Renacer para reinarCap. 10/128 min de lectura

Capítulo 10: La cena de la reconciliación

Changning seguía agarrada de la columna, como si el piso se hubiera inclinado bajo sus pies.

Yo no me moví. Dejé que me mirara. Que me recorriera con los ojos de arriba abajo, buscando algo que le dijera que estaba soñando: una herida, una sombra, un fantasma. No encontró nada. Solo a su hermana, de pie bajo una linterna roja, con una túnica de comandante y las manos a la espalda.

—¿Te sorprende que no esté muerta? —le pregunté.

Ella sacudió la cabeza, despacio primero, luego más rápido.

—¿Qué está pasando? —Le salió la voz aguda, desafinada—. ¿No te habías casado con el Rey de Jiang? Nuestro padre fue tan cruel contigo... ¿cómo es que sigues viva? ¿Cómo?

No le respondí. Ella dio un paso hacia mí. Luego otro. El miedo de su cara se fue convirtiendo en otra cosa, en algo que conocía mejor y que la hacía sentirse más segura.

—Ya entiendo. —Se le iluminaron los ojos—. Te escapaste a escondidas. Huiste por miedo al castigo. Tú, una princesa comprometida, ¿te atreviste a huir de tu propia boda?

Casi me dio risa.

Huir. En su cabeza no cabía otra posibilidad. Una mujer que sobrevive al Rey de Jiang solo puede haber escapado por la puerta de atrás, de noche, con la cara tapada. A Changning nunca se le habría ocurrido que alguien pudiera entrar por la puerta principal de ese reino con un sable en la mano y salir de ahí dueña de la mitad de sus tierras.

—Se lo voy a decir a mi padre. —Changning levantó la barbilla, triunfante—. ¡Se lo voy a decir a mi padre!

Entonces se detuvo. La vi pensar. La vi recordar que mi padre sabía que yo estaba en el palacio, porque estaba en el palacio a la vista de todos. Que nadie se escondía bajo las linternas del banquete del Medio Otoño.

—Él te mandó llamar —murmuró, más para sí misma que para mí—. ¿Cómo pudiste volver viva? ¿Cómo pudiste...?

Se le quebró la voz.

—¿Cómo puedes vivir mejor que yo?

Ahí estaba. La pregunta que de verdad le quemaba por dentro. No le importaba si yo había huido o si había vencido. Le importaba que yo estuviera de pie y ella no.

Me acerqué hasta quedar a un paso de ella. Pude oler el perfume barato que se había puesto, demasiado dulce, demasiado fuerte. El perfume de una casa donde ya no le daban lo mejor.

—Hermana —le dije con suavidad—. Nuestro padre ya tomó su medicina el día de hoy. Su estado es estable. Está descansando tranquilo.

Ella parpadeó. No entendió por qué le decía eso.

Lo iba a entender después. Que si yo sabía qué medicina tomaba mi padre, a qué hora y en qué estado se encontraba, era porque nadie llegaba hasta su cama sin pasar antes por mí.

Me di la vuelta y la dejé sola en el corredor, bajo la linterna que seguía meciéndose.


Dos días después, mi madre entró a mis aposentos casi corriendo.

—¡Jinhua! ¡Jinhua!

Hacía mucho que no le veía esa cara. Tenía las mejillas encendidas, los ojos brillantes, la respiración agitada como una muchacha. Por un momento me recordó a la madre de mi infancia, la que se reía cuando yo me caía del columpio y luego corría a levantarme.

—Madre, ¿por qué estás tan contenta?

—¡Es Changning! Tu hermana mayor. —Me tomó de las manos—. Por fin entró en razón. Se dio cuenta de todas las cosas malas que hizo. Ahora está arrepentida. ¡Arrepentida, Jinhua!

No dije nada. Dejé que siguiera.

—Mandó a alguien a darme un mensaje. Dice que sufrió muchísimo en la mansión del Primer Ministro, y que eso la hizo abrir los ojos. Que espera que de ahora en adelante podamos llevarnos bien. Ella y yo. Y también contigo, su hermana menor. —Le temblaba la voz de emoción—. Dijo que quiere comer con nosotras. Una comida las tres juntas.

Me apretó las manos con fuerza.

—Jinhua, después de todo es tu hermana. La sangre pesa más que el agua. ¿Puedes perdonarla? Hija, hazle caso a tu madre.

La miré a los ojos. Había tanta esperanza en ellos que dolía verla.

Yo conocía a mi hermana. Sabía que Changning podía llorar a voluntad, que podía arrodillarse sin que le temblara el orgullo, que podía decir "perdóname" con la misma boca con que decía "ojalá te mueras". Lo había visto toda la vida. En las dos vidas.

Pero mi madre necesitaba creer. Lo había perdido casi todo en esos meses: el marido enfermo detrás de una puerta que ella no podía abrir, una hija convertida en concubina, la otra convertida en algo que le daba miedo. Le quedaba esa esperanza, chiquita, frágil, como una vela al viento.

No se la iba a apagar yo.

Además, una parte de mí quería ver hasta dónde era capaz de llegar Changning. En el noroeste había aprendido que al enemigo no se le espera escondido detrás de una muralla. Se le deja acercarse. Se le deja creer que el camino está libre. Y se le mira la cara cuando está tan cerca que ya no puede esconder nada.

—Está bien, Madre —le dije—. Comamos juntas.


El día de la cena, los aposentos de mi madre olían a jengibre, a cebollín y a caldo de hueso hervido a fuego lento.

—La señora está tan feliz hoy —me susurró una de sus doncellas al abrirme la puerta—. Cocinó ella misma. Desde la mañana. Preparó la comida para usted y para la princesa Changning con sus propias manos.

Mi madre estaba junto a la mesa, acomodando los platos por tercera vez. Se había puesto un vestido color durazno que yo no le veía desde hacía años. Cuando me vio, sonrió.

—Siéntate, Jinhua. Tu hermana ya viene.

Sobre la mesa había pescado al vapor, costillas glaseadas, verduras salteadas, un tazón de sopa de loto y, en un platito aparte, unos dulces de castaña que a Changning y a mí nos encantaban de niñas. Mi madre se había acordado. Después de tantos años, se había acordado.

Changning llegó poco después.

Venía sin joyas, con el pelo recogido en un moño sencillo y un vestido gris claro. Tenía los ojos hinchados, como si hubiera llorado toda la noche. Cruzó el umbral, vio a mi madre, y antes de que nadie pudiera decir nada, se dejó caer de rodillas en el piso.

—Madre... —La voz se le deshizo en un sollozo—. No he sido una buena hija. Me equivoqué. Tu hija se equivocó.

Mi madre soltó el cucharón y corrió hacia ella.

—Niña tonta, levántate. —La abrazó, la jaló hacia arriba, le limpió las lágrimas con el pulgar—. Somos familia. Somos familia.

Yo las miraba desde la mesa.

Changning lloraba con todo el cuerpo. Los hombros le temblaban, la nariz se le había puesto roja, la voz le salía entrecortada. Era perfecto. Tan perfecto que, si no la hubiera conocido, yo también le habría creído.

Pero la conocía. Y por eso noté lo que mi madre no notó: que mientras lloraba sobre el hombro de nuestra madre, Changning tenía los ojos abiertos. Y me estaba mirando a mí.


Nos sentamos a la mesa. Mi madre en el centro, Changning a su derecha, yo a su izquierda. Por primera vez en muchos años, las tres juntas.

Changning le sirvió sopa a mi madre. Luego me sirvió a mí. Luego se sirvió a sí misma, apenas un poco, y se quedó mirando el tazón sin probarlo.

—Hermana. —Levantó la vista hacia mí, con los ojos todavía húmedos—. Espero poder pasar el resto de mi vida junto a nuestra madre. Disfrutar de tu compañía. Compensar todos mis errores de antes. —Bajó la cabeza—. Espero que puedas perdonarme todo lo que hice. Que me perdones la ignorancia que tenía cuando era más joven.

Mi madre la miraba con una ternura infinita. Me miró a mí, esperando.

Tomé los palillos. Le serví a Changning un trozo de pescado, el de la parte más tierna, cerca de la cabeza, que de niña siempre se peleaba conmigo por comer.

—Come, hermana.

Changning se quedó mirando el plato. Algo le pasó por la cara, muy rápido, demasiado rápido para nombrarlo. Luego sonrió.

—Hermana, estoy tan feliz ahora mismo. Sentarme aquí, a comer con nuestra madre y contigo...

—Es raro verlas a ustedes dos tan unidas. —Mi madre se secó los ojos con la manga—. Tan raro...

Comimos un rato en silencio. Afuera empezaba a oscurecer, y una doncella entró sin hacer ruido a encender las lámparas. La luz amarilla cayó sobre la mesa, sobre los platos a medio comer, sobre las manos de mi madre, que no dejaban de servirnos.

Yo masticaba despacio. Escuchaba. Observaba.

Changning hablaba de cosas pequeñas. Del sabor de la sopa. De un jardín que había en la mansión del Primer Ministro. De un pájaro que se paraba todas las mañanas en su ventana. Cosas inofensivas, dulces, de hermana menor arrepentida. Pero cada tanto, entre una frase y otra, sus ojos se deslizaban hacia mí. Hacia mis manos. Hacia mi cuello. Hacia el borde de la manga, donde asomaba la muñeca.

Como quien mide algo.

—Hermana —dijo de pronto, con una sonrisa nostálgica—, ¿te acuerdas de cuando éramos niñas y nos bañábamos juntas?

Mi madre soltó una risa suave.

—Ay, cómo se peleaban por el agua caliente...

—Me acuerdo —respondí.

Changning dejó los palillos sobre la mesa y me miró con una dulzura que le llegaba hasta las pestañas.

—Debes estar muy cansada hoy. Acabas de volver del cuartel. Seguro estás agotada. —Inclinó la cabeza—. Después de la cena, déjame lavarte la espalda. Déjame limpiarte el cuerpo, como cuando éramos niñas.


Mi madre juntó las manos sobre el pecho, conmovida.

—Changning es tan atenta. —Se volvió hacia mí, radiante—. Jinhua, tu hermana te quiere mucho. Deja que te quite el cansancio.

Las dos me miraban. Mi madre, con esperanza. Changning, con algo que se parecía a la esperanza pero que no lo era.

Por un instante el cuarto quedó en silencio. Solo se oía el chisporroteo de las lámparas y, muy lejos, el tambor de la guardia anunciando la hora.

Pensé en el cuerpo de una mujer que ha pasado tres inviernos en el noroeste. En lo que el agua y el vapor dejarían a la vista. Cada cicatriz. Cada marca. Cada pequeño detalle de la piel que una hermana gemela, con la misma cara, no tendría.

Pensé en los ojos de Changning recorriéndome toda la cena, midiendo, contando, memorizando.

Y pensé en mi madre, que había cocinado desde la mañana con sus propias manos. Que llevaba puesto el vestido color durazno de cuando éramos niñas. Que me miraba como si de mi respuesta dependiera que su familia volviera a estar completa.

Dejé los palillos sobre el plato, uno junto al otro, perfectamente alineados.

Levanté la cara hacia mi hermana y le sonreí. Con calma. Con dulzura. Con la misma sonrisa con que ella me había mirado el día del sorteo de varillas, convencida de que acababa de robarme un tesoro.

—Gracias por tu buena intención, hermana.

Fin del capítulo 10
Sigue leyendoCapítulo 11: El templo PutuoDespués del banquete del Medio Otoño, el palacio se llenó de un silencio extraño. Los ministros llegaban a la corte cada mañana, se arrodillaban frente al…Leer capítulo 11
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Renacer para reinar12 capítulos
  1. 1La varilla corta
  2. 2El látigo de oro y la cometa
  3. 3La jugada al revés
  4. 4Las máscaras se caen
  5. 5El viento del este
  6. 6Casarme en lugar de mi hermana
  7. 7Las manos de la novia
  8. 8Lo que dicen mis callos
  9. 9Desde lo alto de la muralla
  10. 10La cena de la reconciliaciónLeyendo
  11. 11El templo Putuo
  12. 12La emperatriz reinante
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