invierno. El río que separaba nuestro territorio de las tierras de Qiangrong se había congelado de orilla a orilla. Bajo la luz gris del amanecer, la superficie parecía un camino de piedra blanca que alguien hubiera tendido a propósito.

Mi tío cabalgaba a mi lado, con el aliento convertido en vaho.

—En esta época el ejército de Qiangrong tiene que pensar primero en sobrevivir —dijo—. No van a venir.

Yo no le contesté de inmediato. Miraba el hielo.

Recordaba. En mi vida anterior, en un invierno como este, el enemigo cruzó el río sobre el hielo en plena noche. El campamento del noroeste fue atacado por sorpresa. Hubo muchísimas bajas y la línea de defensa se rompió. Desde el palacio, yo solo había oído la noticia como un rumor lejano, entre dos banquetes. Ahora estaba de pie en el mismo lugar donde había ocurrido.

—Tío —dije al fin—, piénsalo al revés. Ellos tampoco tienen comida ni ropa de abrigo. Si pasan hambre, seguro van a intentar robarnos. Y si el río está bien congelado... ¿no crees que van a cruzar de noche para atacarnos?

Mi tío se quedó callado. La sonrisa tranquila se le borró de la cara.

—Que vayan a medir el grosor del hielo —ordené a dos soldados.

Los dos bajaron al río con picos y una cuerda. Los vimos arrodillarse sobre la superficie, golpear, medir, volver a golpear. Tardaron una eternidad. El viento silbaba entre las rocas de la orilla.

Cuando regresaron, traían las cejas cubiertas de escarcha.

—¿Cómo le informamos al general? —preguntó uno, jadeando.

—Habla.

—El hielo está muy grueso. Se puede caminar encima sin problema. Totalmente firme. Hasta un caballo cargado pasaría.

Mi tío y yo nos miramos. No hizo falta decir nada más.

—Volvemos al campamento —dijo él—. A desplegar las tropas.


En la tienda de mando, el mapa estaba extendido sobre la mesa y sujeto con cuatro piedras. Los oficiales se apiñaban alrededor, con las mejillas rojas de frío y los ojos todavía hinchados de sueño.

—La situación es urgente —dije, inclinándome sobre el mapa—. Tenemos que decidir el despliegue ya.

Señalé con el dedo los tres puntos donde el río se estrechaba, los únicos lugares por donde un ejército numeroso podía cruzar sin dispersarse. Expliqué dónde colocar a los arqueros, dónde esconder a la caballería, dónde encender las fogatas falsas para que el enemigo creyera que dormíamos. Hablaba rápido, sin titubear, como si hubiera visto esa batalla mil veces.

En cierto modo, así era.

Nadie me interrumpió. Cuando terminé, todos voltearon hacia mi tío.

Él se enderezó. Por un instante me miró, y en sus ojos vi algo nuevo, algo parecido al orgullo y algo parecido al miedo.

—Transmitan mi orden a todo el ejército —dijo con voz de trueno—. Despliegue inmediato. Esta noche tenemos que sostener la orilla del río, cueste lo que cueste.

—¡Sí, general!


La noche cayó sin luna.

Me agazapé detrás de una roca, en la orilla, con la espada desenvainada sobre las rodillas. El frío me había entumido los dedos de los pies y apenas sentía la punta de la nariz. A mi alrededor, cientos de soldados respiraban despacio, en silencio, con las armas listas. Nadie hablaba. Solo se oía el viento y, de vez en cuando, el crujido lejano del hielo.

Pasó una hora. Luego otra.

Y entonces lo escuché.

Un rumor sordo, como un tambor tocado bajo tierra. Pasos. Cientos de pasos, miles, avanzando sobre el hielo.

Entorné los ojos. En la oscuridad, sobre la superficie blanca del río, empezaron a dibujarse sombras. Primero unas pocas. Después una masa negra que se extendía de un lado a otro, como una mancha de tinta derramándose sobre papel.

El ejército de Qiangrong estaba cruzando. Exactamente como en mi vida anterior.

Solo que esta vez, yo estaba esperándolos.

Apreté la empuñadura hasta que los callos me ardieron. Sentí el corazón golpeando contra la armadura, no de miedo, sino de algo mucho más feroz. Tres años de entrenamiento, de ampollas y de noches en vela se reducían a este momento.

Las sombras llegaron a la mitad del río. Luego a dos tercios. Alcancé a distinguir el brillo de sus lanzas, el vaho de sus alientos, las pieles con que se cubrían.

A mi lado, mi tío alzó el brazo.

El mundo entero contuvo el aliento.

Y su voz rasgó la noche como un relámpago:

—¡A la carga!

Fin del capítulo 1
Sigue leyendoCapítulo 2: El látigo de oro y la cometaLa batalla duró hasta el amanecer. Cuando el sol asomó por detrás de las montañas del este, el río congelado estaba teñido de un rojo oscuro. Los cuerpos…Leer capítulo 2
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Renacer para reinar12 capítulos
  1. 1La varilla cortaLeyendo
  2. 2El látigo de oro y la cometa
  3. 3La jugada al revés
  4. 4Las máscaras se caen
  5. 5El viento del este
  6. 6Casarme en lugar de mi hermana
  7. 7Las manos de la novia
  8. 8Lo que dicen mis callos
  9. 9Desde lo alto de la muralla
  10. 10La cena de la reconciliación
  11. 11El templo Putuo
  12. 12La emperatriz reinante
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