Renacer para reinarCap. 11/128 min de lectura

Capítulo 11: El templo Putuo

Después del banquete del Medio Otoño, el palacio se llenó de un silencio extraño.

Los ministros llegaban a la corte cada mañana, se arrodillaban frente al trono vacío y luego volteaban, sin decirlo, hacia el lugar donde yo estaba sentada. Los eunucos me traían los memoriales antes de llevarlos a los aposentos de mi padre. Las doncellas bajaban la voz cuando yo pasaba. Nadie lo había proclamado. Pero todo el mundo lo sabía.

Y mi padre seguía en su cama, cada día un poco más delgado.


Una mañana, el médico imperial me esperaba en el corredor, frente a la puerta de los aposentos de mi padre. Era un hombre mayor, de barba blanca y manos manchadas de tinta y de hierbas. Se inclinó hasta el suelo.

—Alteza, acabo de tomarle el pulso a Su Majestad. Está extremadamente débil.

—¿Y entonces?

—Si queremos que se recupere, hay que usar una medicina fuerte. —Levantó la cabeza, con los ojos muy abiertos—. Algo que le fortalezca el corazón y el cuerpo de golpe. Es la única manera de darle la vuelta a la enfermedad.

Miré por encima de su hombro, a través de la puerta entreabierta. Desde ahí se veía la orilla de la cama, la mano de mi padre sobre la manta, tan delgada que parecía de papel.

—Padre está demasiado débil —dije—. ¿Cómo va a soportar una medicina fuerte?

—Alteza...

—En mi opinión, es mejor usar métodos suaves. No hay que buscar resultados rápidos. Eso solo lastimaría el cuerpo sagrado de Su Majestad.

El médico se retorció las manos.

—Pero si la enfermedad no se trata con energía, Alteza, la salud de Su Majestad...

—Yo conozco la salud de mi padre mejor que usted.

Lo dije sin levantar la voz, pero el médico dio un paso atrás.

—Un tratamiento suave. Yo sé cómo debe hacerse. —Me acerqué un poco más—. Y si usted insiste en darle esa medicina fuerte, y algo sale mal, lo voy a hacer responsable a usted. A usted, y a todos los que lo hayan ayudado.

El hombre tragó saliva. Volvió a doblarse hasta el suelo.

—Sí, Alteza. Obedezco.

Lo vi alejarse por el corredor, con los hombros encogidos. No sabía si de verdad había querido curar a mi padre o si alguien le había dicho qué decir. En el palacio, hasta un médico puede ser una pieza en el tablero de otro. Y yo no pensaba dejar la vida de mi padre en manos de nadie que no fuera yo.


Esa misma tarde entré a sus aposentos y despedí a los sirvientes.

Mi padre estaba despierto. Me miró llegar con los ojos hundidos, cansados, y supo a qué venía antes de que yo abriera la boca.

Sobre la mesita junto a la cama había un rollo de seda amarilla en blanco, un tintero y un pincel. Llevaban ahí tres días. Nadie los había tocado.

Me senté en el borde de la cama.

—Padre, ¿todavía no quiere escribir el edicto de sucesión?

No me respondió. Volteó la cara hacia la pared.

—Padre. —Le hablé despacio, sin rabia—. Si no me lo cede a mí, ¿a quién más se lo va a ceder? Usted mismo me preguntó por mis hermanos. El mayor es ignorante. El segundo es un niño malcriado. El quinto todavía es más chico, y no sabe nada. ¿Qué talento tienen ellos para gobernar un reino?

Él cerró los ojos.

—Usted fue débil para gobernar, Padre. —Sentí que la voz se me endurecía, aunque no quería—. Ni siquiera pudo proteger a su propia hija. Me mandó dos veces al reino de Jiang. Una vez en mi vida anterior, otra vez en esta. Y esos hijos consentidos suyos... usted no les enseñó nada. ¿De qué sirven?

El silencio fue largo. Afuera, en el patio, un pájaro cantó dos veces y se calló.

Al fin, mi padre soltó el aire por la nariz, un suspiro largo, de hombre vencido.

—Está bien. —Abrió los ojos y miró el techo—. Tu padre ya lo entendió. Tú...

Se le quebró la voz. Movió la mano sobre la manta, buscando la mía, y no la encontró.

—Te voy a dar lo que quieres.

Me levanté. Acerqué la mesita a la cama, mojé el pincel en la tinta y se lo puse entre los dedos.

—Padre —le dije—, hace bien en pensarlo así.


Unos días después, cuando el edicto ya estaba escrito y sellado y guardado donde solo yo sabía, le dije a mi padre que el clima estaba agradable.

—Mañana lo llevo al templo Putuo. Con la bendición del Buda, su enfermedad seguro va a mejorar.

No hizo preguntas. Ya casi no hacía preguntas.

Salimos al amanecer, con un cortejo pequeño. Mi padre en un palanquín cerrado, con mantas y braseros. Mi madre en otro. Detrás, en un tercero, iba Changning, que había pedido acompañarnos para rezar por la salud de nuestro padre. Mi madre se había conmovido tanto con esa petición que no me atreví a negarme.

El templo Putuo estaba en la ladera de una montaña, entre pinos viejos y nubes bajas. Para llegar había que subir una escalera de piedra de cientos de escalones, gastados en el centro por siglos de peregrinos. Los cargadores subieron despacio, jadeando. Las campanas del templo sonaban a lo lejos, y el olor a incienso bajaba por la ladera mezclado con la niebla.

Yo subí a pie, al lado del palanquín de mi padre. Contaba los escalones sin querer, como contaba los pasos de los centinelas en el noroeste. A mi espalda oía el roce de las cortinas del tercer palanquín cada vez que se abrían un poco y se volvían a cerrar. Changning también estaba contando algo. No sabía qué. Pero sentía su mirada en la nuca, constante, paciente, como se siente el frío antes de que caiga la primera nevada.

En la entrada nos esperaba el abad, rodeado de monjes con túnicas grises.

—Amitabha. —Juntó las manos y se inclinó—. Bienvenidos, Majestad. Alteza.

Mi padre bajó del palanquín apoyado en dos eunucos. Dio unos pasos y tuvo que detenerse.

—Déjenme descansar un momento...

Me volví hacia el eunuco principal.

—La salud de mi padre no está bien. Pídanle al eunuco encargado y al pequeño novicio que busquen juntos una sala de meditación tranquila. Que mi padre pueda descansar en paz, sin que nadie lo moleste.

—Obedezco, Alteza.

Vi cómo se llevaban a mi padre por un corredor techado, hacia el fondo del templo, donde los pinos eran más altos y el silencio más espeso.

Al darme la vuelta, crucé la mirada con Changning. Ella bajó los ojos enseguida y juntó las manos, como si rezara.


Lo que mi hermana dijo esa noche en su celda del templo, lo supe después. No importa cómo. Importa que lo dijo.

Su doncella le había llevado té. Changning estaba sentada junto a la ventana, sin probarlo, mirando hacia el fondo del templo, hacia la sala de meditación donde descansaba nuestro padre.

—Princesa, tome un poco de té. —La doncella le acercó la taza—. Estos días casi no ha dormido. Ha estado tan ocupada rezando, pidiendo bendiciones... Su cuerpo no lo va a aguantar.

—No puedo. —Changning sonrió, y su sonrisa brilló en la penumbra—. Ahora mismo estoy de muy buen ánimo. ¿Sabes por qué?

La doncella negó con la cabeza.

—Esta es una oportunidad que me mandó el cielo. —Se inclinó hacia adelante—. Fang Jinhua se atrevió a aparecer en el templo Putuo. ¿De verdad cree que puede escaparse de la palma de mi mano?

—Princesa...

—No, no puede. ¿No vino a acompañar al Emperador? —Soltó una risita—. A despedir al Emperador, mejor dicho. Seguro piensa que ya ganó. Que tiene todo bajo control. Pero no sabe que justo ahí está su punto débil. Todavía no lo sabe.

Se levantó y caminó hasta la ventana. La luna iluminaba la mitad de su cara. La otra mitad quedaba en sombra.

—La última vez que nos bañamos... —murmuró—. Dónde tiene cicatrices. Dónde tiene lunares. Me acuerdo perfectamente de todo.

Se pasó los dedos por el cuello, por la muñeca, por el hombro, como si recorriera un mapa.

—Basta con que ella se muera. Y yo puedo ocupar su lugar.

La doncella no se atrevía a decir nada.

—¿Sabes cuánto tiempo he esperado este momento? —Changning se volvió hacia ella, con los ojos brillantes—. Ella cree que puede vivir una segunda vida. ¿Y yo no?

Apoyó las manos en el marco de la ventana y miró hacia la oscuridad del fondo del templo.

—Todo lo que tiene va a ser mío.


Cuando supe todo esto, pensé en la cena de mi madre. En los ojos de Changning recorriéndome mientras hablaba del pájaro en su ventana. En la sopa de loto, en los dulces de castaña, en su voz diciendo "déjame lavarte la espalda".

Mi hermana nunca había querido mi perdón. Había querido mi piel.

Quería mi cara, que ya era la suya. Mis cicatrices, para ponérselas encima como quien se pone un vestido prestado. Mi nombre, mis tropas, mi lugar junto a la cama de nuestro padre. Quería entrar a mi vida por la misma puerta por la que yo había salido de la suya, y cerrarla detrás.


Lo que pasó después, frente a la sala de meditación, lo contaron los que estaban en el patio. Cada uno lo recuerda un poco distinto. Yo lo cuento como me llegó.

Era muy tarde. El templo dormía. Solo ardían unas cuantas lámparas de aceite en los corredores, y el viento movía las ramas de los pinos con un rumor de olas.

Changning cruzó el patio con paso rápido, envuelta en una capa oscura. Su doncella la seguía con una linterna.

—Vamos a la sala de meditación —dijo Changning—. Quiero ver a mi querida hermana en persona.

Frente a la puerta de la sala, un monje joven estaba de guardia. Al verla venir, se puso de pie y juntó las manos.

—Amitabha. Princesa Changning. —Se inclinó, sin moverse de la puerta—. Su Majestad está en meditación dentro de la sala. No es conveniente molestarlo.

Changning se detuvo. Miró la puerta cerrada. Por las rendijas se escapaba una luz débil, amarillenta. Adentro no se oía nada.

Se le escapó una risa baja, casi un suspiro.

—Padre... —murmuró—. ¿Cree que haciéndose pasar por nuestro padre se va a escapar?

El monje la miró sin entender.

Changning no lo veía. Tenía los ojos clavados en la puerta, y los labios se le movían solos, como si rezara una oración que solo ella conocía.

—Todo es mío. Todo lo que tienes... —Dio un paso hacia adelante—. Desde hoy, todo va a ser mío.

—Princesa, por favor...

Changning empujó al monje con una fuerza que nadie le conocía. La linterna de la doncella cayó al suelo y se apagó. En la oscuridad, la puerta de la sala de meditación se abrió de golpe.

Lo último que se oyó desde el patio fue su voz, un alarido rasgado, lleno de odio y de algo parecido a la alegría:

—¡Vente conmigo al infierno!

Y luego, el sonido sordo de una hoja hundiéndose en la carne.

Fin del capítulo 11
Sigue leyendoCapítulo 12: La emperatriz reinanteDespués de aquel grito, el templo Putuo se quedó en silencio. Un silencio distinto al de antes. No el silencio tranquilo de los monjes que rezan, sino el…Leer capítulo 12
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Renacer para reinar12 capítulos
  1. 1La varilla corta
  2. 2El látigo de oro y la cometa
  3. 3La jugada al revés
  4. 4Las máscaras se caen
  5. 5El viento del este
  6. 6Casarme en lugar de mi hermana
  7. 7Las manos de la novia
  8. 8Lo que dicen mis callos
  9. 9Desde lo alto de la muralla
  10. 10La cena de la reconciliación
  11. 11El templo PutuoLeyendo
  12. 12La emperatriz reinante
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