Llegamos a la capital al amanecer del vigésimo día.
No entramos como un cortejo nupcial. Entramos como lo que éramos: un ejército. Las calles estaban vacías, las puertas de las casas atrancadas, las ventanas cerradas. Solo de vez en cuando una rendija se abría un dedo y volvía a cerrarse en cuanto pasaban los caballos.
La gente de la capital había oído hablar de nosotros. Del cortejo que se convirtió en ejército. Del reino de Jiang, que en cinco meses dejó de existir. Y ahora ese mismo ejército avanzaba hacia el palacio, con el polvo del sur todavía pegado a las armaduras.
Frente a la puerta principal del palacio, una fila de guardias nos cerró el paso con las lanzas cruzadas. Eran jóvenes. A más de uno le temblaba la punta del arma.
—¿Quiénes son ustedes? —gritó el que parecía estar al mando—. ¿Cómo se atreven a rodear el palacio?
Hice avanzar el caballo hasta que el hocico casi tocó su lanza. Me quité el casco.
—¿Cómo te atreves tú? —le dije—. Soy el comandante adjunto del noroeste. Vine a la capital por orden imperial.
El guardia parpadeó. Miró mi cara. Miró los estandartes detrás de mí, la columna interminable de jinetes que llenaba la avenida hasta perderse de vista.
—¿Qué esperas? —Alcé la voz—. ¡Abre la puerta del palacio ahora mismo!
La lanza bajó. Luego la de al lado. Luego todas.
Las puertas se abrieron con un gemido largo de bisagras viejas.
Los aposentos de mi padre olían a hierbas amargas y a encierro.
Habían cerrado todas las ventanas, y el aire estaba tan espeso que costaba respirar. Dos médicos imperiales se inclinaron al verme entrar y retrocedieron hasta la pared. En la cama, bajo un dosel de seda amarilla, había un hombre que tardé un momento en reconocer.
Mi padre había adelgazado tanto que los pómulos le sobresalían como piedras bajo la piel. Tenía los labios grises. Pero cuando me vio, los ojos se le llenaron de una luz que no esperaba.
—Jinhua... —Intentó incorporarse—. Volviste.
Me arrodillé junto a la cama y le tomé la mano. Estaba fría, y tan delgada que podía sentir cada hueso.
—Padre, no se preocupe. Lo que importa ahora es su salud.
—Mi cuerpo ya no responde. —Movió la cabeza despacio sobre la almohada—. No me queda mucho. Jinhua, lo que me preocupa es Dazhou.
No le dije que se equivocaba. No le dije nada. Solo seguí sosteniendo su mano.
—Dime una cosa. —Me apretó los dedos con la poca fuerza que tenía—. ¿Qué opinas de tu hermano mayor?
Lo pensé un instante. No había razón para mentir.
—Mi hermano mayor es ignorante, Padre. No tiene madera de gobernante.
Mi padre cerró los ojos. No me contradijo.
—¿Y el segundo?
—Es travieso. Todavía no ha madurado.
—¿Y el quinto?
—El quinto todavía es un niño.
Mi padre soltó un suspiro que pareció vaciarlo por dentro. Se quedó mirando el dosel sobre su cabeza, el bordado de dragones que se enroscaban entre nubes doradas.
Le acomodé la manta sobre el pecho.
—Es difícil, lo sé. Pero usted todavía tiene salud, Padre. ¿Por qué tanta prisa por nombrar al príncipe heredero? —Le sonreí—. No se preocupe. Su hija ya volvió. Usted puede estar tranquilo.
Él me miró largo rato. No sé qué vio en mi cara. Pero al final asintió y cerró los ojos otra vez, como un niño que se rinde al sueño.
Esa misma tarde, en el salón lateral donde mi padre solía recibir a sus ministros, me reuní con mi tío.
Él estaba de pie junto a la ventana, mirando hacia los patios del palacio. Se había quitado la armadura, pero seguía teniendo el aire de quien espera un ataque en cualquier momento.
—Tío, los asuntos de la frontera tienes que llevarlos tú —le dije—. Aunque el reino de Jiang haya caído, todavía le quedan rencores. Lo que queda de su gente va a buscar venganza. Y tampoco podemos confiar del todo en Chenyang. Hoy son nuestros aliados porque les convenía. Mañana, quién sabe.
Mi tío asintió.
—Por ahora, yo voy a decidir provisionalmente los asuntos de la corte —continué—. Pero para que las cosas se cumplan de verdad, voy a necesitar tu ayuda.
Él se volvió hacia mí. En su cara ya no había rastro de la duda de aquella noche en la tienda, cuando le hablé por primera vez de volver a la capital como dueños.
—No te preocupes, Jinhua. Voy a vigilar muy de cerca la frontera. —Se cruzó de brazos—. Y aquí, dentro y fuera de la capital, también te voy a ayudar a mantener la calma.
Al día siguiente, un funcionario del palacio interior se presentó con la cabeza tan baja que casi le tocaba el pecho.
—Informo a Su Alteza. Se acerca el Festival del Medio Otoño. Cada año, el palacio ofrece un gran banquete para agasajar a los cortesanos. —Titubeó—. Pero este año Su Majestad está gravemente enfermo, y la Emperatriz está confinada en sus aposentos. El palacio interior no sabe si debe celebrarse o no el banquete del Medio Otoño.
Me quedé un momento en silencio.
Sabía lo que estaba preguntando en realidad. No le importaban las linternas ni los pasteles de luna. Quería saber quién mandaba ahora. Quería saber si el palacio debía vestirse de luto o de fiesta.
—Sí —dije—. Se va a celebrar.
El funcionario levantó la vista, sorprendido.
—Y no solo se va a celebrar. Tiene que ser animado. Grandioso. Espléndido. —Me levanté—. El reino de Jiang fue destruido. Nuestros soldados volvieron victoriosos. Esa es una gran alegría para todo el reino. La majestad de Dazhou tiene que verla todo el mundo.
—¡Sí, Alteza! Voy a empezar a organizarlo de inmediato. —Se inclinó hasta el suelo—. Lo haré más grandioso que en los años anteriores. ¡Que todo el reino lo celebre!
Cuando se fue, me quedé mirando la puerta.
Un banquete. Ministros, nobles, familias poderosas, todos reunidos bajo un mismo techo, todos mirando hacia el mismo lugar. Había pocas ocasiones mejores para que el palacio entero viera quién estaba sentado ahora en el centro.
Fui a ver a mi madre esa noche.
Sus aposentos estaban casi a oscuras. Solo ardía una lámpara junto a la ventana, y a su luz mi madre bordaba algo que no parecía tener intención de terminar. Cuando me vio entrar, dejó el bastidor a un lado y se levantó tan rápido que se le enredó la falda.
—Jinhua. Por fin tienes tiempo.
Me abrazó. Era más pequeña de lo que recordaba. O tal vez yo había crecido.
—Estos días tu madre ha estado muy preocupada.
—Madre, no te preocupes. Estoy bien.
Me senté frente a ella. Una doncella entró con una bandeja y la dejó sobre la mesa.
—Hay muchos asuntos en el palacio —le dije—. Y como veo que te aburres aquí encerrada, quiero que me ayudes. Que supervises el banquete del Medio Otoño. Así sales un poco. Te distraes.
Mi madre no contestó. Me miraba con una fijeza extraña.
—Jinhua —dijo al fin, en voz muy baja—. A los aposentos de tu padre no puede acercarse nadie de fuera. Nadie. ¿Fuiste tú quien lo ordenó?
Destapé uno de los platos de la bandeja. Un vapor caliente, con olor a comino y a carne asada, se esparció por el cuarto.
—Madre, prueba esto. Es un platillo típico del noroeste. Lo preparé yo misma. —Le acerqué los palillos—. Seguro que sabe distinto a la comida del palacio.
—Jinhua, no cambies de tema.
Dejé los palillos sobre la mesa.
Mi madre suspiró. Se le suavizó la cara. Me tomó las manos entre las suyas, como hacía cuando yo era niña, y me habló con esa voz dulce y cansada que yo conocía de memoria.
—Jinhua, ahora salvaste al Emperador. Acabaste con el reino de Jiang. Tu padre seguramente te va a encontrar un buen esposo. Te va a casar con todos los honores. —Me apretó los dedos—. Desde ahora puedes vivir tranquila. Ya no tienes que volver a ese noroeste helado. Ya no tienes que preocuparte por todas estas intrigas.
Sonrió, con los ojos húmedos.
—Todavía eres tan joven, Jinhua. ¿Qué más te puede faltar?
Me quedé mirando nuestras manos juntas sobre la mesa.
Las suyas eran blancas, suaves, perfumadas. Las mías parecían de otra persona. Morenas, duras, con los nudillos marcados y los callos amarillentos de la espada.
—Madre, tú nunca me has entendido.
Ella frunció el ceño. Yo volteé las manos sobre la mesa, con las palmas hacia arriba, para que las viera bien a la luz de la lámpara.
—Mira mis manos, Madre. Con verlas basta.
Mi madre bajó la vista. Le tembló la boca.
—Ninguna madre... —murmuró—. Ninguna madre querría que las manos de su hija quedaran así. A esta edad, estas manos deberían ser delicadas. ¿Cómo es posible que se hayan puesto tan ásperas?
Pasó el pulgar sobre uno de los callos, despacio, como si quisiera borrarlo.
—Madre, a ti te dan lástima —le dije—. Tú crees que esto es sufrimiento. Pero yo lo veo como una gloria.
Ella levantó la mirada.
—Cada uno de estos callos es algo que conseguí en el noroeste. Cada uno. —Toqué uno con la punta del dedo—. Este es de la primera vez que sostuve la lanza durante una noche entera. Este es del invierno del río. Este es del valle del viento del este. Son la marca de que mi destino lo controlo yo.
—Jinhua, ¿qué estás diciendo?
—Tú crees que encontrarme un buen hogar es un favor. Que es el mejor destino para una hija. —Le sostuve la mirada—. Pero para mí, Madre, eso es como si me rompieran las manos y los pies. Como si me encerraran en un cuartito y me dejaran ahí hasta marchitarme y morir.
Mi madre retiró las manos de golpe. Se las llevó al pecho.
—Encerrarte... Jinhua, tú... ¿Cómo puedes tener una idea tan aterradora?
—Lo que yo quiero es libertad, Madre. Libertad de verdad. —Hablé despacio, para que no se le escapara ni una palabra—. Que nadie se atreva a destruirme. Que nadie pueda controlar mi destino.
—Pero desde la antigüedad —dijo ella, y la voz le salió quebrada—, nunca ha existido una mujer que no dependa de un hombre. Así es el mundo, hija. Siendo mujer, ¿crees que puedes cambiar tu destino en contra del cielo?
—Por eso mismo hay que cambiar las viejas reglas.
La lámpara chisporroteó. Una polilla daba vueltas alrededor de la llama, cada vez más cerca.
Mi madre me miraba como si estuviera viendo a una desconocida. Como si la niña a la que había peinado y vestido y arrullado se hubiera ido al noroeste y en su lugar hubiera vuelto otra cosa.
—Jinhua —susurró—. ¿Qué es lo que de verdad quieres hacer?
No aparté la vista.
—Si yo tuviera el poder, Madre... en la corte gobernarían los que tienen capacidad.
Hice una pausa.
—Sin importar si son hombres o mujeres.
Mi madre se quedó inmóvil. El color se le fue de la cara, poco a poco, hasta que quedó tan blanca como la seda que bordaba. Abrió la boca y no le salió la voz. Cuando por fin habló, fue apenas un hilo, temblando en la penumbra.
—Jinhua... no vayas a cometer una locura.