En el palacio, las paredes tienen oídos. Y las doncellas tienen lengua.
Lo que mi hermana dijo aquella tarde, al volver de la calle, llegó a mí antes de que encendieran las linternas. No me hizo falta preguntar. Bastaba con escuchar a las sirvientas que barrían los corredores, con mirar cómo bajaban la voz cuando yo pasaba. Lo demás no me costó adivinarlo. Conocía a Changning como se conoce la propia sombra.
—Princesa, ¿está bien? ¿No se lastimó?
Xiaotao la había ayudado a levantarse en medio de la calle, entre las risas mal disimuladas de la gente. Le sacudía el polvo de la túnica blanca, que ya no era tan blanca, y le acomodaba los mechones que se le habían soltado del moño de hombre.
—Vámonos —murmuró Changning, sin mirar a nadie—. Regresemos al palacio.
No volvió a abrir la boca en todo el camino. Pero en cuanto cruzó la puerta de sus aposentos, arrojó el abanico de marfil contra el biombo con tanta fuerza que se partió una de las varillas.
—¿Cómo pudo pasar esto? —Caminaba de un lado a otro, con los puños cerrados—. ¡Apenas lleva unos días de vuelta! Unos días, Xiaotao. Y mi padre ya castigó a Chaoyang delante de todo el mundo. A Chaoyang, su consentida de siempre. ¡La regañó en público por su culpa!
Xiaotao no se atrevía a responder.
—Y hoy... hoy ni siquiera dio la cara. —A Changning se le quebró la voz—. Solo una espalda. Una espalda sobre un caballo. Y todos esos hijos de familias nobles que me costó tanto trabajo ganarme, uno por uno, se quedaron mirándola como bobos. Como si yo no existiera.
Se dejó caer en un taburete frente al espejo de bronce. La cara que le devolvió el espejo era idéntica a la mía, pero pálida de rabia.
—Fang Jinhua —le susurró a su reflejo—. ¿Por qué tuviste que volver a quitármelo todo?
—Princesa, ¿qué le pasa? —Xiaotao se arrodilló a su lado—. ¿No se ha sentido bien estos días?
—Tengo miedo.
Lo dijo tan bajito que la doncella apenas la oyó.
—¿No has visto cómo la mira mi padre estos días? Con esos ojos. Como me miraba a mí antes. —Changning se aferró a la orilla del tocador—. Si esto sigue así... si mi padre decide quedarse con Fang Jinhua en este palacio tan espléndido, ¿qué va a pasar conmigo? ¿Y si me manda a mí a ese noroeste desolado?
—Princesa, eso no puede pasar. Usted sacó la varilla larga.
—¡Una varilla no es un edicto imperial! —Changning se puso de pie de un salto—. No. No voy a ir a la frontera a sufrir. Ni un solo día. Todavía no ha venido el Rey de Jiang a pedir mi mano. No puede haber ningún error. Ninguno.
Se quedó un rato en silencio. Luego, poco a poco, se le endureció la mirada.
—Tengo que hacer que Fang Jinhua y su tío regresen al noroeste. Cuanto antes.
—¿Y qué piensa hacer, princesa?
Changning no contestó. Se volvió hacia el espejo y empezó a quitarse las horquillas, una por una, con mucha calma.
Dos días después, mi padre me mandó llamar al estudio imperial.
Cuando entré, Changning ya estaba ahí. Llevaba un vestido color lavanda, sencillo, sin una sola joya de más, y estaba sirviéndole té a mi padre con las dos manos, como la hija más obediente del mundo. Al verme, me dedicó una sonrisa tan dulce que se me erizó la nuca.
Me arrodillé a un costado y esperé.
—Padre —decía Changning, con la cabeza ligeramente inclinada—, hace unos días fui a visitar a mi tío. Para saludarlo, nada más. Pero, por lo que me dijo... me pareció que está muy descontento con la paga que reciben sus tropas.
Mi padre dejó la taza sobre la mesa. Despacio.
—¿Ah, sí? ¿De verdad dijo eso?
—Yo no me atrevería a inventar algo así, Padre. —Changning bajó los ojos—. Solo me preocupé. Pensé que usted debía saberlo.
Sentí que algo frío me subía por la espalda.
Mi tío jamás se había quejado de la paga delante de nadie, y mucho menos delante de Changning. En tres años, yo lo había visto repartir su propia ración entre los heridos. Lo había visto remendar sus botas con cuero de silla de montar para que el dinero alcanzara para flechas. Y ahora mi hermana, que no conocía ni el olor de un campamento, se paraba frente al Emperador a ponerle palabras en la boca.
Mi padre se quedó callado mucho rato, tamborileando con los dedos sobre la madera. Luego volteó hacia mí.
—Jinhua.
—Aquí estoy, Padre.
—Tú vas a quedarte en la frontera. Y vas a formar tu propia fuerza allá. —Hablaba en voz baja, como quien confía un secreto—. Cuando regreses, quiero que vigiles muy de cerca a tu tío.
Levanté la vista. Mi padre sostuvo mi mirada.
—Lo que tu padre quiere decir es esto: si notas cualquier señal de desacuerdo, cualquier cosa, me la informas de inmediato. —Hizo una pausa—. La frontera no puede quedar en manos de una sola familia.
Una sola familia. La familia de mi madre. La sangre de su propia esposa.
Toqué el piso con la frente.
—Obedezco, Padre.
Por el rabillo del ojo vi a Changning. Tenía las manos dobladas sobre el regazo y la cara bañada en una calma perfecta. Pero las comisuras de sus labios temblaban. Se estaba aguantando la sonrisa.
Salí del estudio imperial con el corazón golpeándome el pecho como un tambor de guerra.
Caminé por el corredor sin ver nada. Los eunucos se apartaban a mi paso. El viento de la tarde arrastraba hojas secas sobre las losas, y yo pisaba encima sin oír el crujido.
Fang Changning. Qué estúpida eres.
¿Sabías lo que acababas de hacer? Por un poco de favor, por quedarte un poco más en tu jaula dorada, le acababas de clavar un cuchillo en la espalda a nuestro tío. A los cien mil hombres que él comandaba. A los soldados que dormían sobre la nieve para que tú pudieras dormir sobre seda.
Ese ejército era la muralla de Dazhou. Lo único que separaba a la capital de los jinetes de Qiangrong. Si mi padre empezaba a desconfiar de mi tío, iba a recortarle las provisiones, iba a mandar espías, iba a sembrar sospechas entre los oficiales. Y una muralla que se pudre por dentro cae sola, sin que el enemigo tenga que empujarla.
Mi hermana estaba dispuesta a derrumbar la muralla de todo un reino con tal de no perder su lugar en el palacio.
Me detuve frente a sus aposentos.
Las puertas estaban cerradas. Desde adentro llegaba el sonido de una risa ligera y el tintineo de una taza de porcelana.
No toqué.
Levanté la pierna y pateé la puerta con todas mis fuerzas.
Las dos hojas de madera se abrieron de golpe y rebotaron contra la pared. Una de las bisagras saltó y rodó por el piso. Xiaotao soltó un grito y dejó caer la tetera, que se hizo añicos sobre la alfombra.
Changning estaba sentada frente al espejo. Se dio la vuelta, pálida.
—¡Fang Jinhua! ¿Te volviste loca? ¿Cómo te atreves a patear mi puerta?
Entré. Cerré la puerta detrás de mí, o lo que quedaba de ella, con un empujón.
—¿Cómo te atreves tú? —Changning retrocedió hasta chocar con el tocador—. ¿Qué piensas hacer?
—Anda, dime. —Di un paso hacia ella—. ¿Qué crees que pienso hacer?
Xiaotao se escurrió por la pared hasta la puerta y desapareció. Nos quedamos solas.
—Nuestro tío es tu tío —le dije. Mi voz sonaba baja, demasiado tranquila, como el hielo del río antes de romperse—. Es el hermano de nuestra madre. Y tú, para quedarte en el palacio, vas con mi padre a calumniarlo. Lo quieres empujar hasta la muerte.
Por un momento pensé que se iba a echar a llorar. En cambio, se echó a reír.
—¡Jajaja! Mírate. Estás furiosa.
Se enderezó. Se acomodó una horquilla. Recuperó el color de la cara, y con el color volvió el veneno.
—Fang Jinhua, yo sabía que querías quedarte aquí y quitarme mi lugar. Lo supe desde el día en que entraste al salón del trono con esa armadura vieja.
—¿Quitarte tu lugar? —La miré de arriba abajo—. Déjame decirte algo. Una tonta que no sabe hacer otra cosa más que colgarse del brazo de los hombres no vale tanto como para que yo le quite nada.
Le tembló el párpado.
—Ahí está. Haciéndote la noble. —Avanzó un paso, con la barbilla en alto—. Lo que pasa es que te mueres de envidia, porque los hijos de las grandes familias me adoran a mí. A mí, no a ti.
No le contesté. Ella lo tomó como una victoria. Se acercó más, tanto que pude oler el perfume de flor de ciruelo en su cuello, y bajó la voz como quien comparte una travesura.
—Te voy a contar un secreto, hermanita. Ya no falta mucho. Dentro de poco me voy a casar con el Rey de Jiang. Voy a ser la reina más noble de todo el mundo. —Sonrió—. Y tú... tú quédate esperando la muerte en esa tierra helada.
La miré, y por un instante no vi su cara.
Vi la mía. La de mi vida anterior.
En esa vida, yo me levantaba antes que nadie en el palacio. Mientras las otras princesas dormían, yo ya estaba frente a los libros con los ojos hinchados. Me acostaba después que todos, con los dedos manchados de tinta y los hombros adoloridos de tanto practicar el laúd. Aprendí poesía, caligrafía, música, pintura. Fui la mejor en todas las artes. Llegué a ganar honores para Dazhou frente a los emisarios de otros reinos.
Y solo así, después de todo eso, mi padre empezó a fijarse en mí.
Nada de lo que tuve en esa vida me cayó del cielo. Ni el cariño de mi padre, ni la fama, ni siquiera la propuesta del Rey de Jiang. Cada cosa me costó noches sin dormir.
Pero Changning no lo sabía. Desde aquella frontera helada, ella solo había visto el brillo. Pensaba de verdad que bastaba con quedarse en el palacio para tenerlo todo. Que la gloria venía pegada a las paredes, como el oro de las columnas. Que el Rey de Jiang era un premio, y no una tumba.
Y ahora corría directo hacia esa tumba, convencida de que era un trono.
Sentí algo extraño en el pecho. No era compasión. Tampoco era rabia. Era el cansancio de quien ve a alguien caminar hacia un precipicio y comprende que ningún grito lo va a detener.
—Así que el Rey de Jiang —dije despacio—. Sí. El Rey de Jiang es muy bueno.
Changning parpadeó, desconcertada. Esperaba gritos. Esperaba que le rogara.
—Ya que mi hermana tiene aspiraciones tan altas —continué, y le acomodé con la punta de los dedos una horquilla que se le había torcido—, entonces yo me quedo en el noroeste. Con mucho gusto.
Retrocedí un paso. Le hice una reverencia perfecta, la reverencia que una hermana menor le debe a su hermana mayor, con las manos juntas y la espalda inclinada.
Ella no entendía. Lo vi en sus ojos: ese brillo de triunfo mezclado con una sombra de duda que no lograba explicarse.
Me enderecé, sonreí y le dije con la voz más suave que tenía:
—Te deseo, hermana, que muy pronto te pongas la túnica de fénix...
Hice una pausa. Dejé que el silencio se estirara entre las dos, largo y frío como el filo de una espada.
—...y que camines con ella puesta directo hacia tu muerte.